Gris de campaña
- Автор: Керр Филипп
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «Gris de campaña». Краткое содержание книги:
El coche avanzó a través de dos puestos de control militar antes de aparcar; nos apeamos y entramos en un pórtico que parecía el acceso a un templo. Detrás había unas puertas de bronce y al otro lado un vestíbulo enorme con una gran bandera estadounidense, varios soldados y dos escaleras curvas con los escalones de aluminio. Me invitaron a subir en un ascensor cíclico para llegar al noveno piso. Obedecí, un poco nervioso, porque nunca había viajado en estos intimidatorios ascensores.
El noveno piso era muy diferente de los inferiores. No había ventanas. Estaba iluminado con claraboyas en lugar de cristales tintados, lo cual proporcionaba mayor privacidad a quienes trabajaban allí. El techo también era mucho más bajo, y eso me llevó a preguntarme si uno de los requisitos para ser espía americano en Europa no sería ser corto de estatura.
El hombre que me presentaron no era alto, aunque tampoco se podía decir que fuese bajo. No había nada que describir, porque no había en él nada destacable en ningún sentido. Supuse que se trataba de un profesor americano, aunque hablaba muy bien el alemán. Vestía chaqueta, pantalones de franela gris, camisa azul de manga larga y una corbata académica o de club marrón con unos escudos pequeños. La presentación, sin embargo, no fue nada explícita, porque al parecer no tenía nombre, sólo un título. Era «el Jefe», y eso fue todo lo que llegué a saber de él. No obstante, reconocí a los dos hombres que me esperaban en la sala de reuniones sin ventanas. Los agentes especiales Scheuer y Frei -¿serían ésos sus verdaderos nombres? Seguía sin saberlo- esperaron hasta que el Jefe hubo reconocido su presencia dirigiéndome un educado gesto de asentimiento.
– ¿Había estado aquí antes? -preguntó-. Me refiero a cuando el edificio era propiedad de la I.G.Farben.
– No, señor. -Me encogí de hombros-. Es más, me sorprende encontrarlo todavía aquí, y al parecer, sin daños. Un edificio de este tamaño, de tanta importancia para el esfuerzo de guerra nazi. Suponía que habría sido bombardeado hasta dejarlo reducido a escombros, como todo lo demás en esta parte de Alemania.
– Hay dos corrientes de opinión al respecto, Günther. Siéntese, siéntese. Una corriente dice que a la fuerza aérea norteamericana se le prohibió bombardearlo debido a la proximidad de un campo de prisioneros aliados en Grüneburgpark. La otra corriente dice que Eisenhower mandó que no tocasen este edificio porque lo había elegido como su futuro cuartel general en Europa. Por lo visto, el edificio le recordaba al Pentágono, en Washington. Reconozco, si he de ser sincero, que hasta cierto punto se parecen. Así que quizá sea ésta la verdadera explicación, después de todo.
Aparté una silla de una larga mesa de madera oscura, me senté y esperé a que el Jefe viniese a explicarme por qué me habían llevado allí. Pero al parecer aún no había terminado con Eisenhower.
– Sin embargo, la esposa del presidente no estaba tan entusiasmada con este edificio. Hizo un especial hincapié en una gran estatua femenina de bronce; un desnudo sentado al borde de un estanque. Pensó que no era adecuada para una instalación militar. -El Jefe se rió-. Eso me hace preguntarme a cuántos soldados de verdad llegó a conocer. -Frunció el entrecejo-. No estoy seguro de adonde fue a parar la estatua. ¿Quizás al edificio Hoechst? Aquel desnudo parecía necesitar que le suministraran algún medicamento, ¿eh, Phil?
– Sí, señor -asintió Scheuer.
– Debe de estar cansado después del viaje, Herr Günther -continuó el Jefe-. Intentaré no fatigarle más de lo necesario. ¿Le apetece un café, señor?
– Por favor.
Scheuer fue hacia un aparador donde estaba preparado el servicio de café en una bandeja.
El Jefe se sentó y me miró con una mezcla de curiosidad y desconfianza. Si hubiera un tablero de ajedrez en la mesa entre nosotros, tal vez la situación sería más fácil para ambos. De todas maneras se estaba desarrollando un juego, y los dos lo sabíamos.
Esperó a que Scheuer -Phil- me sirviera una taza de café antes de empezar a hablar.
– Zyklon B. Supongo que lo ha oído mencionar.
Asentí.
– Todos creen que fue desarrollado por I.G.Farben. Pero ellos sólo comercializaban el producto. En realidad lo desarrolló otra compañía química llamada Degesch, que llegó a ser controlada por una tercera compañía química llamada Degussa. En 1930 Degussa necesitaba reunir más capital y vendió la mitad de sus acciones mayoritarias en Degesch a su principal competidor, I.G.Farben. Y, por cierto, el producto, los cristales que exterminaban insectos con la velocidad de un ciclón, de ahí el nombre, lo fabricaba una cuarta compañía, llamada Dessauer Werke. ¿Me sigue hasta ahora?
– Sí, señor. Aunque empiezo a preguntarme por qué.
– Paciencia, señor. Todo tiene su explicación. De modo que Dessauer fabricaba el producto para Degesch, que lo vendía a Degussa, que a su vez vendió los derechos de comercialización a otras dos compañías químicas. Ni siquiera me molestaré en decirle los nombres. Sólo serviría para confundirle. Así que, de hecho, I.G.Farben sólo comercializaba un veinte por ciento del gas; la parte del león era propiedad de otra compañía, la Goldschmidt AG Company de Essen.
»¿Por qué le estoy contando esto? Déjeme que se lo explique. Cuando llegué a este edificio me sentía un poco incómodo ante la idea de que podía estar respirando el mismo aire de oficina que los tipos que desarrollaron aquel gas venenoso. Así que decidí averiguarlo por mi cuenta. Descubrí que no era verdad que I.G.Farben tuviese mucho que ver con aquel gas. También descubrí que, en 1929, el Servicio de Salud Pública de Estados Unidos estaba usando el Zyklon B para desinfectar la ropa de los inmigrantes mejicanos y los vagones de carga en los que viajaban. En el Centro de Cuarentena de Nueva Orleans. Es más, el producto todavía se fabrica hoy, en Checoslovaquia, en la ciudad de Köln. Lo denominan Uragan D2 y se utiliza para desinfectar los trenes en los que vuelven los prisioneros de guerra alemanes. De vuelta a la madre patria.
»Ya lo ve, Herr Günther. Tengo pasión por la información. Algunas personas creen que estas cosas son trivialidades, pero yo no. Yo lo llamo verdad. O conocimiento. E incluso, cuando estoy sentado en mi despacho, inteligencia. Tengo hambre de hechos, señor. Hechos. Ya sean hechos relacionados con I.G.Farben, el gas Zyklon B, Mickey Messer o Erich Mielke.
Bebí un sorbo de café. Era horrible, sabía a calcetines hervidos. Busqué mis cigarrillos y recordé que me había fumado el último en el coche.
– Dele un cigarrillo a Herr Günther, Phil. Es lo que estaba buscando, ¿no?
– Sí, gracias.
Scheuer me dio fuego con un mechero Dunhill de plata y luego encendió uno para él. Advertí que los escudos de su pajarita eran los mismos que llevaba la corbata del Jefe y supuse que compartían algo más que el servicio, también un pasado. Lo más probable, la Ivy League.
– Su carta, Herr Günther, era fascinante. Sobre todo en el contexto de lo que Phil, aquí presente, me dijo y de lo que he leído yo mismo. Pero mi trabajo es descubrir cuánto de todo eso son hechos. Oh, no estoy sugiriendo ni por un momento que nos haya mentido. Después de veinte años las personas pueden cometer errores con mucha facilidad. Es justo, ¿no?
– Muy justo.
Miró mi taza de café llena con expresión de compartir mi disgusto.
– ¿Horrible, verdad? El café. No sé por qué tenemos que soportarlo. Phil, sírvale a Herr Günther algo más fuerte. ¿Qué le gustaría beber, señor?
– Una copa de aguardiente estaría bien -respondí, y miré alrededor mientras Scheuer sacaba una botella y una copa pequeña del interior del aparador y las dejaba en la mesa-. Gracias.
– Posavasos -ordenó el Jefe.
Buscaron dos posavasos y los colocaron debajo de la botella y mi copa.
– Esta mesa es de nogal -explicó el Jefe-. En el nogal quedan marcas, como una servilleta damasquinada. Ahora bien, señor. Ya tiene su cigarrillo y su copa. Ahora, lo único que necesito de usted son algunos hechos.