Tratamiento criminal [Silent Treatment - es]
- Автор: Палмер Майкл
- Год: 1996
- Язык: испанский
- Год: Editorial Planeta
- ISBN: 84-08-01878-7
- Переводчик: Victor Pozanco
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Tratamiento criminal [Silent Treatment - es]». Краткое содержание книги:
Michael Palmer ha conseguido una sobrecogedora novela de intriga médica, un impresionante thriller protagonizado por el médico más siniestro aparecido en la literatura de terror desde los tiempos de Hannibal Lecter.
– Sí.
– Estoy en un árbol, Harry -susurró Maura casi sin resuello-. En la copa de un árbol de una fronda contigua al descampado. ¿Increíble, no? Si llego a saber que conocería a un hombre que me iba a hacer subir a los árboles de los vertederos de Nueva Jersey en plena noche con un revólver entre los muslos, no me hubiese molestado en darme a la bebida.
– Pues yo no estoy en un lugar tan exótico -dijo Harry en un tono innecesariamente bajo-. En la calle noventa y seis, en dirección a la avenida. ¿Se ve ya a alguien?
– Ni un alma. He encontrado un sitio estupendo para dejar el coche y un excelente puesto de observación.
– ¿Estás segura de que nadie te ha visto?
– Completamente. ¿Crees que te sigue alguien?
– No lo sé.
– Da igual que te sigan o no. Espera… Me parece que se acerca un coche por la carretera. Te volveré a llamar a las nueve menos diez, salvo que el que esperamos esté demasiado cerca del árbol.
– Lo estás haciendo estupendamente, Maura. ¿Vas bastante abrigada? Me parece que no tardará en llover.
– Estoy muy bien. Ya te lo he dicho antes: esta noche va a quedar todo solucionado.
Con un ojo en la carretera y otro en el retrovisor, Harry enfiló por la avenida Henry Hudson. A cierta distancia, volvió a ver el mismo turismo de color oscuro que estaba casi seguro que iba detrás de él desde el principio. Pero Maura tenía razón: daba igual que su anónimo comunicante lo hiciese seguir. Iba a cumplir con las instrucciones al pie de la letra. Maura era el as que guardaba en la bocamanga.
Nada más cruzar el puente George Washington empezó a lloviznar. A Harry lo molestaba mucho conducir con el limpiaparabrisas funcionando. Sólo lo conectaba cuando no tenía más remedio. En esta ocasión, no obstante, lo puso en marcha en cuanto cayeron las primeras gotas. Si algo se torcía aquella noche, no iba a ser porque él cometiese alguna estupidez.
En cuanto hubo cruzado el río, ya en Nueva Jersey, consultó el mapa de carreteras. A tres kilómetros de la orilla dejó la carretera principal y se adentró por un barrio obrero de arboladas calles. Los patios y los pequeños jardines de las casas, de madera en su mayoría, rebosaban de toda la parafernalia propia de familias con hijos de corta edad. El coche oscuro que seguía al BMW iba a unos doscientos metros y llevaba las luces apagadas. A Harry le pareció ver que eran dos las personas que iban en el coche.
Harry reconoció fácilmente el cruce en el que el informador le había indicado que se detuviese durante un minuto. Estaba a punto de volver a arrancar cuando sonó el teléfono. Maura llamaba con varios minutos de antelación. Ya antes de contestar, Harry intuyó algún contratiempo.
– ¿Sí?
– ¡Para inmediatamente, Harry! -le susurró Maura, muy asustada-. Hay policía por todas partes. Una docena de agentes, por lo menos. O puede que más. Como no se ven los coches patrulla, cualquiera diría que no ocurre nada. Pero el caso es que están aquí.
A Harry se le heló la sangre. Miró el retrovisor. El coche oscuro seguía detrás, a unos ciento cincuenta metros. Harry arrancó y siguió despacio calle adelante.
– ¿Y qué más?
– Tu amigo Dickinson está aquí. Durante unos momentos lo he tenido a tres metros del árbol. Ahora ha ido a comprobar que todos sus hombres estén en sus puestos.
– ¿Estás segura?
– ¡Y tan segura! Colabora con él un teniente que parece ser de por aquí y estar muy entusiasmado por participar en… tu captura. Los he oído comentar que has concertado una entrevista aquí con una persona. Supuestamente, le has ofrecido veinticinco mil dólares para que se deshaga de un cadáver que tienes oculto, para que se lo lleve a mil kilómetros de aquí y lo entierre donde jamás lo encuentre nadie. El supuesto comunicante ha dicho que estabas loco, y que te divierte matar. Dice haber llamado porque te tiene miedo. Debes huir, Harry.
Aunque desconcertado y confuso, Harry optó por hacerle caso a Maura y aceleró.
– Pues tú procura que no te vean -dijo Harry-; aléjate de la zona y ve a mi apartamento en cuanto puedas. Te llamaré allí.
– Ten cuidado, Harry.
Nada más colgar, Harry consultó el plano. Al llegar al próximo cruce tomaría a la izquierda o seguiría hacia delante, en lugar de girar a la derecha como le indicó el supuesto informador. Los dos del coche oscuro que lo seguía tardarían, a lo sumo, tres o cuatro segundos en percatarse de que se apartaba del plan inicial.
Harry pensó que lo más seguro para él era tratar de volver a la autopista. Aceleró hasta ponerse a poco más de 60 km/h.
¿Enterrar un cuerpo? ¿Cómo se le ocurría a Perchek que podía crearle problemas con algo tan inverosímil? A menos que…
En cuanto comprendió de qué se trataba, Harry apagó las luces, giró bruscamente a la izquierda y pisó a fondo el acelerador. Al llegar al siguiente cruce volvió a girar, pero esta vez a la derecha y luego a la izquierda. Oía la sirena de un coche patrulla muy cerca y veía los luminosos haces azules entre los árboles. El firme de las calles, tan agrietado y seco durante las dos últimas semanas a causa del intenso calor, estaba ahora resbaladizo debido a la lluvia y al aceite derramado por los coches.
Harry llegó al fin a una calle que desembocaba en la carretera principal. Aunque Harry era un conductor muy prudente, y rara vez corría, ni siquiera en autopista, iba ahora a más de 130 km/h. Un coche que saliese marcha atrás de una casa… un niño en bicicleta… Era muy peligroso ir a semejante velocidad por allí. No cabía duda de que los agentes del camuflado coche policial que lo seguía habían pedido refuerzos.
No sabía qué hacer. Circulaba por unas calles casi inundadas, en una zona que no conocía, de noche, en un BMW que tenía diecisiete años y, muy probablemente, con un cadáver en el maletero. Un minuto. En cosa de un minuto lo alcanzaría el coche que lo perseguía o le cortaría el paso el que llegaba con refuerzos.
Se acercaba a gran velocidad a una carretera principal. Si era la misma por la que había llegado a la zona, era de dos carriles por sentido y sin valla divisoria. El turismo estaba ahora a menos de tres manzanas y le ganaba terreno rápidamente. Harry pensó en frenar, dar la vuelta y enfilar por la autopista hacia el norte. No obstante, en el último momento vio que había un perceptible hueco en el tráfico, en ambos sentidos. Pisó a fondo y cruzó los cuatro carriles de la autopista como una exhalación. Estuvo a punto de chocar con dos tractores que iban a cruzarse. Los esquivó de milagro. Oyó un desafinado concierto de bocinas y un estridente chirrido de neumáticos.
Su perseguidor no tendría más remedio que renunciar a cruzar, porque el tráfico de la autopista volvía a ser fluido en ambos sentidos.
Harry vio una bocacalle y se adentró por allí. Redujo un poco, miró hacia atrás y vio que uno de los tractores había volcado.
Oía varias sirenas a lo lejos. Se metió por una calle secundaria y se adentró hasta la mitad de una rampa de acceso a una casa. No se veía luz en el interior.
Las sirenas aullaban cada vez más cerca. Bajó sigilosamente del coche, temeroso de que de un momento a otro se encendiesen todas las luces de la casa y de que un perro guardián se abalanzase sobre él. Miró en derredor. No tenía ni idea de dónde estaba, salvo que la fachada de la casa daba al río y la parte de atrás al oeste, a un bosquecillo. Con un poco de suerte podría ocultarse entre los árboles y darse un respiro para ver qué hacía.
Harry abrió el maletín y se llenó los bolsillos con lo que calculó que podían ser alrededor de 7.000 dólares. Llevaba unos elegantes zapatos, que podrían ser muy adecuados para impresionar a los empleados del banco, pero muy poco para huir de la policía.