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Los viajes de Tuf [Tuf Voyaging - es]

Электронная книга - «Los viajes de Tuf [Tuf Voyaging - es]». Краткое содержание книги:

Haviland Tuf es un ser curioso: un mercader independiente de gran tamaño, obeso, calvo y con la piel blanca como el hueso. Es vegetariano, bebe montones de cerveza, come demasiado y le encantan los gatos. Y además es completa y absolutamente honesto. Tuf logra poseer una enorme nave espacial, el Arca, la única superviviente del antiguo Cuerpo de Ingeniería Ecológica de la Vieja Tierra. Al Arca es un artilugio desaparecido hace más de mil años, pero que revive gracias a Tuf y a sus gatos. A lo largo de los siete relatos que forman este libro, Tuf consigue la nave, la repara y resuelve un sinfín de problemas espaciales con la ayuda de la ingeniería ecológica, una profesión que él recupera y a la que añade la impronta de su personalidad, astucia e ironía.
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Atravesaron un laberinto de corredores sumidos en una gélida penumbra, pasaron ante una incontable sucesión de puertas cerradas y Finalmente acabaron siguiendo una tenue cinta de color índigo que parpadeaba ante ellos, como un fantasma empotrado en el suelo cubierto de polvo. La única iluminación era la que daban los faros del vehículo y el débil brillo del panel de instrumentos que Tuf tenía delante. Al principio los enviados hablaron entre ellos, pero las negras profundidades del Arca eran tan opresivas como claustrofóbicas y, uno a uno, los miembros de la delegación fueron quedándose callados. Blackjack empezó a clavar rítmicamente las garras en los pantalones de Tolly Mune.

Tras haber rodado un largo rato a través del polvo, la oscuridad y el silencio, el vehículo se encontró ante un inmenso par de puertas que se abrieron con un silbido amenazador y se cerraron con un pesado golpe detrás suyo. En el interior, la atmósfera era más bien cálida y estaba cargada de humedad. Haviland Tuf desconectó el motor y apagó las luces. Una tiniebla impenetrable les envolvió.

—¿Dónde estamos? —inquirió Tolly Mune. Su voz rebotó en un techo lejano aunque el eco pareció curiosamente ahogado. Aunque negra como un pozo, era obvio que la estancia tenía unas dimensiones muy grandes. Blackjack lanzó un bufido de inquietud, husmeó el aire y luego emitió un sordo maullido de preocupación.

Tolly Mune oyó pisadas y, entonces, una luz no muy potente se encendió a dos metros de distancia. Era Tuf, inclinado sobre una consola de instrumentos mientras observaba un monitor. Oprimió una tecla de un tablero luminoso y se volvió hacía ellos. Un asiento flotante emergió, con un leve zumbido, de la cálida oscuridad. Tuf subió a él, como un rey ascendiendo a su trono, y manipuló el control que había en uno de los brazos. El asiento empezó a relucir con una débil fosforescencia violeta.

—Tengan la amabilidad de seguirme —dijo Tuf El asiento flotante giró en redondo y empezó a moverse.

—¡Infiernos y maldición! —murmuró Tolly Mune. Abandonó a toda prisa el vehículo, con Blackjack en brazos, y partió en pos del ya lejano trono de Tuf Los embajadores aliados la siguieron en masa, gimiendo y quejándose amargamente a cada paso que daban. Detrás de ella resonaban las fuertes pisadas del ciborg. El asiento de Tuf se había convertido en un puntito luminoso perdido en el mar de tinieblas que les rodeaba. Tolly Mune echó a correr y tropezó con algo.

El repentino maullido la hizo retroceder tropezando con el pecho acorazado del ciborg. Confundida, Tolly Mune se arrodilló, extendiendo una mano e intentando sostener a Blackjack con su otro brazo. Sus dedos rozaron un pelaje suave. El gato se frotó entusiásticamente contra sus dedos, ronroneando de placer. Apenas si podía verle, pero le pareció que era pequeño, casi un cachorro. El gato rodó sobre si mismo, para permitirle que le rascara la barriga, y el jazboíta estuvo a punto de caer, al tropezar con ella. De pronto, Blackjack saltó al suelo y empezó a husmear al recién llegado, que le devolvió el cumplido durante unos instantes para girar luego en redondo y desaparecer de un salto en las tinieblas. Blackjack vaciló durante unos segundos y luego, con un potente maullido, partió en su busca.

—¡Maldito seas! —gritó Tolly Mune. Jack, maldición, no alejes tu condenado culo de mí! —su voz levantó una tempestad de ecos, pero el gato no volví¿›. El resto del grupo estaba cada vez más lejos. Tolly Mune lanzó una ristra de blasfemias y apretó el paso para alcanzarles.

Ante ella apareció una isla de luz y cuando llegó allí, se encontró a los demás instalados en una hilera de asientos junto a una larga mesa metálica. Haviland Tuf, en su trono flotante, se hallaba al otro lado de la mesa, con el rostro inmutable y las manos cruzadas sobre el estómago.

Dax iba y venía por encima de sus hombros, ronroneando.

Tolly Mune se detuvo unos instantes para contemplarle fijamente y lanzó una maldición.

—¡Váyase al infierno! —le dijo a Tuf y luego giró en redondo ¡Blackjack! —chilló con toda la potencia de que eran capaces sus pulmones. Los ecos parecían extrañamente ahogados, como si la atmósfera del lugar fuera más espesa de lo norma ¡Jack! —no obtuvo respuesta alguna.

—Espero que no hayamos recorrido toda esta distancia sólo para contemplar cómo la Primera Consejera de S’uthlam practica llamando a su animal —dijo el enviado de Skrymir.

—No, ciertamente —dijo Tuf—. Primera Consejera Mune, si tiene la amabilidad de ocupar su asiento, empezaremos de inmediato.

Ella frunció el ceño y se dejó caer en el único asiento que aún estaba sin ocupar.

—¿Dónde diablos está Blackjack?

—No me arriesgaría a emitir ninguna teoría al respecto —dijo Tuf con voz átona. Después de todo, es su gato.

—Salió corriendo, detrás de uno de los suyos —le replicó secamente Tolly Mune.

—Ya veo —dijo Tuf—. Muy interesante. Lo cierto es que, en estos momentos, una de mis hembras acaba de entrar en celo y puede que ello explique sus acciones. No tengo la menor duda de que se encuentra perfectamente a salvo, Primera Consejera.

—¡Quiero tenerle aquí, durante esta maldita conferencia! —gritó ella.

—¡Ay! —dijo Tuf—, el Arca es una nave muy grande y es posible que se encuentren divirtiéndose en mil lugares distintos y, en cualquier caso, interferir en sus relaciones sexuales sería incuestionablemente un acto contrario a la vida, según lai costumbres de S’uthlam. Me costaría mucho decidirme a cometer tal violencia en contra de sus hábitos culturales, más aún cuando me ha recalcado usted misma, con insistencia, que el tiempo es vital, dado que se hallan en juego muchas vidas humanas. Por lo tanto, creo que lo mejor será empezar.

Tuf movió la mano a un lado, para tocar un control, y una parte de la gran mesa empezó a hundirse hasta desaparecer. Un instante después de su interior surgió una planta, casi ante las narices de Tolly Mune.

—Contemplen el maná —dijo Tuf.

En la base de la planta había una especie de amasijo de fibras verdosas que tendrían casi un metro de alto y que parecían un nudo gordiano súbitamente dotado de vida. Los zarcillos no dejaban de moverse, a un lado y a otro, como si intentaran salir del recipiente que los contenía. A lo largo de las fibras había pequeños grupos de hojas tan pequeñas como uñas humanas y en cuya pálida superficie verdosa se distinguía una delicada red de venas negras. Tolly Mune extendió la mano y tocó cautelosamente la hoja más cercana, descubriendo que en su parte inferior había una fina capa de polvo, que se desprendió ante el roce, cubriéndole las puntas de los dedos. Entre los grupos de hojas había una especie de gruesas vainas blancas, que iban haciéndose más grandes y cobraban un aspecto semejante al de heridas infectadas a medida que ascendían por el tallo central. Tolly Mune vio una, medio escondida por un dosel de hojas, que era tan grande como la mano de un hombre.

—Una planta más bien repugnante —declaró Ratch Norren.

—No logro entender la necesidad de que haya sido preciso el armisticio y un viaje tan prolongado sólo para contemplar una especie de monstruo de invernadero a medio pudrir —dijo el hombre de Skrymir.

—El Triuno Azur se está impacientando —murmuró su enviado.

—Debe existir algún maldito motivo en toda esta locura —le dijo Tolly Mune a Tuf—, así que, adelante. Maná, según nos ha dicho. ¿De qué se trata?

—Dará de comer a los s’uthlameses —dijo Tuf Dax ronroneaba.

—¿Durante cuántos días? —preguntó la mujer del Mundo de Henry, con una voz muy suave y empapada de sarcasmo.

—Primera Consejera, si tiene la bondad de arrancar una de esas vainas descubrirá que su sabor es tan suculento como nutritiva es la sustancia —dijo Tuf.

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