La Casa De Riverton
- Автор: Morton Kate
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «La Casa De Riverton». Краткое содержание книги:
En el verano de 1924 todo es felicidad en la mansión de Riverton Manor… hasta la noche de la fiesta. Toda la alta sociedad se está divirtiendo entre el glamour y la elegancia del paraje. Pero en medio de la noche se escucha un disparo. El joven poeta Robbie Hunter se ha quitado la vida a orillas del lago de la mansión. Las hermanas Hartford, Hannah y Emmeline, serán las únicas testigos y se convertirán además en las protagonistas de toda la prensa del momento.
Unas cuantas décadas después, en 1999, Grace Bradley, la que fuera en su día doncella en Riverton Manor, recibe la visita de una joven directora de cine que está preparando una película sobre el suicidio del poeta. Tras años de silencio y olvido, los fantasmas del pasado empiezan a aflorar; y un terrible secreto intenta abrirse paso, un secreto que Grace no ha podido borrar jamás de su memoria. Los recuerdos siguen vivos en esta novela llena de amor, celos, odios y rivalidades, recuerdos que se gestaron en un verano de los decadentes años veinte.
En ella había libros, en abundancia, más de los que jamás había visto juntos: aventuras, relatos, cuentos de hadas se amontonaban en altos estantes a cada lado de la chimenea. Una vez me atreví a coger uno, que elegí por la sencilla razón de que me atrajo particularmente su lomo. Pasé mi mano por la antigua cubierta, lo abrí y leí atentamente el nombre impreso: Timothy Hartford. Después pasé las gruesas páginas, respiré el polvo mohoso que se desprendía de ellas y fui transportada a otra época y a otro lugar.
Había aprendido a leer en la escuela del pueblo y mi maestra, la señorita Ruby, contenta por haber encontrado en una alumna un interés tan poco frecuente, había comenzado a prestarme libros de su propia biblioteca: Jane Eyre, Frankenstein, El castillo de Otranto. Cuando se los devolvía, comentábamos nuestros pasajes favoritos. Fue la señorita Ruby quien me sugirió que debía ser maestra. Mi madre no se mostró demasiado complacida cuando se lo conté. A su juicio las grandes ideas que la señorita Ruby sembraba en mi cabeza no nos darían de comer. Poco tiempo después me envió a la colina de Riverton, hacia Myra y el señor Hamilton, hacia la habitación de los niños.
Y durante algún tiempo ésa fue mi habitación, y sus libros fueron míos.
Pero un día apareció la niebla y comenzó a llover. Mientras iba presurosa por el pasillo entusiasmada con la idea de examinar una enciclopedia ilustrada para niños que había descubierto el día anterior, me detuve abruptamente. Se oían voces provenientes de la habitación. Me dije que seguramente era el viento, que traía el eco desde otro lugar de la casa. Una ilusión. Pero cuando abrí la puerta y escudriñé el interior sentí el impacto. Allí había gente. Jóvenes, que armonizaban a la perfección con ese lugar encantador.
Y en ese instante, sin señal o ceremonia alguna, la habitación dejó de ser mía. Me quedé inmóvil, paralizada por la indecisión, dudando sobre la conveniencia de seguir con mis tareas o regresar más tarde. Volví a observarlos, intimidada por sus risas; por sus voces claras y seguras; por sus cabellos brillantes, con trenzas aún más brillantes.
Tomé la decisión cuando vi las flores marchitas en el jarrón, sobre la chimenea. Durante la noche los pétalos habían caído y se habían desparramado a su alrededor; pensé que me reprenderían por eso. No podía arriesgarme a que Myra los viera. Ella había sido muy clara al explicarme mis obligaciones, asegurándose de que las comprendiera: si defraudaba a mis superiores, mi madre se enteraría.
Recordé las instrucciones del señor Hamilton. Aferrando el recogedor y la escoba junto al pecho me acerqué de puntillas basta la chimenea, concentrada en ser invisible. No tuve que esforzarme. Esos jóvenes estaban habituados a compartir su casa con un ejército de seres invisibles. Me ignoraron, mientras yo simulaba ignorarlos.
Eran dos chicas y un chico. La menor rondaría los diez años, el mayor no llegaba a los diecisiete. Los tres tenían los rasgos característicos de los Ashbury: el cabello dorado y los ojos del color azul nítido y claro de la porcelana Wedgwood, herencia de la madre de lord Ashbury, una danesa que -según contaba Myra- se había casado por amor, por lo que le habían dejado sin dote y desheredado. Sin embargo, añadía también Myra, el que ríe último ríe mejor, porque cuando el hermano de su esposo murió ella se convirtió en lady Ashbury y así pasó a formar parte de la nobleza británica.
La niña más alta, de pie en el centro de la habitación, blandía un puñado de papeles donde, según proclamaba, se detallaban los síntomas de la lepra. La menor estaba sentada en el suelo, con las piernas cruzadas; miraba a su hermana con sus grandes ojos azules, mientras rodeaba distraídamente con el brazo el cuello de Raverley. Me sorprendió y me espantó a la vez ver que lo habían arrastrado desde su rincón para hacerlo extrañamente partícipe de la escena. El chico, arrodillado en el banco que estaba junto a la ventana, miraba a través de la niebla, en dirección al cementerio.
– Entonces, Emmeline, vuelves el rostro y miras al auditorio: tu cara estará completamente atacada por la lepra -apuntó la niña más alta, regodeándose.
– ¿Qué es la lepra?
– Una enfermedad de la piel -explicó la mayor-. Úlceras y supuraciones, normalmente.
– Tal vez tendríamos que hacer que se pudra su nariz, Hannah -propuso el chico, guiñando el ojo a Emmeline.
– No -gimió ella.
– No seas tan infantil, Emmeline. No lo haremos de verdad -repuso Hannah-. Fabricaremos una máscara. Algo horrendo. Trataré de encontrar en la biblioteca algún libro de medicina que tenga ilustraciones.
– No entiendo por qué tengo que ser yo la leprosa -se quejó Emmeline.
– Considéralo la voluntad de Dios -le aconsejó Hannah-. Él lo escribió.
– Pero ¿por qué tengo que hacer el papel de Miriam? ¿No puedo interpretar otro?
– No hay otros papeles -indicó Hannah-. David será Aarón porque es el más alto, y yo seré Dios.
– ¿No puedo ser Dios?
– A decir verdad, no. Tú querías el papel principal.
– Lo quería, y lo quiero -confirmó Emmeline.
– En ese caso… Dios ni siquiera estará sobre el escenario -explicó Hannah-. Yo recitaré mi parte detrás de la cortina.
– Podría interpretar a Moisés -propuso Emmeline-. Raverley puede ser Miriam.
– No harás el papel de Moisés -refutó Hannah-. Necesitamos a una verdadera Miriam. Ella es mucho más importante que Moisés, que sólo dice una frase. Ésa es la razón para incluir a Raverley. Yo puedo decir su frase desde detrás de la cortina, puedo incluso eliminar el personaje de Moisés.
– Tal vez podamos representar otra escena -sugirió esperanzada Emmeline-. Una con María y el niño Jesús.
Hannah resopló fastidiada.
Los jóvenes ensayaban una obra. Alfred, el lacayo, me había contado que el fin de semana habría un recital familiar en la ribera. Era una tradición: algunos miembros de la familia cantaban, otros recitaban poesía y los niños siempre representaban una escena del libro predilecto de su abuela.
– Hemos elegido esta escena porque es importante -afirmó Hannah.
– Tú la has elegido porque dices que es importante -replicó Emmeline.
– Exactamente -corroboró Hannah-. Se trata de un padre que tiene dos tipos de reglas: unas para sus hijos y otras para sus hijas.
– Me parece absolutamente razonable -opinó irónicamente David.
Hannah lo ignoró.
– Miriam y Aarón son culpables de lo mismo: opinar sobre la boda de su hermana.
– ¿Qué dicen?
– No es importante, sólo están…
– ¿Dicen cosas mezquinas?
– No, y ésa no es la cuestión. Lo importante es que Dios decide que Miriam debe ser castigada con la lepra mientras que Aarón no recibe más que un sermón. ¿Eso te parece justo, Emme?
– ¿Moisés se casó con una mujer africana? -preguntó Emmeline.
Hannah meneó la cabeza, exasperada. Observé que lo hacía a menudo. En la impetuosa energía que animaba los movimientos de sus largas extremidades se reflejaba su frustración. Emmeline, por el contrario, tenía la calculada actitud de una muñeca dotada de vida. Los rasgos de ambas hermanas, similares si se los consideraba individualmente -dos narices ligeramente aguileñas, dos pares de ojos intensamente azules, dos hermosas bocas- se volvían singulares en el rostro de cada una de ellas. Mientras Hannah daba la impresión de una bella reina, apasionada, misteriosa, cautivadora, Emmeline era una belleza más accesible. Aunque todavía era casi una niña, había algo en sus labios, entreabiertos cuando estaba en silencio, en sus ojos enormes, que me recordaba una sofisticada fotografía que había visto una vez, cuando cayó del bolsillo del buhonero.