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Encrucijada en el crepúsculo

Электронная книга - «Encrucijada en el crepúsculo». Краткое содержание книги:

Mat Cauthon huye con la hija de las Nueve Lunas mientras la Sombra y el imperio seanchan emprenden una persecución implacable. Por su parte, las Aes Sedai sienten un inmenso flujo de Poder en un lejano paraje del oeste y temen que sea obra de los Renegados o incluso de la propia Sombra.
La heredera del Trono de Andor, rodeada de enemigos y de amigos siniestros que planean su destrucción, puede caer en manos de la Sombra y arrastrar consigo al Dragón Renacido, y Egwene al’Vere pone sitio al centro de poder Aes Sedai, pero ha de vencer con rapidez para evitar que los Asha’man sean los únicos capaces de defender el mundo del Oscuro.
Tras limpiar la mitad masculina de la Fuente Verdadera, Rand al’Thor se ve obligado a correr grandes riesgos sin saber con certeza quiénes son sus aliados y quiénes son sus enemigos.
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Pese a que Caseille y sus guardias habían abandonado el patio, Elayne y las otras tuvieron que abrirse paso entre el gentío, pues los hombres de Matherin por fin habían desmontado y tenían organizado un alboroto. Las alabardas iban a parar al suelo mientras intentaban descargar el albardón en el patio, para luego recogerlas y volver a dejarlas caer. Uno de los chicos perseguía a una gallina que a saber cómo se había soltado y se escabullía entre las patas de los caballos, en tanto que uno de los hombres mayores lanzaba gritos de ánimo, si bien no quedaba claro si era al chico o a la gallina. Un alférez de rostro apergaminado y con un mínimo cerquillo de pelo blanco, que vestía una chaqueta de un tono rojo desvaído y demasiado ajustada sobre el vientre, trataba de restablecer el orden con la ayuda de otro guardia no mucho más joven que él; a buen seguro que los dos se habían reincorporado dejando su jubilación, al igual que habían hecho muchos. Pero otro de los chicos parecía a punto de conducir su peluda montura al propio palacio, y Birgitte tuvo que ordenarle que se quitara de en medio para que Elayne pudiera pasar. El muchacho, un chaval con pelusilla en las mejillas que no podía tener más de catorce años, miró a Birgitte tan boquiabierto como había contemplado el palacio. Sin duda la arquera resultaba mucho más pintoresca con su uniforme que la heredera del trono con el traje de montar, además de que a la heredera del trono ya la había visto. Rasoria lo apartó de un empujón hacia el viejo alférez mientras sacudía la cabeza.

—No tengo puñetera idea de qué hacer con ellos —rezongó Birgitte al tiempo que una doncella con el uniforme rojo y blanco recogía la capa y los guantes de Elayne en el pequeño vestíbulo de entrada. Pequeño en función del Palacio Real. Con lámparas de pie doradas titilando entre las blancas y estrechas columnas estriadas, era un cincuenta por ciento más grande que el vestíbulo principal de Matherin, si bien el techo no era tan alto. Otra doncella con el León Blanco en el lado izquierdo de la pechera del uniforme, una muchacha que no sería mucho mayor que el chico que había intentado meter el caballo allí, le tendió una bandeja de plata tallada a semejanza de cuerdas entretejidas, con copas altas llenas de vino caliente con especias antes de que los ceños simultáneos de Aviendha y Birgitte la hicieran recular intimidada—. Los condenados chicos se quedan dormidos si están de guardia —continuó Birgitte sin dejar de mirar ceñuda a la criada que se alejaba—. Los viejos se mantienen despiertos, pero la mitad no recuerda qué mierda tiene que hacer si ve a alguien intentando escalar la puñetera muralla, y la otra mitad ni al completo podría rechazar a seis pastores con un perro.

Aviendha miró a Elayne con una ceja enarcada y asintió.

—No están aquí para luchar —les recordó Elayne mientras echaban a andar por un corredor de baldosas azules jalonado por lámparas de pie y arcones trabajados con incrustaciones, con Birgitte y Aviendha flanqueándola y las guardias repartidas unos cuantos pasos delante y detrás. «Luz, ¡tendría que haber tomado el vino!», pensó. La cabeza le martilleaba al mismo ritmo que la de Birgitte, y se frotó las sienes al tiempo que se preguntaba si debería ordenar a su Guardián que fuera a que la Curaran de inmediato.

Pero Birgitte tenía otras ideas. Miró a Rasoria y las que iban delante con ella, y después miró por encima del hombro e hizo una seña a las que venían detrás para que se separaran un poco más. Qué extraño. Ella había elegido a todas las mujeres de la Guardia y confiaba en ellas. Aun así, cuando habló lo hizo en un susurro apresurado y acercando la cabeza a Elayne.

—Ocurrió algo justo antes de que volvieras. Le estaba pidiendo a Sumeko que me Curara antes de tu regreso y de repente se desmayó. Se le pusieron los ojos en blanco y se fue al suelo. Y no ha sido la única. Nadie admitirá una maldita cosa, a mí al menos, pero las otras Allegadas que he visto están casi muertas de miedo, y también las Detectoras de Vientos. Ninguna de ellas podría escupir aunque tuviera que hacerlo. Regresaste antes de que pudiera encontrar a una hermana, pero sospecho que cualquiera de ellas también me habría respondido con una mirada más vacía que la de un besugo. Sin embargo, a ti te lo dirán.

El palacio necesitaba la población de un pueblo grande para que funcionaran las cosas, y los sirvientes empezaban a aparecer, hombres y mujeres de uniforme que se movían presurosos por los pasillos, se pegaban contra las paredes o se metían en los pasillos laterales para dejar espacio a la escolta de Elayne, de modo que ésta explicó lo poco que sabía en un tono igualmente bajo y resumiendo todo lo posible. No le importaba que algunos rumores llegaran a las calles e, inevitablemente, a Arymilla, pero los cuentos sobre Rand podían ser tan malos como los que se referían a los Renegados para cuando hubieran pasado por unas cuantas versiones distorsionadas. Peores, en cierto modo. Nadie creería que los Renegados intentaban sentarla en el trono como una marioneta.

—En cualquier caso —finalizó—, no tiene nada que ver con nosotros y lo que pasa aquí.

Creyó que había hablado de un modo convincente, muy frío y objetivo, pero Aviendha alargó la mano para apretar la suya, lo que para una Aiel era tanto como un abrazo confortador habiendo gente a la vista, y la compasión de Birgitte fluyó a través del vínculo. Era más que conmiseración; era el sentimiento compartido de una mujer que ya había sufrido la pérdida que ella temía y más. Gaidal Cain estaba perdido para Birgitte tan seguro como si estuviera muerto y, por si fuese poco, los recuerdos de las vidas pasadas de la mujer se estaban borrando. Casi no se acordaba claramente de nada ocurrido antes de la fundación de la Torre Blanca, y de eso no todo. Algunas noches, el miedo de que Gaidal se desvaneciese también de su memoria, de que perdiera todo recuerdo de haberlo conocido y amado, la dejaba en vela hasta que bebía tanto brandy como podía tragar. Ésa era una pobre solución y Elayne habría querido poder darle otra mejor, pero sabía que sus propios recuerdos de Rand sólo morirían con ella y no imaginaba el horror de saber que esos recuerdos podrían abandonarla. Aun así, confiaba en que alguien Curara la resaca a Birgitte enseguida, antes de que la cabeza le estallara como un melón pasado. Su habilidad con la Curación no llegaba a tanto y Aviendha no era mejor.

A despecho de la emoción que percibía en Birgitte, ésta mantuvo el semblante sereno e indiferente.

—Los Renegados —masculló en tono seco. Y quedo. No era un término para andar pronunciándolo alegremente—. Bien, mientras no tenga nada que ver con nosotras, me trae al fresco. —Un gruñido que supuestamente era una risa delató su mentira. Claro que, aunque Birgitte dijera que nunca había sido soldado sí tenía el punto de vista de uno. Por lo general un soldado sólo podía esperar obstáculos y complicaciones, pero aun así tenía que hacer su trabajo—. Me pregunto qué pensarán sobre eso —añadió mientras señalaba con la cabeza a cuatro Aes Sedai que acababan de salir de un corredor transversal, pasillo abajo.

Vandene, Merilille, Sareitha y Careane llevaban juntas las cabezas mientras caminaban o, más bien, las tres últimas iban apiñadas alrededor de Vandene, inclinadas hacia ella y hablando a la par que hacían gestos urgentes de manera que los flecos de los chales se mecían. Vandene caminaba lentamente como si estuviera sola, sin prestarles la menor atención. Siempre había sido delgada, pero el largo vestido verde, con flores bordadas en las mangas y los hombros, le colgaba suelto como si se hubiese confeccionado para una mujer más corpulenta, y el cabello blanco recogido en la nuca parecía necesitar un cepillado. Su expresión era sombría, pero eso quizá no tuviera nada que ver con lo que quiera que le decían las otras hermanas. Había estado así desde el asesinato de su hermana. Elayne habría apostado a que aquel vestido era de Adeleas. Desde el asesinato, Vandene se ponía los vestidos de su hermana con más frecuencia que los suyos. Aunque eso no explicaba que le quedara grande la ropa. Las dos mujeres habían tenido la misma talla, pero el apetito de Vandene había muerto con su hermana. Su gusto por la mayoría de las cosas parecía haber muerto en aquel momento.

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