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Las fuerzas del mal

Электронная книга - «Las fuerzas del mal». Краткое содержание книги:

En el bello paisaje de la campiña inglesa, una adinerada familia debe enfrentarse a un destino que parece condenarla a la extinción. El viejo ha perdido a su mujer, mientras sus hijos Leo, un ludópata redomado, y Elizabeth, una promiscua alcohólica condenada al fracaso, apenas son una mácula dentro de la genealogía familiar. Deprimido y con el único apoyo de su fiel abogado Mark Ankerton, Lockyer-Fox también debe hacer frente a las habladurías de sus convecinos, que le acusan del supuesto asesinato de su esposa. Se avecinan tiempos difíciles para el coronel quien, además, ha decidido destapar un viejo secreto y encomendar a Mark la tarea de encontrar a una nieta entregada en adopción apenas nacer. Una lejana vergüenza que la familia Lockyer-Fox ocultó a cal y canto, para proteger la ya maltrecha reputación de Elizabeth.
En tanto, en las tierras que lindan con la propiedad del coronel se instala un grupo de nómadas con el objetivo de asentarse por un tiempo indefinido. A la cabeza del movimiento se encuentra un siniestro personaje a quien todos conocen como Fox Evil, un individuo capaz de hundir aún más si cabe los ánimos del coronel. Sólo la providencial visita de su nieta, convertida por los avatares de la vida en una joven capitana del ejército inglés, le ayudará a encarar el avispero emocional en el que vive su agotado corazón.
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– ¿Sobre qué?

– Sobre las travesuras de Lizzie.

– ¿Y qué pintan aquí?

– ¿Quién cree que robó toda esa porquería?

– Creía que usted había confesado haberlo hecho.

– Lo hice -respondió Leo entre risas-. Un terrible error.

– Entonces, ¿quién fue? ¿El amiguito?

– ¡No, por Dios! A ése nunca lo habría encubierto. Fue Lizzie. Vino a verme, temblando como una hoja, y me contó lo que había estado haciendo. El tipo la convenció de que se casaría con ella si podía conseguir el dinero suficiente para huir juntos a Gretna Green. La muy estúpida. Siempre fue una romántica patética. Un vago se la folló a conciencia… y seguía considerándolo lo mejor que le había ocurrido.

La mirada de Mark se dirigió de nuevo a la pared. ¿Cuál era la mentira? ¿Que Leo le había robado a su padre… o que no lo había hecho? Podía percibir una vez más el encanto de aquel hombre pero ya no se sentía tan crédulo. Lo único que podía asegurar era que Leo estaba jugando con él.

– ¿Vera lo sabía?

– Claro que sí. Ella era parte del problema. Adoraba a aquel sinvergüenza porque el desgraciado se había tomado el trabajo de ablandarla. En realidad, era un tipo encantador. Vera mintió para ayudar a Lizzie y así mamá no se enteró de lo que pasaba.

– ¿Por qué no dijo nada cuando su padre la acusó?

– Si le hubieran dado tiempo lo habría hecho. Esa es la razón por la que Lizzie vino a verme llorando.

– Entonces, ¿por qué su madre le creyó? Debió de pensar que Lizzie tenía algo que ver con aquello.

– Eso le hacía la vida más fácil. Papá la habría reñido por dejar que Lizzie se descontrolara. En cualquier caso, soy un mentiroso convincente. Le dije que había perdido todo lo robado en un casino de Deauville. A ella no le costó trabajo creerlo.

Probablemente porque era cierto, pensó Mark con cinismo. O, al menos, en parte. Ailsa decía que Lizzie hacía lo mismo que Leo con seis meses de retraso. De todos modos…

– Si le cuento eso a su padre, ¿Lizzie lo confirmará?

– Sí. Y Vera también lo hará, en caso de que no esté ya como una cabra.

– ¿Está Lizzie con usted? ¿Puedo hablar con ella?

– La respuesta a ambas preguntas es no. Si quiere, puedo pedirle que lo llame.

– ¿Dónde está?

– No es asunto suyo. Si quiere que usted lo sepa, ella misma se lo dirá.

Mark apoyó la palma de la mano contra la pared y miró al suelo. «Toma partido por alguien…»

– Sería mejor no mencionarle que su hija está aquí. No quiero que piense que la va a conocer. -Oyó cómo Leo cogía aire-. Y antes de que le eche la culpa de eso a su padre, le diré que es ella la que no tiene interés alguno. Su familia adoptiva es magnífica y no quiere que su vida se complique con los problemas emocionales derivados de una segunda familia. Además, y esto debe quedar entre usted y yo, la que lo pasaría mal sería Lizzie. No hay manera de que pueda esta a la altura… ni de su hija ni de la madre adoptiva.

– Parece que no es mi padre el único que se siente fascinado -dijo Leo con sarcasmo-. ¿Ése es su camino hacia la fortuna familiar, Mark? ¿Casarse con la heredera y ganar el premio gordo? Está un poco pasado de moda, ¿no lo cree?

Mark le mostró los dientes al teléfono.

– Es hora de que deje de juzgar al resto del mundo según sus propios estándares. No todos somos gilipollas de mediana edad con problemas de autoestima, que creen que sus padres deben mantenerlos.

La burla se reflejó en la voz del interlocutor, que finalmente subió de volumen.

– A mi autoestima no le ocurre nada.

– Bien. Entonces le daré el nombre de un amigo mío que es especialista en problemas de fertilidad masculina.

– ¡Jódase! -dijo Leo con rabia, y colgó.

Veintiocho

Cuando Martin Barker regresó al campamento, el registro del autocar de Fox había concluido. Lo habían abierto todo: puertas, compartimientos, maletero, capó… pero, a pesar de los esfuerzos del equipo de búsqueda, los resultados fueron nulos. Habían dispuesto una mesa bajo los reflectores y sobre ella había algunos objetos de escaso valor que podían ser robados o no: herramientas eléctricas, binoculares, un radio de pilas. Los únicos hallazgos de interés eran el martillo y la navaja recuperados en la terraza, y una caja metálica que descubrieron bajo una de las camas.

– Minucias -dijo Monroe a Barker-. Es lo que hay y ni siquiera se molestó en ponerlo bajo llave. Hay unas doscientas libras, un permiso de conducir a nombre de John Peters con una dirección en Lincolnshire, unas cuantas cartas… y lo demás carece de importancia.

– ¿Es auténtico el permiso?

– Robado o comprado. El John Peters que vive en esa dirección está repantigado en su sofá, viendo una película de James Bond… y muy cabreado por el robo de su identidad.

Era una historia bastante habitual.

– ¿Las placas del vehículo?

– Falsas.

– ¿El número del motor? ¿El del capó?

– Dados de baja.

– ¿Las huellas dactilares?

– Eso es lo único que me hace ser optimista. El volante y la palanca de las marchas están llenos de huellas. Suponiendo que esté fichado, mañana sabremos quién es.

– ¿Se sabe algo de Vixen y el Cachorro? ¿Hay algo que nos dé una pista sobre su paradero?

– Nada. Ni siquiera se puede decir que hubiera una mujer y un segundo niño viviendo aquí. Esto es un chiquero, pero no hay ropas de mujer y casi ninguna de niño. -Monroe apartó la caja y comenzó a revisar un montoncito de papeles-. ¡Dios! -dijo, disgustado-. El tipo es un bromista. Aquí hay una carta del jefe de policía asegurándole al señor Peters que la comisaría de Dorset es muy escrupulosa en el trato con los nómadas.

Barker tomó la carta y leyó la dirección.

– Utiliza un apartado de correos de Bristol.

– Entre otros. -Monroe examinó las cartas restantes-. Estas son respuestas oficiales a preguntas sobre los derechos de los nómadas, todas enviadas a varios apartados de correos de diferentes zonas.

Barker se inclinó hacia delante para echarles un vistazo.

– ¿Qué sentido tiene? ¿Acaso quería demostrar que era un auténtico nómada?

– No lo creo. Parece como si quisiera dejar un rastro de papeles. Si lo arrestan, quiere que perdamos el tiempo tratando de seguir sus desplazamientos por todo el país. Lo más seguro es que no haya estado en ninguno de esos lugares. La policía de Bristol podía haber tardado meses en rastrear su pista mientras él estaba todo ese tiempo en Manchester. -Volvió a meter las cartas en la caja-. Una cortina de humo, Martin, algo así como este puñetero autocar. Parece prometedor, pero aquí no hay nada… -negó con la cabeza-, y eso hace que me interese por los proyectos de nuestro amigo. Si se dedica a robar, ¿dónde oculta el botín?

– ¿Hay rastros de sangre? -preguntó Barker-. Bella está convencida de que él liquidó a la madre y al niño pequeño.

Monroe negó con la cabeza.

– Nada visible.

– Los forenses podrían hallar algo.

– No creo que tengan la oportunidad. Con estas pruebas -señaló hacia la caja-, lo más probable es que recibamos la demanda de un abogado. Si aparecen algunos cuerpos, entonces quién sabe… pero eso no va a ocurrir mañana.

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