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Электронная книга - «Juegos De Azar». Краткое содержание книги:

Agatha es una joven sombrerera que vive marcada por una vida sombría y sin amor. Un accidente ocurrido durante la infancia la ha dejado lisiado, pero eso no le ha impedido luchar por una vida mejor. Las circunstancias la han llevado a convertirse en adalid de la moral y defensora de la Ley Seca.
Scot, dueño de una taberna en la que el juego y el alcohol son el pan de cada día, oculta tras su vida de libertinaje un corazón destrozado y un espíritu apasionado, capaz de albergar una increíble grandeza…
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Jube y Marcus habían hallado los suyos uno en otro. Y a menos que se equivocase, pronto Ivory y Ruby harían lo mismo. ¿Y qué pasaba con él y Gussie? ¿Cuándo Scott fue más dichoso que cuando ella llegó a Waverley? ¿Quién había hecho más por hacerlo regresar a los valores en que lo habían educado? Tenerla ahí, como madre de Willy, anfitriona de los huéspedes, influencia serena sobre las chicas, completaba el cuadro que Scott tenía de Waverley redivivo. Sólo a partir de la llegada de Agatha fue tal como lo había imaginado. Y ahora que estaba allí no quería que se fuera jamás.

Quería ver crecer a Willy hasta que se convirtiera en un joven brillante y honesto, guiado siempre por los dos; ver prosperar el negocio y compartir el éxito con ella; criar una hornada de hijos de ambos, que harían travesuras en los prados de los pavos reales, y llenarían los cuartos hasta que estuviese obligado a agregar un ala a la casa; quería estar seguro de que se acostaría con ella y se levantaría con ella, y verla sorber la sopa desde un rincón del comedor con los modales impecables que tanto admiraba; quería contemplar el magnífico cabello caoba, verlo encanecer al mismo tiempo que el suyo y, en la vejez, sentarse en los bancos de la galería mientras los nietos daban maíz a los pavos reales.

LeMaster Scott Gandy quería a Agatha Downing por esposa.

Lo que más le gustaba a Agatha era el anochecer. Las noches, cuando las muchachas cruzaban el prado con las faldas armadas de miriñaque, y parecía que se deslizaban por el aire. Las noches en que todos se reunían en la galería trasera y bebían mint juleps, mientras Willy daba de comer a los pavos y los huéspedes se sentaban en los bancos de bois d'arc oliendo el césped recién cortado, llenándose las fosas nasales con ese fresco aroma. Cuando se retiraban a la gran mesa del comedor y compartían la comida conversando alegremente. Cuando se encendían los picos de gas de iluminación y la casa resplandecía con una luz suave. Después, hacían música en el salón: Ivory al piano, Marcus con el banjo y las muchachas, que cantaban canciones pastorales.

En ocasiones, bailaban con los invitados sobre el lustroso suelo de pino de la gran rotonda, y la araña proyectaba una luz ambarina sobre los hombros y las faldas siseaban con un sonido que parecía la hierba crecida agitada por el viento estival. Entonces, Scott y los otros hombres sacaban a las damas a bailar el vals, mientras Willy se sentaba en el tercer escalón, tocaba la armónica y marcaba el ritmo con el pie bajo la serena interpretación de Ivory. Y Agatha levantaba la vista del bordado, abandonaba las manos sobre el regazo y se perdía en el encanto de las elegantes parejas que siempre despertaban una sensación de nostalgia en su pecho.

Hasta que, una tarde, poco después de la boda, Scott se detuvo ante ella y le hizo una profunda reverencia:

– Señorita Downing, ¿me concedería esta pieza?

El corazón se le estremeció y sintió calor en el cuello.

– Yo… -Para guardar las apariencias, decidió seguirle el juego, fingiendo un tono afectado y usando el bastidor de bordar como abanico-. Muy amable, señor. De todos modos, he bailado tanto que tengo los pies destrozados.

Scott rió y le atrapó la mano:

– No acepto una negativa.

Agatha alzó la vista hacia la rotonda y le ardieron las mejillas.

– No, Scott-susurró, premiosa-, ya sabes que no puedo bailar.

– ¿Cómo lo sabes? ¿Alguna vez lo intentaste?

– Pero sabes…

– Lo haremos muy lentamente. -Le arrebató el bastidor y lo dejó sobre el sofá-. Te aseguro que no te dolerá. Ven.

– Por favor, Scott…

– Confía en mí.

La hizo ponerse de pie y enlazó los dedos de ambos con firmeza mientras la acompañaba hasta la rotonda, donde otras tres parejas giraban con lentitud. Se sentía muy torpe de frente a él, con las mejillas como tomates maduros y las manos no acostumbradas a la posición del vals.

– Una aquí -le indicó, poniéndole la mano izquierda sobre su propio hombro-. Y la otra, aquí. -Levantó la otra mano en la suya-. Relájate. Nadie espera que demuestres nada: limítate a disfrutarlo.

Empezó balanceándose, sonriéndole, aunque Agatha no quería levantar la cara. No recordaba haberse sentido tan avergonzada en toda su vida. Pero los demás siguieron bailando como si no se percatasen de que, entre ellos, había una inválida.

Scott dio un pequeño paso y Agatha se movió tarde, se tambaleó y tuvo que aferrarse a la mano del compañero para no caer. La sostenía con firmeza y seguridad. Gandy dio un paso hacia el otro lado y ella lo adivinó, descubriendo que le resultaba mucho más fácil moverse en esa dirección. Gandy daba un paso cada tres de los otros bailarines. No se parecía mucho a un vals, pero no importaba. Con esfuerzo, Agatha siguió el paciente balanceo del hombre: daba un paso torpe hacia la izquierda, uno fluido a la derecha. Y cuando, al fin, se le enfrió el rostro, levantó la vista. Como él le sonreía, ella le correspondió con una sonrisa vacilante. De súbito, no importó que en realidad no estuviese valseando. No importaba que tuviese que aferrarse al hombro y a la mano del compañero con un poco más de fuerza que las otras. Lo único que importaba era que estaba sobre una pista de baile por primera vez en la vida. Y que Scott fuese más allá de su torpeza y le hubiese obsequiado con algo más valioso que todas las coronas con piedras preciosas del mundo.

El corazón le desbordó de gratitud. Los ojos, de amor. Deseó con fervor ser graciosa y estar sana para él, poder brincar por la pista de baile riendo y echándose atrás, quebrando la cintura, mientras veía la araña girar y girar encima de ellos. Un hombre tan hermoso merecía una mujer perfecta. La impresionó saber que él era tan bello por dentro como por fuera. Era una de esas raras personas que juzgaban a la gente por lo que sabían de ella y no por lo que veían. Era benévolo, generoso, juicioso y honesto. Y era así con todo el mundo. No se ponía un sombrero para complacer a una persona y otro para complacer a otra. Esperaba que la gente lo aceptara como era, porque eso era lo que él hacía. Era la primera persona con la que Agatha podía relajarse por completo, ante quien podía admitir su propia fragilidad y hasta qué punto la afectaba emocionalmente. Y sabiéndolo, le había brindado los regalos de nadar y bailar, dos libertades que jamás había esperado conocer.

– ¡Gussie, no sabía que podías bailar! -exclamó Willy, desde su lugar en el escalón.

Agatha le sonrió con las mejillas encendidas, pero de felicidad en lugar de vergüenza.

– Yo tampoco.

– ¿Te parece que yo podría?

– Si yo puedo, cualquiera puede.

El chico bajó de prisa el escalón y se abrió paso entre las otras faldas armadas de miriñaque. Scott se inclinó y lo levantó.

– Dale tu mano izquierda a Gussie -le indicó-. No, con la palma hacia arriba. -Willy dio vuelta a la mano y Agatha apoyó la suya en ella.

La mano izquierda de Scott seguía en la cintura de la mujer, y así bailaron los tres, Willy riendo, Agatha resplandeciente, y Scott, con aire complacido.

«Así tendría que ser, -pensó Agatha-, los tres juntos». Saboreó esos momentos dichosos, los almacenó para conservarlos en la memoria y sacarlos luego para revivirlos: la tibieza de la mano de Scott en su espalda, la firmeza del hombro bajo su mano, la risa feliz de Willy, la mano pequeña y húmeda en la suya, el juego de la luz ambarina sobre el rostro del hombre, los hoyuelos cuando sonreía, los ojos oscuros, alegres.

Cuando la danza terminó, Agatha subió con Willy. Cuando el niño iba a acostarse, era el único momento del día en que subía las escaleras. Él lo esperaba y ella lo disfrutaba. Encontró la camisa de noche y preparó una camisa y un calzón limpios para el día siguiente, vio cómo plegaba con pulcritud los pantalones, como le había enseñado. Mientras se ponía la ropa de dormir, Agatha fue hasta el vestidor, vagando entre las cosas de Scott, como solía hacer. Canturreando la melodía que habían bailado, inclinando la cabeza, levantó el cepillo para el pelo, pasó el pulgar por las cerdas, y se lo pasó por el pelo, encima de la oreja derecha, hasta donde lo permitía el rodete francés.

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