La locura de Dios
- Автор: Агилера Хуан Мигель
- Язык: испанский
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «La locura de Dios». Краткое содержание книги:
El objetivo es descubrir la mítica ciudad del Preste Juan, pero su inesperado destino será la insólita ciudad de Aristarcópolis que, tal vez, encierra en su nombre la explicación del origen de su misteriosa tecnociencia. Juan Miguel Aguilera ha imaginado una larga excursión por tierras de Asia narrada por el mismísimo Ramón Llull pocos años antes de su muerte. El viaje y la fabulación de esta amena novela son fruto de la imaginación, pero resultan compatibles con la verdad histórica y, sobre todo, con la incansable curiosidad y versatilidad que el verdadero Llull mostrara en vida.
Me aparté del almogávar, y cabalgué junto a doña Irene.
Una sombra de profundo pesar cubría el rostro de la mujer. Su aspecto era descuidado y sujetaba sus cabellos sin arreglar con un pañuelo negro.
Parecía haber envejecido diez años en las últimas horas.
– Cuando os deje entre vuestros amigos -me dijo-, regresaré inmediatamente a Constantinopla. Temo lo que mi hija pueda hacer cuando conozca la cobarde acción de su primo. Ella estaba muy enamorada de Roger…
Las lágrimas humedecieron los ojos de la mujer.
– Roger era un hombre intenso -dije-. Capaz de ganarse la más incondicional de las lealtades o el más enconado de los odios. Pero su muerte no puede significar el fin de aquello que luchó por encontrar. Ahora necesito tu ayuda para convencer al Imperio y a los almogávares de que hay algo por lo que vale la pena unirse.
Ella me miró con sus ojos encogidos por el llanto, y dijo:
– Hazme caso, Ramón; regresa a tu tierra. Olvídalo todo, y pasa tus últimos años en paz. Aquí ya nada puedes hacer; nadie te escuchará ya. Ni siquiera yo tengo ánimo para seguir escuchándote; pues en mi interior tan sólo deseo la muerte para todos aquellos que participaron en el asesinato de Roger, y no deseo oír ninguna voz que hable de paz o de entendimiento. Ahora debo regresar para seguir viviendo al lado de los asesinos de Roger, para cruzarme con ellos por los pasillos y sonreírles. Y haré todo esto por mi hija, sólo por ella beberé una copa entera de hiel cada día que me quede de vida, pero no me pidas que te siga escuchando, Ramón; no me pidas tanto.
Nos despedimos horas después, en las cercanías de Gallípoli; doña Irene volvió grupas e inició el regreso junto a sus escoltas.
– Me alegro de haber tenido la oportunidad de conocer a un hombre como tú, Ramón Llull.
Y éstas fueron las últimas palabras que me dirigió.
9
Berenguer de Rocafort tampoco quería oír hablar de nada que no fuera la muerte de los asesinos de Roger de Flor y los ciento treinta almogávares de su escolta.
En cambio, era propicio a hablar de la forma y manera de matar el máximo número de griegos posible, pero yo no estaba dispuesto a fabricar pólvora y reproducir los pocos pyreions explosivos que habíamos traído de Apeiron para que él las usara en su venganza.
Cuando xor Miguel Paleólogo comprendió que los catalanes no tenían ninguna intención de abandonar Gallípoli por las buenas, sitió la ciudad con un ejército compuesto por griegos, genoveses, turcos y alanos.
Era irónico; antiguos aliados y enemigos de Roger unidos finalmente contra lo que quedaba de su ejército. Era como ver a los fantasmas del pasado levantarse de sus tumbas y juntar sus armas contra sus verdugos.
Rocafort dirigió entonces sus naves hacia Constantinopla, y envió embajadores para pedir explicaciones al Emperador por la traición de su hijo y co-regente; pero Andrónico mandó prender y descuartizar a la embajada almogávar.
Empezó así la mayor venganza jamás conocida por el hombre.
Rocafort venció al ejército aliado de Miguel Paleólogo en Apros y acto seguido los almogávares recorrieron a sangre y fuego las costas de la Propóntide hasta Constantinopla, y los puertos del mar Negro y de Tracia.
Ningún lugar del Imperio estaba ya fuera del alcance del vengativo brazo de los catalanes. La desgracia había caído sobre los últimos restos del antaño poderoso Imperio romano.
Yo abandoné este escenario de muerte y sangre y regresé solo a mis tierras, a Mallorca. Ya no me quedaba ninguna esperanza de que Apeiron pudiera ser rescatada del asedio tártaro. En ocasiones tenía sueños en los que veía las hermosas torres de cristal de la ciudad hundirse como castillos de naipes, y a sus pacíficos y amables ciudadanos masacrados por las bestiales huestes tártaras.
Soñaba con Joanot de Curial, con Ricard, y con los almogávares que habían quedado en Apeiron para morir luchando por aquella isla de razón en un mundo enloquecido.
A veces me preguntaba si estos sueños resultarían ser tan reales como otros que había tenido en el pasado; y esta posibilidad me llenaba de un terror incontrolable.
Una vez soñé con la consejera Neléis.
El Adversario no ha muerto, Ramón, me dijo; fracasamos al intentar destruirlo.
¿Podía ser esto cierto?
Los años pasaban, y la Plaga con la que había amenazado toda la vida de este mundo no se había desencadenado.
Quizás era una mentira, como otras tantas que me contó aquella criatura diabólica. Como su afirmación de que había sido ella la que había creado la vida sobre la Tierra. De que era un dios. Un dios loco y derrotado. ¿O quizá no? La locura me rodea incansable y enfermiza… Porque el Mal participa del infinito y el Bien de la naturaleza de lo finito.
Me entrevisté varias veces con el Papa en Aviñón, y tampoco conseguí que moviera un dedo por Apeiron.
A fuerza de luchar contra la locura me estaba ganando la fama de loco y, quizá por eso, el Sumo Pontífice no quiso dar ningún crédito a mis palabras.
Desde Aviñón viajé a París, y allí, unos meses después de mi entrevista con el Papa, fui visitado por aquel misterioso florentino.
Tendría unos cuarenta años y un rostro presidido por una enorme nariz aguileña y unos ojos hundidos que destellaban llenos de pasión bajo espesas cejas negras. Mirar aquel rostro era como ver mi imagen en un espejo cuarenta años atrás.
No quiso darme su nombre, pues afirmó ser un proscrito perseguido a muerte por jefes de su ciudad, pero sí me dio muchos detalles sobre su desgracia: al parecer era miembro destacado de una de las facciones políticas de la ciudad de Florencia, los blancos, de tendencia gibelina, enemigos irreconciliables de los negros, exégetas del Papa. La sangrienta rivalidad entre las dos facciones hizo que el Sumo Pontífice enviara a Carlos de Valois, hermano del rey de Francia, como pacificador. El paciere condenó a la hoguera a más de seiscientos blancos, y mi extraño interlocutor logró salvar la vida por muy poco. Desde entonces se había mantenido oculto y vivía bajo una falsa identidad.
– Sé de vuestra entrevista con el Papa -me dijo, escrutándome con sus intensos ojos oscuros-, pero no lograréis nada por ese camino.
Me pregunté si mi fama de loco habría llevado a un demente hasta mi casa. Le pedí que se explicara con claridad. Él, por toda respuesta, desenrolló cuidadosamente un gran pergamino que había traído consigo. Al acercarme a ver qué era aquello, no pude reprimir una exclamación de sorpresa.
Era un mapa. Un mapa del infernal abismo en el que nos habíamos enfrentado al Adversario. En aquella proyección plana, la inmensa espiral de terrazas, parecía una serie decreciente de anillos concéntricos. Alcé la vista hacia él, y le pregunté:
– ¿Dónde habéis obtenido este documento?
– Un hombre, un viajero llegado de tierras remotas me describió este lugar y yo tracé el mapa. Me aseguró que vos podríais certificarme su autenticidad.
Le sujeté por los hombros, y le pedí que me diera más detalles sobre aquel viajero. El florentino se zafó de mí, y me dijo que nunca había visto el rostro de aquel hombre.
– Siempre iba embozado con una ancha capucha ocultando su rostro -me dijo-, y siempre nos encontramos en la oscuridad. Afirmaba ser un proscrito como yo.
– ¿Qué más os dijo?
– Que Apeiron fue destruida, y que sus gentes se han diseminado por todo el mundo. El era uno de ellos, un vagabundo en un mundo temible y despiadado.