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La torre de la golondrina

Электронная книга - «La torre de la golondrina». Краткое содержание книги:

Tras una larga espera por fin ha llegado esta Torre de la golondrina de Sapkowski, perteneciente a la mal llamada saga de Geralt de Rivia, ya que el protagonismo del brujo se va diluyendo conforme avanza la saga para dejar paso a la verdadera protagonista de la serie, la joven Ciri de Cintra, pieza central de todo lo que pasa en el mundo que la rodea. Esto se hace aun más evidente en esta entrega en la que Geralt aparece solo un par de capítulos en los que continua su marcha en busca de Ciri en compañía de Jaskier y el grupo que se reunión en la anterior entrega de la serie.
La acción comienza con Ciri llegando a una cabaña de un ermitaño al que va contando su historia, y así en un enorme flashback nos pone al día de sus andanzas. A lo largo de los recuerdos de Ciri tendremos momentos llenos de acción, de crueldad, Ciri lo pasa mal, muy mal, de ternura, de humor. Todo esto esta narrado, no solo por Ciri, sino por los numerosos personajes que van apareciendo en sus andanzas, conformando un complejo puzle, que a veces es difícil de seguir, pero que consigue recrear un fresco de las aventuras de la joven en el que una vez que todo encaja asistimos a un final tan climático y abierto que nos dejará ansiosos por comenzar a leer La dama del lago, última entrega de la serie, donde suponemos que asistiremos a un final a la altura de las novelas, en realidad una sola, que conforman la serie.
Como en todas las entregas anteriores destaca la habilidad de Sapkowski para dotar de voces personales a todos y cada uno de los personajes que aparecen, tanto a los viejos amigos como a los nuevos que se incorporan en esta entrega, como el ermitaño o algunos de los bandidos,merito compartido con la excelente traducción, entrelazar una estructura narrativa alambicada en la que las distintas lineas de acción van concordando con la precisión de un reloj, aunque en esta ocasión flojean un tanto las historias de Geralt y Yennefer, mas que nada por lo poco que aportan al destino final de la serie, en comparación con la importancia del personaje de Ciri, lo que lastra el resultado final de esta entrega, que aun así es sin duda uno de los títulos imprescindibles de la fantasía.
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Capítulo undécimo

– ¡Tengo unos ojos muy grandes para verte bien! -gritó el lobato de hierro-. ¡Tengo unas garras muy grandes para poder agarrarte y abrazarte con ellas! Todo lo tengo grande, todo, ahora te convencerás de ello. ¿Por qué me miras de ese modo tan raro, muchachilla? ¿Por qué no respondes? La brujilla sonrió. -Tengo una sorpresa para ti.

Flourens Delannoy, "La sorpresa", del tomo Cuentos y leyendas

Las adeptas estaban de pie e inmóviles delante de la suma sacerdotisa, estiradas como cuerdas de laúd, tensas, mudas, ligeramente pálidas. Estaban listas para el camino, preparadas hasta en los detalles más nimios. Ropas de viaje masculinas, de color gris, unas zamarras cálidas, pero que no entorpecían los movimientos, cómodas botas élficas. Los cabellos cortados de tal modo que fuera fácil mantenerlos ordenados y limpios en los campamentos y durante las marchas, para que no estorbaran durante el trabajo. Unos hatillos bien empaquetados, pequeños, que sólo contenían víveres para el camino y los útiles más imprescindibles. El resto se lo tenía que dar el ejército. El ejército en el que se habían alistado.

Los rostros de las dos muchachas parecían serenos. Pero sólo en apariencia. Triss Merigold veía que a ambas les temblaban ligeramente las manos y los labios.

El viento agitaba las desnudas ramas de los árboles del parque del santuario, hacía deslizarse las hojas secas sobre las placas de piedra del patio. El cielo era de color granate. Una tormenta de nieve colgaba en el ambiente. Se la sentía.

Nenneke interrumpió el silencio.

– ¿Habéis sido ya asignadas?

– Yo no -masculló Eurneid-. De momento voy a invernar en el campamento de Wyzima. El comisario de enrolamientos dijo que en la primavera se detendrán allá los destacamentos de los condottieros del norte… Voy a ser sanitaria de uno de ellos.

– Yo ya tengo destino. -Iola Segunda sonrió apenas-. A la cirugía de campo, con el señor Milo Vanderbeck.

– Que por lo menos no me traigáis vergüenza. -Nenneke repartió a ambas adeptas sendas miradas amenazadoras-. Que no me deshonréis a mí, al santuario ni el nombre de la Gran Melitele.

– Por supuesto que no, madre.

– Y hacedme el favor de cuidaros.

– Sí, madre.

– Vais a caeros de cansancio mientras estéis con los enfermos, no vais a conocer el sueño. Tendréis miedo, os embargará la duda cuando veáis el dolor y la muerte. Y en esos momentos fácil es echar mano de los narcóticos o de los remedios excitantes. Tened cuidado con ellos.

– Lo sabemos, madre.

– La guerra, el miedo, la matanza y la sangre -la suma sacerdotisa las atravesó con la mirada- también aflojan las costumbres, y para algunas actúan como un fuerte afrodisíaco. Ahora mismo, mocosas, no podéis saber cómo va a actuar sobre vosotras. Por favor, tened también cuidado con esto. Sin embargo, si se llega a algo, tomad medios anticonceptivos. Si pese a todo alguna de vosotras se metiera en problemas, entonces, ¡lejos de matasanos de estraperto y de viejas de aldea! Buscad un santuario o mejor una hechicera.

– Lo sabemos, madre.

– Esto es todo. Ahora podéis acercaros a por mi bendición.

Les puso las manos sobre la cabeza, primero a una, luego a la otra, las abrazó y las besó una detrás de la otra. Eurneid sorbió por la nariz. Iola Segunda rompió a llorar sin más. Nenneke, aunque a ella misma los ojos le brillaban algo más que de costumbre, bufó.

– Sin escenas, sin escenas -dijo, aparentando estar furiosa y crispada-. Vais a una guerra normal y corriente. De allí se vuelve. Tomad los bártulos y hasta la vista.

– Hasta la vista, madre.

Anduvieron a vivo paso hacia la puerta del santuario, sin volverse. La suma sacerdotisa Nenneke, la hechicera Triss Merigold y el escribano Jarre las acompañaron con la mirada.

Este último volvió sobre él la atención con un importuno carraspeo.

– ¿Qué pasa? -Nenneke puso sus ojos sobre él.

– ¡Se lo has permitido! -estalló el muchacho con pasión-. ¡A ellas, unas mujeres, les has permitido alistarse! ¿Y a mí? ¿Por qué a mí no me está permitido? ¿Tengo que seguir volviendo las páginas de pergaminos polvorientos, aquí, detrás de estos muros? ¡No soy un inválido ni un cobarde! Es una vergüenza para mí seguir aquí en el santuario cuando hasta las mujeres…

– Esas mujeres -le interrumpió la sacerdotisa- han estudiado durante toda su joven vida las técnicas de curación y de restablecimiento, el cuidado de los enfermos y heridos. Van a la guerra no por patriotismo ni deseo de aventura, sino porque con toda seguridad allí habrá enfermos y heridos. ¡Un montón de trabajo, de día y de noche! Eurneid, Iola, Myrrha, Katja, Prune, Debora y otras muchachas son la aportación del santuario para esta guerra. El santuario, como parte de la sociedad, paga a la sociedad su deuda. Da al ejército y a la guerra su aportación: especialistas bien entrenadas. ¿Lo entiendes, Jarre? ¡Especialistas! ¡No carne de cañón!

– ¡Todos se alistan! ¡Sólo los cobardes se quedan en casa!

– Has dicho una tontería, Jarre -dijo Triss en voz alta-. No has entendido nada.

– Yo quiero ir a la guerra… -La voz del muchacho se quebró-. Quiero salvar a… Ciri…

– Vaya -dijo Nenneke con tono de burla-. El caballero andante quiere ir a salvar a la dama de su corazón. En un caballo blanco…

Se calló al ver la mirada de la hechicera.

– Basta ya de todo esto, Jarre -reprendió al muchacho con la mirada-. ¡Te he dicho que no te lo permito! ¡Vuelve a tus libros! Estudia. Tu futuro es la ciencia. Vamos, Triss. No perdamos tiempo.

Sobre la tela extendida delante del altar había un peine de hueso, un anillo barato, un libro de cubiertas raídas, un echarpe azul muy gastado. De rodillas, inclinada sobre los objetos, estaba Iola Primera, la sacerdotisa de dones proféticos.

– No te apresures, Iola -le advirtió Nenneke, quien estaba a su lado-. Concéntrate poco a poco. No queremos una predicción repentina, no queremos un enigma con mil respuestas. Queremos una imagen. Una imagen clara. Absorbe el aura de estos objetos, pertenecían a Ciri, Ciri los tocó. Absorbe el aura, poco a poco. No hay por qué apresurarse.

En el exterior aullaba el cierzo y se retorcía la ventisca. La nieve cubrió muy deprisa los tejados y el patio del santuario.

Era el día decimonoveno de noviembre. Luna llena.

– Estoy lista, madre -dijo Iola Primera con su voz melodiosa.

– Comienza.

– Un momento. -Triss se levantó del banco como impulsada por un muelle, arrojó de sus hombros la piel de chinchilla-. Un momento, Nenneke. Quiero entrar en trance con ella.

– Eso es arriesgado.

– Lo sé. Pero yo quiero ver. Con mis propios ojos. Se lo debo. A Ciri… Amo a esa muchacha como a una hermana menor. En Kaedwen me salvó la vida, arriesgando su propia cabeza…

La voz de la hechicera se quebró de pronto.

– Lo mismito que Jarre. -La suma sacerdotisa meneó la cabeza-. Corres a salvarla, a ciegas, a matacaballo, sin saber adonde ni por qué. Pero Jarre es un muchachillo ingenuo, mientras que tú eres una maga adulta y al parecer sabia. Debieras saber que no ayudas a Ciri entrando en trance. Y que sin embargo te puedes perjudicar a ti misma.

– Quiero entrar en trance junto con Iola -repitió Triss, mordiéndose los labios-. Permítemelo, Nenneke. Al fin y al cabo, ¿cuál es el riesgo? ¿Un ataque de epilepsia? Incluso si así fuera, me sacas de él y en paz.

– Te arriesgas -dijo Nenneke muy despacio- a que veas aquello que no debieras ver.

El Monte, pensó Triss con aprensión, el Monte de Sodden. En el que morí una vez. En el que me enterraron y grabaron mi nombre en el obelisco de mi tumba. El Monte y la tumba que algún día se acordarán de mí.

Lo sé. Ya me fue predicho antes.

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