Un caso del comisario Jaritos y otros relatos clandestinos
- Автор: Márkaris Petros
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Un caso del comisario Jaritos y otros relatos clandestinos». Краткое содержание книги:
– No sé si sabes que nosotros también somos un organismo público. Aquí también hay archivos y protocolos.
– Ya lo sé. Veamos los puntos en común. El gesto obsceno, que conecta a los tres cadáveres, tuvo que esbozarse antes de comenzar el rigor mortis. ¿Es cierto?
– Cierto.
– Por lo tanto, el autor de los robos debió de tener acceso inmediato a los cuerpos.
– También es cierto.
– Y ahora una pregunta: cuando traen a un muerto a las tres de la madrugada, ¿lo registráis enseguida o lo dejáis para la mañana siguiente?
Se siente incómodo y responde a regañadientes:
– Normalmente, lo dejamos para la mañana.
– Entonces, alguien que hiciera el turno de noche habría podido manipular un cadáver y sacarlo del depósito sin que nadie se percatara. El cadáver no estaba registrado, por lo tanto, para vosotros no existía.
Suelta un largo suspiro.
– Quién se lo iba a imaginar… -murmura.
– Nadie. Yo tampoco, al principio. Hazme un favor. Averigua discretamente si algún miembro del personal estaba de guardia las tres noches en que fueron robados los cadáveres.
Mientras le espero llamo a Vlasópulos para ver si han localizado algún coche sospechoso.
– Un Toyota Yaris, comisario. Las fechas coinciden. Se fijó en él un vecino que padece de insomnio y suele pasarse las noches en el balcón. Imaginó que se trataba de un asunto de drogas, porque el coche aparecía siempre a eso de las dos de la madrugada. Hacia las tres él se acostaba y el Yaris seguía allí. Por la mañana ya no estaba.
– ¿Color?
– Plateado, aunque estaba oscuro y no podría jurarlo.
Stavrópulos regresa y se sienta a su escritorio. A juzgar por su expresión deduzco que mi teoría se ha confirmado.
– Pavlos Orkópulos, trabaja por convenio. Estuvo aquí las tres noches.
– ¿Le tocaba la guardia nocturna?
– La primera noche, sí. Las otras dos, no. Se cambió el turno con un compañero. Está matriculado en Formación Profesional y dijo que prefiere trabajar de noche, porque se está más tranquilo y puede estudiar para los exámenes de septiembre. -Calla y me mira-. ¿Y ahora qué hacemos?
– Nada. Si me lo llevo para interrogarle, lo negará todo y nos será difícil demostrar que fue él quien robó los cadáveres. Pero alguien tuvo que introducir el cuerpo en el Estadio Olímpico. O sea, que hay un cómplice.
Llamo por teléfono a Kalavritis, el ingeniero del Estadio Olímpico, y le pido que me espere junto a la entrada a la obra dentro de un cuarto de hora.
– Pon la sirena y pisa a fondo -le digo a Vlasópulos, que ha venido a buscarme con un coche patrulla. Quiero llegar antes de que algún listillo avise a Parker y tenga que cargar con su presencia.
Kalavritis me espera en la entrada, paseándose nervioso arriba y abajo.
– ¿Hay alguna novedad? -pregunta, y su mirada me dice que preferiría que no la hubiera.
– Quiero una lista de los coches registrados en la obra.
Su inquietud va en aumento.
– Si ha de haber un escándalo, debo informar a la dirección de la empresa. No quiero cargar con la responsabilidad.
– Lo que buscamos no tiene nada que ver con la empresa ni directamente con las obras -le tranquilizo.
Vuelve a acompañarme a la oficina prefabricada, donde espero. Estoy sobre ascuas pero, por suerte, no llego a quemarme porque Kalavritis no tarda ni cinco minutos en presentarse con la lista. Más o menos por la mitad veo el Yaris y leo el nombre del propietario: Sotiris Kumerkas. Mando a Vlasópulos en busca del coche y pido que me traigan a Sotiris, el capataz que presume de saber albanés en su curriculum.
– ¿Otro interrogatorio de albaneses? -pregunta él, sonriendo.
– No, hemos terminado con el interrogatorio y con los albaneses. Sólo queda una pregunta. Quiero que me digas cómo los trasladasteis.
– ¿A quiénes?
– A los muertos del depósito. ¿Los llevabais envueltos en una sábana?
Se produce una pequeña pausa.
– ¡Al final lo ha descubierto! -dice impertérrito y sin dejar de sonreír.
– Sí, y a tu cómplice, también. Orkópulos.
Sigue sonriendo tan tranquilo.
– En el asiento trasero del coche. Los sentábamos detrás y, un poco más abajo, retirábamos la sábana hasta la cintura -Se echa a reír-. Parecían hombres vivos que insultaban al conductor del coche que iba delante.
– ¿Por qué lo hicisteis? No lo entiendo.
– Fue Orkópulos quien me dio la idea. Una tarde que íbamos juntos en el coche vi que no dejaba de hacer el gesto. Cuando le pregunté a quién insultaba, me dijo que a las cámaras instaladas para los Juegos Olímpicos. «Insulto a los maderos que controlan las cámaras», explicó. Entonces, se me ocurrió otra cosa: dejar en ridículo el sistema de seguridad al completo.
– ¿Por qué? ¿Qué ganabais con eso?
– ¡Vamos, comisario! -exclama indignado-. ¡Setenta mil policías en las calles, más el zepelín, más las cámaras! Queríamos organizar unos Juegos Olímpicos y hemos vuelto a los tiempos de la dictadura. Y todo eso porque los americanos nos contagian el miedo al terrorismo como si fuera el sida. Nos drogan con sus sistemas de seguridad. Se nos ocurrió ridiculizarlos con muertos que insultan para demostrar que no valen nada.
– Pues con las cámaras os habéis equivocado. No hay ningún policía mirando. Sólo hay una cinta que graba el tráfico. Y ¿quieres que te diga una cosa? Entre nosotros. La mitad pronto serán inservibles. Porque los nuestros tendrán demasiada pereza para cambiar las cintas, o se olvidarán de hacerlo, o estarán ocupados en cualquier otra cosa.
Me mira fugazmente decepcionado, pero enseguida se recupera.
– ¡Sí, pero lo del muerto y el zepelín sí que fue bueno! -grita entusiasmado-. Imagínese, todo un zepelín, dos millones de euros mensuales en alquiler, y lo único que pilla es un muerto que lo insulta con la mano. ¡Qué metedura de pata!
– Todo esto es provisional, Kumerkas. No volveremos a los tiempos de la dictadura que, de todas maneras, tú no viviste.
Se echa a reír de nuevo.
– ¡Vamos, comisario! En Grecia todo va al revés. Nada más permanente que lo provisional y nada más provisional que lo permanente. Le daré un ejemplo. Mañana por la mañana salen los suyos y anuncian: se realizarán controles estrictos y se impondrán cuantiosas multas a todos los operadores de maquinaria que no lleven casco. Un gran milagro que dura tres días, como diría mi madre. Pasado ese tiempo se olvidarán y volveremos a lo de siempre. Ahora dicen que las cámaras son provisionales, que sólo las han instalado para los Juegos Olímpicos. Pero seguro que después de los Juegos se inventarán mil excusas para no retirarlas y dejarlas donde están indefinidamente.
– ¿Y vale la pena ir a la cárcel por eso?
– ¡Expresamos el sentir popular! -replica con orgullo-. Mañana la prensa y los medios de comunicación se pondrán de nuestra parte, por no decir que nos declararán presos políticos. Aunque nos caigan un par de años, seremos famosos, como Kenderis y Zanu. [5] Si abrimos una cafetería, serviremos cafés a cuatro euros y cañitas a cinco, y amortizaremos este episodio en menos de un año.
Lo dejo en manos de Vlasópulos e indico a Dermitzakis que me lleve a Orkópulos, el futuro socio, a comisaría. En el momento de salir de la zona de obras veo llegar la limusina de Parker. El vehículo se detiene justo delante de mí y el americano baja como un rayo, fuera de sí.
– ¿Qué significa esto? -grita en inglés-. ¿Por qué no me ha informado? Siempre actúa a mis espaldas. You are operating behind my back.
[5] Se refiere a Kostas Kenderis y Katerina Zanu, los velocistas griegos que fueron descalificados para los últimos Juegos Olímpicos por haber fingido un accidente en moto para evitar un control antidoping. (N. de la T.)