Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне

Электронная книга - «La Casa De Riverton». Краткое содержание книги:

Un suicidio inesperado marcará para siempre a los habitantes de Riverton Manor
En el verano de 1924 todo es felicidad en la mansión de Riverton Manor… hasta la noche de la fiesta. Toda la alta sociedad se está divirtiendo entre el glamour y la elegancia del paraje. Pero en medio de la noche se escucha un disparo. El joven poeta Robbie Hunter se ha quitado la vida a orillas del lago de la mansión. Las hermanas Hartford, Hannah y Emmeline, serán las únicas testigos y se convertirán además en las protagonistas de toda la prensa del momento.
Unas cuantas décadas después, en 1999, Grace Bradley, la que fuera en su día doncella en Riverton Manor, recibe la visita de una joven directora de cine que está preparando una película sobre el suicidio del poeta. Tras años de silencio y olvido, los fantasmas del pasado empiezan a aflorar; y un terrible secreto intenta abrirse paso, un secreto que Grace no ha podido borrar jamás de su memoria. Los recuerdos siguen vivos en esta novela llena de amor, celos, odios y rivalidades, recuerdos que se gestaron en un verano de los decadentes años veinte.
1 ... 8 9 10 11 12 13 14 15 16 ... 127
Перейти на страницу:

4. A la espera del recital

Podía oír a Myra, que me llamaba mientras yo bajaba corriendo las escaleras hacia la sombría sala de los sirvientes. Me detuve al llegar abajo, para que mis ojos se adaptaran a la oscuridad, y luego me apresuré a ir a la cocina. En un caldero de cobre hervía a fuego lento una pata de jamón, impregnando la atmósfera con su aroma. Katie, la fregona, limpiaba sartenes, mientras miraba sin ver los cristales empañados de la ventana. Supuse que la señora Townsend estaba echándose su siesta vespertina antes de que la Señora llamara para la hora del té. Encontré a Myra sentada a la mesa del comedor de servicio, rodeada de jarrones, candelabros, fuentes y copas.

– Por fin apareces -espetó. Tenía el ceño fruncido y sus ojos parecían dos oscuras hendiduras-. Estaba empezando a pensar que tendría que ir a ver qué hacías. Bueno, mocita, no te quedes ahí de pie. Busca un trapo y ayúdame a pulir -ordenó, indicándome que me sentara frente a ella.

Lo hice, y elegí una jarra redondeada que no había visto la luz del día desde el verano anterior. Mientras frotaba las manchas, mi mente seguía en el cuarto de los niños, escaleras arriba. Los imaginaba riendo, bromeando, jugando. Me sentía como si me hubieran obligado a interrumpir demasiado pronto la lectura mágica y excitante de un hermoso libro. Había asignado un extraño encanto a los niños Hartford.

– Con firmeza -indicó Myra, arrancándome el trapo de la mano-. Son las mejores piezas de plata de Su Señoría. Ruega para que el señor Hamilton no te pille rayándolas de esa manera.

Myra tomó la jarra que yo estaba limpiando, la sostuvo frente a mí y comenzó a frotarla con decididos movimientos circulares.

– Así. ¿Ves cómo se hace? Con suavidad, en una sola dirección.

Asentí y volví a mi tarea de pulir la jarra. Me moría de ganas de hacer montones de preguntas sobre los Hartford. Según presentía, Myra podía responderlas. Sin embargo, no me atrevía a formularlas. Estaba en sus manos, lo sabía. Y sospechaba que, por su naturaleza, se ocuparía de que en el futuro mis tareas me alejaran del cuarto de los niños si advertía que, más allá de la satisfacción de la labor cumplida, eso me causaba placer.

Pero, como un enamorado, yo le otorgaba a los asuntos ordinarios un significado especial y estaba ávida de conocer hasta el menor detalle acerca de esos niños. Pensaba en mis libros, escondidos en el ático, en el modo en que Sherlock Holmes podía lograr que las personas dijeran lo que nunca hubieran querido confesar por medio de un astuto interrogatorio. Respiré hondo.

– Myra…

– ¿Mmm…?

– ¿Cómo es el hijo de lord Ashbury?

Los negros ojos de Myra centellearon.

– ¿El mayor James? Oh, es un buen…

– No -interrumpí-. No me refiero al mayor.

Ya había oído hablar de él. Era imposible pasar un día en Riverton sin oír hablar del mayor de los hijos de lord Ashbury, el último de una larga sucesión de hombres de la familia Hartford en asistir a Eton y luego a Sandhurst. Su retrato estaba colgado junto al de su padre -a continuación de la fila de padres que lo precedían-, en lo alto del hueco de la escalera principal, desde donde dominaba el vestíbulo. La cabeza erguida, las brillantes medallas, los fríos ojos azules. Era el orgullo de todo Riverton. Un héroe de la guerra de los Bóers. El futuro lord Ashbury.

Yo me refería a Frederick, el «papá» del que se hablaba en el cuarto de los niños, que parecía inspirar en ellos una mezcla de afecto y respeto reverencial. El segundo hijo de lord Ashbury, cuya sola mención hacía que los amigos de lady Violet tendieran a menear la cabeza y que Su Señoría murmurara, con su copa de jerez en mano.

Myra abrió la boca y volvió a cerrarla. Me recordó esos peces que la corriente trae hasta la orilla del lago.

– No hagas preguntas, y no te contaré mentiras -dijo por fin, alzando el jarrón hacia la luz para inspeccionarlo.

Terminé con la jarra y tomé una fuente. Así eran las cosas con Myra. Tenía una personalidad notablemente caprichosa. Unas veces era comunicativa sin la menor reserva; otras, absurdamente hermética.

Accedió a hablar tan sólo cuando el reloj de la pared señaló que habían pasado cinco minutos, seguramente sin más razón que ésa.

– Supongo que has oído hablar a alguno de los lacayos, ¿verdad? Alfred, sin duda. Estos criados son unos charlatanes. -Tomó otro florero y me observó con desconfianza-. ¿Entonces tu madre nunca te contó nada de la familia?

Negué con la cabeza y Myra arqueó su fina ceja incrédulamente, como si fuera casi imposible que las personas tuvieran temas de conversación que no se relacionaran con la familia de Riverton.

De hecho, mi madre siempre había mantenido la boca deliberadamente cerrada en lo concerniente a esa casa. Cuando era más pequeña la había sondeado, deseosa de escuchar sus relatos sobre la antigua mansión de la colina. En el pueblo circulaban infinidad de historias acerca de ella y yo estaba ansiosa por tener mis propios chismes para intercambiarlos con los otros niños. Pero ella siempre se limitaba a menear la cabeza y a recordarme que la curiosidad mató al gato.

Por fin, Myra habló.

– El señor Frederick… ¿por dónde empezar? -Myra reanudó el bruñido de la plata y continuó hablando entre suspiros-. No es una mala persona. Es muy distinto de su hermano, no ha nacido para ser un héroe, pero no es malo. A decir verdad, la mayoría de nosotros, los de aquí abajo, le tenemos cariño. Según la señora Townsend, siempre fue un pícaro, lleno de ideas extravagantes y cuentos chinos. Y siempre muy amable con los sirvientes.

– ¿Es verdad que fue minero?

Esa peligrosa actividad parecía apropiada para la persona que Myra había descrito. De alguna manera confirmaba que los niños Hartford tenían un padre interesante. El mío siempre había sido una decepción: una figura sin rostro que se desvaneció en el aire antes de que yo naciera, y volvía a materializarse sólo cuando mi madre y su hermana cuchicheaban acaloradamente sobre él.

– Durante una época -prosiguió Myra-, se dedicó a tantas cosas que he perdido la cuenta. Nunca ha sido una persona estable nuestro señor Frederick. Nunca se ha adaptado a los demás. Primero fue la plantación de té en Ceilán. Después, la búsqueda de oro en Canadá. Más tarde decidió que iba a hacer fortuna imprimiendo periódicos. Ahora son los automóviles. Que Dios lo bendiga.

– ¿Vende automóviles?

– Los fabrica; en realidad, lo hacen quienes trabajan para él. Ha comprado una fábrica cerca de Ipswich.

– Ipswich. ¿Es allí donde vive con su familia? -pregunté, orientando la conversación hacia los niños.

Myra no mordió el anzuelo. Estaba concentrada en sus propios pensamientos.

– Con un poco de suerte, tal vez esta idea funcione. Dios sabe cuánto le complacería a Su Señoría obtener ganancias por el dinero que invierte.

Parpadeé, sin entender a qué se refería. Antes de que pudiera pedirle una aclaración Myra continuó.

– De todos modos, lo verás muy pronto. Llega el martes próximo, junto con el mayor y lady Jemina -afirmó con una rara sonrisa, de aprobación, más que de alegría-. No recuerdo un solo mes de agosto en que la familia no se haya reunido para la ceremonia a la orilla del lago. Ninguno de ellos imaginaría siquiera la posibilidad de perderse la cena de celebración del verano. Es una tradición para la gente de aquí.

– Como el recital -apunté osadamente, evitando mirarla.

– Veo que alguien ya ha estado chismeando contigo sobre el recital, ¿verdad? -observó Myra levantando una ceja.

Ignoré su desagradable comentario. Myra no estaba habituada a que le arrebataran el primer puesto a la hora de divulgar chismes.

1 ... 8 9 10 11 12 13 14 15 16 ... 127
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)