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Los viajes de Tuf [Tuf Voyaging - es]

Электронная книга - «Los viajes de Tuf [Tuf Voyaging - es]». Краткое содержание книги:

Haviland Tuf es un ser curioso: un mercader independiente de gran tamaño, obeso, calvo y con la piel blanca como el hueso. Es vegetariano, bebe montones de cerveza, come demasiado y le encantan los gatos. Y además es completa y absolutamente honesto. Tuf logra poseer una enorme nave espacial, el Arca, la única superviviente del antiguo Cuerpo de Ingeniería Ecológica de la Vieja Tierra. Al Arca es un artilugio desaparecido hace más de mil años, pero que revive gracias a Tuf y a sus gatos. A lo largo de los siete relatos que forman este libro, Tuf consigue la nave, la repara y resuelve un sinfín de problemas espaciales con la ayuda de la ingeniería ecológica, una profesión que él recupera y a la que añade la impronta de su personalidad, astucia e ironía.
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—Se llamara Planeta S’uthlam o Planeta Tuf seguiría estando igual de repleto —contestó Haviland Tuf—. Si me mostrara de acuerdo con esta oferta que me hace, es indudable que tienen ustedes la intención de usar el Arca solamente para incrementar su productividad calórica y de ese modo poder alimentar a su gente.

—Por supuesto —dijo Tolly Mune.

El rostro de Tuf permanecía inmutable y carente de toda expresión.

—Me complace saber que jamás se le ha pasado por la cabeza, ni a usted, ni a ninguno de sus asociados del Consejo, que el Arca podría ser utilizada en su forma original, como instrumento de guerra biológica. Por desgracia yo he perdido tan refrescante inocencia, y me encuentro muy a menudo presa de visiones, tan cínicas como poco caritativas, en las cuales el Arca es usada para desencadenar el caos ecológico sobre Vandeen, Skrytnir, Jazbe, y el resto de planetas de la alianza. Llego incluso a imaginar el genocidio que prepararían en dichos mundos para la colonización en masa. Lo cual, creo recordar, es la política que propugna su siempre belicosa facción expansionista.

—Eso es ir demasiado lejos, ¡maldita sea! —le replicó secamente Tolly Mune, Tuf, la vida es sagrada para los s’uthlameses.

—Ciertamente. Sin embargo, dado que me encuentro irremisiblemente envenenado por el cinismo, no puedo evitar la sospecha de que los s’uthlameses acaben decidiendo que algunas vidas son más sagradas que otras.

—Tuf, usted me conoce —dijo ella con voz gélida y tensa—. Nunca permitiría algo así.

—Y caso de que un plan semejante fuera puesto en marcha, pese a todas sus protestas, no me cabe ni la menor duda de que su carta de dimisión estaría formulada en un lenguaje más bien cortante —dijo Tuf con voz átona—. No me parece suficiente garantía y siento el pálpito sí, el pálpito, de que los aliados pueden llegar a compartir mis sentimientos en cuanto a ese punto concreto del problema.

Tolly Mune acarició a Blackjack bajo la barbilla. El gato empezó a gruñir guturalmente. Lo dos observaban a Tuf.

—Tuf —dijo ella—, hay millones de vidas en juego, puede que miles de millones. Podría enseñarle cosas que le harían erizar el cabello. Es decir, si es que tuviera algún condenado pelo, claro.

—Dado que no lo tengo, se trata de una obvia hipérbole —dijo Tuf.

—Si consiente en ir en una lanzadera hasta la Casa de la Araña, podríamos tomar los ascensores que llevan a la superficie de S’uthlam y…

—Creo que no lo haré. Me parecería un acto de lo más estúpido abandonar el Arca dejándola vacía y sin defensas, en pleno clima de beligerancia y con la desconfianza que se ha apoderado ahora de toda S’uthlam. Lo que es más, aunque pueda tenerme por arbitrario y excesivamente remilgado, con el paso de los años he acabado perdiendo el grado de tolerancia que antaño tuve hacia las multitudes, el vocerío, las miradas groseras, las manos que no deseo tocar, la cerveza aguada y las porciones minúsculas de alimentos sin el menor sabor. Tal y como recuerdo, ésas eran las principales delicias que se podían hallar en S’uthlam.

—Tuf, no deseo amenazarle.

—Pero está a punto de hacerlo.

—Me temo que no se le permitirá salir del sistema. No intente tomarme el pelo como se lo tomó a Ober. Todo eso de la bomba es un condenado invento y los dos lo sabemos.

—Me ha descubierto —dijo Tuf con rostro inexpresivo.

Blackjack le bufó.

Tolly Mune bajó la mirada hacia el gran gato, sobresaltada.

—¿Que no lo es? —dijo horrorizada ¡Oh! ¡Infiernos y maldición!

Tuf estaba manteniendo una silenciosa competición de miradas con el felino de pelo gris plateado. Ninguno de los dos pestañeaba.

—No importa —dijo Tolly Mune. No puede moverse de aquí. Resígnese a ello. Nuestras nuevas naves pueden destruirle y lo harán si intenta huir.

—Ciertamente —dijo Tuf. Y, por mi parte, yo destruiré la biblioteca celular caso de que intenten abordar el Arca. Al parecer hemos llegado a una situación de tablas, pero afortunadamente no es preciso que dure mucho tiempo. Mientras iba viajando de un lado a otro por la estrellada inmensidad del espacio, S’uthlam nunca ha estado demasiado lejos de mis pensamientos y, durante los periodos en los cuales carecía de compromisos profesionales, he mantenido una metódica serie de investigaciones para construir una solución auténtica, justa y permanente de sus dificultades.

Blackjack se dejó caer nuevamente en el regazo de su dueña y empezó a ronronear.

—¿Lo ha conseguido? —dijo Tolly Mune con aire no muy convencido.

—Por dos veces S’uthlam ha venido a mí en busca de una salvación milagrosa de las consecuencias de su propia locura reproductiva y de la rigidez de sus creencias religiosas —dijo Tuf—. Por dos veces se me ha llamado para que multiplicara los panes y los peces. Pero recientemente se me ocurrió, mientras estaba estudiando un libro que contiene casi todos los viejos mitos, de entre los cuales se ha sacado tal anécdota, que se me estaba pidiendo un milagro equivocado. La simple multiplicación es una réplica poco adecuada a una continua progresión geométrica y los panes y los peces, aunque sean muy abundantes y sabrosos, deben resultar en última instancia insuficientes para sus necesidades.

—¿De qué diablos está hablando? —inquirió Tolly Mune.

—Esta vez —dijo Tuf—, les ofrezco una respuesta duradera.

—¿Cuál?

—Maná —dijo Tuf.

—Maná —dijo Tolly Mune.

—Un alimento realmente milagroso —dijo Haviland Tuf—, por cuyos detalles no debe preocuparse. Los revelaré todos, en el momento adecuado.

La Primera Consejera y su gato le contemplaron con suspicacia.

—¿El momento adecuado? ¿Y cuando será ese maldito momento?

Tuf —Cuando se haya hecho caso de mis condiciones —dijo.

—¿Qué condiciones?

Primero —dijo Tuf—, teniendo en cuenta que no me atrae en lo más mínimo la perspectiva de pasar el resto de mi vida en órbita alrededor de S’uthlam, debe acordarse mi libertad para que pueda partir una vez completada mi labor aquí.

—No puedo acceder a eso —dijo Tolly Mune—, y aunque lo hiciera el Consejo me echaría del puesto en un maldito instante.

—Segundo —prosiguió Tuf—, la guerra debe terminar. Me temo que no seré capaz de concentrarme adecuadamente en mi trabajo, cuando es muy probable que a mi alrededor estalle en cualquier momento una batalla espacial. Me distraen fácilmente las espacionaves que explotan en pedazos, los dibujos formados por el fuego de los láser y los alaridos de los agonizantes. Lo que es más, no me parece muy útil esforzarme por convertir la ecología de S’uthlam en un mecanismo nuevamente equilibrado y funcional cuando las flotas aliadas amenazan con soltar bombas de plasma encima de mi obra, deshaciendo de tal forma mis pequeños logros.

—Le pondría fin a esta guerra si pudiera —dijo Tolly Mune. Tuf, no es tan condenadamente fácil. Me temo que me está pidiendo un imposible.

—Si no se puede tratar de una paz permanente, al menos que sea una pequeña pausa en las hostilidades —dijo Tuf. Podría enviarle una embajada a las fuerzas aliadas y pedirles un armisticio temporal.

—Quizá fuera posible —dijo Tolly Mune no muy segura. Pero, ¿por qué? —Blackjack emitió un maullido de inquietud. Está tramando algo, ¡maldita sea!

—Su salvación —admitió Tuf. Le ruego me excuse si me entrometo en sus diligentes esfuerzos por animar a las mutaciones mediante la radiactividad.

—¡Nos estamos defendiendo! ¡No queríamos la guerra!

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