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Gris de campaña

Электронная книга - «Gris de campaña». Краткое содержание книги:

Corre el año 1954 y las cosas no son sencillas para Bernie Gunther. El Gobierno cubano le ha obligado a espiar a Meyer Lansky, y cualquiera puede imaginarse que meter las narices en los asuntos de un conocido mafioso no puede ser bueno para la salud. Así que, harto de ese engorroso trabajo, Gunther consigue una embarcación con el objetivo de huir a Florida. Sin embargo, la suerte no está de su lado, ya que tras la fuga es arrestado y devuelto a Cuba, donde es encarcelado. En su estancia en prisión conoce a personajes curiosos, como Fidel Castro o Thibaud, un agente que ejerce de enlace entre la CIA y el servicio de inteligencia francés. Thibaud no es buena compañía para Bernie y no tarda en demostrarlo al hacerle una propuesta que el detective no tiene más remedio que aceptar: debe volver a Alemania para alojarse en una prisión y hacer allí un trabajo sucio que puede acabar costándole la vida.
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– No sufra -dijo Vigée-. Siempre hemos sabido que tratar de encontrar a De Boudel en la estación sería como hacer un disparo a ciegas. Mañana por la mañana, en el campo de refugiados, cuando pasen lista. Es allí donde pongo mis esperanzas.

– Sí, creo que tiene razón -asentí.

Vimos a Moeller moverse a través de la multitud y acercarse a uno de los funcionarios de la Cruz Roja. Le dijo algo y el hombre asintió.

– ¿Dónde lo encontró? -pregunté.

– En Göttingen -respondió Vigée-. ¿Por qué? -Encendió un cigarrillo y arrojó la cerilla sobre las cabezas de los hombres de abajo, como si quisiera expresar su desprecio por ellos-. ¿Cree que no está a la altura?

– No lo podría decir.

– Quizá no sea tan buen detective como fue usted, Günther. -Vigée hinchó las mejillas y exhaló un suspiro-. Su única misión es detener al hombre que usted identifique. No hace falta ser un gran policía para hacer algo así, ¿n'est ce pas? -añadió en tono burlón-. Quizá tendría que darle algunos consejos. Revelarle algunos de sus secretos forenses.

– También son muy simples -señalé-. Solía levantarme por la mañana e irme a la cama por la noche. Y durante el día intentaba mantenerme ocupado y sin meterme en líos.

– ¿De verdad? ¿Es todo lo que tiene que ofrecer? ¿Después de tantos años de ejercer como detective?

– Cualquier imbécil puede resolver un crimen. Lo que resulta agotador es conseguir las pruebas.

Moeller comenzó a desplazarse a través de la multitud hacia la puerta de la estación, pero descubrió que apenas podía avanzar. Miró hacia arriba y, al vernos a Vigée y a mí, levantó las manos y sonrió indefenso.

Le devolví la sonrisa y asentí con amabilidad, como si reconociese sus dificultades. Pero durante todo el tiempo que lo estuve mirando intentaba calibrar con qué clase de policía tendría que enfrentarme cuando, a la mañana siguiente, Walter Bingel me identificase como colaborador de los rusos y traidor.

34

ALEMANIA, 1954

Nos quedamos atrás hasta que todos los prisioneros de guerra se marcharon al campo y la mayoría de los habitantes locales abandonaron la estación. Vigée estaba, creo, impresionado de que yo hubiese insistido en quedarme allí hasta el final; y por supuesto, no tenía ni la más mínima sospecha de que el auténtico motivo era mi intención de mantenerme fuera del alcance de la vista de los recién liberados. Antes de subir al Citroën que nos llevaría de vuelta a nuestra pensión en Göttingen, Moeller le dio una lista de veinte páginas con los nombres, rangos y números de serie.

– Todos estos hombres estaban en el tren -dijo sin que hiciese falta.

Me guardé la lista en el bolsillo del abrigo y eché una mirada a la taquilla de la estación y más allá, al andén donde aquellos que habían perdido las esperanzas de reencontrarse con sus seres queridos, perdidos hacía tiempo, permanecían hasta el amargo final. Algunas de esas personas lloraban. Otras estaban sentadas, a solas con su silencioso y estoico dolor. Oí que alguien decía: «La próxima vez, Frau Kettenacher. Espero que llegue la próxima vez. Dicen que podría pasar otro año antes de que vuelvan todos a casa, y que los de las SS serán las últimos».

Con toda gentileza, el propietario de aquella voz -que a mí me pareció algún pastor local- ayudó a levantarse a una anciana, recogió del suelo su cartel de personas desaparecidas y la guió hacia la salida del andén.

Los seguimos a una respetuosa distancia.

– Pobre mujer -murmuró Moeller-. Sé cómo se siente. Tengo un hermano mayor que todavía está prisionero.

– ¿Por qué no lo dijo antes? -pregunté-. Supongamos que hubiese aparecido aquí, ¿qué hubiese hecho?

Moeller se encogió de hombros.

– Tenía la esperanza de que así fuese. Es una de las razones por las que me ofrecí para este trabajo. Pero ahora que he visto aquel campo de refugiados no estoy seguro. Tiene que haber mejores maneras de sacar a nuestros hombres, Herr Günther. ¿No está de acuerdo?

Asentí.

– No les va tan mal -señaló Grottsch-. Todas las semanas el comandante del campo de Friedland recibe centenares de cartas de mujeres solteras de toda Alemania que están buscando un nuevo marido.

Los cinco nos apretujamos en el coche y salimos hacia el norte, hacia Göttingen, a unos quince kilómetros de distancia.

Sentado en el asiento trasero, encendí la luz de cortesía, mientras, nervioso, leía la lista en busca de los nombres de otros prisioneros de Johanngeorgenstadt. No tardé mucho en encontrar el nombre del general de las SS Fritz Krause, que había sido el comandante del campo. Comenzaba a pensar que la radiación allí no había sido tan letal como me habían hecho creer. Una vez más, comprobé que el hombre es capaz de utilizar el odio hacia su enemigo como una manta lo bastante caliente para mantenerlo vivo incluso en el crudo invierno ruso.

– Desearía que alguien escribiese y se ofreciese a casarse conmigo -comentó Wenger, que conducía el coche-. O por lo menos, que se ofreciese a ocupar el lugar de mi esposa.

– Me pregunto qué pensarán de la nueva Alemania -dijo Moeller.

– Imagino que creerán que ya no es alemana -observó Grottsch-. Ésa fue la impresión que yo tuve cuando volví de un campo de prisioneros británico. No dejaba de buscar mi Alemania. Lo único que encontré era mobiliario nuevo, coches y juguetes para los muchachos americanos.

– Dé la vuelta al coche -exclamé-. Tenemos que volver.

Vigée, sentado junto a Venger en el asiento del acompañante, le ordenó que detuviese el coche por un momento. Luego se volvió en el asiento para mirarme.

– ¿Ha encontrado algo?

– Quizá.

– Explíquese, por favor.

– Cuando nos marchábamos, había una mujer en el andén que buscaba información acerca de su ser querido. Había escrito todos los detalles en un cartel.

– Sí -asintió Vigée-. ¿Cómo se llamaba?

– Kettenacher -respondí-. Había un Kettenacher en el tren. Aparece en esta lista preparada por la Cruz Roja.

– No es un nombre poco común en esta parte de Alemania -señaló Moeller.

– No -dije con firmeza-. Pero el hijo de Frau Kettenacher estaba en el Panzer Corps. Era un Hauptmann, un capitán, como yo. Richard Kettenacher. Del 56 Panzer Corps. La última noticia que se tiene de él se remonta a la batalla de Berlín.

– Yo vi a su madre entre la multitud -manifestó Moeller-. A veces ocurre.

– ¿Y qué hay de todos sus camaradas? -pregunté-. ¿Ellos tampoco la vieron?

– Vuelva -le ordenó Vigée a Wenger con urgencia-. Vuelva de inmediato.

Wenger hizo girar el coche.

– Déjeme ver esa lista -pidió el francés.

Se la entregué y le señalé el nombre.

– ¿Qué cree que debemos hacer? -preguntó-. ¿Dirigirnos al campo inmediatamente? Supongamos que se escapa antes de que lleguemos allí.

– No -contesté-. Está aquí porque necesita documentación oficial. De lo contrario, los tipos de la seguridad estatal rusa ya lo hubiesen pasado clandestinamente a través de la frontera de Berlín. Necesita los documentos de licenciamiento, tarjetas de racionamiento, un documento de identidad, todas esas cosas, para poder integrarse en la sociedad alemana. Para convertirse en otra persona. No se escapará.

Me quedé pensativo por un momento.

– Tenemos que hablar con la madre del verdadero capitán Kettenacher. Aquella anciana que vimos en la estación de ferrocarril. Necesitamos que nos dé una fotografía de su hijo. De manera que cuando usted y Moeller vayan al campo mañana y él intente engañarles, puedan resolver el asunto mostrándole esa foto. Deben dejar que yo la interrogue. Después de todo, soy un representante del VdH.

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