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El eco de la memoria

Электронная книга - «El eco de la memoria». Краткое содержание книги:

Una novela sobre el recuerdo y el olvido, de la mano de uno de los escritores con más talento de Estados Unidos.
Una llamada anónima avisa de un accidente en una carretera a las afueras de Nebraska. Mark Shluter es trasladado al hospital donde entra en coma, junto a él había una nota anónima con un extraño mensaje: «No soy Nadie, pero esta noche en la carretera del norte, DIOS me guió hasta ti para que pudieras vivir y traer de vuelta a alguien más». Karin Shluter, hermano de Mark, vuelve a su ciudad natal para cuidar de su hermano. Educados por padres inestables, ninguno de los dos ha encontrado el equilibrio en sus vidas. Un día, Mark despierta del coma con un extraño caso de síndrome de Capgras, un tipo de amnesia en la que el afectado recuerda todos los detalles referentes a su vida salvo los sentimientos ligados a ellos. ¿Vio Mark algo que no debía saber aquella noche en la carretera?
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Las noches se habían hecho demasiado frías para permanecer al aire libre, pero no tenían a donde ir. Acababan subiendo al coche de ella, recorrían cierta distancia y se detenían en los arcenes de oscuras carreteras rurales o en un rincón del aparcamiento de una tienda abandonada. No podían utilizar el coche de Robert, debido al agudo sentido del olfato de Wendy. Según él, tenía un olfato tan aguzado como el de un tejón.

– Es peor que ser una adolescente -gruñía Karin-. Maldita sea, Robert. Voy a estallar.

Entonces se detenían y charlaban sin tocarse. Habían llegado a la edad en que la frustración ofrecía más que la liberación. Aquel sometimiento a la fidelidad técnica significaba algo. El engaño llegaría más tarde, cuando cada uno volviera al lado de su respectiva pareja.

A Karin le sorprendía el descubrimiento de que, si tenía que elegir entre enrollarse o charlar, prefería lo último. Eso era lo que ahora más necesitaba de él, pues la mentalidad de Robert era radicalmente distinta a la de Daniel o la suya. Ella pensaba más rápido cuando estaba con él. Robert era una enorme y calculadora extensión de la agenda electrónica cuyos botones siempre estaba pulsando. Sentado al volante del Corolla aparcado, jugueteaba con el instrumento como un recién nacido que explorase un juguete de plástico móvil y sonoro. Ella le manifestó su inquietud por la medicación antipsicótica de Mark.

– Calcula los costes -replicó él-. Suma los beneficios, y a ver cuáles son mayores.

– Pero ¿qué dices? Ojalá fuese tan fácil.

– Es así de fácil, a menos que quieras hacerlo difícil. ¡Vamos, mujer! ¿Qué otra cosa hay? La columna del más y la del menos, y luego el cálculo. -Su claridad desquiciaba a Karin, pero le permitía avanzar-. De veras -siguió diciendo. Su voz era muy tranquilizadora, como la de Peter Jennings visitando una clase de estudios sociales en una escuela de secundaria-. ¿Qué te impide empezar a administrarle ese antipsicótico y ver qué ocurre?

– Una vez que has empezado, es difícil dejar de tomarlo.

– ¿Difícil para ti o para él?

Karin le dio un cachete, cosa que a él le agradó.

– ¿Qué hago si surte efecto?

Él se volvió en su asiento para mirarla. No la comprendía. ¿Cómo podría hacerlo? No estaba segura de que ella misma lo comprendiera. Sacudió la cabeza, pero la expresión de sus ojos era más divertida que exasperada. Karin era como un rompecabezas para él.

Ella le tomó la palma y se la acarició con el pulgar, su contacto físico más peligroso hasta la fecha.

– ¿Cómo sería si él fuera… si él volviera a ser el de antes?

Robert inhaló.

– Pues sería tal como era. Tu hermano.

– Sí, pero ¿cuál? No me mires así. Ya sabes lo que estoy diciendo. Podía ser un gilipollas agresivo. Siempre me tomaba el pelo.

Karsh se encogió de hombros, dando a entender que ella había nombrado algo de lo que toda la humanidad era culpable.

– También yo he sido un poco así.

– Pero es que… cuando trato de imaginarlo como era antes, ¿sabes?, no puedo estar segura de que yo… A veces era realmente desagradable. Se enfurecía conmigo porque me marchaba para salvarme, y a él lo condenaba a vivir con la sanadora por la fe y el empresario. Me llamaba… En ocasiones me odiaba de veras.

– No te odiaba.

– ¿Cómo vas a saberlo? -Él alzó las palmas, una diana para su furor-. Perdona -se apresuró ella a decirle-. No estoy segura de que pueda volver a pasar por eso. -Permanecieron sentados en silencio. Él consultó su reloj y puso el coche en marcha. Karin no tenía mucho tiempo para preguntárselo-. Dime una cosa, Robert. ¿Crees que alguna vez le guardé rencor, por aquel entonces? Ya sabes. ¿Algo oculto…?

Robert tamborileó en el volante.

– ¿Quieres que te diga la verdad? No había nada oculto.

Ella se sulfuró, pero enseguida inclinó la cabeza.

– Mira, eso forma parte… Ahora, en esta situación, ya no le guardo en absoluto rencor. No me importa, de veras, que sea quien…

– ¿No te importa? -Karsh metió la marcha-. ¿Quieres decir que te gusta más tal como es ahora?

– ¡No! Claro que no. Es solo que… me gusta la nueva idea que tiene de mí, más que la de antes. Bueno, no de mí, sino de «la auténtica Karin». Me gusta quién cree que era. Ahora defiende a la que fui ante todo el mundo. Dos años atrás, la auténtica Karin era una fuente constante de decepción. Siempre le estaba defraudando. Una puta, una traidora, una avara, una pretenciosa quiero y no puedo de clase media, que se creía demasiado buena para sus raíces. Ahora la auténtica Karin es una especie de víctima de la historia. La hermana que nunca he podido ser del todo.

Karsh conducía en silencio. Parecía como si necesitara abrir su ordenador de bolsillo e iniciar una hoja de cálculo para subir de categoría a Karin Schluter. Costes. Beneficios.

– No puedo creer que te esté diciendo todo esto. ¿Soy totalmente repugnante?

Con los ojos en la carretera, él sonrió burlonamente.

– No del todo.

– No puedo creer que se lo haya dicho a alguien, que incluso me lo haya dicho a mí misma en voz alta.

Se detuvieron a cuatro manzanas de la casa de Robert, donde este siempre bajaba y seguía a pie. Abrió la portezuela del lado del conductor.

– Me lo has dicho porque me quieres -le dijo.

Ella se pasó una mano por la cara.

– No -replicó-. No del todo.

La llamaba en ocasiones, cuando no había nadie en su oficina. Hablaban durante momentos robados, susurros acerca de nada. Una vez agotado lo básico (¿qué había comido él?, ¿qué llevaba puesto ella?), todo lo demás consistía en sucesos de la actualidad. ¿Era el francotirador de Washington un terrorista o solo un individuo endurecido que se había hecho a sí mismo? ¿Por qué los inspectores de armamento de la ONU en Irak no presentaban ninguna prueba? ¿Habría que darles a los ejecutivos de Enron y ImClone su propio canal de telerrealidad? Tan bueno para ambos como el sexo por teléfono.

Ella quería imparcialidad y él libertad. Cada uno creía que era capaz de convertir al otro: esa había sido siempre su atracción fatal. Ambos convenían en que el gobierno estaba descontrolado, pero mientras ella quería que este actuara de una manera honesta, él deseaba su derrocamiento de una vez por todas. Un encuentro casual con El manantial había convertido a un risueño y modesto campeón de natación del instituto en un libertario, aunque incluso ese nombre le parecía a Karsh demasiado restrictivo.

– Cada persona competente del mundo es una especie de dios, nena. Juntos, no hay manera de detenernos. El ingenio humano puede lograr cualquier cosa. Nombra un obstáculo material y ya hemos recorrido la mitad del camino hacia su superación. Apartarlo de nuestro camino y ver cómo se suceden los milagros.

– Dios mío, Robert. No puedo creer que estés diciendo eso. ¡Mira a tu alrededor! Lo hemos destruido todo.

– ¿De qué me estás hablando? Los adolescentes de las reservas indias viven mejor de lo que vivía la realeza. Prefiero vivir ahora que en cualquier otra época. Excepto en el futuro.

– Eso es porque eres un animal. Quiero decir: eso es porque no eres un animal.

– ¿Desde cuándo tienes tales convicciones?

Desde que se dio cuenta de lo poco que ella podía hacer por cambiar a Mark. Tenía que dedicar sus energías a otra cosa o morir. Aquel río podría necesitarla más de lo que jamás la había necesitado su hermano.

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