La Casa De Riverton
- Автор: Morton Kate
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «La Casa De Riverton». Краткое содержание книги:
En el verano de 1924 todo es felicidad en la mansión de Riverton Manor… hasta la noche de la fiesta. Toda la alta sociedad se está divirtiendo entre el glamour y la elegancia del paraje. Pero en medio de la noche se escucha un disparo. El joven poeta Robbie Hunter se ha quitado la vida a orillas del lago de la mansión. Las hermanas Hartford, Hannah y Emmeline, serán las únicas testigos y se convertirán además en las protagonistas de toda la prensa del momento.
Unas cuantas décadas después, en 1999, Grace Bradley, la que fuera en su día doncella en Riverton Manor, recibe la visita de una joven directora de cine que está preparando una película sobre el suicidio del poeta. Tras años de silencio y olvido, los fantasmas del pasado empiezan a aflorar; y un terrible secreto intenta abrirse paso, un secreto que Grace no ha podido borrar jamás de su memoria. Los recuerdos siguen vivos en esta novela llena de amor, celos, odios y rivalidades, recuerdos que se gestaron en un verano de los decadentes años veinte.
– Alfred dijo que los sirvientes estaban invitados a ver el recital -mentí.
– ¡Lacayos! -Myra meneó la cabeza con altanería-. Si quieres saber la verdad, jovencita, nunca prestes atención a un lacayo. ¡Invitados! A los sirvientes se les permite ver el recital, un gesto muy considerado por parte del amo. Él sabe cuánto significa la familia para todos nosotros, los de aquí abajo, cuánto disfrutamos viendo cómo crecen los más jóvenes.
Myra volvió a dirigir su atención al jarrón que tenía sobre la falda. Yo contuve el aliento, deseando que continuara. Después de un rato, que me pareció una eternidad, lo hizo.
– Este año será la cuarta vez que se represente una obra de teatro. Es así desde que la señorita Hannah cumplió diez años y comenzó a decir que quería ser directora teatral. -Myra asintió con la cabeza-. Todo un personaje, la señorita Hannah. Ella y su padre son tan parecidos como dos huevos.
– ¿Cómo? -pregunté.
Myra hizo una pausa para explicarlo.
– Les apasiona viajar -declaró por fin-, los dos tienen infinidad de ideas modernas e ingeniosas, no sé cuál de ellos es más testarudo.
Lo comentó deliberadamente, acentuando cada adjetivo, como advirtiéndome que esas cualidades, si bien eran extravagancias aceptables para los que vivían arriba, no serían toleradas entre las personas de mi condición.
Durante toda mi vida había recibido de mi madre lecciones semejantes. Asentí sabiamente mientras ella proseguía.
– Ellos normalmente se llevan de maravilla, pero cuando no es así, no hay un alma que no se entere. Nadie puede irritar tanto al señor Frederick como la señorita Hannah. Ya desde muy pequeña sabía exactamente cómo sacarlo de quicio. Era una niñita temible, de gran carácter. Recuerdo que una vez estaba terriblemente disgustada con él por algún motivo y se le ocurrió darle un susto tremendo.
– ¿Qué hizo?
– Déjame recordar… El señorito David estaba recibiendo clases de equitación. Así comenzó todo. A la señorita Hannah no le hacía la menor gracia que la dejaran de lado. Logró escabullirse de Nanny y, junto con la señorita Emmeline, se alejó rumbo a los terrenos donde los granjeros estaban cosechando manzanas. -Myra meneó la cabeza-. La señorita Hannah convenció a la señorita Emmeline para que se escondiera en un granero. Supongo que no le debió de resultar difícil. La señorita Hannah es muy persuasiva, y además a su hermana la hacía verdaderamente feliz la posibilidad de darse un festín con todas esas manzanas recién cosechadas. Inmediatamente después, la señorita Hannah regresó a casa resoplando y jadeando como si hubiera corrido para salvar su vida, llamando al señor Frederick. En ese momento yo estaba en el comedor, poniendo la mesa para el almuerzo, y oí a la señorita Hannah contarle que dos forasteros de piel oscura las habían encontrado en los huertos. Dijo que habían alabado la belleza de Emmeline proponiendo llevarla a hacer un largo viaje por mar. La señorita Hannah no podía asegurarlo, pero creía que eran tratantes de blancas.
Asombrada por la audacia de Hannah, no pude contener una exclamación.
– ¿Qué pasó luego?
Myra se entusiasmó con el solemne relato de aquellos secretos.
– Bueno, el señor Frederick siempre había estado alerta respecto a los tratantes de blancas. Primero su cara empalideció, luego se puso roja y antes de que pudiéramos contar hasta tres cargó a la señorita Hannah en brazos y salió en dirección a los huertos. Bertie Timmins, que ese día estaba cosechando manzanas, nos contó que el señor Frederick llegó en un estado lamentable. Comenzó a gritar órdenes para formar una cuadrilla que saliera en busca de la señorita Emmeline, secuestrada por dos hombres de piel oscura. Buscaron por todas partes, se dispersaron en todas direcciones, pero ninguno vio a dos hombres de piel oscura con una niña rubia.
– ¿Cómo la encontraron?
– No lo hicieron. Finalmente ella los encontró. Había pasado una hora, más o menos, cuando la señorita Emmeline, aburrida de estar escondida e indigestada con las manzanas, salió corriendo del granero preguntándose por qué habría tanto alboroto y por qué la señorita Hannah no había ido a buscarla.
– ¿El señor Frederick se disgustó mucho?
– Oh, sí -aseguró Myra enfáticamente, puliendo con fuerza-. Aunque no por mucho tiempo. Nunca puede estar enfadado con ella durante mucho tiempo. Los dos están muy unidos. Ella tendría que hacer algo terrible para que su padre se pusiera en su contra. -Myra alzó el reluciente florero; después lo puso junto a los otros objetos ya bruñidos; dejó su trapo en la mesa, inclinó la cabeza y masajeó su delgado cuello-. De todos modos, por lo que oí, el señor Frederick sólo recibió un poco de su propia medicina.
– ¿Por qué? -pregunté-. ¿Qué hizo?
Myra echó un vistazo hacia la cocina, comprobando con satisfacción que Katie no podía oírla. Allí abajo, en Riverton, había un orden establecido desde hacía tiempo, arraigado y perfeccionado a lo largo de siglos de servicio. Si bien yo era la criada de menor rango -objeto de reprimendas, y sólo apta para realizar tareas menores-, Katie, la fregona, era objeto de desprecio. Me gustaría decir que esa infundada falta de equidad me irritaba; que aun cuando no me indignara, al menos era consciente de su injusticia. Pero hacerlo significaría adjudicar a la jovencita que era entonces una empatía que no poseía. En cambio, disfrutaba del mínimo privilegio al que accedía gracias a mi posición. Dios sabe que ya había suficientes personas por encima de mí.
– Nuestro señor Frederick le dio muchos disgustos a sus padres cuando era un muchacho -prosiguió Myra entre dientes-. Era tan impetuoso que lord Ashbury lo envió a Radley sólo para que no desprestigiara a su hermano en Eton. Llegado el momento, tampoco lo enviaron a Sandhurst, aunque estaba previsto que fuera oficial de la Armada.
Yo asimilaba la información mientras Myra continuaba.
– Es comprensible, por supuesto, considerando que el mayor James estaba haciendo una gran carrera en las fuerzas armadas. Es poco lo que se necesita para manchar el nombre de una familia. No querían correr riesgos. -Myra dejó de masajearse el cuello y tomó un salero ennegrecido-. No tiene importancia. Todo fue para bien. Él tiene sus automóviles y tres hermosos hijos. Podrás comprobarlo durante la representación.
– ¿Los hijos del mayor James actuarán junto con los del señor Frederick?
La expresión de Myra se ensombreció.
– ¿Cómo puedes pensar algo así, niña? -espetó en voz baja.
El aire se volvió denso. Había dicho algo impropio. Myra me fulminó con la mirada, obligándome a desviar la vista. Había pulido la fuente que tenía en mis manos hasta dejarla brillante y pude ver en ella cómo mis mejillas se sonrojaban.
– El mayor no tiene hijos. Y no los tendrá -siseó Myra y me quitó el trapo; sus dedos largos y finos rozaron los míos-. Ahora ocúpate de tus tareas. Con tu cháchara no me dejas trabajar.
Uno de los aspectos más difíciles de comenzar a servir en Riverton era que se daba por sentado que automáticamente estaría al tanto de todos los pormenores acerca del funcionamiento de la casa y los hábitos de la familia. Sabía que en parte se debía a que mi madre había trabajado aquí antes de que yo naciera. El señor Hamilton, la señora Townsend y Myra suponían -infundadamente- que ya me habían enseñado lo que necesitaba saber sobre Riverton y los Hartford, y que me harían sentir estúpida si me viera obligada a confesar mi ignorancia. En particular, Myra -si la explicación no convenía a algún fin personal- solía insistir muy despectivamente en que, por supuesto, yo sabía que a la Señora le gustaba que las ventanas quedaran entreabiertas unos cuatro dedos, sin importar qué día hiciera. Debía de haberlo olvidado o, peor aún, me hacía la tonta con toda intención.