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El misterio y la voz (inquisiciones sobre la novela)

Электронная книга - «El misterio y la voz (inquisiciones sobre la novela)». Краткое содержание книги:

El subtitulo es `Inquisiciones sobre la novela` y el mismo Lorenzo dice sobre este escrito: `Esto no es una narraci?n, pero no s? si puede considerarse un ensayo. En definitiva, contiene una serie de reflexiones sobre el arte de novelar, trenzadas al hilo de la vida y la obra de tres grandes maestros de ese arte, Franz Kafka, Raymond Chandler y Marcel Proust. Puede que estas p?ginas contengan lo esencial de mis ideas sobre el oficio al que me dedico, pero eso tampoco es decir mucho. Por si a alguien de quienes me leen le interesa.`
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LAS CIUDADES, LA CIUDAD

Yo he nacido en una ciudad, he vivido en una ciudad, he escrito en una ciudad (o lo que es lo mismo, he vivido y escrito de ella). Ahora casi no sabría vivir donde no hubiera una ciudad ni escribir una historia que no transcurriera en una ciudad, siquiera parcialmente. Y en este último caso, la historia se vería con cierta frecuencia invadida en sus pasajes no urbanos por la añoranza de las calles, el ruido, la gente, la lluvia de la ciudad. Cada uno de los tres hombres a los que está dedicada esta divagación nació, vivió y escribió en una ciudad. Dos de ellos hicieron todo eso en una sola, siempre la misma. Otro se fue a escribir a miles de kilómetros de la ciudad en la que había nacido, pero conviene apuntar que el suyo es un país más joven en el que casi todas las grandes ciudades se parecen, al menos a ciertas distancias y desde ciertos ángulos.

He viajado a Chicago, a París y a Praga, donde estos tres hombres, respectivamente, nacieron. No he ido a Los Ángeles, donde (no lejos) escribía el americano. Puede, pese a la excusa que acabo de ofrecer, que eso sea una falta irremediable para seguir componiendo este apunte. Sin embargo, no tengo modo de desplazarme rápidamente a Los Ángeles y por tanto debo arreglarme sin ella.

Dejo flotar en mi mente ahora, libres, las imágenes y los recuerdos de las tres ciudades, a las que fui en parte buscando el rastro de los tres hombres. Dejo que se mezclen, con distintas intensidades de luz, bajo sus cielos normalmente grises pero también de ese azul limpio y duro que sólo se extiende sobre ciudades como ellas. Dejo que se toquen sus noches, en las que todos los hombres y todas las ciudades son hermanos y hermanas. Me quedo un instante en silencio, y aparece la Ciudad, donde puede suceder la novela.

Praga, París, Chicago. De sus calles, con la suavidad de una bruma que ha sido anunciada, surge una historia, que buscará los rincones más recónditos para esconder misterios y se asomará a las perspectivas más extendidas para dejar anudados a ellas recuerdos y ensoñaciones. Al novelista le corresponde ahora aceptar el juego, y seleccionar con exquisita atención.

Al misterio le conviene la oscuridad y por eso se arrastrará, por ejemplo, hasta las más estrechas calles del downtown de Chicago, donde la altura de los rascacielos no deja que llegue el sol. O se internará por las silenciosas calles del barrio judío de Praga, aunque ya no sean aquellas callejas que contemplaba el Golem desde una ventana a la que no se accedía a través de ningún portal. O podrá, en fin, descender hasta las profundidades del Bois de Boulogne, donde acampan las prostitutas obligadas a todos los arrojos. Será allí, en cualquiera de esos tres lugares, donde se cometa el crimen o se geste el plan de una infamia. Pero también puede ser allí, al contrario, donde alguien establezca el raro designio de favorecer a quien más odia. El misterio es el revés de nuestra razón, la lógica de quien no conocemos lo bastante. Muchos preferirán, por inercia o convención, que todo se desarrolle de madrugada, cuando sea vieja la noche o se vaya aproximando el día. Pero también podría ser a esa hora tenue del comienzo de la tarde, apta para el sigilo y la sorpresa. La ciudad, propicia, dará su amparo en todo caso.

Al sueño y al recuerdo, en cambio, les sienta bien la mirada iluminada y lejana: París desde las escaleras de Montmartre, el castillo de Praga desde la Ciudad Vieja, el perfil de Chicago desde la orilla del lago Michigan. Nunca puede descartarse que en la novela aparezca un hombre que regresa después de veinte años en otro país, o dos jóvenes o dos viejos que se encuentran, o que se separan y se despiden. Nunca puede excluirse, porque sería negar la novela, que llegue el momento en el que no importe lo que sucede, sino lo que sucedió, sucederá o debería haber sucedido. Entonces vendrá bien disponer de cualquiera de esos tres horizontes, y dibujar sobre ellos al hombre o a la mujer, solos o no. Será una tarde de invierno o una tarde de verano, en función de la circunstancia, pero nunca con el sol demasiado caído, porque a la novela no le preocupa más esa línea de rascacielos o ese mar de edificios o ese castillo sobre la colina, sino estos seres casi insignificantes que vuelven o recuerdan o se marchan. Podemos elegir la tarde de verano para que el hombre o la mujer lamenten ausencias; en el verano la vida es fuerte y es también más intensa la certidumbre de lo ido. La tarde de invierno, en cambio, servirá para que el hombre o la mujer intercambien proyectos sobre el futuro. Sostengamos, como postura o simplificación, que la fe es tener el coraje de seguir saliendo a la calle en las tardes de invierno.

Hasta aquí el juego no es difícil, aunque tampoco desdeñable. Lo que ocurre necesita de un paisaje, y el paisaje, aunque parezca accesorio, tiene su valor: ponemos siempre a los sucesos el nombre y la imagen del paisaje en que los vivimos. Pero a veces la ciudad tiene todavía más trascendencia: a veces el paisaje exige los sucesos, las historias que tienen lugar en él. A veces, incluso, el paisaje exige al escritor que le escriba esas historias. No es sencillo explicar las interioridades de ese proceso. Avanza durante meses y años, inadvertidamente, mientras al escritor se le va torciendo y enderezando la vida por las calles de la ciudad. Hasta que un buen día, la ciudad se ha convertido en el alma y el corazón del escritor.

Raymond Chandler sólo vivió en su Chicago natal hasta los siete años, pero sin duda volvió alguna vez, y entonces apuesto que bajaba al atardecer por Michigan Avenue, donde podía hallarse el hotel en que se hospedaba. Durante el paseo se cruzaba con la gente que iba de tiendas o volvía del trabajo, les observaba, y aunque le complacía observarles, a medida que avanzaba se iba quedando solo. Así, solo, llegaba al final de la avenida, donde se detenía seguramente con la mirada perdida en la falsa estampa marina del lago. Raymond Chandler fue un niño en Chicago, y por eso doy en suponer que esa estampa forjó su sensibilidad y hasta se imponía a la imagen del mar verdadero, el que hasta su muerte pudo contemplar en California. Cuando un escritor mira el agua, se agolpan en su conciencia todas las historias sublimes que nunca ha logrado escribir. De esa culpa nace el hambre que le permite escribir las que sí escribe.

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