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Электронная книга - «La guerra del fin del mundo». Краткое содержание книги:

La guerra del fin del mundo
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La aparición del Consejero en la puerta del Santuario tomó tan de sorpresa a las gentes allí apiñadas que no tuvieron tiempo de cerrarle el paso. A una señal de Joáo Grande, los hombres con brazaletes azules que se hallaban en la explanada, entre la iglesia de San Antonio y el Templo en construcción, poniendo orden en los peregrinos recién llegados, corrieron a rodear al santo, que avanzaba ya por la callejuela de los Mártires hacia la bajada de Umburanas. Mientras trotaba, rodeada de las beatas, detrás del Consejero, María Quadrado recordó su travesía de Salvador a Monte Santo, y aquel muchacho que la violó, por el que había sentido compasión. Era un mal síntoma: sólo recordaba el mayor pecado de su vida cuando se hallaba muy abatida. Se había arrepentido de ese pecado incontables veces y lo había confesado en público y a los oídos de los párrocos y hecho por él toda clase de penitencias. Pero la culpa estaba siempre en el fondo de su memoria, desde donde venía a torturarla periódicamente.

Se daba cuenta de que, entre los vítores al Consejero, había voces que la nombraban — ¡Madre María Quadrado! ¡Madre de los Hombres!—, que preguntaban por ella y la señalaban. Esa popularidad le parecía trampa del diablo. Al principio, se dijo que esos que le pedían intersecciones eran romeros de Monte Santo, que la habían conocido allá. Pero al cabo comprendió que la veneración de que era objeto se debía a los años que llevaba sirviendo al Consejero, que la gente creía que éste la había impregnado con su santidad.

El movimiento febril, los preparativos que veía en los vericuetos y casuchas apiñadas de Belo Monte, fueron apartando a la Superiora del Coro Sagrado de su preocupación. Esas palas y azadas, esos martillazos, eran preparativos de guerra. El pueblo estaba transformándose como si fuera a combatirse en cada casa. Vio que había hombres levantando sobre los techos esos tabladillos aéreos que había visto en las caatingas,

entre los árboles, desde donde los tiradores acechaban a los tigres. Aun en el interior de las viviendas, hombres, mujeres y niños que interrumpían su tarea para persignarse, abrían fosos o llenaban sacos de tierra. Y todos tenían carabinas, trabucos, picas, palos, facas, collares de balas, o cargaban guijas, fierros, pedruscos.

La bajada de Umburanas, que se abría a ambas orillas de un riacho, esta irreconocible. Los de la Guardia Católica tuvieron que guiar a las beatas por ese campo cribado, entre los fosos que proliferaban. Porque, además de la trinchera que había visto cuando la última procesión llegó hasta allí, había ahora, por doquier, huecos excavados en la tierra, de uno o dos ocupantes, con parapetos de piedra para resguardar las cabezas y apoyar el fusil.

La llegada del Consejero causó gran alborozo. Los que cavaban o cargaban corrieron a escucharlo. María Quadrado, al pie de la carreta donde trepó el santo, detrás de una doble valla de la Guardia Católica, podía ver en la trinchera decenas de hombres armados, algunos dormidos en posturas absurdas y que no despertaban pese al alboroto. Los imaginó toda la noche velando, vigilando, trabajando, preparando la defensa de Belo Monte contra el Gran Perro y sintió ternura por todos, deseo de limpiarles las frentes, de darles agua y panes recién horneados y decirles que por esa abnegación la Santísima Madre y el Padre les perdonarían todas sus culpas.

El Consejero se había puesto a hablar, acallando los ruidos. No hablaba de los perros ni de los elegidos, sino de las tempestades de dolor que se levantaron en el Corazón de María cuando, respetuosa de la ley de los judíos, llevó a su hijo al Templo, a los ocho días de nacido, para que sangrara en la ceremonia de la circuncisión. Describía el Consejero, con un acento que llegaba al alma de María Quadrado —y podía ver que todos estaban igualmente de conmovidos—, cómo el Niño Jesús, recién circuncidado, extendía hacia la Santísima sus brazos, reclamando consuelo, y cómo sus balidos de corderito penetraban en el alma de la Señora y la supliciaban, cuando rompió a llover. El murmullo, la gente que cayó de hinojos ante esa prueba de que también los elementos se enternecían con lo que evocaba el Consejero, dijeron a María Cuadrado que los hermanos y hermanas comprendían que acababa de ocurrir un milagro. «¿Es una señal, Madre?», murmuró Alejandrinha Correa. Ella asintió. El Consejero decía que era preciso oír cómo gimió María al ver tan linda flor bautizada de sangre en el alborear de su preciosa vida, y que ese llanto era símbolo del que a diario lloraba la Señora por los pecados y cobardías de los hombres que, como el sacerdote del Templo, hacen sangrar a Jesús. En eso llegó el Beatito, seguido por un cortejo que traía las imágenes de las iglesias y la urna con el rostro del Buen Jesús. Entre los recién venidos llegó, casi perdido, curvo como una hoz, empapado, el León de Natuba. El Beatito y el escriba fueron levantados en peso por la Guardia Católica al sitio que les correspondía. Cuando se reanudó la procesión, hacia el Vassa Barris, la lluvia había convertido la tierra en lodazal. Los elegidos chapoteaban y se embarraban y en pocos momentos las imágenes, estandartes, palios y banderas fueron manchas y bultos plomizos. Encaramado en un altar de barriles, el Consejero, mientras la lluvia erupcionaba la superficie del río, habló, en voz que apenas alcanzaban a oír los más próximos, pero que éstos repetían a los de atrás y éstos a los de más atrás en una cadena de ondas concéntricas, de algo que era, tal vez, la guerra.

Refiriéndose a Dios y a su Iglesia dijo que el cuerpo debía estar unido en todo a su cabeza, o no sería cuerpo vivo ni viviría la vida de la cabeza, y María Ouadrado, los pies hundidos en el fango cálido, sintiendo contra sus rodillas el carnerito que Alejandrinha Correa tenía de la cuerda, entendió que hablaba de la indisoluble unión que debía haber entre los elegidos y él y el Padre, el Hijo y el Divino en la batalla. Y bastaba ver las caras del contorno para saber que todos entendían, como ella misma, que estaba pensando en ellos cuando decía que el buen creyente tenía la prudencia de la serpiente y la sencillez de la paloma. María Cuadrado tembló al escucharlo salmodiar: «Me derramo como agua y todos mis huesos se han descoyuntado. Mi corazón se ha vuelto de cera y se está derritiendo en mis entrañas». Lo había oído canturrear ese mismo Salmo hacía ¿cuatro, cinco años? en las alturas de Masseté, el día del enfrentamiento que puso fin a las peregrinaciones.

La muchedumbre continuó detrás del Consejero a lo largo de Vassa Barris. por esos

campos que los elegidos habían labrado, llenado de maíz, de mandioca, de pasto, de cabras, de chivos, de ovejas, de vacas. ¿Iba a desaparecer todo eso, arrasado por la herejía? Vio fosos también en medio de los sembríos, con hombres armados. El Consejero, desde un montículo, hablaba explícitamente de la guerra. ¿Vomitarían agua en vez de balas los fusiles de los masones? Ella sabía que las palabras del Consejero no debían tomarse en sentido literal, porque a menudo eran comparaciones, símbolos difíciles de descifrar, que sólo podían identificarse claramente con los hechos cuando éstos ocurrían. Había cesado de llover y encendieron antorchas. Un olor fresco dominaba la atmósfera. El Consejero explicó que el caballo blanco del Corta–pescuezos no era novedad para el creyente, pues ¿no estaba escrito en el Apocalipsis que vendría y que su jinete llevaría un arco y una corona para vencer y conquistar? Pero sus conquistas cesarían a las puertas de Belo Monte por intercesión de la Señora.

Y así continuó, de la salida a Geremoabo a la de Uauá, del Cambaio a la entrada de Rosario, de la ruta de Chorrochó al Curral de Bois, llevando a hombres y mujeres el fuego de su presencia. En todas las trincheras se detuvo y en todas era recibido y despedido con vítores y aplausos. Fue la más larga de las procesiones que María Cuadrado recordaba, entre chaparrones y períodos de calma, altibajos que correspondían a los de su espíritu, que, a lo largo del día, pasó, como el cielo, del pánico a la serenidad y del pesimismo al entusiasmo.

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