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Электронная книга - «Zapatos de caramelo». Краткое содержание книги:

Tras revolucionar un tradicional pueblo del sur desde el mostrador de su chocolatería, Vianne ha cambiado su nombre por el de Yanne y regenta una confitería en el barrio parisino de Montmatre, donde quiere pasar inadvertida.
Su vida en París es monótona y convencional, tanto como su novio Thierry, y cree que casándose con él aportará estabilidad y normalidad a su vida, a la de su hija Annie, que ahora tiene 10 años, y a la de la pequeña Rosette.
Yanne, sola en la gran ciudad, encuentra en la joven Zozie una buena amiga hasta que se ve obligada a despertar sus poderes dormidos en la víspera de su boda, momento en que su viejo amor Roux reaparece en su vida.
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– Nos veremos en la fiesta -asegura Jean-Loup.

No creo que nos veamos. Es indudable que mi pequeña Nanou te echará de menos, aunque no por mucho tiempo. Muy pronto el Huracán descenderá sobre Le Rocher de Montmartre y, cuando suceda…

Bueno, ¿quién sabe? ¿Acaso saberlo no desvelaría la sorpresa y la echaría a perder?

5

Lunes, 24 de diciembre.

Nochebuena, seis de la tarde

Finalmente la chocolatería ha cerrado y, salvo el letrero que cuelga en la puerta, nada indica que en su interior hay actividad.

¡ESTA NOCHE, A LAS SIETE Y MEDIA, FIESTA DE NAVIDAD!, reza el letrero en medio de un dibujo de estrellas y monos.

SE RECOMIENDA ASISTIR CON TRAJE DE DISFRAZ.

Todavía no he visto el disfraz de Zozie. Me figuro que es fabuloso, pero no me ha contado de qué se trata. Después de contemplar la nieve durante casi una hora, la impaciencia me dominó y fui a su cuarto a ver qué hacía.

Cuando entré me llevé una sorpresa mayúscula: ya no era su cuarto. Había quitado cuanto colgaba de las paredes, la bata china no estaba en la parte de atrás de la puerta y los adornos de la pantalla de la lámpara habían desaparecido. Hasta sus zapatos se habían esfumado de la repisa de la chimenea, y supongo que fue entonces cuando caí realmente en la cuenta de lo que pasaba.

Me percaté al ver que sus fabulosos zapatos ya no estaban.

Sobre la cama había una pequeña maleta de piel que, a juzgar por su aspecto, estaba muy viajada. Zozie se disponía a cerrarla y cuando entré me miró. Supe lo que diría sin necesidad de preguntárselo.

– Ay, cariño, pensaba decírtelo, de verdad que iba a decírtelo, pero no quería arruinarte la fiesta.

Fui incapaz de creerle.

– ¿Te vas esta noche?

– En algún momento tenía que hacerlo -repuso con gran sensatez-. Además, a partir de esta noche ya no tendrá demasiada importancia.

– ¿Por qué?

Zozie se encogió de hombros.

– ¿No invocaste al Viento del Cambio? ¿No querías que tú, Roux, Yanne y Rosette formaseis una familia?

– ¡Eso no significa que tengas que irte!

Lanzó un zapato hacia la maleta.

– Ya sabes que las cosas no funcionan así. Nanou, siempre hay un desenlace, no puede ser de otra manera.

– ¡Pero si tú también eres de la familia!

Negó con la cabeza.

– No saldría bien por Yanne. Está totalmente en contra de mí y quizá tiene razón. Cuando estoy presente nada rueda con facilidad.

– ¡No es justo! ¿Adónde irás?

Zozie apartó la mirada de la maleta y sonrió.

– Dondequiera que el viento me lleve -repuso.

6

Lunes, 24 de diciembre.

Nochebuena, siete de la tarde

La madre de Jean-Loup acaba de telefonear para decir que, de repente, su hijo ha enfermado y no vendrá. Como es lógico, Anouk se ha llevado un chasco y está preocupada por su amigo, pero el entusiasmo de la fiesta es demasiado intenso como para que la decepción dure.

Con la capa y la caperuza rojas se parece más que nunca a una chuchería navideña mientras salta de aquí para allá en pleno frenesí de actividad.

– ¿Ya han llegado? -pregunta incesantemente, a pesar de que en las invitaciones dice a las siete y media y de que el reloj de la iglesia acaba de dar la hora-. ¿Ves a alguien fuera?

A decir verdad, la nieve es tan espesa que apenas veo la farola al otro lado de la plaza. Anouk no deja de aplastar la cara contra el escaparate y se convierte en un fantasma de sí misma en el cristal.

– ¡Zozie! -grita-. ¿Estás lista? -Se produce la respuesta asordinada de Zozie, que ha pasado arriba las dos últimas horas. Anouk pregunta-: ¿Puedo subir?

– Todavía no. Ya te dije que se trata de una sorpresa.

Esta noche hay algo alocado en Anouk: cierta animación formada por una cuarta parte de alegría y tres de delirio. Ora parece una cría de nueve años, ora es casi adulta, perturbadora y está preciosa con la capa roja y el pelo como nubes de tormenta alrededor de la cara.

– Tómatelo con calma -aconsejo-. Terminarás agotada.

Me abraza impulsivamente, tal como hacía de pequeña y, antes de que pueda hacer lo mismo, se ha ido, salta inquieta de un plato a otro, de una copa a otra, reacomoda las hojas de acebo, la hiedra, los posavelas, las servilletas atadas con cuerda roja, los almohadones multicolores de las sillas y el cuenco de cristal tallado, comprado en una tienda benéfica y lleno de ponche de vino tinto color granate, especiado con nuez moscada y canela, aderezado con limón y un chorro de coñac y decorado con una naranja traspasada de clavos de olor que flota sobre las profundidades carmesíes.

Por contraposición, Rosette está extraordinariamente serena. Con su traje de mono, lo observa todo con los ojos muy abiertos y está fascinada por la casa de Adviento, con el belén en el que está representada, con la nieve que cae iluminada por un halo y con el grupo de monos (insiste en que el mono es un animal navideño) que sustituye al buey y al asno de siempre.

– ¿Crees que vendrá?

Evidentemente, Anouk se refiere a Roux. Me lo ha preguntado infinidad de veces y me duele pensar en la desilusión que sufrirá si no hace acto de presencia. Al fin y al cabo, ¿por qué vendría? ¿Hay algo que justifique que siga en París? Anouk está segura de que continúa aquí, lo que me lleva a preguntarme si lo ha visto; esa idea me hace sentir peligrosamente delirante, como si el hecho de ser Anouk fuese contagioso y la nevada en Yule no fuera un fenómeno meteorológico casual, sino un acontecimiento mágico, capaz de borrar el pasado…

– ¿Quieres que venga? -pregunta Anouk.

Pienso en el rostro de Roux, en su olor a aceite de motor y a pachulí, en el modo en el que inclina la cabeza cuando se concentra, en el tatuaje de la rata, en su lenta sonrisa. Hace demasiado tiempo que lo deseo. También he luchado con él…, he luchado por su retraimiento, su desprecio hacia las convenciones, su terca negativa a conformarse…

Pienso en los años transcurridos desde que huimos de Lansquenet, pasando por Les Laveuses, París y el boulevard de la Chapelle, con el letrero de neón y la mezquita cercana, para llegar a la place de Faux-Monnayeurs y la chocolatería, buscando inútilmente una parada en la que encajar, cambiar y ser como los demás.

Durante esos viajes, en las habitaciones de los hoteles y de las pensiones, en los pueblos y las ciudades, a lo largo de esos años de anhelo y miedo, ¿de quién huí realmente? ¿Del Hombre Negro, de las Benévolas, de mi madre, de mí misma?

– Sí, Nou, quiero que venga.

Pronunciar esas palabras produce un gran alivio. Pese a todas las racionalizaciones, por fin lo reconozco. Tras haber intentado encontrar, si no el amor, al menos una mínima satisfacción con Thierry, y haber fracasado, reconozco para mis adentros que existen cuestiones imposibles de racionalizar, que en el amor no se trata de elegir, que a veces no puedes escapar del viento…

Está claro que Roux jamás creyó que me asentaría. Siempre sostuvo que me engañaba a mí misma y en su serena arrogancia esperaba que algún día yo reconocería mi derrota. Quiero que venga. De todos modos, no huiré…, no me iré aunque Zozie derribe el local y la vivienda sobre mi cabeza. Esta vez, cueste lo que cueste, nos quedamos.

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