Deja en paz al diablo
- Автор: Вердон Джон
- Серия: Dave Gurney [es] #3
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Deja en paz al diablo». Краткое содержание книги:
Han pasado seis meses. David Gurney apenas ha conseguido reincorporarse a una cierta normalidad después de haberse encontrado al borde de la muerte tras resolver el caso más peligroso al que se había enfrentado. Madeleine, su esposa, está preocupada: ha sido diagnosticado con síndrome de estrés postraumático; nada parece alegrarle.
Hasta que recibe una llamada. Connie Clark, la periodista que creó la leyenda de superpoli, lo puso en la portada de una revista y lo catapultó a la fama, quiere pedirle ayuda. Su hija Kim está realizando un documental sobre las familias de las víctimas de un asesino en serie al que nunca atraparon, el Buen Pastor, y Connie quiere que Gurney supervise sus investigaciones y la guíe. En parte por aburrimiento y en parte por hacerle un favor a Connie, Gurney acepta.
Sin embargo, esto no será más que el principio. Incapaz de ponerle coto a su curiosidad y a su necesidad de resolver cada una de las incógnitas que se le presentan, David Gurney se verá arrastrado a una investigación para descubrir la verdadera identidad del asesino. Un asesino que es tan imprevisible como peligroso.
Si en Sé lo que estás pensando te asombró y en No abras los ojos te aterró, con Deja en paz al diablo, John Verdon consigue lo inesperado: sorprender al lector a cada página hasta dejarlo sin aliento.
A los asesinos inteligentes y disciplinados, y el Buen Pastor podía ser el más listo y el más disciplinado de todos, no se les solía atrapar siguiendo los procedimientos habituales que sí servían para capturar a otros criminales.
Solo a través de un esfuerzo policial colectivo y coordinado tendrían alguna opción. Se requería reevaluar cada indicio del caso original y asumir un gasto abrumador en recursos humanos. Era preciso empezar desde cero. Pero eso, tal como estaban las cosas, no iba a suceder. Ni el FBI ni el DIC podrían separarse lo suficiente del esquema preestablecido. Era un esquema que ellos mismos habían construido, que ellos mismos habían reforzado durante diez años. Y tal esquema los había puesto peligrosamente a la defensiva.
Así pues, ¿qué podía hacer?
En el ostracismo y sintiéndose demonizado, con la espada de Damocles de una posible acusación y con la etiqueta de estrés postraumático pegada en la frente, ¿qué demonios podía hacer?
No se le ocurrió nada.
Nada salvo un aforismo irritantemente simplista: «Juegas con las cartas que te han repartido».
Pero ¿qué cartas eran esas?
La mayoría de ellas eran paja. Era imposible jugar con esas cartas. No tenía recurso alguno a su disposición.
Pero tenía que admitir que contaba con un comodín.
Podía valer algo o podía no valer nada.
El sol se levantó detrás de la neblina matinal. Todavía estaba bajo en el cielo cuando sonó el teléfono. Gurney se levantó de la mesa y fue a responder al estudio. Era alguien de la clínica que preguntaba por Madeleine.
Cuando estaba a punto de llevarle el aparato al dormitorio, ella apareció en la puerta del estudio en pijama, extendiendo la mano como si fuera una llamada que estuviera esperando.
Miró el identificador de la pantalla antes de hablar en un agradable tono profesional que contrastaba con su cara de sueño.
– Buenos días, soy Madeleine.
Ella escuchó en silencio lo que era, evidentemente, una larga explicación de algo. Gurney regresó a la cocina y puso en marcha la cafetera.
No volvió a oír otra vez la voz de su mujer hasta el final de la llamada, y solo por un momento. Entendió pocas palabras, pero le dio la impresión de que Madeleine estaba accediendo a hacer algo. Al cabo de unos momentos, apareció en el umbral de la cocina, mirándolo con la preocupación de la noche anterior de nuevo presente en sus pupilas.
– ¿Cómo tienes la mano?
El bloqueador nervioso de lidocaína que le habían dado antes de aplicarle nueve puntos de sutura había ido perdiendo efecto. Ahora le dolía la mitad inferior de la palma de la mano.
– No muy mal -dijo-. ¿Qué te piden que hagas ahora?
Ella no hizo caso de la pregunta.
– Deberías mantenerla elevada. Como dijo el doctor.
– Exacto. -Levantó la mano unos pocos centímetros por encima de la isla del fregadero, mientras esperaba a que terminara de filtrarse el café-. ¿Otro suicidio? -preguntó medio en broma.
– Carol Quilty dimitió anoche. Necesitan a alguien que la sustituya hoy.
– ¿A qué hora?
– En cuanto pueda llegar allí. Voy a ducharme, me comeré una tostada y saldré. ¿Te las arreglarás bien aquí solo?
– Por supuesto.
Madeleine frunció el ceño y señaló la mano.
– Más alta.
Él la levantó a la altura del ojo.
Madeleine suspiró, le hizo un pequeño gesto de ánimo y se dirigió a la ducha.
Gurney se maravilló por enésima vez del optimismo innato de su esposa, de su capacidad para aceptar las circunstancias, fueran las que fueran, y afrontarlas con un optimismo que a él le parecía imposible.
Madeleine se enfrentaba a la vida tal como venía y lo hacía lo mejor que podía.
Ella jugaba con las cartas que le tocaban.
De nuevo pensó en su comodín.
Fuera cual fuera su valor, tenía que ponerlo en juego de inmediato, antes de que terminara la partida.
Por un momento, pensó que tal vez no tuviera ningún valor, pero solo había una forma de descubrirlo.
Su «comodín» era que podía acceder al sistema de micrófonos que habían instalado en el apartamento de Kim. Quizá los había colocado el Buen Pastor y tal vez todavía estaba monitorizando sus transmisiones. De ser así, el sistema podría proporcionar un canal de comunicación, una forma de hablar con el asesino, una oportunidad de enviarle un mensaje.
Pero ¿qué clase de mensaje? Una pregunta simple con un número ilimitado de respuestas. Lo único que tenía que hacer era averiguar cuál era la buena.
Poco después de que Madeleine se fuera a la clínica, el teléfono sonó otra vez. Era Hardwick.
– Mira los archivos de la página web del Manchester Union Leader -dijo con voz rasposa-. Hicieron una serie sobre el caso del Estrangulador de las Montañas Blancas en 1991. Seguro que encuentras un montón de cosas interesantes. Tengo que ir a mear. Cuídate.
Sin duda, tenía una forma peculiar de despedirse.
Gurney pasó una hora revisando los archivos, no solo del Union Leader, sino también de otros periódicos de Nueva Inglaterra que habían informado con detalle de los crímenes del Estrangulador de las Montañas Blancas.
Habían sido cinco ataques mortales en dos meses. Todas las víctimas eran mujeres. Las habían estrangulado con pañuelos blancos de seda, que el asesino dejó atados en torno a sus cuellos. Los factores comunes entre las víctimas eran más circunstanciales que personales. Tres de las mujeres vivían solas, y las habían matado en sus casas. Las otras dos trabajaban hasta tarde en entornos aislados: a una la habían asesinado en una zona de aparcamiento sin iluminar, detrás del taller de artesanía que dirigía; a la otra, detrás de su propia pequeña floristería, en un espacio similar. Los cinco ataques ocurrieron en un radio de quince kilómetros de Hanover, donde estaba el Darmouth College.
En casos como aquellos, de mujeres estranguladas, solía haber un móvil sexual, pero no había signos de violación u otros abusos. Por otro lado, el perfil de las víctimas resultaba extraño. De hecho, en realidad no había patrón alguno; lo único que tenían en común era su estatura, no eran muy altas. Por lo demás, no se parecían en nada. Sus cortes de pelo y su estilo de vestir no tenían nada en común. Desde un punto de vista socioeconómico tampoco parecía haber relación: una estudiante de Darmouth (la novia de Larry Sterne en ese momento), dos propietarias de tiendas, una camarera a tiempo parcial en la cafetería de una escuela primaria local y una psiquiatra. Las edades oscilaban entre los veintiuno y los setenta y un años. La estudiante de Dartmouth era una joven rubia de clase acomodada. La psiquiatra jubilada era una afroamericana de cabello gris. Gurney rara vez había visto unos perfiles tan distintos entre las víctimas de un asesino en serie. A partir de ellos era muy difícil deducir cuál era la obsesión del asesino, qué le impulsaba a matar.
Oyó que corría agua en la ducha del piso de arriba. Al cabo de un rato, Kim apareció en el umbral del estudio con una expresión ansiosa.
– Buenos días -dijo Gurney, cerrando la búsqueda en su ordenador.
– Siento haberte metido en todo esto -dijo ella, al borde de las lágrimas.
– Es lo que hacía para ganarme la vida.
– Cuando lo hacías para ganarte la vida, nadie te quemaba el granero.
– No estamos seguros de que la cuestión del granero esté relacionada con el caso. Podría haber sido algún…
– Oh, Dios mío -lo interrumpió Kim-, ¿qué te ha pasado en la mano?
– La flecha que dejé en el aparador, apoyé la mano encima anoche, cuando estaba a oscuras.
– Oh, Dios mío -repitió ella, haciendo una mueca.
Kyle apareció en el pasillo detrás de ella.
– Buenas, papá, ¿cómo…? -Se detuvo cuando vio el vendaje-. ¿Qué ha pasado?
– Poca cosa. Parece peor de lo que es. ¿Queréis desayunar?