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Электронная книга - «La guerra del fin del mundo». Краткое содержание книги:

La guerra del fin del mundo
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Era ya noche y en la salida de Cocorobó el Consejero diferenció a Eva, en la que predominaban la curiosidad y la desobediencia, de María, toda amor y servidumbre y quien nunca hubiera sucumbido a la tentación del fruto prohibido que desgració a la humanidad. En la rala luz, María Quadrado veía al Consejero, entre Joáo Abade, Joáo Grande, el Beatito, los Vilanova, y pensaba que, así como ella, habría visto María Magdalena, allá en Judea, al Buen Jesús y a sus discípulos, hombres tan humildes y buenos como éstos, y habría pensado, como ella en este instante, qué generoso era el Señor que eligió, para que la historia cambiara de rumbo, no a los ricos dueños de tierras y de capangas, sino a un puñado de humildísimos seres. Se dio cuenta que el León de Natuba no estaba entre los apóstoles. Su corazón dio un vuelco. ¿Habría caído, sido pisoteado, yacería en el suelo fangoso, con su cuerpecillo de niño y sus ojos de sabio? Se insultó por no haberlo cuidado y ordenó a las beatas que lo buscaran. Pero en esa masa apenas podían moverse.

Al regresar, María Quadrado pudo acercarse a Joáo Grande y estaba diciéndole que había que encontrar al León de Natuba, cuando estalló el primer cañonazo. La muchedumbre se detuvo a escuchar y muchos exploraban el cielo, desconcertados. Pero tronó otro cañonazo y vieron saltar, en astillas y brasas, una vivienda del sector del cementerio. En la estampida que se produjo alrededor, María Quadrado sintió que algo informe buscaba refugio contra su cuerpo. Reconoció al León de Natuba por las crenchas y la mínima osatura. Lo abrazó, lo apretó, lo besó tiernamente, susurrándole: «Hijo mío, hijito, te creía perdido, tu madre está feliz, feliz». Desordenaba más la noche un toque de clarines, a lo lejos, largo y lúgubre. El Consejero seguía avanzando, al mismo paso, hacia el corazón de Belo Monte. Tratando de escudar al León de Natuba de los empellones, María Quadrado quiso pegarse al anillo de hombres que, pasado el primer momento de confusión, se cerró de nuevo en torno al Consejero. Pero las caídas y remezones los rezagaron y llegaron a la explanada de las iglesias cuando estaba cubierta de gente. Sobresaliendo entre los gritos de los que se llamaban o pedían protección al cielo, el vozarrón de Joáo Abade ordenó que se apagaran todos los mecheros de Canudos. Pronto, la ciudad fue un foso de tinieblas en el que María Quadrado no distinguía ni las facciones del escriba.

«Se me ha quitado el miedo», pensó. Había comenzado la guerra, en cualquier momento otro cañonazo podía caer aquí mismo y convertirlos a ella y al León en el amasijo de músculos y huesos que debían ser los habitantes de la casa destruida. Y sin embargo ya no tenía miedo. «Gracias, Padre, Señora», rezó. Abrazando al escriba, se dejó caer al suelo, igual que otra gente. Trató de percibir el tiroteo. Pero no había disparos. ¿Por qué esta oscuridad, entonces? Había hablado en voz alta, pues la voz viva del León de Natuba le repuso: «Para que no puedan apuntarnos. Madre».

Las campanas del Templo del Buen Jesús retumbaron y su palabra metálica apagó los

clarines con que el Perro pretendía atemorizar a Belo Monte. Fue como un vendaval de fe, de alivio, ese revuelo de campanas que duraría el resto de la noche. «Él está arriba, en el campanario», dijo María Quadrado. Hubo un rugido de reconocimiento, de afirmación, en la multitud reunida en la plaza, al sentirse bañada por el tañido desafiante, revitalizador, de las campanas. Y María Quadrado pensó en la sabiduría del Consejero que supo, en medio del espanto, dar orden y esperanza a los creyentes. Un nuevo cañonazo iluminó con voz amarilla el espacio de la plaza. La explosión levantó y volvió al suelo a María Quadrado, y resonó en su cerebro. En el segundo de luz alcanzó a ver las caras de las mujeres y los niños que miraban el cielo como si vieran el infierno. Se le ocurrió de pronto que los trozos y objetos que había visto por los aires eran la casa del zapatero Eufrasio, de Chorrochó, que vivía junto al cementerio con un enjambre de hijas, entenados y nietos. Un silencio siguió al cañonazo y esta vez no hubo carreras. Las campanas repicaban con la misma alegría. Le hacía bien sentir al León de Natuba apretándose como si quisiera esconderse dentro de su viejo cuerpo. Hubo una agitación, sombras que se abrían paso gritando «¡Aguateros! ¡Aguateros!». Reconoció a Antonio y Honorio Vilanova y comprendió adonde iban. Hacía dos o tres días, el ex–comerciante había explicado al Consejero que, entre los preparativos, instruyó a los aguateros para que en caso de combate recogieran a los heridos y los llevaran a las Casas de Salud y arrastraran a los muertos a un establo, convertido en Morgue, para darles después un entierro cristiano. Convertidos en enfermeros y sepultureros, los repartidores de agua comenzaban a trabajar.

María Quadrado rezó por ellos, pensando: «Todo pasa como estaba anunciado». Alguien lloraba, no muy lejos. En la plaza, por lo visto, sólo había niños y mujeres. ¿Dónde estaban los hombres? Debían haber corrido a treparse a los palenques, a agazaparse en las trincheras y parapetos, y estarían ahora detrás de Joáo Abade, de Macambira, de Pajeú, de Joáo Grande, de Pedráo, de Táramela y los otros jefes, con sus carabinas y fusiles, con sus picas, facas, machetes y garrotes, escudriñando las tinieblas en espera del Anticristo. Sintió gratitud, amor, por esos hombres que iban a recibir la mordedura del Perro y tal vez a morir. Rezó por ellos, arrullada por las campanas de la torre.

Y así transcurrió la noche, entre rápidos aguaceros cuyos truenos silenciaban al campanario y espaciados cañonazos que venían a pulverizar una o dos chozas y a provocar un incendio que el siguiente aguacero extinguía. Una nube de humo, que hacía arder la garganta y los ojos, se extendió por la ciudad y María Quadrado, en su adormecimiento, con el León de Natuba en brazos, sentía toser y escupir. De pronto, la removieron. Abrió los ojos y se vio rodeada por las beatas del Coro Sagrado, en una luz todavía débil, que luchaba con la sombra. El León de Natuba dormía, apoyado en sus rodillas. Las campanas seguían sonando. Las beatas la abrazaban, la habían estado buscando, llamándola en la oscuridad, y ella apenas podía oírlas por la fatiga y el entumecimiento. Despertó al León: sus grandes ojos la miraron, brillantes, desde detrás de la selva de crenchas. Trabajosamente, se pusieron de pie.

Parte de la plaza se había despejado y Alejandrinha Correa le explicó que Antonio Vilanova había ordenado que las mujeres que no cupieran en las iglesias fueran a sus casas, a meterse en los agujeros, porque ahora que viniera el día las explosiones barrerían la explanada. Rodeados de las beatas, el León de Natuba y María Quadrado avanzaron hasta el Templo del Buen Jesús. La Guardia Católica las hizo entrar. En el entramado de vigas y paredes a medio erigir, estaba aún oscuro. La Superiora del Coro Sagrado vio, además de mujeres y niños acurrucados, muchos hombres en armas, y a Joáo Grande, corriendo con una carabina y sartas de balas en los hombros. Se sintió empujada, arrastrada, guiada hacia los andamios con racimos de gentes que espiaban el exterior. Subió, ayudada por brazos musculosos, oyendo que le decían Madre, sin soltar al León, que a ratos se le escurría. Antes de alcanzar el campanario, escuchó un nuevo cañonazo, muy lejano.

Por fin, en el rellano de las campanas, vio al Consejero. Estaba de rodillas, rezando, dentro de una barrera de hombres que no dejaban cruzar a nadie la escalerilla. Pero a ella y al León los hicieron pasar. Se echó en el suelo y besó los pies del Consejero que habían perdido las sandalias y eran una costra de barro seco. Cuando se incorporó notó

que aclaraba rápidamente. Se acercó al alféizar de piedra y madera y, pestañeando, vio, en las colinas, una mancha gris, azulada, rojiza, con brillos, que bajaba hacia Canudos. No preguntó a los hombres ceñudos y silenciosos que se turnaban para tocar las campanas qué era esa mancha, porque su corazón le dijo que eran los perros. Ya estaban viniendo, ahitos de odio, a Belo Monte, para perpetrar una nueva matanza de inocentes.

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