Un caso del comisario Jaritos y otros relatos clandestinos
- Автор: Márkaris Petros
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Un caso del comisario Jaritos y otros relatos clandestinos». Краткое содержание книги:
El suelo del edificio está sembrado de verduras: lechugas, coles, tomates, coliflores; toda una huerta pisoteada. Los pies avanzan con destreza entre hortalizas, pisan con firmeza las hojas más grandes y evitan las más resbaladizas. A su alrededor se libra una guerra verbal en todos los frentes, por los precios y por atraer a los compradores ensalzando el atractivo de los productos.
Los pies, que seguían acercándose a las cajas de los melones, se detienen bruscamente a cierta distancia. La mano izquierda se mete en el bolsillo del pantalón mientras la derecha empieza a rascar el brazo izquierdo cubierto por la manga ajedrecística. Un frotamiento de espera y turbación.
– Darme cajas con melones.
– ¿Cómo voy a dártelas a ti, si Zeofanidis quiere al Tuerto?
– Yo hacer con mismo dinero.
– Eso díselo a Zeofanidis. Yo cumplo sus órdenes no tengo ganas de líos con los mafiosos. Tuerto, ven aquí.
El pie derecho vuelve a ponerse en marcha en primer lugar, el izquierdo lo sigue, y mientras los pasos se agilizan, ambas manos se tienden en línea recta hacia delante, como si les urgiera agarrar las cajas, antes de que cualquier otro las atrape. Los pies van a parar delante de las cajas con los melones. Las manos se aferran a las primeras cinco cajas. Los pies, sincronizados, retroceden un paso para que las manos dispongan de espacio suficiente para tomar impulso y levantar las cajas. Pero la carga pesa mucho y, en cuanto las cajas se separan del montón, caen hacia el suelo. Las manos las siguen, incapaces de detener la caída, al tiempo que las rodillas se doblan en vano, sin conseguir ofrecer su ayuda a las manos. Las cajas aterrizan sobre el pie derecho, que no ha logrado retirarse con la misma rapidez que el izquierdo. Las manos quedan brevemente paralizadas, incapaces de reaccionar. No obstante, se recuperan enseguida, cuando la primera caja se vence hacia un lado y los melones amenazan con rodar por el suelo. Ambas manos bajan a la vez y se convierten en barrotes que aprisionan las cajas e impiden la caída de los melones. Permanecen así unos instantes, después el cuerpo vuelve a enderezarse, aunque sea con dificultad, mientras las manos tiran de las cajas y las levantan. Los pies dan media vuelta lentamente, con cuidado, como ciegos que tantean el suelo en busca de obstáculos. El pie izquierdo avanza con normalidad pero el derecho se arrastra un poco, le cuesta dar el siguiente paso y obliga al izquierdo a rezagarse para esperarlo.
La camioneta está aparcada delante del edificio, medio cargada ya de tomates, coliflores y sacos de patatas y cebollas. Los pies están cansados. A medida que se acercan a la camioneta, el derecho se arrastra cada vez más y el ímpetu del izquierdo va disminuyendo. Las manos tiemblan y las cajas se separan del tórax, tambaleándose. El pie izquierdo da un último saltito hacia delante, el derecho se arrastra una vez más y los dos se reúnen junto a la carrocería. La tensión de los brazos se relaja de golpe y las cajas caen en el interior del vehículo con un crujido extraño.
– ¡No las dejes ahí, en el borde! ¡Hatajo de inútiles! ¡Sois el colmo de la vagancia! Sube y empújalas hacia el fondo.
Pies y manos se quedan quietos por un instante, como si no acertaran a decidir si deben obedecer o marcharse de allí. Las manos son las primeras en obedecer: se agarran a la carrocería para izar el resto del cuerpo. Las piernas no tienen más remedio que conformarse. Las manos empujan las cajas en diagonal a la derecha, hacia el espacio vacío en el fondo de la camioneta. Pies y manos aguardan un momento la llegada de otra orden y, al ver que no se produce, los pies se acercan al borde del cajón y saltan al suelo, sin que las manos opongan resistencia.
– Zeofanidis está en las oficinas. Dice que te pases por allí para cobrar.
De nuevo media vuelta y los pies enfilan el camino al edificio. Ahora caminan lentamente, con desgana, arrastrándose imperceptiblemente por el suelo. Los brazos cuelgan y se mecen sin ritmo, como si dieran bandazos. Los pies vacilan un momento delante del edificio, luego doblan a la derecha y se dirigen a una puerta que pone: «Caballeros.» El pie derecho empuja la puerta y la mantiene abierta para que pase el pie izquierdo. Luego suelta la puerta, que se cierra a sus espaldas.
En el suelo, un charco sucio de tamaño mediano. Los pies chapotean con indiferencia, tal vez para limpiar las zapatillas de deporte granates, y se dirigen al primer cubículo libre, que carece de puerta, al igual que los demás. Las huellas ennegrecidas de las pisadas, unas encima de otras, dibujan un extraño mosaico. A ambos lados de la taza hay montones de papel higiénico, pañuelos de papel y trozos de periódico. Algunos muestran restos de inmundicia, otros los ocultan porque han caído del revés.
Los pies se acercan al retrete y se separan bruscamente, como si hubieran intercambiado palabras ofensivas y quisieran seguir caminos distintos. Hay suciedad reciente en la escasa agua del fondo, restos secos en las paredes y dos moscas enormes que no dejan de inspeccionar el conjunto. La mano derecha busca la cremallera del pantalón y la baja. La mano izquierda se mete en la abertura, saca el pene y lo sujeta con firmeza entre el índice y el pulgar, formando un anillo que se desliza lentamente y obliga al pene a estirarse sobre la taza. Cuando la mano izquierda llega al extremo del pene, la derecha acude para sostener el miembro en el momento en que empieza a salir la orina. Es de color amarillo oscuro y choca con fuerza contra la pared posterior de la taza, salpicando todo alrededor. El chorro va mermando poco a poco, la orina cae cada vez más cerca, hasta que se desprenden las últimas gotas.
La mano derecha roza el pene con la palma para meterlo de nuevo en el interior del pantalón, pero el miembro no parece dispuesto a obedecer. Empieza a estirarse y pierde su flaccidez. La mano no insiste, se retira y deja el pene libre. Éste empieza a bajar, pero la erección lo mantiene paralelo al suelo. La palma izquierda pasa por debajo del pene y empieza a acariciarlo suavemente, con ternura, mientras el cuerpo se inclina un poco hacia delante. El pene permanece por un rato paralelo al suelo, hasta completar su erección. Después cambia de dirección y empieza a subir lentamente, paso a paso, como si estuviera aburrido de mirar la taza del váter y quisiera ver el techo. La palma izquierda se ha retirado y las manos no hacen ningún esfuerzo por detener la trayectoria del pene.
– ¡Así que estás aquí, gilipollas! Zeofanidis te buscaba. Date prisa, porque tiene que irse.
Bruscamente, la mano izquierda abre la abertura del pantalón mientras la derecha agarra el pene y trata de hacer dos cosas a la vez: empujarlo hacia abajo y meterlo en la bragueta. Pero el pene está duro y va por su cuenta; prefiere la trayectoria ascendente. Las manos se asustan, la izquierda suelta la abertura del pantalón y aprieta el pene, la derecha lo empuja hacia el interior. Pero la bragueta ya se ha cerrado y la mano izquierda tiene que abandonar el intento de ayudar a la derecha para volver a abrir el pantalón. El pene no puede resistir tanta presión, se curva y entra de mala gana, mientras la mano izquierda se apresura a subir la cremallera.
Los pies abandonan los lavabos a paso ligero, casi a ritmo de marcha militar, apresurándose en dirección a la camioneta cargada de cajas.
– ¿Dónde coño te habías metido? Tengo prisa. ¡Gilipollas! Tendría que haberme marchado sin pagarte.
La mano derecha se adelanta con la palma abierta, dispuesta a recibir los billetes.
– Mañana te quiero aquí a las seis. Ojito, no vayas a dormirte. ¡A ver si me dejas colgado!