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Deja en paz al diablo

Электронная книга - «Deja en paz al diablo». Краткое содержание книги:

Nada es nunca lo que parece. Y menos si David Gurney está involucrado.
Han pasado seis meses. David Gurney apenas ha conseguido reincorporarse a una cierta normalidad después de haberse encontrado al borde de la muerte tras resolver el caso más peligroso al que se había enfrentado. Madeleine, su esposa, está preocupada: ha sido diagnosticado con síndrome de estrés postraumático; nada parece alegrarle.
Hasta que recibe una llamada. Connie Clark, la periodista que creó la leyenda de superpoli, lo puso en la portada de una revista y lo catapultó a la fama, quiere pedirle ayuda. Su hija Kim está realizando un documental sobre las familias de las víctimas de un asesino en serie al que nunca atraparon, el Buen Pastor, y Connie quiere que Gurney supervise sus investigaciones y la guíe. En parte por aburrimiento y en parte por hacerle un favor a Connie, Gurney acepta.
Sin embargo, esto no será más que el principio. Incapaz de ponerle coto a su curiosidad y a su necesidad de resolver cada una de las incógnitas que se le presentan, David Gurney se verá arrastrado a una investigación para descubrir la verdadera identidad del asesino. Un asesino que es tan imprevisible como peligroso.
Si en Sé lo que estás pensando te asombró y en No abras los ojos te aterró, con Deja en paz al diablo, John Verdon consigue lo inesperado: sorprender al lector a cada página hasta dejarlo sin aliento.
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– No importa, como quiera.

Empezó a tamborilear con las uñas en un ritmo de ligero staccato sobre la mesa.

– Muy bien. Si no le importa, le llamaré Jimi. Como le he explicado cuando teníamos la cámara apagada, esta conversación es una toma de contacto, por decirlo así. Más adelante, otro día, le plantearé de un modo más…

Brewster detuvo su tamborileo abruptamente e interrumpió a Kim.

– ¿Cree que yo lo maté?

– ¿Disculpe?

– Eso es lo que, en secreto, todo el mundo se pregunta.

– Lo siento, Jimi, pero no le sigo…

Brewster la interrumpió una vez más.

– Pero si lo maté, entonces tuve que matarlos a todos. Y por eso no me detuvieron, porque tenía coartada para los cinco primeros.

– Me he perdido, Jimi. Nunca pensé que matara…

– Ojalá lo hubiera hecho.

Kim hizo una pausa, parecía anonadada.

– ¿Le gustaría…? ¿Le gustaría haber matado a su padre?

– Y a todos los demás. ¿Cree que parezco el Buen Pastor?

– ¿Qué?

– ¿Cómo se imagina al Buen Pastor?

– Nunca…, nunca me lo he imaginado.

Brewster empezó a tamborilear otra vez con las uñas.

– ¿Porque lo hacía todo en la oscuridad?

– ¿En la oscuridad? No, simplemente… Simplemente no me lo imagino, no sé por qué.

– ¿Cree que es un monstruo?

– Físicamente…, ¿un monstruo?

– Física, mental, espiritualmente…, de cualquier manera que sea. ¿Cree que es un monstruo?

– Mató a seis personas.

– A seis monstruos. Eso lo convierte en un héroe, ¿no?

– ¿Por qué cree que todas sus víctimas eran monstruos?

La cámara se había ido acercando de manera muy gradual, como un intruso de puntillas, como si explorara el más ligero tic o arruga en los rostros.

Los párpados de Jimi Brewster estaban temblando sin llegar a pestañear.

– Fácil. Si te gastas cien mil dólares en un coche, en un puto coche, eres, de facto, un mierda. -Su voz era intensa y acusatoria. Aquel rasgo también le hacía parecer más joven. Por su aspecto y su manera de hablar parecía más un miembro problemático de un club de ajedrez del instituto que un hombre de casi cuarenta años.

– ¿Un mierda malvado? ¿Es así como veía a su padre?

– ¿El gran cirujano? El caraculo sacadineros de mierda.

– ¿Todavía odia tanto a su padre como entonces?

– ¿Mi madre sigue tan muerta ahora como lo estaba entonces?

– ¿Perdón?

– Mi madre se suicidó con somníferos que él le recetó. El gran genio cirujano, al que le volaron esa cabeza tan genial. ¿Quiere saber un secreto? Cuando me llamaron para decírmelo, les pedí que me lo repitieran tres veces. Pensaban que estaba en estado de shock. No lo estaba. Sentí tanta alegría que quería asegurarme de que no estaba soñando. Quería oír la noticia una y otra vez. Fue el día más feliz de mi vida.

Brewster hizo una pausa. Parecía excitado, con la mirada fija en la cara de Kim.

– Ajá -gritó él-. ¡Ahí está! Lo veo en sus ojos.

– ¿Qué ve?

– La gran pregunta.

– ¿Qué gran pregunta?

– La gran pregunta de todos: ¿Jimi Brewster podría ser el Buen Pastor?

– Ya le he dicho antes que nunca he pensado tal cosa.

– Pero ahí está ahora. No mienta. Está pensando: «Todo ese odio, ¿bastaría para eliminar a seis mierdas?».

– Ha dicho que tenía coartada. Si tenía coartada…

Él la interrumpió.

– ¿Cree que alguna gente puede estar físicamente en un sitio y espiritualmente en otro?

– Eh…, no estoy segura de qué quiere decir.

– Hay gente que asegura haber visto a yoguis indios en dos sitios diferentes al mismo tiempo. El tiempo y el espacio podrían no ser lo que creemos que son. Parece que yo estoy aquí, pero podría estar en otro sitio.

– Perdón, Jimi, creo que no…

– Cada noche, en mi mente, conduzco por carreteras oscuras, buscando a doctores geniales, robots de mierda que recetan pastillas, y cuando veo a uno en su brillante coche de mierda levanto mi pistola y le apunto a un punto entre la sien y la oreja. Aprieto el gatillo. Hay un estallido de luz en el cielo, la luz blanca de la verdad y la muerte, y la mitad de su cabeza ha desaparecido.

El ritmo y el volumen del tamborileo con las uñas se incrementó.

La cámara se acercó a la cara de Brewster.

Estaba mirando a Kim como un loco, aparentemente esperando su reacción, mordiéndose el labio inferior. La cámara se alejó otra vez para incluirlos en el mismo encuadre.

En lugar de reaccionar directamente, la chica respiró hondo y cambió de tema.

– ¿Fue a la universidad?

La pregunta tomó a Brewster a contrapié. Parecía decepcionado.

– Sí.

– ¿Dónde?

– Dartmouth.

– ¿Qué estudió?

Su boca se ensanchó en un pequeño espasmo que podría haber sido una sonrisa de un segundo.

– Estudié Medicina.

– Me sorprende.

– ¿Por qué?

– Por lo que ha dicho que sentía por su padre, no me esperaba que quisiera seguir sus pasos.

– No lo hice. -Otra vez aquel espasmo en su boca. No llegaba a ser una sonrisa, al menos no una sonrisa afable-. Lo dejé un mes antes de la graduación.

Kim frunció el ceño.

– ¿Solo para decepcionarlo?

– Solo para ver si sabía que existía.

– ¿Lo sabía?

– La verdad es que no. Lo único que dijo fue que era estúpido por dejarlo, como podría haber dicho que es estúpido dejar la ventanilla del coche abierta cuando está lloviendo. Ni siquiera estaba enfadado. No le importaba lo suficiente para estar enfadado. Siempre tan calmado… Tendría que haber visto lo tranquilo que estaba en el funeral de mi madre.

– Desperdició un montón de dinero de su padre al no graduarse. ¿Eso le importó?

– Pasaba ocho horas al día en la sala de operaciones, cinco días por semana. El hijo de perra podía ganar en dos semanas lo bastante como para pagar mis cuatro años en Dartmouth. Mi comida, alojamiento y formación eran una puta cagadita de mosca en su vida. Como mi madre. Como yo. Sus coches eran más importantes que nosotros.

Kim no dijo nada. Levantó los dedos entrelazados y los apretó contra sus labios, cerrando los ojos, como si tratara de contener cierta emoción indisciplinada. El silencio continuó un buen rato. Kim se aclaró la garganta antes de hablar otra vez.

– ¿Cómo vive?

Estalló en una risa áspera.

– ¿Cómo vive cualquiera?

– Me refiero a cómo se gana la vida.

– ¿Está tratando de resaltar alguna ironía?

– No lo entiendo.

– Está pensando que vivo del dinero que me dejó. Cree que su dinero, pese a que simulo odiarlo, es en realidad lo que me mantiene. Está pensando: «Vaya puto hipócrita». Está pensando que soy exactamente igual que él, que lo único que quería era su puto dinero.

– No estaba pensando nada de eso. Solo era una pregunta inocente.

Brewster dejó escapar otra risa áspera.

– ¿Una periodista de televisión con una pregunta inocente? Es como un puto demonio con un corazón de oro. O un cirujano con alma. Sí, claro, una pregunta inocente.

– Puede creer lo que quiera, Jimi. ¿Tiene una respuesta?

– Ah, ahora veo de qué se trata. Quiere saber cómo nos va. Nuestras herencias. Cuánto tenemos. ¿Es eso lo que quiere saber?

– Quiero saber lo que quiera contarme.

– Se refiere a lo que quiera contarle del dinero. Eso es lo que quiere saber su puta audiencia de televisión. Pornografía financiera. Muy bien. Perfecto. El puto dinero. El que se quedó más jodido fue ese patético contable, cuya hermana lo heredó todo gracias a sus putos niños. Luego estaba el pastelero, que sobre todo heredó las deudas de su gran mamá rubia. A la dulce mujer del abogado no le fue mal, terminó con dos o tres millones, sobre todo porque su marido tenía un seguro de puta madre. Es la clase de mierda que compartían en su grupo de apoyo. ¿Es la clase de mentira que quiere saber?

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