Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Триллеры » Tratamiento criminal [Silent Treatment - es]
Tratamiento criminal [Silent Treatment - es] - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

Tratamiento criminal [Silent Treatment - es]

Электронная книга - «Tratamiento criminal [Silent Treatment - es]». Краткое содержание книги:

La víspera del día en que Evie va a ser operada, su esposo, el doctor Harry Corbett, va al hospital con la esperanza de reconciliarse con ella tras una época de indiferencia y mutismo. Pero cuando llega a la habitación de Evie ya es demasiado tarde. Sin nada que hubiese podido hacer temer por su vida, Harry se la encuentra muerta y se convierte así en el único sospechoso del asesinato. Unos días más tarde, sin embargo, la mano asesina vuelve a actuar de modo tan audaz como desafiante, pero sólo el doctor Corbett sospecha que las muertes no se están produciendo por causas naturales. Empieza aquí una lucha desesperada para desenmascarar al monstruo homicida que tiene en jaque a todos los pacientes del hospital.
Michael Palmer ha conseguido una sobrecogedora novela de intriga médica, un impresionante thriller protagonizado por el médico más siniestro aparecido en la literatura de terror desde los tiempos de Hannibal Lecter.
1 ... 84 85 86 87 88 89 90 91 92 ... 108
Перейти на страницу:

«Querré ver lo que ha de darme a cambio antes de entregarle el dinero.»

«Dispondrá de cinco minutos…»

La joven cajera examinó con mayor detenimiento del habitual el impreso de retirada de fondos de Harry Corbett. Luego consultó su saldo y lo miró sonriente a través del cristal de la ventanilla.

– ¿Cómo lo quiere? -preguntó la cajera.

Aquello era Nueva York y no un villorrio, se dijo Harry. Retirar 25.000 dólares era algo insólito para él, aunque, probablemente, no tanto para otros.

– En billetes de cien, o más pequeños -repuso Harry, sin molestarse en fingir práctica en el manejo de grandes sumas.

– ¿Ha traído algo para llevarlo o quiere transportarlo en nuestras bolsas?

– Llevo un maletín.

Harry se lo mostró a la cajera, que, al ver el saldo de Corbett en pantalla, comprendió que no era un cliente habituado a semejantes operaciones.

– Tendré que pedirle autorización al señor Kinchley -dijo ella, que dio media vuelta y fue hacia una de las mesas de la oficina.

Harry la siguió con la mirada y vio que se detenía frente a un empleado pulcramente vestido, de menos de cuarenta años, con bronceado de albañil y prominente mandíbula.

«Vamos -pensó Harry-. Denme ya mi dinero.» Si por cualquier razón no podía retirar el dinero, Harry ya tenía pensado llamar a su hermano, que vivía en Short Hills, a unos cuarenta y cinco minutos de Fort Lee. Aunque si se veía obligado a ir por aquella ruta, todo se complicaría innecesariamente.

Harry se aventuró a ladear la cabeza y mirar a través del ventanal que daba a la calle. Maura estaba en el BMW, justo enfrente. Llevaba gafas oscuras y un sombrero blanco de ala muy flexible que se movía animadamente, quizá al compás de la música del radiocasete. Pese a la tensión del momento, verla así lo hizo sonreír.

Todo lo ocurrido los impulsaba a unirse cada vez más. En muy poco tiempo, Harry había llegado a una compenetración con ella que jamás tuvo con Evie. Una compenetración que, a su vez, daba a sus relaciones más íntimas una ternura que jamás existió en su matrimonio.

Ahora -aunque muy a su pesar- ponía a prueba no sólo la compenetración sino la amistad. Aunque la versión del misterioso informador era bastante creíble, y pese a que le hubiese dado las iniciales de Perchek, ni él ni Maura las tenían todas consigo respecto de lo que el comunicante le pedía a Harry que hiciera. Con todo, tal como el supuesto delator le había dicho, no veían qué razón pudiera tener Perchek para atraerlo a una trampa. Por dinero no podía ser. Para un hombre como Perchek, 25.000 dólares eran calderilla.

No parecía poder hacer más que ceñirse a las instrucciones al pie de la letra y rezar. No obstante, al reparar Maura en el teléfono que Evie hizo instalar en el BMW, se le ocurrió una idea que les permitió trazar un plan. Tres eran los elementos esenciales para llevarlo a cabo, y Maura contaba con los tres: otro coche, un teléfono móvil y el valor de exponerse a un grave peligro.

De camino, se habían detenido en el puesto de periódicos para comprar un detallado plano de Fort Lee, que incluía las calles de las afueras. El descampado al que debían dirigirse limitaba con cuatro calles, estaba muy cerca del río y tenía unos doscientos metros de lado.

Pertrechada con el teléfono móvil, Maura cogería su coche e iría hasta las inmediaciones del descampado. Luego, se situaría en un punto desde el que pudiese vigilarlo.

A las ocho y veinte, cuando Harry ya hubiese salido del garaje, Maura lo llamaría. Y lo volvería a llamar cuando él ya hubiese cruzado el río y estuviese en Nueva Jersey. Si nada hacía sospechar que se tratase de una trampa, Harry continuaría hasta el descampado con más confianza. Si surgía algún problema, Maura pediría ayuda por teléfono. Tenía un revólver (el que Harry le arrebató a uno de los que los atacaron en el Central Park). Pese a que insistió en que el revólver lo llevase Harry, al final Maura comprendió que era más lógico llevarlo ella.

– Perdone que lo hagamos esperar tanto, señor.

Harry se giró hacia la ventanilla, pero en seguida reparó en que la joven cajera estaba de pie a su lado.

– No importa. No se preocupe -la disculpó Harry, que contuvo el aliento y cerró los puños para que no le temblasen las manos.

Era ya casi la hora punta. Aunque sólo lo hicieran esperar unos minutos más, Maura iba a tener el tiempo justísimo para cruzar el puente George Washington, buscar un buen sitio para dejar el coche y luego un sendero de vuelta al descampado. Si al final tenían que recurrir a Phil, tanto si llevaban el dinero como si no, le sería prácticamente imposible a Maura llegar a tiempo.

– Tenga la bondad de acompañarme, señor Corbett. El interventor le hará entrega del dinero.

– Muy bien -dijo Harry que, pese a que le latía el corazón aceleradamente, sonrió aliviado.

* * *

Kevin Loomis estaba sentado en su despachito del sótano. Encima de la mesa tenía fotografías de su familia y de Nancy, junto a una lista de lo que quería dejar solucionado. Ya estaba todo dispuesto. Las pólizas de seguros eran impecables, siempre y cuando nadie recelase de que se había quitado la vida. El suicidio le costaría (le costaría a Nancy) dos millones de los tres y medio que suscribió y, por supuesto, los quinientos mil previstos para el caso de muerte accidental. Pero lo había planeado todo con el mayor detalle: cada movimiento, cada instante. Nadie sospecharía que se tratase de un suicidio.

Había hecho una meticulosa selección de los invitados a la cena que daban la noche siguiente (una barbacoa en el jardín). Entre los invitados -catorce en total- figuraban algunas de las personas más respetadas, acomodadas, influyentes y con mayor sentido cívico de Queens. El pastor y su esposa, el jefe de Nancy y su esposa; el abogado que presidía el Club Infantil de Baseball y el presidente del Rotary Club.

A Nancy le extrañó que su esposo sólo invitase a dos de los amigos con quienes más salía de copas, pero le pareció coherente la explicación de que quería darles las gracias por su amistad a varias personas antes de instalarse en Port Chester.

En realidad, había invitado a quienes tenían más credibilidad y elocuencia; a los más eficaces para dar testimonio de lo hospitalario y alegre que estaba hasta el momento del accidente, aparte de que «llevaba unas cuantas copas». Dos de ellos lo acompañarían al sótano. Eran personas en cuyos domicilios hizo, en otros tiempos, pequeñas reparaciones (el encargado de un supermercado y el pastor). Ambos estarían en las escaleras y enfocarían con sendas linternas el agua que se salía por la boca de un tubo desprendido de la lavadora. Darían testimonio de que Loomis sabía lo bastante de bricolage como para reparar la avería y de que en el sótano había cinco centímetros de agua. El momento en que la mano de Kevin tocase un cable suelto de la secadora no lo olvidarían en la vida. Pero ¡qué puñeta! Eran amigos que harían cualquier cosa por Nancy. Y quien de verdad pagaría un alto precio era él, que perdería la vida.

También había tenido en cuenta a los niños. Nicky y Julie irían aquella noche a casa de unos amigos y se quedarían a dormir. Los padres de Nancy cuidarían de Brian. Se le hacía muy cuesta arriba pensar que, al día siguiente por la tarde, cuando se despidiera de ellos, sería la última vez que los viese. Sufrirían, pero no tanto como si quedaban en la miseria y con un padre en la cárcel.

«Quizá haya de verdad otra vida -pensaba ahora Kevin-. Quizá podré verlos todos los días.»

Kevin Loomis miró las fotos, una a una, por última vez. Luego las sujetó con una goma elástica y las metió en un cajón. Después, rompió la lista y la tiró a una rebosante bolsa de la basura que tiraría más tarde en el contenedor. Por último, fue a echarle un último vistazo a su manipulación en la lavadora y en la secadora. El cordel, que iba desde el desprendido tubo de la lavadora hasta la ventana del sótano, asomaba lo imprescindible. Con sólo un pequeño tirón, el tubo se acabaría de soltar. Arrancar el cordel y desprenderse de él sería su penúltimo acto en este mundo. El último sería tocar ingenuamente la parte de atrás de la secadora.

1 ... 84 85 86 87 88 89 90 91 92 ... 108
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)