Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне

Электронная книга - «La locura de Dios». Краткое содержание книги:

Inicios del siglo XIV. El `doctor iluminado`, el fraile medieval mallorquín Ramón Llull, acompaña a una partida de almogávares en una arriesgada expedición por tierras de Oriente.
El objetivo es descubrir la mítica ciudad del Preste Juan, pero su inesperado destino será la insólita ciudad de Aristarcópolis que, tal vez, encierra en su nombre la explicación del origen de su misteriosa tecnociencia. Juan Miguel Aguilera ha imaginado una larga excursión por tierras de Asia narrada por el mismísimo Ramón Llull pocos años antes de su muerte. El viaje y la fabulación de esta amena novela son fruto de la imaginación, pero resultan compatibles con la verdad histórica y, sobre todo, con la incansable curiosidad y versatilidad que el verdadero Llull mostrara en vida.
1 ... 86 87 88 89 90 91 92 93 94 95
Перейти на страницу:

– Pero, ¿qué dices? -Marulli sacudió la cabeza desconcertado-. ¿Crees que el Imperio puede tener algún interés en embarcarse en una aventura expansionista como ésa? Llegas quinientos años tarde para eso, Ramón; lo único que ahora interesa al Emperador es mantener el remedo, al menos, una generación más. Sólo eso. Roger de Flor era el peligro más inmediato, y ya ha sido eliminado. Fuera de eso, de ir colocando parches conforme las heridas se van abriendo, nada importa a xor Andrónico, ni a su hijo Miguel el Basileo.

Me dejé caer abatido sobre una de las sillas de la estancia.

– En ese caso, déjame en paz o acaba también conmigo.

Me sentía desesperado. No quería seguir viviendo con la certidumbre de que Apeiron estaba agonizando, y yo no podía hacer nada para evitarlo.

Toda mi vida había sufrido esa misma sensación de impotencia; había recorrido el mundo una y otra vez para mostrarle mi verdad a los príncipes y jefes de la Iglesia, pero jamás me había acompañado el éxito en la empresa de convencer a los demás de algo en lo que yo creía firmemente.

– No te traigo la muerte, sino tu salvación y la de dos capitanes almogávares…

Levanté los ojos hacia él.

– Dos almogávares de la escolta de Roger se han mantenido con vida hasta ahora refugiándose en el campanario de una de las iglesias de la ciudad. Al menos uno de ellos es un arquero diabólico que desde la torre ha acabado a flechazos con más de treinta genoveses. Y han aprovechado la oscuridad y la estrechez de las escaleras que llevan a la torre, para degollar a cuantos alanos intentaban llegar a ellos.

Tuve una intuición:

– ¡Guzmán y Guillem!

– No conozco sus nombres -me respondió Marulli.

Pero yo estaba seguro de que se trataba de ellos. No podía creer que después de todo lo que habíamos pasado juntos, aquellos dos bravos hubieran sido abatidos tan fácilmente. Aunque esto era, por supuesto, más un deseo que una certeza, pues había visto caer al poderoso Sausi Crisanislao ante mis ojos, despedazado por una jauría de cobardes traidores; mientras intentaba salvar la vida de su Capitán, Roger de Flor. El hombre que una vez le condenara a muerte.

– Esos dos siguen allí -continuó diciendo el capitán griego-, y disponen además de un arma mágica que parece obra de Satanás: ¡Un trueno horrible que es capaz de matar a un hombre a gran distancia!

El pyreion que llevaba Guzmán. Ahora estaba seguro de que eran ellos, y sentí una gran alegría por esta certeza.

Marulli me observó con cuidado, y preguntó:

– Tú sabes de lo que estoy hablando, ¿no es cierto? Siempre has tenido fama de hechicero. ¿Es esa arma que hace estallar el trueno producto de tu ciencia alquímica?

– No -respondí-; se trata de un pyreion explosivo, y es producto de la ciencia de la ciudad del Preste Juan de la que antes te he hablado. La misma ciencia que en el pasado creó el fuego griego.

Marulli sacudió la cabeza para indicarme que no quería seguir oyendo hablar de esto. Su órdenes eran muy claras, y aquel hombre carecía del más mínimo rastro de imaginación. Era como intentar razonar con un autómata.

– Eso no importa -dijo-; porque tus amigos siguen allí encerrados, y con estas armas fabulosas, no tenemos forma de desalojarlos, si no es por hambre.

– Pero el Basileo no quiere esto -comprendí.

– No, es cierto -admitió Marulli-. Xor Miguel está hastiado de tanta sangre, prefiere mostrarse misericordioso con esos valientes, y dejarlos marcharse contigo.

Era fácil comprender por qué. Aquellos dos bravos almogávares eran un grano en su fácil y rápida victoria sobre los catalanes. Xor Miguel no podría exhibir su traicionera acción ante su padre el Emperador mientras Guillem (si realmente se trataba de él) siguiera abatiendo a cuanto transeúnte se aventurara a cruzar bajo la sombra de aquella iglesia. Ante un problema así, era mejor mostrarse magnánimo, o recurrir nuevamente a las artes de la traición.

– ¿Cómo pueden saber ellos -le pregunté con una mueca de ironía en mis labios- que xor Miguel Paleólogo, con su promesa de dejarlos marchar no quiere otra cosa que hacerlos salir de la torre para ejecutarlos inmediatamente?

Marulli sacudió la cabeza negando.

– No es así; pero, desde luego, tenéis derecho a desconfiar. Por eso, el Basileo quiere daros garantías. Doña Irene os acompañará una parte del camino, hasta que os sintáis seguros en los territorios del Imperio ocupados por los catalanes. Xor Miguel sólo desea pediros que les transmitáis al resto de los capitanes de Roger el deseo del Imperio de dar por concluidas las hostilidades entre nosotros. Roger de Flor ha pagado sus crímenes con la vida y, consumado esto, xor Miguel ya no alberga ningún deseo de seguir peleando, y os pide que abandonéis pacíficamente las tierras del Imperio.

Te vas a hartar de guerra, griego -pensé-; esto no ha hecho más que empezar.

Pero no podía imaginar lo exacta que iba a ser mi predicción.

8

Vi con gran satisfacción cómo Guzmán y Guillem aparecían por la estrecha puertecilla que conducía a las escaleras que ascendían hasta lo alto de aquella torre.

Los dos almogávares que me habían acompañado en mi asombrosa aventura, avanzaron orgullosos ante la mirada temerosa de los griegos, y se plantaron frente a mí.

Guillem llevaba su extraño arco de madera albina que había traído del mismísimo infierno, con una flecha dispuesta para ser disparada. Muchos desafortunados soldados genoveses habían perecido al exponerse al certero alcance del arma de aquel catalán.

Guzmán sujetaba firmemente su espada con su mano derecha, y llevaba un pyreion cargado y listo para hacer fuego en su izquierda.

Ambos miraban desconfiados a un lado y a otro, pero Guzmán intentó que su voz sonara tranquila cuando me preguntó en su pésimo catalán:

– ¿Estás seguro de que esto no es una trampa de los griegos, anciano?

– Razonablemente seguro… -le respondí, y añadí con bastante emoción-: Me alegro mucho de que lograrais sobrevivir.

– Lo mismo digo, anciano -respondió Guzmán.

Guillem seguía silencioso, con toda su atención concentrada en la muchedumbre que nos rodeaba.

– ¿Qué va a pasar ahora? -dijo el arquero al cabo de un rato.

Poco después, abandonamos Andrinópolis acompañados por doña Irene, su escolta de jinetes búlgaros, y los dos almogávares.

Tal y como xor Miguel había prometido, nadie intentó oponerse a nuestra marcha.

Guzmán cabalgaba junto a mí con una expresión de aburrida indiferencia en su rostro.

– ¿Qué pensáis hacer? -le pregunté.

– ¿Hacer? -me respondió él, mirándome divertido-; eso dependerá de Rocafort, pero creo que vamos a matar a cuantos griegos podamos. Sí, creo que eso es lo que vamos a hacer.

– Me refiero a Apeiron -dije-; allí han quedado muchos de vuestros compañeros, y el adalid Joanot de Curial. No podéis olvidaros de ellos.

Guzmán meditó, y dijo:

– No los olvidaremos. Pero tampoco podemos olvidar a los que aquí han muerto bajo las traicioneras espadas de griegos, alanos y genoveses. Y esto sí es real, anciano.

– ¿Qué quieres decir?

– Apeiron no era real; no lo era en absoluto. Esto es algo que mi buen amigo Fabra no llegó a comprender nunca; y por eso murió. Aquellas gentes, aquella ciudad, no pueden existir en un mundo como el nuestro. George, Marulli y Miguel el Basileo, sí son reales, sí se comportan como es de esperar, y nosotros sabremos cómo dar cumplida respuesta a sus acciones. En cambio ninguno de nosotros comprendió nunca a los apeironitas, nunca entendimos cómo debíamos comportarnos allí, y la ciudad misma era apenas un espectro en el lecho de un mar inexistente. Cada día que pasa me cuesta más traer los recuerdos de Apeiron a mi mente, pero la traicionera acción de los griegos es algo mucho más sólido y real. Algo frente a lo que nosotros, los almogávares, sí sabremos cómo responder. Tenemos una nueva guerra en la que luchar; ahora mataremos griegos en vez de turcos o demonios… ¿qué más da?

1 ... 86 87 88 89 90 91 92 93 94 95
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)