El misterio y la voz (inquisiciones sobre la novela)
- Автор: Silva Lorenzo
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «El misterio y la voz (inquisiciones sobre la novela)». Краткое содержание книги:
– La construcción de los personajes: Los personajes de Kafka son seres singulares, casi siempre negligentes, incapaces, y sin embargo dotados de una generosidad y una nobleza de sentimientos que a veces produce estupor. Un ejemplo es el Gregor Samsa de La metamorfosis, el escarabajo más tierno de la historia de la literatura, que resulta indeciblemente más humano que las personas que le rodean. Otro ejemplo son sus personajes femeninos, como la formidable Frieda de El castillo, capaz de una entrega súbita e ilimitada, como apenas sucede en la vida. Lo mismo puede decirse del sentimental fogonero de América, cuya alma vemos casi al trasluz en su breve relación con el protagonista. Incluso, y esto es de lo más sobresaliente, cabe referirse a algunos de los funcionarios decrépitos y malvados que arrastran su sopor en las oscuras organizaciones kafkianas, que en ocasiones tienen destellos de una conmovedora piedad. Hay momentos, abundantísimos en la obra de Kafka, en los que los personajes se desnudan y quedan ante nuestros ojos como infantes indefensos, y como todos los indefensos, propenden casi desesperadamente a la bondad. Pero junto a esto, existe la capacidad de causar y extender el mal, que no sólo ejercitan los sórdidos funcionarios (a quienes en definitiva se les supone), sino también esos otros personajes esencialmente nobles y vulnerables. Porque el mal, que Kafka refleja con magnífica veracidad, es la indiferencia, y de la indiferencia todos son capaces cuando las circunstancias se conjuran en la forma adecuada.
– El símil y la paradoja: Pocos escritores han manejado con tanta maestría estos recursos expresivos. En la especial perspicacia de Kafka para establecer similitudes, se encuentra una buena parte de su inmensa capacidad de sugerir. Sus símbolos, como la muralla china, el castillo, el tribunal, constituidos en reflejo literario de tantas realidades semejantes, poseen a un tiempo simplicidad y riqueza de matices, espontaneidad y una infinita posibilidad de establecer correspondencias, sin agotarlas nunca. Como escribió Walter Benjamin: “Kafka disponía de una rara facultad para inventar similitudes. No obstante, jamás ahonda en lo que es susceptible de explicación y ha tomado incluso medidas contra la interpretación de sus textos”. Y en cuanto a la paradoja, con la que Kafka remata sus enigmas, se halla permanentemente a lo largo de su obra en esa naturalidad con que conviven el espanto y lo cotidiano, la lógica y el sinsentido. El mundo de las novelas de Kafka puede ser atroz en el fondo, pero cualquiera que después de leerlas viaje a Praga advierte sin dificultad que las calles y el paisaje que en ellas se describen son, sin nombrarla, los de esa ciudad, en la que transcurría su simple rutina diaria. Al final, en el tribunal de El proceso las partes van y vienen no para defender sus intereses, porque nadie atiende allí a argumentos, sino “para ensuciar la escalera”. Durante toda la novela el protagonista pierde su tiempo en estériles negociaciones que dan una apariencia de trivialidad a la historia, pero lo que al final sucede es que un par de sicarios del tribunal le ejecutan como a un animal. Y los funcionarios del castillo son seres lejanos y soberbios, pero se llega a afirmar que “las decisiones de la organización son tímidas como muchachitas”.
– La organización del misterio: O el misterio de la organización. Aunque sus obras mayores no llegó a terminarlas, Kafka nos legó, en ese tribunal o ese castillo por cuyos intestinos se mueven Josef K. y el agrimensor sin llegar nunca a averiguar lo que les interesa, dos construcciones ejemplares del misterio; tanto el que se encuentra en el fondo del texto, como el que se desarrolla en la misma narración. El protagonista explorador se acerca desde fuera, con ojos ingenuos, y a lo largo de sus pesquisas, mientras va perdiendo la inocencia y la esperanza, mientras se nos revelan facetas ocultas, se insinúan otras más recónditas. Siempre hay un plano inferior, en cuya persecución el lector acompaña al protagonista, y continúa en su pos incluso cuando comienza a intuir que aquél avanza hacia su perdición. Kafka poseía un sentido supremo de la intriga, una capacidad innata para desvelar inquietando, porque detrás de cada hallazgo hay otro hallazgo, cada realidad oculta otra realidad que puede alterarla, o incluso refutarla. Esta idea de los planos superpuestos era tan cara a Kafka que la aplicó a su propio lenguaje: “Escribo diferente de como hablo, hablo diferente de como debería pensar y así sucesivamente, hasta la más profunda oscuridad”. De paso, y al tiempo que daba un ejemplo de cómo organizar el misterio narrativo, nos dejó una misteriosa teoría de las organizaciones, de su vida propia, casi independiente del fin por el que se instituyen y de aquello a lo que presuntamente sirven (cuando dicen servir a algo). Una teoría sobre la casi inexorable tendencia a la perversión de los instrumentos sociales que conserva una estremecedora validez.
Llegado el instante de recapitular y ofrecer un resumen sucinto acerca de Kafka, hay algo que siempre me ha parecido especialmente destacable en su obra. Con un vigor artístico incuestionable, Kafka construyó, extrañamente, toda una mística de la fragilidad. La obra de Kafka es la conciencia inclemente de que todo se tambalea. “Tengo una experiencia, como un mareo de mar en tierra firme”, escribió. Su pensamiento, planteándolas todas, no acepta ninguna resolución, oscila pero no termina de comprometerse con nada ni con nadie, porque asume que nada ni nadie pueden ofrecer ninguna certidumbre.
Kafka no buscaba ninguna respuesta, quizá temía que no la hubiera. “Muchos señalan al sol para negar la aflicción, él señala la aflicción para negar el sol”, anotó en uno de sus cuadernos hacia 1920. Lo emocionante es que desde esa actitud se entregara con denuedo a su obra y asumiera una tarea que no podía remediar lo irremediable, o no podía remediar nada. “La literatura está indefensa. No vive por sí misma, es juego y desesperación”, afirmó. Acaso ninguna fuerza impresione más que la fuerza de los débiles. Desde la desesperación, Kafka supo enseñarnos a mirar más dentro y más rectamente las cosas, con ese optimismo inadvertido que consiste en creer que vale más escarbar en la verdad que esquivarla. Tuvo la fe de sacrificarse y contarlo todo a través de la palabra hecha arte, en lugar de retirarse al silencio y la estolidez. O al ruido, ese presuntuoso e irritante sucedáneo.