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La estrella de los gitanos [Star of Gypsies - es]

Электронная книга - «La estrella de los gitanos [Star of Gypsies - es]». Краткое содержание книги:

En el año 3159, la humanidad ha conquistado las estrellas, y los otrora despreciados gitanos son hoy mimados y respetados, porque solo ellos pueden llevar a buen puerto las astronaves en sus largos saltos estelares.
Pero los gitanos tienen también otros talentos,. Arrastrados por su tradición errante, siguen vagando, pero hoy no solo a través del espacio, sino también del tiempo: su facultad de espectrar les permite trasladarse a las más remotas épocas, y volver al viejo y ya desaparecido planeta Tierra para contemplar su vida pasada, desde el esplendor de la antigua ciudad de Atlantis hasta el horror de los campos de exterminio nazis.
Y los gitanos mantienen un antiguo sueño: volver a su mundo de origen. Porque ellos nunca fueron nativos de la Tierra. Y así, contemplan desde el cielo de los mil mundos por los que se hallan ahora dispersos la Estrella Romani, de la que tuvieron que huir precipitadamente para salvar sus vidas, y anhelan el día en que podrán regresar a su hogar. Y quien mas lo anhela es Yakoub, el Rey de los Gitanos, un personaje mezcla de Falstaff y Ricardo Corazón de León, que abdicó de su trono para poner las cosas en su sitio y ahora tiene que volver a él para cumplir con el último destino de la raza rom.
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Nos tomó más de una hora ser escoltados a través de todos los controles. Pero finalmente nos hallamos en presencia del hombre que por el momento ostentaba el título de Decimosexto emperador.

No había ninguna plataforma del trono, la escalinata cristalina había desaparecido. En su lugar había sido erigido un inmenso cubo de algo que parecía cristal, pero probablemente no lo era, en medio de la enorme sala de consejos del palacio, bajo la alta bóveda. Una línea de advertencia de fuego azul se alzaba sobre el suelo de piedra en todos sus cuatro lados. Muy arriba, rayos detectores rastreaban constantemente el aire. Y en el interior del cubo, entronizado como un faraón de antigua y absoluta inaccesibilidad, se sentaba el autoproclamado emperador Naria, inmóvil como una estatua, delgado y tenso como un látigo, solemne como un dios. Estaba rodeado de oscuridad, pero él permanecía iluminado por una confluencia de focos que proporcionaban un fuerte resplandor a su pelo escarlata que le llegaba hasta los hombros, su piel púrpura oscuro, sus implacables ojos amarillos. Llevaba un lujoso atuendo de brocado hecho con algún tipo de rígida tela verde que se alzaba por detrás de su cabeza como el capuchón de una cobra, y la corona imperial flotaba sobre él en proyección holográfica.

Todo muy impresionante. Todo muy ridículo.

Vi a Polarca luchar por reprimir una sonrisa irónica. La phuri da¡ sonreía seráficamente; pero eso es algo que hace a menudo, en todo tipo de situaciones.

—Agradecemos que hayáis venido aquí, baro rom —declaró Naria con una vez lenta, medida, de tonos absurdamente pretenciosos. Su voz emergió de detrás de las cristalinas paredes de aquel cubo a través de un millar de altavoces a la vez, y resonó mareante por toda la habitación.

¡Qué ridícula teatralidad! ¿A quién pensaba que estaba hablando? Y de nuevo el nos real. Siglo tras siglo el Imperio había conseguido sobrevivir e incluso medrar sin esas afectaciones idiotas. Pero de pronto aquellos lores inseguros de sí mismos estaban reviviéndolas, como si pudieran ayudarles a alcanzar y ser dignos del trono. Sentí lástima por ellos. Por el hecho de que necesitaran hinchar sus egos de aquella forma.

De todos modos, ofrecí a Naria el gesto formal de sumisión que un baro rom hace tradicionalmente al emperador. Pese a que él no me había ofrecido el vino tradicional. No me costaba nada, y me podía hacer ganar un punto o dos con él. Y raras veces sirve de nada mostrarte descortés con los megalomaníacos cuando te hallas en su sala de estar.

Luego dije, haciendo un gesto al cubo de cristal y a todo lo que lo rodeaba.

—Qué triste que todo esto sea necesario, Majestad.

—Una medida temporal, Yakoub. Esperamos que la paz sea restablecida en cosa de días, incluso horas. Y entonces no volverá a ser rota nunca más, una vez hayamos completado la tarea de imponer nuestra autoridad sobre todo el Imperio.

—Esperemos que así sea, Majestad —dije con el tono más piadoso de voz —. Esta guerra es una agonía para todos nosotros.

¡El solemne bastardo! Considerarse a sí mismo como un salvador. Bien, enfrenta hipocresía con hipocresía, si es necesario.

Me lanzó su grave y pensativa mirada de preocupado gobernante.

—Se han producido muchos daños en la ciudad, ¿no es cierto?

—Demasiados, me temo.

—La Capital es sagrada. ¡Que se hayan atrevido a dañarla…! Bien, les haremos pagar por ello, hasta el último mínimo, hasta el último óbolo. —Me estudió en helado silencio por un tiempo. Le devolví su mirada, sin parpadear. No era un hombre en quien pudiera confiarse, aquel escarlata y púrpura Naria. Reptilesco. Peligroso. Al fin y al cabo, era el hombre que había asumido por su cuenta el ratificar la ilegal apropiación de Shandor de mi trono, cuando el viejo emperador aún vivía. ¿Qué había en nuestra infeliz época que producía seres como Shandor y Naria?

Luego dijo, cambiando enteramente de tono, pasando de la rígida pompa imperial a una taimada y casi íntima insinuación.

—¿Sabéis dónde se esconde Sunteil?

Aquello fue un golpe realmente inesperado. Me temo que dejé ver mi sorpresa.

—¿Sunteil? —dije, como un idiota.

—El antiguo gran lord, sí. Que se halla ahora en rebelión, como seguramente sabéis, contra el gobierno legalmente constituido del Imperio. Está aquí en la Capital. Me preguntaba si vos no sabríais dónde.

—Ni un indicio, Vuestra Majestad.

—¿Ni siquiera uno o dos rumores sin fundamento?

—He oído que está en alguna parte al sur de la ciudad. Más que eso no puedo decir.

Me miró como una bomba que está decidiendo si debe estallar o no. —O más bien elegido no decir.

—Si el emperador piensa que le estoy ocultando cosas…

—Entonces, ¿no habéis tenido ningún tipo de trato con Sunteil?

El interrogatorio estaba empezando a deslizarse hacia un territorio nuevo y peligroso. Dije cuidadosamente.

—No tengo ni la menor idea de dónde puede estar Sunteil.

Lo cual era cierto. Pero no era la respuesta a la pregunta que me había hecho Naria.

Dejé que mi pequeña evasiva pasara sin ningún comentario. Volvió a su antigua voz imperial para decir:

—Cuando Sunteil acuda de nuevo a vos, Yakoub, lo detendréis y nos lo entregaréis. ¿Queda entendido? —Sorprendente. Abrumándome como una avalancha —. Esto es la guerra, y no podemos permitir consideraciones. Tendréis una segunda oportunidad de capturarle, y esta vez lo capturaréis. —¿Cuando acuda de nuevo a vos? ¿Cuánto sabía Naria? Oí el jadeo de sorpresa de Polarca, y Bibi Savina perdió su sonrisa. ¿Lo detendréis y nos lo entregaréis? Había esperado ver a Naria suplicar algún tipo de alianza, no darme órdenes.

Le miré fijamente. Por un momento no supe qué decir. ¡Enmudecido! ¡Yo!

Naria prosiguió serenamente:

—Sunteil ha alzado la mano contra su emperador, lo cual es lo mismo que decir que la ha alzado contra todos los ciudadanos del Imperio. Es el enemigo de todos nosotros. Es tanto el enemigo de vosotros los roms como el enemigo de…, de…, ¿cómo nos llamáis?

—Gaje, Majestad.

—Gaje. Sí.

—¿Y qué hace pensar a Vuestra Majestad que seré visitado de nuevo por Lord Sunteil? —dije.

—Porque vos lo arreglaréis para que así sea.

Así de simple. Yo lo arreglaría.

La respuesta de Yakoub fue dejar caer la mandíbula, abrir una colgante boca. Sólo metafóricamente, por supuesto. Sé mantenerme superficialmente tranquilo. Tomarlo todo de una forma enteramente casual. No le dejemos darse cuenta de lo asombrado que estoy. Qué maravilla eres, Naria.

—Ah. Porque yo lo arreglaré.

Lo dije de una forma casi intrascendente. Como si simplemente repitiera algo que debería haber sido evidente para cualquier imbécil. Atraerás a mi rival a tus garras, Yakoub, y entonces saltarás sobre él. Por supuesto, Vuestra Majestad. Por supuesto.

—Habrá una reunión —dijo —, en algún punto neutral cuidadosamente escogido. A invitación vuestra. En otra parte del planeta, o quizás en un mundo completamente distinto. En la que vos y él discutiréis la perspectiva de una alianza entré el reino rom y el Imperio gobernado por Sunteil. Lo atraeréis, eso es algo que sabéis hacer muy bien. Lo cogeréis con la guardia baja. Y lo capturaréis y nos lo entregaréis.

Casi sentí deseos de aplaudir. ¡Bravo, Naria!

Me estaba hablando, a mí, al Rey de los Roms, como si no fuera más que algún falangarca menor de sus fuerzas. Eso requería atrevimiento. Audacia. Estupidez.

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