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Электронная книга - «El Juego Del Ángel». Краткое содержание книги:

En la turbulenta Barcelona de los años 20 un joven escritor obsesionado con un amor imposible recibe la oferta de un misterioso editor para escribir un libro como no ha existido nunca, a cambio de una fortuna y, tal vez, mucho más.
Con estilo deslumbrante e impecable precisión narrativa, el autor de La Sombra del Viento nos transporta de nuevo a la Barcelona del Cementerio de los Libros Olvidados para ofrecernos una gran aventura de intriga, romance y tragedia, a través de un laberinto de secretos donde el embrujo de los libros, la pasión y la amistad se conjugan en un relato magistral.
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– ¿Pero por qué iba a volver Jaco ahora? -preguntó Salvador-. No tiene sentido.

– No lo sé. Ahora tengo que irme. Sólo quería prevenirle.

– Por mí no se preocupe. Si este hijo de puta viene a visitarme, estaré preparado. Llevo veinticinco años esperando.

El jefe de estación anunció la salida del tren con el silbato.

– No se fíe de nadie. ¿Me oye? Le llamaré tan pronto regrese a la ciudad.

– Gracias por llamar, Martín. Tenga mucho cuidado.

El tren empezaba a deslizarse por el andén cuando me refugié en mi compartimento y me dejé caer en el asiento. Me abandoné al tibio aliento de la calefacción y el suave traqueteo. Dejamos atrás la ciudad atravesando el bosque de factorías y chimeneas que la rodeaba y escapando al sudario de luz escarlata que la cubría. Lentamente la tierra baldía de hangares y trenes abandonados en vía muerta se fue diluyendo en un plano infinito de campos y colinas coronados por caserones y atalayas, bosques y ríos. Carromatos y aldeas asomaban entre bancos de niebla. Pequeñas estaciones pasaban de largo mientras campanarios y masías dibujaban espejismos en la distancia.

En algún momento del trayecto me quedé dormido, y cuando desperté el paisaje había cambiado completamente. Cruzábamos valles escarpados y riscos de piedra que se alzaban entre lagos y arroyos. El tren bordeaba grandes bosques que escalaban las laderas de montañas que se aparecían infinitas. Al rato la madeja de montes y túneles cortados en la piedra se resolvió en un gran valle abierto de llanuras infinitas donde manadas de caballos salvajes corrían sobre la nieve y pequeñas aldeas de casas de piedra se distinguían en la distancia. Los picos del Pirineo se alzaban al otro lado, las laderas nevadas encendidas en el ámbar del crepúsculo. Al frente, un amasijo de casas y edificios se arremolinaba sobre una colina. El revisor se asomó en el compartimento y me sonrió. -Próxima parada, Puigcerdá -anunció.

El tren se detuvo exhalando una tormenta de vapor que inundó el andén. Me apeé y me vi envuelto en aquella niebla que olía a electricidad. Al poco oí la campana del jefe de estación y escuché el tren emprender la marcha de nuevo. Lentamente, mientras los vagones desfilaban sobre las vías, el contorno de la estación fue emergiendo como un espejismo a mi alrededor. Estaba solo en el andén. Una fina cortina de nieve en polvo caía con infinita lentitud. Un sol rojizo asomaba al oeste bajo la bóveda de nubes y teñía la nieve como pequeñas brasas encendidas. Me aproximé a la oficina del jefe de estación. Golpeé en el cristal y alzó la vista. Abrió la puerta y me dedicó una mirada de desinterés.

– ¿Podría indicarme cómo encontrar un lugar llamado Villa San Antonio?

El jefe de estación enarcó una ceja.

– ¿El sanatorio?

– Creo que sí.

El jefe de estación adoptó ese aire meditabundo de quien calibra cómo ofrecer indicaciones y direcciones a los forasteros y, tras repasar su catálogo de gestos y muecas, me ofreció el siguiente croquis:

– Tiene que cruzar el pueblo, pasar la plaza de la iglesia y llegar hasta el lago. Al otro lado encontrará una larga avenida rodeada de caserones que va a parar al paseo de la Rigolisa. Allí, en la esquina, hay una gran casa de tres pisos rodeada de un gran jardín. Ese es el sanatorio.

– ¿Y sabe usted de algún sitio donde encontrar habitación?

– De camino cruzará frente al hotel del Lago. Dígales que le envía el Sebas.

– Gracias.

– Buena suerte…

Atravesé las calles solitarias del pueblo bajo la nieve, buscando el perfil de la torre de la iglesia. Por el camino me crucé con algunos lugareños que me saludaron con un asentimiento y me miraron de reojo. Al llegar a la plaza, un par de mozos que descargaban un carromato con carbón me indicaron el camino que llevaba al lago y, un par de minutos después, enfilé una calle que bordeaba una gran laguna helada y blanca. Grandes caserones de torreones afilados y perfil señorial rodeaban el lago y un paseo jalonado de bancos y árboles formaba una cinta en torno a la gran lámina de hielo en la que habían quedado atrapados pequeños botes de remos. Me acerqué al borde y me detuve a contemplar el estanque congelado que se extendía a mis pies. La capa de hielo debía de tener un palmo de grosor y en algunos puntos relucía como cristal opaco, insinuando la corriente de aguas negras que se deslizaba bajo el caparazón.

El hotel del Lago era un caserón de dos pisos pintado de rojo oscuro que quedaba al pie del estanque. Antes de seguir mi camino me detuve para reservar una habitación por dos noches que pagué por adelantado. El conserje me informó de que el hotel estaba casi vacío y me dio a escoger habitación.

– La 101 tiene una vista espectacular del amanecer sobre el lago -ofreció-. Pero si prefiere vistas al norte, tengo…

– Elija usted -atajé, indiferente a la belleza señorial de aquel paisaje crepuscular.

– Entonces la 101. En temporada de verano es la preferida de los recién casados.

Me tendió las llaves de aquella supuesta suite nupcial y me informó de los horarios de comedor para la cena. Le dije que volvería más tarde y le pregunté si Villa San Antonio quedaba lejos de allí. El conserje adoptó la misma expresión que había visto en el jefe de estación y negó con una sonrisa afable.

– Está aquí cerca, a diez minutos. Si toma el paseo que queda al final de esta calle, la verá al fondo. No tiene pérdida.

Diez minutos más tarde me encontraba a las puertas de un gran jardín sembrado de hojas secas atrapadas en la nieve. Más allá, Villa San Antonio se alzaba como un sombrío centinela envuelto en un halo de luz dorada que exhalaba de sus ventanales. Crucé el jardín, sintiendo que el corazón me latía con fuerza y que pese al frío cortante me sudaban las manos. Ascendí las escaleras que conducían a la entrada principal. El vestíbulo era una sala de suelos embaldosados como un tablero de ajedrez que conducía a una escalinata en la que vi a una joven ataviada de enfermera que sostenía de la mano a un hombre tembloroso que parecía eternamente suspendido entre dos peldaños, orno si toda su existencia hubiera quedado atrapada en m soplo.

– ¿Buenas tardes? -djo una voz a mi derecha.

Tenía los ojos negrosr severos, los rasgos cortados sin amago de simpatía y ese úre grave de quien ha aprendido a no esperar más que nalas noticias. Debía de rondar la cincuentena, y aunqui vestía el mismo uniforme que lajoven enfermera que a:ompañaba al anciano, todo en ella respiraba autoridad y rango.

– Buenas tardes. Estoy buscando a una persona llamada Cristina Sagnier. tngo razones para creer que se hospeda aquí…

Me observó sin pestaiear.

– Aquí no se hosped; nadie, caballero. Este lugar no es ni un hotel ni una resiiencia.

– Disculpe. Acabo di hacer un largo viaje en busca de esta persona…

– No se disculpe -djo la enfermera-. ¿Puedo preguntarle si es usted familar o allegado?

– Mi nombre es Davil Martín. ¿Está Cristina Sagnier aquí? Por favor…

La expresión de la eifermera se ablandó. Siguieron una insinuación de sonisa amable y un asentimiento. Respiré hondo.

– Soy Teresa, la enfemerajefe del turno de noche. Si es tan amable de seguirne, señor Martín, le acompañaré al despacho del doctor Sanjuán.

– ¿Cómo está la señorita Sagnier? ¿Puedo verla?

Otra sonrisa leve e inpenetrable.

– Por aquí, por favor

La habitación describía un rectángulo sin ventanas encajado entre cuatro muros pintados de azul e iluminado por dos lámparas que pendían del techo y emitían una luz metálica. Los tres únicos objetos que ocupaban la sala eran una mesa desnuda y dos sillas. El aire olía a desinfectante y hacía frío. La enfermera lo había descrito como un despacho, pero tras diez minutos esperando a solas anclado en una de las sillas, yo no acertaba a ver más que una celda. La puerta estaba cerrada, pero incluso así podía oír voces, a veces gritos aislados, entre los muros. Empezaba a perder la noción del tiempo que llevaba allí cuando se abrió la puerta y un hombre de entre treinta y cuarenta años entró ataviado con una bata blanca y una sonrisa tan helada como el aire que impregnaba la estancia. El doctor Sanjuán, supuse. Rodeó la mesa y tomó asiento en la silla que había al otro lado. Apoyó las manos sobre la mesa y me observó con vaga curiosidad durante unos segundos antes de despegar los labios.

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