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Cincuenta Sombras Liberadas

Электронная книга - «Cincuenta Sombras Liberadas». Краткое содержание книги:

La tercera entrega de la exitosa trilogía Cincuenta sombras
Cuando la joven Anastasia conoce al poderoso y enigmático Grey, comienzan un excitante, sensual y atormentado romance. Erótica, entretenida y profundamente conmovedora, la serie Cincuenta sombras es una historia que te cautivará, te poseerá y se quedará contigo por siempre.
Para público adulto.
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No puedo concentrarme. Christian nunca se ha ido así, dejándome sola. Ha sido amable y detallista los últimos días y tan cariñoso… y ahora esto. ¿Y si no vuelve? ¡Mierda! Tal vez debería llamar a Flynn. No sé qué hacer. Estoy perdida. Es tan frágil en tantos sentidos y sabía que no iba a reaccionar bien ante estas noticias. Ha sido tan dulce este fin de semana… Todas esas circunstancias estaban fuera de su control, pero ha conseguido llevarlas bien. Pero esto ha sido demasiado.

Desde que le conocí, mi vida se ha complicado. ¿Es por él? ¿O somos los dos juntos? ¿Y si no puede superar esto? ¿Y si quiere el divorcio? La bilis me sube hasta la garganta. No. No debo pensar esas cosas. Volverá. Lo hará. Sé que lo hará. Sé que a pesar de los gritos y las palabras tan duras me quiere… sí. Y también te querrá a ti, pequeño Bip.

Me acomodo en la silla y me dejo llevar por el sueño.

Me despierto fría y desorientada. Temblando, miro el reloj: las once de la noche. Oh, sí… Tú. Me doy una palmadita en el vientre. ¿Dónde está Christian? ¿Ha vuelto ya? Me levanto del sillón con dificultad y voy en busca de mi marido.

Cinco minutos después me doy cuenta de que no está en casa. Espero que no le haya pasado nada. Los recuerdos de la larga espera cuando desapareció Charlie Tango vuelven a mí.

No, no, no. Deja de pensar eso. Seguro que ha ido… ¿adónde? ¿A quién podría ir a ver? ¿A Elliot? Tal vez está con Flynn. Eso espero. Vuelvo a la biblioteca a buscar la BlackBerry y le mando un mensaje.

*¿Dónde estás?*

Después me encamino al baño y lleno la bañera. Tengo mucho frío.

Cuando salgo de la bañera todavía no ha vuelto. Me pongo uno de mis camisones de seda estilo años 30 y la bata y salgo al salón. En el camino me paro un momento en el dormitorio de invitados. Tal vez esta podría ser la habitación del pequeño Bip. Me asombro al darme cuenta de lo que estoy pensando y me quedo de pie en el umbral, meditando sobre eso. ¿La pintaríamos de azul o de rosa? Ese pensamiento tan dulce queda empañado por el hecho de que mi descarriado esposo está furioso solo de pensarlo. Cojo la colcha de la cama del cuarto de invitados y me encamino al salón para esperarle.

Algo me despierta. Un ruido.

– ¡Mierda!

Es Christian en el vestíbulo. Oigo que la mesa araña el suelo otra vez.

– ¡Mierda! -repite, esta vez en voz más baja.

Me levanto y justo en ese momento le veo cruzar las puertas dobles tambaleándose. Está borracho. Se me eriza el vello. Oh, ¿Christian borracho? Sé cuánto odia a los borrachos. Salto del sofá y corro hacia él.

– Christian, ¿estás bien?

Se apoya contra el marco de las puertas del vestíbulo.

– Señora Grey… -pronuncia con dificultad.

Vaya, está muy borracho. No sé qué hacer.

– Oh… qué guapa estás, Anastasia.

– ¿Dónde has estado?

Se pone el dedo sobre los labios y me mira con una sonrisa torcida.

– ¡Chis!

– Será mejor que vengas a la cama.

– Contigo… -dice con una risita.

¡Una risita! Frunzo el ceño y le rodeo la cintura con el brazo porque apenas se mantiene en pie. No creo que pueda andar. ¿Dónde habrá estado? ¿Cómo ha podido volver a casa?

– Deja que te lleve a la cama. Apóyate en mí.

– Eres preciosa, Ana. -Se apoya en mí y me huele el pelo. Casi nos caemos al suelo los dos.

– Christian, camina. Voy a llevarte a la cama.

– Está bien -dice, e intenta concentrarse.

Avanzamos a trompicones por el pasillo y por fin logramos llegar al dormitorio.

– La cama… -dice sonriendo.

– Sí, la cama. -Consigo llevarle justo hasta el borde, pero él no me suelta.

– Ven conmigo a la cama -me dice.

– Christian, creo que necesitas dormir.

– Y así empieza todo. Ya he oído hablar de esto.

Frunzo el ceño.

– ¿Hablar de qué?

– Los bebés significan que se acabó el sexo.

– Estoy segura de que eso no es verdad. Si no, todos seríamos hijos únicos.

Él me mira.

– Qué graciosa.

– Y tú qué borracho.

– Sí. -Sonríe, pero su sonrisa cambia cuando lo piensa y una expresión angustiada le cruza la cara, algo que hace que se me hiele la sangre.

– Vamos, Christian -le digo con suavidad. Odio esa expresión. Habla de recuerdos horribles y desagradables, algo que ningún niño debería haber tenido que presenciar-. A la cama. -Le empujo con cuidado y él se deploma sobre el colchón, despatarrado y sonriéndome. La expresión de angustia ha desaparecido.

– Ven conmigo -dice arrastrando las palabras.

– Vamos a desnudarte primero.

Esboza una amplia sonrisa, una sonrisa de borracho.

– Ahora estamos hablando el mismo idioma.

Madre mía. El Christian borracho es divertido y juguetón. Y lo prefiero mil veces al Christian furioso.

– Siéntate. Deja que te quite la chaqueta.

– La habitación gira…

Mierda… ¿Va a vomitar?

– Christian, ¡siéntate!

Me sonríe divertido.

– Señora Grey, es usted una mandona…

– Sí. Haz lo que te he dicho y siéntate. -Me pongo las manos en las caderas. Él vuelve a sonreír, se incorpora sobre los codos con dificultad y después se sienta torpemente, algo muy poco propio de Christian. Antes de que se caiga hacia atrás otra vez, le agarro de la corbata y le quito con esfuerzo la chaqueta, primero un brazo y luego el otro.

– Qué bien hueles.

– Tú hueles a licor fuerte.

– Sí… Bour-bon. -Pronuncia las sílabas tan exageradamente que tengo que reprimir una risita.

Tiro su chaqueta al suelo a mi lado y empiezo con la corbata. Él me apoya las manos en las caderas.

– Me gusta la sensación de esta tela sobre tu cuerpo, Anastaasssia -me dice arrastrando las palabras de nuevo-. Siempre deberías llevar satén o seda. -Sube y baja las manos por mis caderas, luego tira de mí hacia él y pone la boca sobre mi vientre-. Y ahora tenemos un intruso aquí.

Dejo de respirar. Madre mía… Le está hablando al pequeño Bip.

– Tú me vas a mantener despierto, ¿verdad? -le dice a mi vientre.

Oh, Dios mío. Christian me mira a través de sus largas pestañas oscuras. Sus ojos grises están turbios y brumosos. Se me encoge el corazón.

– Le preferirás a él que a mí -dice tristemente.

– Christian, no sabes lo que dices. No seas ridículo. No estoy eligiendo a nadie. Y puede que sea «ella».

Frunce el ceño.

– Ella… Oh, Dios. -Vuelve a tirarse sobre la cama y se tapa los ojos con el brazo. Por fin consigo aflojarle la corbata. Le suelto un cordón y le quito el zapato y el calcetín y después el otro. Cuando me pongo de pie me doy cuenta de por qué no oponía ninguna resistencia; Christian está completamente dormido y roncando suavemente.

Me quedo mirándole. Está guapísimo, incluso borracho y roncando. Tiene los labios cincelados separados, un brazo encima de la cabeza alborotándole el pelo ya despeinado y la cara relajada. Parece tan joven… Pero claro, es que lo es: mi joven, estresado, borracho e infeliz marido. Siento un peso en el corazón ante ese pensamiento.

Bueno, al menos ya está en casa. Me pregunto adónde habrá ido. No estoy segura de tener la energía o la fuerza suficientes para moverle o quitarle más ropa. Además, está encima de la colcha. Vuelvo al salón, recojo la colcha de la cama de invitados que estaba usando yo y la llevo al dormitorio.

Sigue dormido, pero todavía lleva la corbata y el cinturón. Me subo a la cama a su lado, le quito la corbata y le desabrocho el botón superior de la camisa. Él murmura algo incomprensible, pero no se despierta. Después le suelto el cinturón con cuidado y lo saco por las trabillas con cierta dificultad, pero por fin se lo quito. La camisa se le ha salido de los pantalones y por la abertura se ve un poco del vello que tiene por debajo del ombligo. No puedo resistirme. Me agacho y le doy un beso ahí. Él se mueve y flexiona la cadera hacia delante, pero sigue dormido.

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