El tercer gemelo
- Автор: Фоллетт Кен
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El tercer gemelo». Краткое содержание книги:
El tercer gemelo habla sobre el tema de la clonación de seres humanos. Una empresa pionera en estas investigaciones decide, allá por los años setenta, lanzar sus pruebas a los seres humanos pero sin advertir a los afectados.
Veintitrés años después de que se llevaran a cabo algo hará que se descubra todo el pastel, gracias a una profesora que trabaja para esa empresa sin saber el fin real de sus estudios.
“Una joven científica está desarrollando una investigación sobre la formación de la personalidad y las diferencias de comportamiento entre gemelos. De pronto, cuando descubre dos gemelos absolutamente idénticos nacidos de madres distintas, se da cuenta de que alguien intenta frenar su investigación al precio que sea.
¿Es posible que se hayan hecho experimentos secretos de clonación en seres humanos sin ser ellos conscientes? ¿Y de qué forma puede estar involucrado un candidato a la presidencia de los Estados Unidos?”
Se zafó de él y le precedió camino de la alcoba. Se quitó el jersey pasándoselo por encima de la cabeza y lo arrojó al suelo. Steve entró en el cuarto y cerró la puerta a su espalda con el talón. Al verla desnuda, se desprendió de la camiseta con rápido movimiento.
Todos hacen lo mismo, pensó Jeannie. Todos cierran la puerta con el talón.
Steve se descalzó, se soltó el cinturón y se quitó los pantalones azules. Su cuerpo era perfecto, hombros anchos, pecho, músculos y caderas estrechas enfundadas en calzoncillos blancos.
«Pero ¿cuál de ellos es?»
Steve avanzó hacia ella y Jeannie retrocedió dos pasos.
Aquel individuo dijo por teléfono: «Puedo volver a visitarte».
Steve frunció el entrecejo.
– ¿Qué ocurre?
Jeannie estaba repentinamente asustada.
– No puedo hacerlo -dijo.
Steve respiró hondo y expulsó el aire con fuerza.
– ¡Estupendo! -exclamó. Desvió la mirada-. ¡Esta sí que es buena!
Jeannie cruzó los brazos sobre el pecho, cubriéndose los senos.
– No sé quién eres.
Steve comprendió.
– ¡Oh, Dios mío! -Se sentó en la cama, de espaldas a ella, y sus amplios hombros se inclinaron con desánimo. Pero podía tratarse de una actuación teatral-. Crees que soy el que conociste en Filadelfia.
– Creí que él era Steve.
– Pero ¿por qué iba a fingir que era yo?
– Eso no importa.
– Él no lo hubiera hecho sólo con la esperanza de echar un polvo furtivo -dijo Steve-. Mis dobles tienen modos muy peculiares de gozarla, pero este no figura en su repertorio. Si él quisiera follarte te amenazaría con un cuchillo, te rasgaría las medias o prendería fuego al edificio, ¿no te parece?
– Recibí una llamada telefónica -explicó Jeannie, temblorosa- Anónima. Dijo: «El que te abordó en Filadelfia se suponía que iba a matarte. Se embarulló un poco y estropeó el asunto. Pero puede volver a visitarte». Por eso tienes que marcharte ahora.
Recogió el jersey del suelo y se lo puso precipitadamente. No la hizo sentirse ni tanto así más segura.
Había compasión en los ojos de Steve.
– Pobre Jeannie -dijo-. Esos cabrones te han metido el miedo en el cuerpo. Lo siento. Se levantó y se puso los pantalones.
De pronto, Jeannie tuvo la certeza de que estaba equivocada. El clon de Filadelfia, el violador, nunca hubiera vuelto a vestirse en aquella situación. La habría arrojado encima de la cama, le habría arrancado la ropa e intentado tomarla por la fuerza. Este hombre era diferente. Era Steve. Sintió un casi irresistible deseo de echarse en sus brazos y hacer el amor con él.
– Steve…
Él sonrió.
– Soy yo.
Pero ¿no sería ese el propósito de su actuación? Una vez hubiera ganado su confianza, estuviesen desnudos en la cama y el tendido encima, ¿no cambiaría y revelaría su verdadera naturaleza, la naturaleza que se perecía por ver a las mujeres aterrorizadas y sumidas en el dolor? La sacudió un estremecimiento de pánico.
No estaba bien. Desvió la mirada.
– Vale más que te vayas -dijo.
– Podrías preguntarme cosas.
– Vale. ¿Dónde vi a Steve por primera vez?
– En la pista de tenis.
Era la contestación correcta. Pero los dos, Steve y el violador, estaban aquel día en la Universidad Jones Falls.
– Pregúntame otra cosa.
– ¿Cuántos bollos de canela se comió Steve el viernes por la mañana?
Steve sonrió.
– Ocho. Me avergüenza confesarlo.
Jeannie sacudió la cabeza, desconfiadamente. -Puede que hayan puesto micrófonos ocultos en esta casa. Registraron mi despacho y descargaron mi correo electrónico. Es posible que nos estén escuchando en este momento. No es bueno. No conozco a Steve Logan hasta ese punto, y lo que yo sé otros también pueden saberlo.
– Supongo que tienes razón -convino Steve, y se puso de nuevo la camiseta de manga corta.
Se sentó en la cama y se calzó los zapatos. Jeannie se fue al salón, ya que no deseaba seguir en el dormitorio viendo como se vestía. ¿Estaba cometiendo un terrible error? ¿O era el acto más inteligente de cuantos jamás había realizado? Sintió el dolor de la privación en los riñones; deseaba desesperadamente hacer el amor con Steve. Sin embargo, el pensamiento de encontrarse en la cama con alguien como Wayne Stattner la hacía temblar de miedo.
Steve salió del dormitorio, completamente vestido. Jeannie le miró a los ojos, buscó en ellos algo, algún detalle que aclarara sus dudas, pero no lo encontró. “No sé quién eres, ¡sencillamente no lo sé!”
Steve le leyó el pensamiento. -Es inútil, no puedo sacarte de dudas. La confianza es la confianza, y cuando se pierde se ha perdido. -Dejó ver momentáneamente su resentimiento-. ¡Qué jarro de agua fría, que jodido jarro de agua fría!
Su rabia aterró a Jeannie. Ella era fuerte, pero Steve lo era más. Deseo verle fuera del piso, y rápido.
Steve noto su perentoriedad.
– De acuerdo, ya me voy -dijo. Se encaminó a la puerta-. Te darás cuenta de que él no se marcharía.
Ella asintió con la cabeza.
– Pero hasta que no haya salido de aquí -Steve expresó en palabras lo que Jeannie estaba pensando- no puedes estar segura. Y si me voy y luego vuelvo, eso tampoco contaría. Para que sepas que soy yo, tengo que marcharme de verdad.
Ahora tenía la plena certeza de que aquél era Steve, pero las dudas reaparecerían a menos que se fuera real y definitivamente.
– Necesitamos una clave secreta, para que sepas que soy yo.
– Exacto.
– Pensaré algo.
– Muy bien.
– Adiós -se despidió Steve-. No intentaré besarte.
Bajó la escalera. -Telefonéame -alzó la voz por encima del hombro.
Jeannie continuó inmóvil, como petrificada, hasta que oyó el golpe de la puerta de la calle al cerrarse.
Se mordió el labio. Tenía ganas de llorar. Fue al mostrador de la cocina y se sirvió una taza de café. Levantó la taza hacia sus labios, pero se le resbaló entre los dedos, cayó y fue a estrellarse contra las baldosas del suelo, donde se hizo añicos.
– ¡Joder! -exclamó Jeannie.
Se le doblaron las piernas y se desplomó encima del sofá. Tenía la sensación de haber estado en terrible peligro. Ahora comprendía que tal peligro era imaginario, pero, a pesar de todo, agradecía profundamente el que hubiera quedado atrás. Sentía el cuerpo henchido de un deseo insatisfecho. Se tocó la entrepierna: los pantalones estaban húmedos.
– Pronto jadeó-. Pronto. Pensó en cómo se desarrollarían las cosas la próxima vez que se encontraran, como le abrazaría, le besaría y le pediría perdón; y cómo la perdonaría él, derrochando ternura. Y mientras se imaginaba todo aquello, las yemas de los dedos pulsaron los puntos debidos y al cabo de unos instantes un espasmo de placer recorrió todo su cuerpo.
Luego durmió un rato.
46
Humillación era el sentimiento que agobiaba a Berrington.
Había derrotado a Jeannie Ferrami una y otra vez, pero en ningún momento pudo sentirse satisfecho de ello. Jeannie le obligó a moverse sigilosamente como un ladrón de tres al cuarto. Había tenido que filtrar vergonzosamente a un periódico una historia abyecta, colarse rastrero como una serpiente en el despacho de la mujer y registrar los cajones de su mesa. Ahora espiaba su casa. El miedo le obligaba a actuar así. Su mundo parecía desmoronarse en torno suyo. Estaba desesperado.
Jamás hubiera pensado que estaría haciendo aquello unas semanas antes de cumplir los sesenta años: sentado en su automóvil, aparcado junto a la acera, dedicado a vigilar la puerta de la casa de otra persona como un mugriento detective particular. ¿Qué pensaría su madre? Aún vivía, era una dama esbelta, elegante y bien vestida, de ochenta y cuatro años, que residía en una pequeña población de Maine, escribía cartas al periódico local y se mostraba firmemente decidida a mantenerse en su puesto de encargada de arreglar las flores de la Iglesia episcopaliana. Se estremecería de bochorno si se enterara de la situación a que se veía reducido su hijo.