El misterio y la voz (inquisiciones sobre la novela)
- Автор: Silva Lorenzo
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «El misterio y la voz (inquisiciones sobre la novela)». Краткое содержание книги:
También dejó Proust una de las definiciones más contundentes y atinadas acerca del acto de la lectura, fin último al que en suma se encamina el esfuerzo de quien escribe libros. Una definición sucinta que sintetiza admirablemente dos conceptos opuestos: "comunicación en el seno de la soledad". Soledad habitada, que por ello no es una penalidad, y comunicación solitaria, que por ello no es palabrería, sino palabra que queda en el tiempo y que con el tiempo puede ser recobrada siempre.
FRANZ KAFKA
La mentira necesita el fuego de la pasión. Sin embargo, con eso descubre más de lo que oculta y ése es un lujo que no me puedo permitir. Por eso, para mí sólo cabe un escondite: la verdad.
FRANZ KAFKA a Gustav Janouch
A la hora de hablar sobre Franz Kafka, debo comenzar consignando mis dificultades para cumplir la tarea. Por un lado porque de ningún otro escritor me he ocupado tanto y de ninguno me he reconocido tan deudor, hasta el extremo de haberle dedicado (podría ser ésa la palabra), en subrepticio homenaje, la más ambiciosa y extensa de las novelas que he sido capaz de escribir. Por otra parte, y uso aquí de la erudición y el ingenio de Vladimir Nabokov, a Kafka puede aplicarse la insolente frase con que Hegel replicó en cierta ocasión a un filósofo francés que le requería concisión y claridad al enunciar determinado problema filosófico: “Éstas son cuestiones que no pueden decirse concisamente ni en francés”. Y ello pese a que la obra de Kafka sea, en el terreno de la expresión, de las más espartanas que nos ofrece el siglo XX. Porque debajo de su sencilla exactitud se esconde una complejidad de ideas y sentimientos cuya turbulencia, al dejarse sólo entrever, nos apabulla.
Franz Kafka nació en 1881 en Praga, en una casa contigua a la plaza de la Ciudad Vieja, verdadero corazón de la ciudad. Su padre era un comerciante judío hecho a sí mismo con titánico esfuerzo, y su madre, también judía, una mujer de posición algo más desahogada que había seguido a su marido en los tiempos difíciles de su traslado a la capital checa. La infancia de Kafka transcurrió en diversos domicilios siempre cercanos a su casa natal. Desde pequeño demostró un carácter meditativo y frágil, y se sintió mediatizado por la presencia del padre, un hombre cuyo carácter era radicalmente antitético al suyo: expeditivo y a menudo brutal, con sus empleados y con su propia familia. Aunque se tratase de una brutalidad moral, no física, su huella, como el propio Franz dejaría escrito en su célebre Carta al Padre, sería permanente e irreversible. Kafka acudió al instituto alemán de la ciudad, y escribió toda su obra en esa lengua. A fines del siglo XIX, las clases influyentes de la sociedad praguense, vinculadas a la organización administrativa del Imperio Austrohúngaro, del que Checoslovaquia formaba parte, eran germanófonas, y también lo era la comunidad judía, que ocupaba una especie de escalón intermedio entre las clases superiores y el grueso de la población checa. La oligarquía alemana del Imperio se servía de los judíos para mantener alejados a los checos de ciertas actividades importantes aunque secundarias (el comercio, las profesiones liberales), y los judíos se amparaban en los alemanes, adoptando su idioma, para defenderse del antisemitismo más o menos generalizado de los checos. Un antisemitismo que hoy puede sorprender y que en parte estaba inspirado por la connivencia hebrea con el opresor, en una suerte de círculo vicioso. Conviene dejar reseñadas estas circunstancias no sólo para explicar la elección lingüística de Kafka, sino para apuntar de qué forma peculiar se insertaba en la ciudad a la que tan vinculada se mantendría su vida e incluso su obra, aunque muy rara vez haya en ella alusiones expresas (por ejemplo, es al monte Laurenzi, cercano a Praga, a donde suben los protagonistas de Descripción de una lucha). En cualquier caso, nos consta que Kafka no vivió absolutamente de espaldas a la realidad checa. Entendía el idioma y podía hablarlo, aunque no se sentía en él tan seguro como para utilizarlo a la hora de escribir. Tras completar su enseñanza secundaria, cursó estudios de Derecho (otro jurista metido a escritor, o escritor que se hace pasar por jurista) en la Universidad Carolina de Praga, donde se doctoró. Tras una serie de prácticas como pasante y en los juzgados (de las que sin duda recogió sus impresiones para la descripción de la organización judicial que se retrata en El proceso) se incorporó a la compañía de seguros Assicurazioni Generali, con la que confiaba en poder viajar a lugares exóticos y ver mundo, una obsesión que mantendría toda su vida mientras permanecía casi recluido en el perímetro delimitado por unas pocas calles de Praga. Sin embargo, la experiencia no fue favorable, y apenas un año después de obtenerlo abandonaba el empleo, en el que, según escribió, había sido objeto de más humillaciones de las que era capaz de soportar. Entró a trabajar en el Instituto de Accidentes de Trabajo del Reino de Bohemia, donde transcurrió el resto de su vida profesional y llegó a alcanzar cierta responsabilidad y el aprecio de sus superiores.
El principal obstáculo en su actividad profesional, de la que terminaría apartándole, y a la postre lo que marcó la brevedad de su vida, fue la tuberculosis de laringe que le fue diagnosticada a edad temprana y que le convirtió en un enfermo crónico, permanente solicitante de permisos y bajas y peregrino de sanatorio en sanatorio. Aun desde esta disminución, siempre estuvo obsesionado por tener una casa propia y formar una familia. Lo primero lo consiguió bastante después de la treintena, y lo segundo poco antes de morir, aunque su hijo nacería póstumo y no iba a vivir mucho. Antes de eso hubo varios compromisos matrimoniales rotos, y relaciones tormentosas con diversas mujeres, de las que han quedado como prueba copiosas y a veces obsesivas correspondencias. Sin embargo, los testimonios que nos han llegado permiten oponerse al tópico de que Kafka, con esta vida marcada por la frustración y las empresas fallidas, fuera un ser amargado e incluso siniestro. Era extraño, pero ejercía un poderoso magnetismo personal, el que sintieron las mujeres que se relacionaron con él o sus amigos. Entre éstos destaca de lejos el recuerdo de Gustav Janouch, que nos presenta a un Kafka opuesto al pesimismo, crítico pero a la vez capaz de una sincera fe “en la existencia de una conexión inteligente entre todas las cosas e instantes”. Janouch y otros dejan también constancia de su simpatía y de su sentido del humor. Un sentido del humor que también es perceptible en su obra, aunque quizá sea preciso deshacerse de algunos fáciles prejuicios para observarlo.