Tratamiento criminal [Silent Treatment - es]
- Автор: Палмер Майкл
- Год: 1996
- Язык: испанский
- Год: Editorial Planeta
- ISBN: 84-08-01878-7
- Переводчик: Victor Pozanco
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Tratamiento criminal [Silent Treatment - es]». Краткое содержание книги:
Michael Palmer ha conseguido una sobrecogedora novela de intriga médica, un impresionante thriller protagonizado por el médico más siniestro aparecido en la literatura de terror desde los tiempos de Hannibal Lecter.
Kevin era consciente de que Harry Corbett sospechaba lo que se proponía hacer. No fue precisamente muy sutil lo que Harry le contó de Vietnam la noche que se vieron en el coche. La verdad era que, en las pasadas horas, le había dado muchas vueltas a la opinión de Corbett de que su situación no era tan desesperada. Para Corbett era muy fácil decirlo, pensaba Kevin. No tenía tres hijos en quienes pensar.
Kevin había hablado con él varias veces desde entonces y había procurado mostrarse animoso y optimista. No creía que Corbett fuese a hacer nada por ayudarlo. Además, ¿qué podía hacer? Dentro de poco más de veinticuatro horas todo habría terminado.
Loomis inspeccionó la lavadora y la secadora. La policía se presentaría y redactaría un informe. Pero nadie podría probar que no se había tratado de un accidente. Nadie.
Suspiró con el alivio propio de quien cree hacer lo debido y hacerlo bien. Por la noche, cenaría opíparamente con su familia. Luego, haría el amor con Nancy como no lo había hecho jamás.
Capítulo 36
Al fin había cesado la ola de calor que a finales del verano había causado insolaciones, accidentes y muertes en toda la ciudad. A media tarde, la temperatura no llegaba a los 20° C, y soplaba una brisa bastante agradable y amenazaba lluvia.
Harry acompañó a Maura hasta su coche a las seis en punto. Luego regresó al garaje de su casa y aguardó a que fuesen las ocho y cuarto para salir. El reloj del salpicadero del BMW llevaba años estropeado, y ni él ni Evie se preocuparon por arreglarlo. De modo que tendría que fiarse de su Casio.
Estaba ya cerca del garaje cuando Maura lo llamó, para probar el teléfono móvil e informar de que no había excesivo tráfico entre su apartamento y el puente George Washington. Tal como convinieron, no volvería a llamar hasta las ocho y veinte.
– Lo vamos a conseguir, Harry -dijo ella-. Ya lo verás. A las diez de la noche estaremos en condiciones de ir a la policía. Esta vez tendrán que creernos. Ánimo.
– Sí, mujer, sí, pero ten cuidado.
Harry dejó el coche en su plaza del garaje y salió a la calle. Vio un coche patrulla que circulaba muy despacio, a unos cincuenta metros de allí. ¿Lo buscarían a él? Por culpa de Ray Santana no podía considerarse a salvo en ninguna parte. Volvió al BMW, encendió la radio y aguardó.
La cadena de emisoras de radio WINS, que sólo emitía noticias, seguía dando, aproximadamente cada diez minutos, flashes informativos acerca de los extraños hechos que rodeaban al «loco del revólver» del CMM. Al verdadero Max Garabedian lo había detenido la policía, lo habían interrogado e inmediatamente puesto en libertad.
Garabedian había regresado inmediatamente a su apartamento de la calle 103. Se negaba a hablar con los periodistas hasta que no se lo aconsejase su abogado. En una declaración preparada y leída por su abogado, Garabedian afirmaba no saber nada del hombre ingresado con su nombre en el CMM. Negaba tener con Harry Corbett más relación que la propia entre médico y paciente. Sin embargo, decía de Harry que era un «médico inteligente y muy entregado a su trabajo», y expresaba su determinación de abstenerse de emitir cualquier juicio hasta que se aclarase la verdad.
Aunque Harry estuvo tentado de llamar a Garabedian desde el teléfono del coche, comprendió que no era momento para hacer nada más que aguardar a que fuesen las ocho y cuarto.
Pero había más: no habían detenido a Ray Santana. La policía no sabía cómo justificar que un hombre armado con un revólver, en pijama y descalzo lograse salir de un hospital rodeado por todos los miembros de seguridad del centro y decenas de agentes. El locutor no pudo resistir la tentación de dar su propia opinión: al fin y al cabo, aquello era Nueva York, y por más extraña que fuese su indumentaria, a lo mejor había salido tranquilamente por la puerta y se había mezclado con la multitud de Manhattan.
A las siete de la tarde, la directora de relaciones públicas del CMM, Barbara Hinkle, dio una conferencia de prensa, que la WINS resumió en uno de sus informativos.
El Centro Médico de Manhattan, dijo Barbara Hinkle, se felicitaba de que nadie hubiese resultado herido en el desgraciado incidente. El hospital no daría más comunicados hasta que hubiese concluido una investigación preliminar de lo que había estado a punto de ser una tragedia. Lo que sí añadió Hinkle fue que, por el momento, la dirección del hospital no había logrado localizar al doctor Harry Corbett, el médico que hizo que el autor de los disparos ingresara en la habitación 218, en la planta 2.
«Estoy segura -había dicho Hinkle-, de que el doctor Corbett ha estado sometido últimamente a una gran tensión como consecuencia de la trágica muerte de su esposa. Tengo entendido que ha precisado atención médica para superar su gran pesadumbre, así como por las secuelas de su estrés postraumático, consecuencia de su heroico comportamiento en Vietnam…»
¡Estrés postraumático!
– ¡Vaya, hombre! ¡Menuda lengua tiene la Barbie del hospital! -exclamó Harry.
Estaba claro que los médicos más influyentes del hospital ya se habían reunido y decidido una estrategia común para afrontar el colectivo desastre a que los abocaba el doctor Harry Corbett… ¡Estrés postraumático! Harry temblaba al pensar qué otro «síndrome» se sacarían de la manga si a alguien se le ocurría preguntar quién era su psiquiatra.
«… aventuramos que el doctor Corbett pudo utilizar el nombre de Max Garabedian para hospitalizar a otra persona por la que debe de sentir especial aprecio pero que no está afiliado a la Seguridad Social -proseguía Hinkle-. Quizá un compañero, ex combatiente de Vietnam. Y todo se ha descubierto ante el desquiciamiento del paciente.»
«Bonito -pensó Harry-. Muy bonito. Y… no muy lejos de la realidad.»
El resto de la conferencia de prensa de Barbara Hinkle no añadía nada sustancial, salvo que examinaban la identidad y el historial de las enfermeras particulares que atendían al falso Garabedian.
Durante cuarenta minutos, las emisoras no dieron más noticias. Luego, media hora antes de que Harry tuviese que salir en dirección a Nueva Jersey, una noticia aseguraba que se había aclarado uno de los muchos misterios relacionados con el caso. Un electricista que reparaba el circuito de calefacción había sido encontrado por un empleado de mantenimiento atado y amordazado en el subsótano. Un hombre que respondía a la descripción del fugitivo le había robado la ropa, los zapatos y los veinticinco dólares que llevaba (aunque la cartera se la devolvió en seguida). La policía la había examinado, por si había huellas dactilares; igual que la habitación que «el loco del revólver» había ocupado durante tres días.
«Creo que estaba nervioso y asustado -comentaba el electricista-. La verdad es que se ha portado bastante bien conmigo. Me ha devuelto la cartera porque me ha dicho que sabía el engorro que significa tener que pedir un nuevo carné de conducir. No me ha hecho ningún daño, aunque creo que sí me lo hubiese hecho de haberme resistido…»
Harry miró el reloj: eran las 20.10; por tanto, ya oscurecía y se encendían las luces de la ciudad. Puso en marcha el motor del BMW y lentamente, muy lentamente, bajó por la rampa del parking.
A las 20.15 en punto apagó la radio y se adentró en el tráfico. Empezaba la partida.
Aunque no creyese estar excesivamente nervioso, Harry tenía las manos blancas de tanto crisparlas en el volante. Miró el reloj: eran las 20.20 ¿Dónde estaba? ¿Y la llamada? Volvió a mirar el reloj. «Bueno -pensó-. A lo mejor son sólo las 20.18.» Entonces sonó el teléfono.