La ignorancia de la sangre
- Автор: Уилсон Роберт
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «La ignorancia de la sangre». Краткое содержание книги:
Entre tanto, la vida de los allegados al inspector jefe de Homicidios sevillano va transformándose en una pesadilla: su amante, Consuelo Jiménez; su ex mujer, Inés, y su marido, el juez Esteban Calderón parecen víctimas de una maldición. Demasiada casualidad, porque Falcón sigue empeñado en cumplir su promesa de detener a los autores del atentado del 6 de junio en una mezquita de Sevilla y ha encontrado una conexión, aparentemente improbable, entre éste y el trágico destino de Lukyanov. Poco a poco se va acercando…
Nunca habría imaginado lo que aún le esperaba: algún que otro fantasma del pasado, fanatismo y dolor. La verdad tiene a veces un precio muy alto.
– Será mejor que entonces vayas allí -dijo Falcón-. Contacta con la Guardia Civil local y ve con el subinspector Pérez.
– Vale, los detectives Serrano y Baena están registrando el piso de Alejandro Spinola en busca de pruebas de su implicación con los rusos y de envío de información interna a Horizonte.
Falcón subió al despacho de Elvira. La secretaria le dijo que pasase. Elvira parecía atrincherado detrás de su mesa y ni siquiera dejó que se sentase.
– No puedo creer que organizases una operación como ésa sin tener mi aprobación.
– Normalmente te lo habría dicho, pero me dijiste que no debía tener contacto con Alejandro Spinola so pena de ser suspendido de servicio -dijo Falcón-. No sólo me percaté de que Spinola estaba en peligro, sino que también pude ver que estaba arrastrando potencialmente a otras personas a una situación peligrosa en el hotel La Berenjena. Por tanto, tuve que actuar sin tu aprobación del plan.
– ¿El plan?
– La improvisación -dijo Falcón, corrigiéndose-. No ha habido mucho tiempo para planificar.
– ¿Sabes lo que me dijo el juez decano anoche? -dijo Elvira-. Que tú acosaste a su hijo y lo arrastraste a la muerte.
– A su suicidio, querrás decir -dijo Falcón-. Recuerda, los detectives Serrano y Baena estaban presentes y el conductor del camión declaró con toda rotundidad.
– Ya veremos.
– Alejandro Spinola me dijo que tenía relación con Belenki y Revnik por deudas de juego y cocaína y que había filtrado información confidencial sobre las propuestas de sus rivales para el proyecto urbanístico de la isla de la Cartuja a Antonio Ramos, ingeniero jefe de construcción de Horizonte. También había traicionado a su propio primo al presentarle a Marisa Moreno, que estaba coaccionada por los rusos -dijo Falcón-. Es un tipo al que no acosé lo suficiente.
– Sólo espero que con la muerte de Belenki, Revnik y Marisa Moreno y con el silencio de Antonio Ramos, podamos reunir las pruebas necesarias para demostrar que tienes razón -dijo Elvira, que miró la hora-. En este estado de cosas, inspector jefe Falcón, voy a tener que suspenderte de servicio con efectos inmediatos, a la espera de toda la investigación. El inspector Ramírez dirigirá la investigación a partir de ahora. Saldrás del edificio antes de las once. Esto es todo.
Falcón salió del despacho del comisario, bajó al suyo, donde le esperaba el inspector jefe Tirado, charlando con Ferrera. Falcón lo puso al corriente de las últimas informaciones sobre Darío, que estaba retenido en Marruecos, y le dijo que probablemente sería un asunto adecuado para el CNI, en colaboración con las autoridades marroquíes. También le comunicó su suspensión de servicio y que se encargaría de que el CNI contactase con el comisario Elvira para darle noticias de Darío. Tirado se marchó. Ferrera miró a Falcón. Negó con la cabeza en un gesto de consternación. Él entró en su despacho, cerró la puerta y llamó a Pablo, que acababa de llegar a la Jefatura e iba subiendo las escaleras hacia su despacho. Sacó la carta de Yacub y la releyó. Esto iba a ser una táctica de venta agresiva.
Ferrera hizo pasar a Pablo, le dijo que ella se marchaba a la Costa del Sol, cerró la puerta. Pablo dejó su maletín en el suelo, se sentó. Estaba enfadado. Falcón decidió dejarle empezar.
– Acabamos de recibir noticias de los servicios secretos saudíes -dijo Pablo-. También se han puesto en contacto con los británicos, y han confirmado que no había miembros de la familia real saudí a bordo del barco y que no habrá comunicado de prensa sobre el asunto durante al menos veinticuatro horas. ¿Estabas informado de algo?
– Prácticamente nada, salvo que había una conexión saudí. Yacub ni siquiera me dijo su verdadero nombre.
– Estabais jugando a un juego muy peligroso, Javier -dijo Pablo-. Él era ayudante del Ministerio de Defensa Saudí.
– Piensa en cómo habríais actuado los británicos y tú si os hubierais enterado la semana pasada -dijo Falcón-. Y si se hubieran enterado los americanos.
– No sé si volar un barco en alta mar es lo que yo denominaría una operación secreta contenida -dijo Pablo.
– ¿Los servicios secretos saudíes fueron los que se pusieron directamente en contacto contigo, o fueron instancias superiores?
– ¿Tú qué crees? -dijo Pablo-. He quedado como un imbécil en mi propio territorio. En cuanto Yacub bajó del avión en Málaga, he tenido a un hombre vigilándolo en todo momento. Después de que te reunieses con él en Osuna, tenía a dos agentes, delante y detrás del hotel. Y aun así una célula logística del GICM consigue proporcionar una lancha cargada de explosivos a disposición de un aficionado, para llevar a cabo una misión imposible. Y nosotros como si nada…
– ¿Y yo cómo podía ayudarte? -dijo Falcón-. No sabía nada de la lancha ni del Princesa Bujra.
Pablo resopló, miró por la ventana el aparcamiento tórrido.
– Tengo un problema -dijo Falcón-, y voy a necesitar tu ayuda.
– No sé por qué. Parece que los aficionados tienen tantas probabilidades de éxito como los profesionales -dijo Pablo-. ¿Tiene que ver con Darío?
– En parte -dijo Falcón-. Pero para liberar a Darío antes tengo que matar a una persona.
Silencio. El cerebro de Pablo marchaba al ralentí.
– El problema -prosiguió Falcón- es que esa persona es alguien a quien tanto vosotros como los marroquíes querríais interrogar, pero la última petición de Yacub fue que, aunque quiere que maten a esta persona, no quieren que lo torturen hasta matarlo.
– Eso no fue lo que hablasteis en Osuna -dijo Pablo-. Es imposible. Habría tenido que contarte que quería morir. Así que, de alguna manera has tenido noticias de Yacub, pero no por correo electrónico. ¿Te escribió una carta?
– Podrás leerla dentro de un minuto.
– Entretanto, quieres que acceda a facilitarte una misión en un país extranjero en el que vas a asesinar a una fuente de información anónima pero valiosa -dijo Pablo-. Vete al carajo, Javier. Es lo único que puedo decir.
– Supuse que ésa sería tu actitud.
– No estás en condiciones de negociar -dijo Pablo-. Déjame leer la carta.
Falcón se la entregó, se acomodó en el respaldo mientras Pablo la leía.
– Quiero una copia de esto y tengo que hacer una llamada -dijo Pablo-. ¿Te importaría esperar fuera del despacho?
Falcón salió del despacho. Al cabo de diez minutos Pablo le dijo que volviera a entrar.
– Parece que los datos certeros fueron proporcionados a los saudíes desde instancias más altas -dijo Pablo-. Los ministros de Defensa y personas muy próximas a ellos son gente muy poderosa, sobre todo cuando compran equipamiento militar. Me han dado instrucciones de que haga las disposiciones necesarias para ti. ¿Pero eres tú, el inspector jefe del Grupo de Homicidios, quien va a hacer esto?
– No es que eso importe mucho, pero me han suspendido de servicio, a la espera de una investigación sobre los acontecimientos de anoche.
– No voy a hacer preguntas.
– Debo reconocer que no es mi método preferido de administrar justicia, pero no sólo es la última petición de mi amigo, sino que además es la única manera de rescatar a Darío. Con Barakat vivo en el exterior, no podríamos acercarnos al chico -dijo Falcón-. Y sé que tú dirigías a los agentes de Marruecos antes de que te concediesen el puesto de Madrid, así que puedes ayudarme.
– Puedo proporcionarte un arma de fuego, cederte algunos hombres en la zona, y puedo despejarte el terreno con los marroquíes después del acontecimiento -dijo Pablo-. O puedo designar a un profesional que lo haga.
– Como sabes por la carta, en esto hay algo personal. No sé exactamente qué es, pero no creo que Yacub me pidiera algo así si no tuviera un motivo importante.
– ¿Y el niño?
– Lo primero, tengo que contactar con el comisario Elvira y decirle que tú crees que Darío está en Marruecos y él se encargará de liberar al inspector jefe Tirado de la investigación que se desarrolla aquí -dijo Falcón-. En cuanto liquide a Barakat, tus hombres tienen que ocultar la noticia de su muerte hasta que haya rescatado a Darío. No sé cómo voy a entrar en la casa de Fez a menos que Yusra, la mujer de Yacub, o quizá Abdulá, me ayuden a entrar allí.