La guerra del fin del mundo
- Автор: Варгас Льоса Марио
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «La guerra del fin del mundo». Краткое содержание книги:
—Quiero ir a Canudos —pudo decir, cogiendo el brazo del que hablaba—. Llévenme con ustedes. ¿Puedo seguirlos?
—No puedes —le repuso uno, señalando hacia arriba—. Ahí están los perros. Te cortarían el pescuezo. Escóndete. Irás después, cuando estén muertos. Le hicieron gestos de paz y se desvanecieron a su alrededor, dejándolo en medio de la noche, atontado, con una frase que resonaba en sus oídos como una burla: Alabado sea el Buen Jesús. Dio unos pasos, tratando de seguirlos, pero se le interpuso un bólido que lo derribó. Comprendió que era Rufino cuando ya estaba peleando con él y, mientras golpeaba y era golpeado, pensó que esos brillos azogados detrás de los yagunzos eran los ojos del rastreador. ¿Había esperado que aquéllos partieran para atacarlo? No cambiaban insultos mientras se herían, resollando en el lodo de la caatinga. De nuevo llovía y Gall oía el trueno, el chasquido del agua y, de algún modo, esta violencia animal lo libraba de la desesperación y daba un momentáneo sentido a su vida. Mientras mordía, pateaba, rasguñaba, cabeceaba, oía los gritos de una mujer que sin duda era Jurema llamando a Rufino y, mezclado, el alarido del Enano llamando a Jurema. Pero de pronto todos los ruidos quedaron sumergidos por un estallido de cornetas, multiplicado, que provenía de la altura y por un repique de campanas que le contestaba. Fue como si
esas cornetas y campanas, cuyo sentido presentía, lo ayudaran; ahora luchaba con más bríos, sin experimentar fatiga ni dolor. Caía y se levantaba, sin saber si lo que sentía chorrear sobre su piel era sudor, lluvia o sangre de heridas. Bruscamente, Rufino se le fue de entre las manos, se hundió, y escuchó el ruido de su cuerpo al chocar en el fondo del pozo. Permaneció tendido, jadeando, tentando con la mano el borde que había decidido la lucha, pensando que era la primera cosa favorable que le sucedía en varios días.
— ¡Prejuicioso! ¡Insensato! ¡Vanidoso! ¡Terco! —gritó, ahogándose—. No soy tu enemigo, tus enemigos son los que tocan esas cornetas. ¿No las oyes? Eso es más importante que mi semen, que el coño de tu mujer, donde has puesto tu honor, como un burgués imbécil.
Se dio cuenta que, de nuevo, había hablado en inglés. Con esfuerzo, se puso de pie. Llovía a cántaros y el agua que recibía con la boca abierta le hacía bien. Cojeando, porque, tal vez al caer al pozo, tal vez en la pelea, se había herido una pierna, avanzó por la caatinga, sintiendo las ramas y astillas de los árboles, tropezando. Trataba de orientarse por los toques elegíacos, mortuorios, de las cornetas, o por las solemnes campanas, pero los sonidos parecían itinerantes. Y en eso algo se prendió de sus pies y lo hizo rodar, sentir barro en los dientes. Pateó, tratando de zafarse, y oyó gemir al Enano. Aferrado a él, aterrado, chillaba:
—No me abandones, Gall, no me dejes solo. ¿No sientes esos roces? ¿No ves lo que son, Gall?
Volvió a sentir esa sensación de pesadilla, de fantasía, de absurdo. Recordó que el Enano perforaba la oscuridad y que a veces la Barbuda le decía gato y lechuza. Estaba tan cansado que seguía tumbado, sin apartar al Enano, oyéndolo lloriquear que no quería morir. Le puso una mano en la espalda y se la sobó, mientras se esforzaba por oír. No cabía duda: eran cañonazos. Los había venido oyendo, espaciados, pensando que eran redobles de tambor, pero ahora estaba seguro que eran explosivos. De cañones sin duda pequeños, acaso morteros, pero que, por supuesto, volatilizarían Canudos. La fatiga era demasiado grande y, por desmayo o sueño, perdió la conciencia.
Despertó temblando de frío en una debilísima claridad. Oyó el castañeteo de dientes del Enano y vio sus ojos girando espantados en las órbitas. El hombrecito debía haber dormido apoyándose sobre su pierna derecha, que sentía entumecida. Fue recobrando la conciencia, parpadeó, miró: vio, colgados de los árboles, restos de uniformes, quepis, zapatones, capotes, cantimploras, mochilas, vainas de sables y de bayonetas, y unas toscas cruces. Eran los colgajos de los árboles lo que el Enano miraba hechizado, como si no viera esas prendas sino los fantasmas de quienes las vistieron. «Por lo menos a ésos los derrotaron», pensó.
Escuchó. Sí, otro cañonazo. Había dejado de llover hacía horas, pues a su alrededor todo estaba seco, pero el frío le mordía los huesos. Débil, adolorido, consiguió ponerse de pie. Descubrió en su cintura la faca y pensó que ni siquiera se le había ocurrido usarla mientras luchaba contra el rastreador. ¿Por qué no había querido matarlo tampoco esta segunda vez? Oyó, ahora sí, muy claro, otro cañonazo, y una algarabía de cornetas, ese sonido lúgubre que parecía toque de difuntos. Como en sueños, vio aparecer a Rufino y Jurema entre los arbustos. El rastreador estaba malherido, o exhausto, pues se apoyaba en ella, y Gall supo que Rufino había pasado la noche buscándolo, incansable, por la oscuridad del bosque. Sintió odio por esa tozudez, por esa decisión rectilínea e inconmovible de matarlo. Se miraban a los ojos y él estaba trémulo. Sacó la faca de su cintura y señaló hacia donde venía el toque de cornetas:
—¿Oyes? —silabeó—. Tus hermanos reciben metralla, mueren como moscas. Tú me impediste llegar allá y morir con ellos. Tú has hecho de mí un payaso estúpido… Rufino tenía en la mano una suerte de puñal de madera. Lo vio soltar a Jurema, empujarla, agazaparse para embestir:
—Qué clase de bicho eres, Gall —lo oyó decir—. Hablas mucho de los pobres, pero traicionas al amigo y ofendes la casa donde te dan hospitalidad.
Lo calló, lanzándose contra él, ciego de furia. Habían comenzado a destrozarse y Jurema los miraba, estupidizada de angustia y fatiga. El Enano se dobló en dos. —No moriré por las miserias que hay en mí, Rufino —rugía Gall—. Mi vida vale más que
un poco de semen, infeliz.
Estaban revolcándose en el suelo cuando aparecieron dos soldados corriendo. Se detuvieron en seco al verlos. Iban con el uniforme medio roto, uno de ellos sin zapatos, con los fusiles listos. El Enano se tapó la cabeza. Jurema corrió hacia ellos, se les interpuso, les rogó: —No disparen, no son yagunzos…
Pero los soldados dispararon a quemarropa sobre los dos adversarios y se abalanzaron luego sobre ella, bufando, y la arrastraron hacia unos matorrales secos. Malheridos, el rastreador y el frenólogo seguían peleando.
«Tendría que estar contenta, pues significa que el sufrimiento del cuerpo terminará, que veré al Padre y a la Santísima», pensó María Quadrado. Pero el miedo la traspasaba y hacía esfuerzos para que las beatas no lo advirtieran. Si ellas notaban su miedo, se contagiarían y la armazón dedicada al cuidado del Consejero se haría viento. Y en las próximas horas, estaba segura, el Coro Sagrado sería más necesario que nunca. Pidió perdón a Dios por su cobardía y trató de rezar, como lo hacía y había instruido a las beatas que lo hicieran, mientras el Consejero celebraba reunión con los apóstoles. Pero no pudo concentrarse en el Credo. Joáo Abade y Joáo Grande ya no insistían en llevarlo al refugio, pero el Comandante de la Calle trataba de disuadirlo de recorrer las trincheras: la guerra podía sorprenderlo al aire libre, sin protección alguna, padre. El Consejero no discutía nunca y ahora tampoco lo hizo. Retiró la cabeza del León de Natuba de sus rodillas y la colocó en el suelo, donde el escriba siguió durmiendo. Se puso de pie y Joáo Abade y Joáo Grande también se incorporaron. Había enflaquecido aún más en los últimos días y parecía más alto. María Quadrado se estremeció al ver lo adolorido que estaba: tenía arrugados los ojos, entreabierta la boca y había en ese rictus como una adivinación terrible. Decidió instantáneamente acompañarlo. No siempre lo hacía, sobre todo en las últimas semanas, cuando, por la aglomeración en las estrechas calles, la Guardia Católica debía formar una muralla en torno al Consejero que a ella y a las beatas les resultaba difícil mantenerse cerca de él. Pero ahora sintió, de manera perentoria, que debía ir. Hizo una seña y las beatas se amontonaron a su alrededor. Salieron detrás de los hombres, dejando dormido en el Santuario al León de Natuba.