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Deja en paz al diablo

Электронная книга - «Deja en paz al diablo». Краткое содержание книги:

Nada es nunca lo que parece. Y menos si David Gurney está involucrado.
Han pasado seis meses. David Gurney apenas ha conseguido reincorporarse a una cierta normalidad después de haberse encontrado al borde de la muerte tras resolver el caso más peligroso al que se había enfrentado. Madeleine, su esposa, está preocupada: ha sido diagnosticado con síndrome de estrés postraumático; nada parece alegrarle.
Hasta que recibe una llamada. Connie Clark, la periodista que creó la leyenda de superpoli, lo puso en la portada de una revista y lo catapultó a la fama, quiere pedirle ayuda. Su hija Kim está realizando un documental sobre las familias de las víctimas de un asesino en serie al que nunca atraparon, el Buen Pastor, y Connie quiere que Gurney supervise sus investigaciones y la guíe. En parte por aburrimiento y en parte por hacerle un favor a Connie, Gurney acepta.
Sin embargo, esto no será más que el principio. Incapaz de ponerle coto a su curiosidad y a su necesidad de resolver cada una de las incógnitas que se le presentan, David Gurney se verá arrastrado a una investigación para descubrir la verdadera identidad del asesino. Un asesino que es tan imprevisible como peligroso.
Si en Sé lo que estás pensando te asombró y en No abras los ojos te aterró, con Deja en paz al diablo, John Verdon consigue lo inesperado: sorprender al lector a cada página hasta dejarlo sin aliento.
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– Lo que quiera contarme.

– Claro, por supuesto. Muy bien. Larry Sterne terminó con la hermosa factoría de belleza dental de su padre, que estoy seguro de que vale millones. Roberta, la señora siniestra de los perros siniestros, se quedó el puto multimillonario negocio de váteres de su padre. Y por supuesto, estoy yo. Mi despreciable y codicioso padre tenía un fondo de inversión en Fidelity que valía un poco más de doce millones de dólares cuando le volaron los sesos. Y en caso de que sus espectadores, que siempre buscan la verdad, quieran conocer la última actualización, les diré que ese fondo de inversión, ahora a mi nombre, vale alrededor de diecisiete millones. Eso, obviamente, plantea una pregunta: «Si el pequeño Jimi Brewster tiene semejante montaña de dinero, ¿por qué vive en esta pocilga?». La respuesta es simple. ¿Puede imaginar cuál es?

– No, Jimi, no puedo.

– Oh, creo que podría si lo intentara, pero, no se preocupe, se lo diré. Estoy ahorrando hasta el último centavo para dárselo al Buen Pastor cuando lo detengan.

– ¿Quiere darle el dinero de su padre al hombre que lo mató?

– Hasta el último centavo. Un buen fondo para poder disponer de una buena defensa en el juicio, ¿no cree?

38

El Estrangulador de las Montañas Blancas

El vídeo continuaba durante diez o quince minutos más, pero nada de lo que siguió resultaba tan impactante como los planes que tenía Brewster para la herencia de su padre. Después de hablar brevemente sobre la fuente actual de ingresos con la que Jim pagaba sus facturas -un pequeño negocio de diseño web y consultoría electrónica-, la entrevista se fue marchitando poco a poco. Kim despidió a Jimi con gesto serio y le prometió que pronto contactaría con él.

– Cielo santo -dijo Gurney, que apagó el ordenador y se recostó en la silla.

Madeleine suspiró.

– Tan lleno de culpa.

Él la miró con curiosidad.

– ¿Culpa?

– Odiaba a su padre, probablemente deseaba su muerte. Quizás incluso deseó que alguien lo matara. Y entonces lo asesinaron. Es difícil escapar de eso.

– Aunque no tuviera nada que ver con ello… -Gurney estaba pensando en voz alta.

– En cierto modo sí tenía que ver. Cuando su sueño se hizo realidad, no había forma de escapar del hecho de que era su sueño. Tenía lo que había deseado.

– En ese vídeo he visto mucha más rabia que culpa.

– La rabia no duele tanto como la culpa.

– ¿Es una elección?

Madeleine le dedicó una mirada larga antes de responder.

– Si se centra en que su padre hizo cosas terribles por las que merecía morir, puede continuar enfadado con él para siempre, en lugar de sentirse culpable por desear su muerte.

Aquel comentario le inquietó. No solo le decía algo sobre Jimi Brewster, sino acerca de su propia relación con su difunto padre, un hombre que no le había hecho caso cuando era niño y a quien él, a su vez, casi había olvidado. Sin embargo, era mejor no abrir aquella puerta, una ciénaga en la que fácilmente podría quedarse enfangado.

De hecho, el foco lo era todo. Así pues, más preguntas, más acción. Salió del estudio y fue al aparador de la cocina para coger su teléfono móvil.

Le había pasado el vídeo a la teniente Bullard. Supuso que ya lo habría visto. Era extraño que no hubiera llamado para comentarlo. O quizá no era tan extraño, teniendo en cuenta las circunstancias, las presiones. Quizá lo mejor sería llamarla, solo para comprobar cómo estaban las cosas. Por otra parte, tal vez fuera mejor esperar a que ella misma le llamara.

A través de la ventana de la cocina vio el Miata rojo de Kim subiendo por la colina, pasando junto a los restos del granero. Detrás, venía la BSA de Kyle.

Ya cerca de la casa, el Miata rebotó con un ruidoso golpe en un declive formado por una madriguera de marmota, hundida en el sendero del prado. Kim aparcó al lado del Outback de Gurney. No parecía haberse dado cuenta del impacto. Su gesto preocupado, la ansiedad rígida en torno a su boca y sus ojos, parecía proceder de preocupaciones más profundas que un golpe en el eje trasero. La exagerada atención que Kyle puso en equilibrar su moto en el pie de apoyo mostraba, asimismo, su preocupación.

Al ver a Gurney, Kim se mordió el labio para contener sus lágrimas.

– Perdona.

– Está bien.

– No entiendo qué está pasando. -Parecía una niña asustada que buscaba que la absolvieran de un pecado que no acababa de entender.

Kyle estaba de pie junto a ella. Su gesto reflejaba una angustia parecida.

Gurney sonrió con la mayor afabilidad de la que fue capaz.

– Pasad.

Cuando estaban entrando en la cocina desde el pasillo del lavadero, Madeleine llegó desde el pasillo opuesto. Iba vestida con lo que Gurney llamaba su «traje de la clínica»: pantalones de pinzas y chaqueta beis, un atuendo mucho más contenido y «profesional» que el desmadre de colores tropicales que le gustaba tanto.

Madeleine sonrió fugazmente.

– Si tenéis hambre, hay cosas en la nevera y en la despensa. -Fue al aparador y cogió la bolsa grande que usaba como si fuera un bolso de viaje. El logo era una cabra de aspecto amistoso dibujada dentro de una circunferencia en la que se podía leer APOYA LAS GRANJAS LOCALES.

– Calculo que volveré dentro de dos horas -dijo al salir.

– Ten cuidado -gritó Gurney a su espalda.

Miró a Kim y Kyle. Parecían cansados, nerviosos y asustados.

– ¿Cómo lo sabía? -preguntó Kim, que parecía tener clara la respuesta.

– ¿Te refieres a cómo sabía el Buen Pastor que podía enviarte algo a la dirección de Kyle?

Ella asintió.

– Detesto la idea de que nos estuviera siguiendo, vigilándonos. Es espeluznante. -Empezó a frotarse los brazos como si tratara de entrar en calor.

– No más espeluznante que esa pequeña grabación, las gotas de sangre en tu cocina o el cuchillo en tu sótano.

– Pero todo eso lo hizo el capullo de Robby. Pero esto… Esto es cosa del asesino…, el que mató a Ruthie… y a Eric… con los picahielos. Oh, Dios mío…, ¿va a matar a todos los que hablaron conmigo?

– Espero que no… -contestó, y decidió que era mejor cambiar de tema-. Deberíamos encender la estufa. Cuando el sol se pone, baja mucho la temperatura.

– Yo me ocupo -dijo Kyle, que parecía desesperado, ansiosos por hacer algo útil.

– Gracias. Kim, ¿por qué no te sientas en el sillón al lado de la estufa? Necesitas relajarte. Hay una manta de lana en el asiento. Yo prepararé café.

Diez minutos después, los tres estaban sentados en los sillones, en torno al fuego. El olor tranquilizador de madera de cerezo, las llamas rojizas que parpadeaban en el vientre de la estufa de hierro y las tazas de café humeante en las manos les proporcionaron una pequeña dosis de tranquilidad, un oasis de paz en medio del caos.

– Estoy casi seguro de que nadie nos siguió a la ciudad -dijo Kyle-. Y estoy seguro de que hoy nadie nos ha seguido hasta aquí.

– ¿Cómo puedes decir eso? -La pregunta de Kim era más una súplica para que la tranquilizaran que un reto.

– He ido detrás de ti todo el tiempo, a veces muy cerca, a ratos más lejos. No he dejado de mirar. Si alguien nos hubiera seguido, lo habría visto. Y cuando salimos de la carretera 17, en Roscoe, no había nada de tráfico.

Aquello sirvió para que Kim se tranquilizara un poco.

Gurney decidió reservarse, al menos por el momento, las preguntas que aquello le sugería, pues no quería preocupar a Kim.

– Has mencionado a Robby Meese hace un momento -dijo Gurney-. Me estaba preguntando… ¿tenía mucho contacto con Jimi Brewster?

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