Las fuerzas del mal
- Автор: Уолтерс Майнет
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Las fuerzas del mal». Краткое содержание книги:
En tanto, en las tierras que lindan con la propiedad del coronel se instala un grupo de nómadas con el objetivo de asentarse por un tiempo indefinido. A la cabeza del movimiento se encuentra un siniestro personaje a quien todos conocen como Fox Evil, un individuo capaz de hundir aún más si cabe los ánimos del coronel. Sólo la providencial visita de su nieta, convertida por los avatares de la vida en una joven capitana del ejército inglés, le ayudará a encarar el avispero emocional en el que vive su agotado corazón.
– Es un ladrón que aceptó la caridad de mi esposa y después se la arrojó a la cara. -Se adelantó un paso, obligando a que los dos agentes hicieran detenerse a Fox, y se limitó a preguntar-: ¿Por qué?
Una curiosa sonrisa iluminó los ojos de Fox.
– Usted es como el Everest, coronel -dijo, imitando a la perfección la voz de barítono del anciano-. Siempre está ahí.
– ¿Qué esperaba conseguir?
– Eso tendrá que preguntárselo a Leo y Lizzie. Yo sólo soy un simple empleado. Ellos quieren su dinero y no les importa cómo conseguirlo -su mirada se deslizó hacia el pasillo, como si supiera que Nancy estaba allí-, o quién resulta herido en el camino.
– Está mintiendo -dio James con irritación-. Sé que Vera le ha llenado la cabeza de tonterías sobre su parecido con Leo, pero sus vínculos con esta familia nunca fueron más allá.
La sonrisa de Fox se ensanchó.
– ¿Su esposa nunca le contó nada sobre Lizzie y yo? No, veo que no lo hizo. Ella era magnífica a la hora de barrer la basura de la familia bajo la alfombra. -Su voz adquirió acento iríandes-. A su hija le gustaban los hombres bastos, coronel. Y mejor todavía si la bastedad era irlandesa.
– No sé de qué está hablando.
Fox miró a Mark.
– El señor Ankerton sí lo sabe -dijo con certeza.
James se volvió hacia su abogado.
– No lo entiendo.
Mark se encogió de hombros.
– Creo que el señor Sullivan tampoco. Sospecho que Vera le contó un chisme y ha intentado sacarle partido.
Fox parecía divertirse.
– ¿Por qué cree que Ailsa pagaba mis facturas? No se trataba de caridad. Ella intentaba ocultar los detalles sórdidos de la vida amorosa de Lizzie… en particular su pasión por los hombres que le recordaban a su hermano.
Monroe intervino antes de que James o Mark pudieran decir nada.
– ¿Cómo lo conoció, señor?
James se recostó contra el espigón de la escalera. Parecía anonadado, como si Fox le hubiera suministrado las piezas que faltaban en un rompecabezas.
– Exigió derechos de okupa sobre el chalé colindante a la casa del guarda en el verano de 1998. Mi esposa se apiadó de él porque tenía mujer y dos niños pequeños… -calló súbitamente, cuestionando la actitud de Ailsa.
– Siga -lo instó Monroe.
– Ailsa me persuadió de que permitiera quedarse a la familia hasta que ella les encontrara un alojamiento adecuado. Mientras tanto, este hombre -hizo un gesto en dirección a Fox-, se aprovechó del parecido con mi hijo para comprar algunas cosas a cuenta de la mansión. Mi esposa pagó las facturas, pero cuando me di cuenta de ello él había desaparecido con su familia, dejando deudas que ella no pudo sufragar. Para pagarlas tuve que vender el chalé.
Monroe miró a Fox con curiosidad. Había hablado con Leo tras la muerte de su madre, pero no lo recordaba tan bien como para decir si el parecido era notable.
– ¿Wolfie era uno de aquellos niños?
– No creo haberlos visto siquiera, pero sé que mi esposa estaba muy preocupada porque tres personas tan vulnerables estuvieran bajo la influencia de este hombre.
– ¿Informó usted a la policía?
– Por supuesto.
– ¿Qué nombres dio?
– Ahora no recuerdo. Mi esposa le entregó a su gente todos los papeles sobre la solicitud de alojamiento, los nombres están ahí. Quizá guardó alguna copia. De ser así, estarían en el comedor. -Con un movimiento súbito dio un paso adelante y abofeteó a Fox-. ¿Cómo se atrevió a volver? ¿Qué mentiras le contó esta vez a mi esposa?
Fox irguió la cabeza con una sonrisa malévola.
– Le conté la verdad -respondió-. Le dije quién era el padre del bastardo de Lizzie.
Monroe detuvo la mano de James cuando éste volvió a levantarla.
– Es mejor que no lo haga, señor.
– Ailsa no lo hubiera creído -dijo el anciano con ira-. Sabía perfectamente que no había ocurrido nada tan asqueroso como lo que sugería usted.
– ¡Oh!, ella sí me creyó, coronel, pero yo no dije que usted fuera el padre. Ésa fue idea de Lizzie: no creía que la señora Bartlett se preocupara por algo menos importante que eso.
James se volvió indefenso hacia Mark.
– ¿Quién dijo usted que era el padre? -preguntó el abogado.
Fox lo miró de arriba abajo.
– Llevo todo el día vigilándolo… está loco por meterle mano. Pero ella me cree, ¿no es así, señor Ankerton?
Mark negó con la cabeza.
– Color de ojos incorrecto, amigo mío. Los de Elizabeth son azules… igual que los suyos… y la ley de Mendel dice que es imposible que dos personas de ojos azules tengan un hijo de ojos pardos. -«¡Te pesqué, hijo de puta!» O bien Leo había mentido para burlarse, o ese cretino ignorante sabía tanto de genética como él-. No debió confiar en Vera para obtener información, Fox. Ella nunca pudo recordar bien las fechas. El soldador irlandés anduvo por aquí dos años antes del embarazo de Elizabeth -levantó un dedo y apuntó al corazón de Fox-, y ésa es la razón por la que Ailsa tampoco le hubiera creído. No importa de qué muriera… o cómo muriera, ella sabía que no existía la menor conexión entre su nieta y usted.
Fox negó con la cabeza.
– Ella me reconoció en ambas ocasiones, señor Ankerton… me pagó para que me largara la primera vez… y lo hubiera vuelto a hacer de no haber muerto. Ella no quería que su marido conociera la existencia de algunos secretos familiares.
– ¿La mató usted? -preguntó Mark sin ambages.
– No. Esa noche no estuve aquí.
Nancy salió del pasillo.
– Vera dijo que él intentaba chantajear a Ailsa. Parecía bastante lúcida. Al parecer, Ailsa dijo que prefería morir antes de darle dinero… y por eso él hizo que Vera cerrara la puerta con llave y dejara que se ocupara de Ailsa.
La mirada de Fox se desvió unos instantes hacia Nancy.
– La señora Dawson me confunde con Leo. Quizá debería formular esas preguntas al hijo del coronel, señor Ankerton.
Mark sonrió levemente.
– Si no estaba aquí, ¿dónde estaba?
– Probablemente en Kent. Pasamos casi toda la primavera en el sureste.
– ¿Pasamos? -Mark contempló cómo una gota de sudor se deslizaba por un lado de la frente de aquel hombre. Sólo daba miedo en la oscuridad, pensó. A la luz y esposado, no parecía tan intimidatorio. Tampoco era inteligente. Astuto, pero no inteligente-. ¿Dónde están Vixen y el Cachorro? -preguntó, al no obtener respuesta de Fox-. Seguramente Vixen apoyaría la coartada de la estancia en Kent si le dice a la policía dónde está.
Fox centró su atención en Monroe.
– ¿Piensa hacer su trabajo, sargento, o va a permitir que el coronel y su abogado me interroguen?
Monroe se encogió de hombros.
– Le hemos prevenido. Tiene derecho a guardar silencio, como cualquier otra persona. Siga, señor -invitó a Mark-. Me interesa lo que tenga que decir.
– Puedo ofrecerle los hechos que conozco, sargento. -Puso en orden sus ideas-. Primero: cuando tenía quince años, Elizabeth mantuvo una relación con un soldador irlandés. Él la convenció de que robara en provecho suyo y su hermano asumió la responsabilidad para protegerla. Sin duda, Vera conocía la relación, porque encubría a Elizabeth cada vez que la chica salía. Aquel episodio dio lugar a que se fomentara la desconfianza entre los sirvientes, desconfianza que nunca desapareció. Vera se sentía maltratada porque el coronel la acusó del robo… y dudo que la señora Lockyer-Fox volviera a tratarla alguna vez como antes. Estoy seguro de que Vera instigó a Elizabeth a actuar como lo hizo.
Puso una mano sobre el brazo de James para que el anciano se mantuviera en silencio.
– Segundo: Elizabeth tuvo una hija a los diecisiete años que fue dada en adopción. Era una adolescente promiscua y desconocía quién era el padre. Por supuesto, Vera supo lo del parto y la adopción. Sin embargo, sospecho que ella ha mezclado los dos episodios, y ésa es la razón por la que este hombre piensa que el irlandés era el padre. -Escrutó el rostro de Fox-. La única persona viva que puede identificar a ese individuo, aparte de Vera, cuyo testimonio carece de valor, es la propia Elizabeth, y ella lo ha descrito como un hombre mucho mayor, que, además, era el padre de la mayoría de los niños de su grupo.