El Juego Del Ángel
- Автор: Сафон Карлос Руис
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «El Juego Del Ángel». Краткое содержание книги:
Con estilo deslumbrante e impecable precisión narrativa, el autor de La Sombra del Viento nos transporta de nuevo a la Barcelona del Cementerio de los Libros Olvidados para ofrecernos una gran aventura de intriga, romance y tragedia, a través de un laberinto de secretos donde el embrujo de los libros, la pasión y la amistad se conjugan en un relato magistral.
Me miró con una extraña mezcla de lástima y despecho.
– Yo también la aprecio, señor Martín. Los meses que Cristina pasó aquí visitando a su padre… llegamos a ser buenos amigos. Supongo que ella no le habló de mí, y posiblemente no tenía por qué hacerlo. Fue una temporada muy difícil para ella. Me confió muchas cosas y yo también a ella, cosas que nunca le he dicho a nadie. De hecho hasta le propuse matrimonio, para que vea que aquí los médicos también estamos un poco idos.
Por supuesto me rechazó. No sé por qué le cuento todo esto.
– ¿Pero volverá a estar bien, verdad, doctor? Se recuperará…
El doctor Sanjuán desvió la mirada al fuego, sonriendo con tristeza.
– Eso espero -respondió.
– Quiero llevármela.
El doctor alzó las cejas.
– ¿Llevársela? ¿Adonde?
– A casa.
– Señor Martín, permítame que le hable con franqueza. Al margen del hecho de que no es usted familiar directo ni por supuesto el esposo de la paciente, lo cual es un simple requisito legal, Cristina no está en situación de ir con nadie a ningún sitio.
– ¿Está mejor aquí encerrada en un caserón con usted, atada a una silla y drogada? No me diga que le ha vuelto a proponer matrimonio.
El doctor me observó largamente, tragándose la ofensa que claramente le habían causado mis palabras.
– Señor Martín, me alegro de que esté usted aquí porque creo que, juntos, vamos a poder ayudar a Cristina. Creo que su presencia le va a permitir salir del lugar en el que se ha refugiado. Lo creo porque la única palabra que ha pronunciado en las últimas dos semanas es su nombre. Sea lo que fuera lo que le sucedió, creo que tenía que ver con usted.
El doctor me miraba como si esperase algo de mí, algo que respondiese a todas las preguntas.
– Creí que me había abandonado -empecé-. íbamos a irnos de viaje, a dejarlo todo. Yo había salido un momento a buscar los billetes de tren y a hacer un recado. No estuve fuera más de noventa minutos. Cuando regresé a casa, Cristina se había marchado.
– ¿Sucedió algo antes de que ella se fuera? ¿Discutieron?
Me mordí los labios.
– No lo llamaría una discusión.
– ¿Cómo lo llamaría?
– La sorprendí mirando entre unos papeles relacionados con mi trabajo y creo que le ofendió lo que debió de interpretar como mi desconfianza.
– ¿Era algo importante?
– No. Un simple manuscrito, un borrador.
– ¿Puedo preguntar qué tipo de manuscrito era?
Dudé.
– Una fábula.
– ¿Para niños?
– Digamos que para una audiencia familiar.
– Entiendo.
– No, no creo que lo entienda. No hubo ninguna discusión. Cristina estaba sólo un poco molesta porque no le permití echarle un vistazo, pero nada más. Cuando la dejé estaba bien, preparando algo de equipaje. Ese manuscrito no tiene importancia alguna.
El doctor ofreció un asentimiento de cortesía más que de convencimiento.
– ¿Podría ser que mientras usted estuviese fuera alguien la visitara en su casa?
– Nadie más que yo sabía que ella estaba allí.
– ¿Se le ocurre algún motivo por el cual decidiese satir de la casa antes de que usted volviese?
– No. ¿Por qué?
– Son sólo preguntas, señor Martín. Intento aclarar qué sucedió entre el momento en que usted la vio por última vez y su aparición aquí.
– ¿Dijo ella qué o quién se le había metido dentro? -Es un modo de hablar, señor Martín. Nada se ha metido dentro de Cristina. No es infrecuente que pacientes que han sufrido una experiencia traumática sientan la presencia de familiares fallecidos o de personas imaginarias, incluso que se refugien en su propia mente y cierren las puertas al exterior. Es una respuesta emocional, un modo de defenderse de sentimientos o emociones que resultan inaceptables. Eso no debe preocuparle ahora. Lo que cuenta y lo que nos va a ayudar es que, si hay alguien importante para ella ahora, esa persona es usted. Por cosas que me contó en su día y que quedaron entre nosotros y lo que he observado en estas últimas semanas, me consta que Cristina le quiere, señor Martín. Le quiere como no ha querido nunca a nadie, y ciertamente como nunca me querrá a mí. Por eso le pido que me ayude, que no se deje cegar por el miedo o el resentimiento y me ayude, porque los dos queremos lo mismo. Los dos queremos que Cristina pueda salir de este lugar.
Asentí avergonzado.
– Disculpe si antes…
El doctor alzó la mano, acallándome. Se incorporó y se puso el abrigo. Me ofreció su mano y la estreché.
– Le espero mañana-dijo.
– Gracias, doctor.
– Gracias a usted. Por acudir a su lado.
A la mañana siguiente salí del hotel cuando el sol empezaba a alzarse sobre el lago helado. Un grupo de niños jugaban al borde del estanque lanzando piedras e intentando alcanzar el casco de un pequeño bote apresado en el hielo. Había dejado de nevar y podían verse las montañas blancas en la distancia y grandes nubes pasajeras que se deslizaban sobre el cielo como monumentales ciudades de vapor. Llegué al sanatorio de Villa San Antonio poco antes de las nueve de la mañana. El doctor Sanjuán me esperaba en el jardín con Cristina. Estaban sentados al sol y el doctor sostenía la mano de Cristina en la suya mientras le hablaba. Ella apenas le miraba. Cuando me vio cruzando el jardín, el doctor me hizo señas para que me aproximase. Me había reservado una silla frente a Cristina. Me senté y la miré, sus ojos sobre los míos sin verme.
– Cristina, mira quién ha venido -dijo el doctor.
Tomé la mano de Cristina y me acerqué a ella.
– Háblele -dijo el doctor.
Asentí, perdido en aquella mirada ausente, sin encontrar palabras. El doctor se incorporó y nos dejó a solas. Le vi desaparecer en el interior del sanatorio, no sin antes indicar a una de las enfermeras que no nos quitase ojo de encima. Ignoré la presencia de la enfermera y acerqué la silla a Cristina. Le aparté el pelo de la frente y sonrió.
– ¿Te acuerdas de mí? -pregunté.
Podía ver mi reflejo en sus ojos, pero no sabía si me veía o si podía oír mi voz.
– El doctor me dice que pronto te vas a recuperar y que podremos irnos a casa. Adonde tú quieras. He pensado que voy dejar la casa de la torre y que nos marcharemos muy lejos, como tú querías. Donde nadie nos conozca y a nadie le importe quiénes somos ni de dónde venimos.
Le habían cubierto las manos con guantes de lana, que enmascaraban las vendas que llevaba en los brazos. Había perdido peso y tenía líneas profundas en la piel, los labios quebrados y los ojos apagados y sin vida. Me limité a sonreír y a acariciarle la cara y la frente, hablando sin parar, contándole lo mucho que la había echado en falta y que la había buscado por todas partes. Pasamos así un par de horas, hasta que el doctor regresó con una enfermera y se la llevaron al interior. Me quedé allí sentado en el jardín, sin saber adonde ir, hasta que vi aparecer de nuevo al doctor Sanjuán en la puerta. Se acercó y tomó asiento a mi lado.
– No ha dicho palabra -dije-. No creo que se haya dado ni cuenta de que yo estaba aquí…
– Se equivoca, amigo mío -repuso-. Éste es un proceso lento, pero le aseguro que su presencia la ayuda, y mucho.
Asentí a las limosnas y mentiras piadosas del doctor.
– Mañana volveremos a intentarlo -dijo.
Apenas eran las doce del mediodía.
– ¿Y qué voy a hacer hasta mañana? -pregunté.
– ¿No es usted escritor? Escriba. Escriba algo para ella.
Regresé hacia el hotel bordeando el lago. El conserje me indicó cómo encontrar la única librería del pueblo, donde pude comprar cuartillas y una estilográfica que llevaba allí desde tiempos inmemoriales. Una vez armado, me encerré en la habitación. Desplacé la mesa frente a la ventana y pedí un termo con café. Pasé casi una hora mirando el lago y las montañas en la lejanía antes escribir una sola palabra. Recordé la vieja fotografía que Cristina me había regalado, aquella imagen que mostraba a una niña adentrándose en un muelle de madera tendido hacia el mar y cuyo misterio había eludido siempre su memoria. Imaginé que me adentraba en aquel muelle, que mis pasos me llevaban tras ella y lentamente las palabras empezaron a fluir y el armazón de una pequeña historia se insinuó en el trazo. Supe que iba a escribir la historia que Cristina nunca pudo recordar, la historia que la había llevado de niña a caminar sobre aquellas aguas relucientes de la mano de un extraño. Escribiría la historia de aquel recuerdo que nunca fue, la memoria de una vida robada. Las imágenes y la luz que asomaban entre las frases me llevaron de nuevo a aquella vieja Barcelona de tinieblas que nos había hecho a ambos. Escribí hasta que se puso el sol y no quedó ni gota de café en el termo, hasta que el lago helado se encendió con la luna azul y me dolieron los ojos y las manos. Dejé caer la pluma y aparté las cuartillas de la mesa. Cuando el conserje llamó a la puerta para preguntarme si iba a bajar a cenar, no le oí. Había caído profundamente dormido, por una vez soñando y creyendo que las palabras, incluso las mías, tenían el poder de curar.