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Un caso del comisario Jaritos y otros relatos clandestinos

Электронная книга - «Un caso del comisario Jaritos y otros relatos clandestinos». Краткое содержание книги:

Nueve relatos, nueve casos policíacos en los que se ven involucrados inmigrantes albaneses, de países del Este o subsaharianos, en los que intervienen asesinos, sicarios, viejos racistas o camareros, que se desarrollan en Atenas, en los prolegómenos de la cita olímpica de 2004. Historias como el asesinato de tres árabes en las inmediaciones de las instalaciones olímpicas o el que comete un camarero sudanés tras ganar una quiniela muestran la cara más sórdida y grotesca de la actual sociedad griega.
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– ¿Y que lleva colgado un cartel con el nombre de Hezbollah?

Intento pararles los pies.

– En estos momentos no puedo deciros nada.

– ¿A qué viene tanto secretismo? -Se alza la voz indignada de un periodista de la televisión-. Se rumorea que no es el primero, que ya ha habido otros muertos antes.

– ¿Hay sospechas de un atentado terrorista? -pregunta otro.

– Tened paciencia, se emitirá un comunicado oficial.

La promesa de un comunicado oficial los calma un poco y aprovecho la oportunidad para escaparme.

– ¿Cómo se han enterado? -se extraña Guikas.

– Por jefatura -contesto-. Alguien fue al lavabo y aprovechó la ocasión para hacer una llamadita.

Me mira en silencio. Parker, que no participa en esa conversación hecha en griego, nos interrumpe con una teoría nueva. Aunque me crispe los nervios, he de reconocer que es el único que tiene ideas.

– Estos cadáveres desnudos significan algo. Son un mensaje. A message.

– ¿Qué mensaje? -pregunta Guikas.

– De la cárcel de Abu Graib -responde Parker en tono triunfal-. Las fotos más ofensivas de Abu Graib mostraban a iraquíes desnudos. Quieren recordárnoslos.

– Es una idea interesante -observa Guikas satisfecho, porque necesita desesperadamente agarrarse a algo.

– Hay algo que no encaja.

Parker se vuelve y me mira.

– ¿Qué es lo que no encaja?

– El insulto. This. -Y levanto la mano con los dedos abiertos para dárselo a entender, ya que no sé cómo se dice «insulto» en inglés-. Este gesto obsceno de insultar es típicamente griego. Es imposible que la conozcan los árabes.

Parker tiene la respuesta preparada.

– Es para despistarnos. They are trying to mislead us. Esto indica que los autores viven en Grecia y la conocen. Hemos de averiguar qué iraquíes de los que viven aquí tienen parientes en Abu Graib.

De vuelta en casa, me encuentro con Katerina y Fanis, que deliran de entusiasmo por la victoria.

– ¡Por lo poco que hemos podido ver, Lisboa es una ciudad preciosa! -dice Katerina-. ¡Y la gente, qué amable! Piensa, mamá, que a pesar de su derrota, nos estrechaban la mano y nos sonreían.

– ¡Nosotros haríamos lo mismo! -sentencia Adrianí.

Me acuerdo de los jóvenes que insultaban a los albaneses en el estadio. Fanis quiere decir algo, pero Katerina le manda callar con un ademán.

– Me pareció verte dando saltos en la televisión -le digo.

– Ni sé lo que hice en medio del entusiasmo. Es muy posible que estuviera dando saltos.

– Todos saltábamos. ¡Sólo los imbéciles no saltaban! -apostilla Fanis.

Suena mi móvil y la conversación queda interrumpida.

– La causa de la muerte fue insuficiencia renal -anuncia la voz de Stavrópulos-. No se le podría calificar de víctima. Le faltaba un riñón. Es posible que se lo extirparan, o también que lo vendiera.

– ¿Cuándo murió?

– Hace veinticuatro horas, más o menos.

De repente, comprendo qué es lo que no encajaba en la teoría de Parker. Los muertos no estaban desnudos para hacernos recordar Abu Graib. Estaban desnudos porque los habían robado, del depósito o bien de la funeraria.

Epílogo: Vuelta a la rutina

Vuelta a la rutina. Katerina toma el tren de las ocho para Salónica y su doctorado. La acompaño a la estación, porque Fanis tiene turno de mañana. Hemos quedado en que vendrá a cenar esta noche. Katerina calcula que presentará su tesis dentro de seis meses y que luego volverá a Atenas, para gran alborozo de todos los interesados, sobre todo mío, porque por fin me libraré de los gastos que implica su estancia en Salónica.

De vuelta a la rutina. Forman parte de la misma los baches, las calles excavadas, los raíles del tranvía, las obras del periférico y las aceras levantadas. Me cuesta Dios y ayuda sacar el Mirafiori sano y salvo de estas trampas y conducirlo de una pieza hasta mi casa.

– Las nuevas aceras tienen carril para ciegos -anuncia Adrianí.

– Han confundido los cegatos con los ciegos.

– ¿Por qué?

– ¡A lo mejor en Grecia somos todos medio cegatos, pero no tenemos tantos ciegos como para que sean necesarias las aceras especiales!

Me fulmina con la mirada y coge el carrito para ir al mercado. Quiere comprar berenjenas para hacer imam, uno de los platos preferidos de Fanis.

Decido ir al trabajo en autobús, porque tenemos aceras para ciegos pero no carriles para cacharros y, si el Mirafiori se cae en una zanja, tendrán que sacarlo con escaleras mecánicas, que tanto se han puesto de moda.

Cambio de autobús y al cabo de media hora llego a Alexandras. Vlasópulos me ve pasar y corre detrás de mí.

– ¡Le hemos localizado! -anuncia satisfecho-. Seguía una terapia en el Tzanio.

– Llámales y diles que quiero hablar con el director del Departamento de Diálisis.

El director es un cuarentón que se llama Meskos. Nos espera en su despacho, con el historial clínico del africano abierto encima de su escritorio. Lo toma para hojearlo.

– Se llamaba Abdala Abu Sahín y era de Sudán -nos dice-. Nacido en 1960. Era paciente nuestro desde marzo de 2002.

– Según la autopsia, sólo tenía un riñón. ¿Era así, o se lo extirparon después de la muerte?

– Sólo tenía un riñón. Dijo que el otro se lo habían extirpado, algo más que probable. No creo que pudiera venderlo en las condiciones en que estaba. Claro que nunca se sabe, hay muchas estafas en el tema de los trasplantes.

– ¿Murió en el hospital?

– No. Según veo, tenía hora para una sesión de terapia, pero no acudió.

El director consulta su reloj para darme a entender que ya me lo ha contado todo y que tiene otras cosas que hacer. No le culpo, aunque me queda una última pregunta.

– Si hubiera muerto en el hospital y nadie hubiese reclamado el cuerpo, ¿a dónde lo habrían llevado?

– Al depósito -responde sin vacilación-. Cuando está previsto que un cadáver sea repatriado, ha de haber una dirección para avisar a la familia y alguien debe cubrir los gastos del traslado. Hasta entonces, permanece en el depósito. -Hace una pequeña pausa y añade-: Generalmente, sin embargo, no se dan estas condiciones y el muerto termina en algún laboratorio o facultad de medicina para servir a propósitos educativos o de investigación.

Mando a Vlasópulos y a Dermitzakis a investigar en las inmediaciones del depósito, por si alguien hubiera visto un coche sospechoso los días en que encontramos los cadáveres. Nos separamos y yo me dirijo al Departamento Forense.

Stavrópulos está rellenando formularios en su despacho. Levanta la cabeza y me mira extrañado.

– ¿Tú por aquí? No sueles visitarnos.

– He venido para hacerte una pregunta, pero no te apresures en contestar. ¿Cabe la posibilidad de que ya hubieras visto estos cadáveres antes de que te llamáramos para practicarles la autopsia?

– Que les hubiera visto… ¿dónde? ¿En el metro? -pregunta con ironía.

– No, aquí. En el depósito.

– ¿Me estás tomando el pelo?

Le explico mi teoría. Los tres cuerpos tuvieron que ser robados, ya fuese de la morgue de algún hospital o del depósito de cadáveres. El segundo y el tercero no habían muerto en el hospital. Si éste fuera también el caso del primero, que murió de un infarto, sólo pudieron haber robado los cadáveres del depósito.

Mi teoría no le gusta nada. Se levanta de un salto y me dice, indignado:

– ¿Te has vuelto loco, Jaritos? ¿Qué crees que es el depósito? ¿Una verdulería?

– ¿Qué riesgo corría quien robó los cadáveres? Estamos hablando de tres árabes que no tenían dónde caerse muertos. El ladrón sabía que nadie los reclamaría.

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