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Электронная книга - «Zapatos de caramelo». Краткое содержание книги:

Tras revolucionar un tradicional pueblo del sur desde el mostrador de su chocolatería, Vianne ha cambiado su nombre por el de Yanne y regenta una confitería en el barrio parisino de Montmatre, donde quiere pasar inadvertida.
Su vida en París es monótona y convencional, tanto como su novio Thierry, y cree que casándose con él aportará estabilidad y normalidad a su vida, a la de su hija Annie, que ahora tiene 10 años, y a la de la pequeña Rosette.
Yanne, sola en la gran ciudad, encuentra en la joven Zozie una buena amiga hasta que se ve obligada a despertar sus poderes dormidos en la víspera de su boda, momento en que su viejo amor Roux reaparece en su vida.
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– ¡Ha llegado alguien!

Resuenan las campanillas, pero la figura que atraviesa la puerta con peluca rizada resulta excesivamente voluminosa como para ser Roux.

– ¡Cuidado a todos! ¡Transporto una gran carga!

– ¡Nico! -chilla Anouk y se echa en brazos de la figura corpulenta que viste levita, botas hasta la rodilla y joyas que avergonzarían a un rey. Nico tiene los brazos llenos de regalos, que deposita a los pies del árbol de Navidad y, aunque sé que el local no es muy grande, lo cierto es que parece llenarlo con su descomunal alegría-. ¿Quién eres?

– Enrique IV, está clarísimo -replica Nico con aires de grandeza-. Soy el monarca culinario de Francia. Un momento… -Calla y olisquea el aire-. Algo huele bien, mejor dicho, realmente bien. Annie, ¿qué se cuece?

– Bueno, muchas cosas.

Tras él, Alice franquea la puerta vestida de hada, incluidos el tutu y las alas centelleantes, aunque hay que reconocer que las hadas tradicionales no suelen ponerse botas tan grandes. Está sonrosada, ríe satisfecha y, pese a que todavía está delgada, da la sensación de que su rostro ha perdido parte de su dureza, lo que la vuelve más bonita y menos frágil.

– ¿Dónde está la dama de los zapatos? -pregunta Nico.

– No ha terminado de arreglarse -responde Anouk, coge a Nico de la mano y lo arrastra hasta la mesa cargada de manjares-. Ven, sírvete algo de beber, hay de todo. -Sumerge el cucharón en el ponche-. No te vuelvas loco con los macarrones, hemos preparado suficientes como para alimentar a un ejército.

A continuación se presenta madame Luzeron. Demasiado solemne como para disfrazarse, pero festiva con un conjunto de jersey y chaqueta de color azul claro, deposita sus regalos bajo el árbol y acepta un vaso de ponche de manos de Anouk y una sonrisa de Rosette, que juega en el suelo con el perro de madera que le regaló para su cumpleaños.

Las campanillas vuelven a tintinear y allí está Laurent Pinson, con los zapatos brillantes y heriditas del afeitado en la cara; luego llegan Richard y Mathurin; Jean-Louis y Paupaul, el primero con el chaleco amarillo más llamativo que he visto en mi vida; madame Pinot, que se ha disfrazado de monja y la señora de aspecto ansioso que regaló una muñeca a Rosette (supongo que la invitó Zozie). De pronto somos un montón de gente, bebidas, risas, canapés y dulces. Vigilo el obrador con un ojo mientras Anouk me sustituye como anfitriona, Alice mordisquea un bizcochito de harina de almendras, Laurent coge un puñado de almendras y se las guarda en el bolsillo, Nico vuelve a preguntar por Zozie y yo me pregunto cuándo llevará a cabo su jugada.

Tac, tac, tac, resuenan sus tacones escaleras abajo.

– Lamento haberme retrasado -se disculpa y sonríe.

Durante unos segundos se produce el reflujo; se impone el silencio cuando entra fresca como una rosa y radiante con su vestido rojo: todos vemos que se ha cortado el pelo a la altura de los hombros, exactamente como lo llevo yo; se lo ha puesto detrás de las orejas, igual que yo, lleva el mismo flequillo recto que yo y ese pequeño remolino en la nuca, imposible de dominar…

Madame abraza a Zozie cuando llega al final de la escalera. Pienso que tengo que averiguar su nombre, pero de momento no puedo apartar la mirada de Zozie, que camina hasta el centro del local en medio de las risas y los aplausos de los invitados.

– ¿De qué te has disfrazado? -pregunta Anouk.

Es a mí a quien Zozie se dirige con esa sonrisa sagaz que solo yo detecto:

– Vamos, Yanne, ¿no te causa gracia? ¿No te has dado cuenta? He venido de ti.

7

Lunes, 24 de diciembre.

Nochebuena, ocho y media de la noche

Ya sabéis que hay personas imposibles de satisfacer. De todos modos, valió la pena por su expresión; por esa palidez repentina, compungida y afligida, por el escalofrío que recorre su cuerpo al verse a sí misma bajando la escalera.

Debo reconocer que se trata de un buen trabajo. El vestido, el peinado, las joyas; todo, salvo los zapatos, reproducido con sobrecogedora perfección y lucido con un atisbo de sonrisa.

– Vaya, parecéis mellizas o gemelas -comenta Nico el Gordo con pueril deleite sirviéndose más macarrones.

Laurent se contorsiona con nerviosismo, como si lo hubiesen pillado en medio de una fantasía particular. Está claro que nos distinguen; con los encantos puedes hacer muchas cosas, pero la transformación total solo es materia de los cuentos de hadas; por otro lado, sorprende la facilidad con la que adopto el papel.

Anouk no pasa por alto lo paradójico de la situación. Su entusiasmo ha alcanzado proporciones casi maníacas mientras entra y sale de la chocolatería, según dice para ver la nieve, pero ella y yo sabemos que está pendiente de Roux; supongo que las súbitas llamaradas iridiscentes de sus colores no nacen del placer, sino de una energía frenética que debe descargar porque, de lo contrario, corre el riesgo de consumirse como un farolillo de papel.

Roux no está. Mejor dicho, todavía no se ha presentado, aunque sí que ha llegado el momento de que Vianne sirva la cena.

Comienza a hacerlo a regañadientes. Todavía es temprano y aún cabe la posibilidad de que Roux venga. Su lugar se encuentra en la cabecera de la mesa y, si alguien pregunta, Vianne dirá que es el sitio reservado para honrar a los que ya no están, tradición secular que se hace eco del Día de los Muertos, algo muy adecuado para la celebración de la velada.

De primero tomamos una sopa de cebolla tan ahumada y olorosa como las hojas en otoño, con trocitos de pan frito, gruyere rallado y una espolvoreada de pimentón por encima. Mientras sirve, Vianne me observa y tal vez espera que de la nada saque un plato todavía más perfecto que hará sombra a sus esfuerzos.

Me limito a comer, a charlar y a sonreír; felicito a la cocinera y el tintineo de la vajilla se le sube a la cabeza, por lo que se siente ligeramente embotada, como si no las tuviera todas consigo. El pulque es un brebaje misterioso y el ponche contiene generosas cantidades, cortesía de la casa, en honor de la gozosa ocasión. Si acaso como consuelo, Vianne sirve más ponche y el perfume de los clavos la hace sentir como si la enterrasen viva, el sabor se asemeja al de las guindillas aderezadas con fuego y se pregunta: ¿terminará alguna vez?

El segundo plato se compone de delicadísimo foie gras, untado sobre tostadas finas y acompañado de carne de membrillo e higos. El contraste es lo que da encanto al plato, lo mismo que el chasquido del chocolate bien templado; el foie gras se deshace lentamente en la boca, suave como una trufa de praliné, y se sirve con una copa de Sauternes muy frío que Anouk rechaza y que Rosette bebe en un vaso minúsculo, del tamaño de un dedal, lo que le provoca una rara y radiante sonrisa a la vez que, con impaciencia, expresa mediante signos que quiere más.

El tercer plato consta de salmón cocido en papillotte, servido entero y con salsa bearnesa. Alice se lamenta de que está casi llena.

pero Nico le da bocaditos escogidos de su plato y se burla de su escaso apetito.

Por fin llega el plato principaclass="underline" la oca, asada lentamente al horno para que la grasa se derrita y se separe de la piel, lo que la deja crujiente y casi caramelizada, mientras que la carne acaba tan tierna que se separa de los huesos como una media de seda de la pierna de una mujer. La acompaña con patatas y castañas asadas en la grasa dorada.

Nico emite un sonido que es mitad lujuria y otro tanto risa.

– Creo que acabo de morir y he ido al cielo de las calorías -comenta y ataca con deleite una pierna de oca-. Debo reconocer que no he probado nada tan delicioso desde la muerte de mi madre. ¡Felicitaciones a la cocinera! Si no estuviera perdidamente enamorado de este insecto palo, te garantizo que me casaría contigo sin pensármelo dos veces… -Menea el tenedor alegremente y con tanta exuberancia que está a punto de clavárselo en el ojo a madame Luzeron, que aparta la cara justo a tiempo.

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