La ignorancia de la sangre
- Автор: Уилсон Роберт
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «La ignorancia de la sangre». Краткое содержание книги:
Entre tanto, la vida de los allegados al inspector jefe de Homicidios sevillano va transformándose en una pesadilla: su amante, Consuelo Jiménez; su ex mujer, Inés, y su marido, el juez Esteban Calderón parecen víctimas de una maldición. Demasiada casualidad, porque Falcón sigue empeñado en cumplir su promesa de detener a los autores del atentado del 6 de junio en una mezquita de Sevilla y ha encontrado una conexión, aparentemente improbable, entre éste y el trágico destino de Lukyanov. Poco a poco se va acercando…
Nunca habría imaginado lo que aún le esperaba: algún que otro fantasma del pasado, fanatismo y dolor. La verdad tiene a veces un precio muy alto.
Volvió a mirar a su alrededor. Se asustó. Accionó el contacto, encendió los motores. Nada. Mierda. Había vertido el combustible al océano. Espera. Cálmate. Abre las válvulas de combustible.
El motor se puso en marcha. No veía bien, porque la luz de la linterna todavía dibujaba imágenes equívocas en su retina. La apagó, se la guardó en los calzoncillos. Miró el indicador de combustible. ¿Había subido la aguja? Comprobó el sistema de navegación. Había vuelto a derivar con las fuertes corrientes de la zona. El repostaje le había costado casi dos kilómetros. ¿Debía verter otros dos bidones? Volvió a escuchar, sin perder de vista la oscuridad confusa que, en lugar de permanecer estacionaria, parecía aproximarse a él. ¿Cómo se le había ocurrido meterse en este plan insensato?
Apagó el motor. Volvió a los bidones. De nuevo la linterna en la boca. ¿Dónde estaba el embudo? Lo había dejado sobresaliendo del depósito. Debía de haberse caído por la borda. Examinó la zona donde estaban los tapones de combustible y vio escritas las palabras «depósito auxiliar» y «depósito principal». Casi llora de gratitud al recordar una cosa que le enseñaron en el cursillo. Se arrodilló, reptó hasta los bancos traseros, conmutó del depósito principal a los auxiliares.
Sonaron unos motores a la derecha. Casi escupe la linterna hasta que vio pasar el portacontenedores a cuatrocientos metros de distancia. Envidiaba a los hombres de allí arriba, de pie bajo la luz verde del puente, fumando y tomándose un café mientras el radar se lo decía todo. Volvió al sistema de navegación. Avanzaba rápido hacia el sureste.
Encendió los motores, giró en redondo, aceleró. Con rumbo al estrecho de Gibraltar, miró la hora. Pronto iba a amanecer; se desesperaba por poner fin a esta ceguera, esta sensación de cascos de acero inminentes.
La corriente debía de ser inmensamente fuerte. Le habían dicho que eso es lo que les pasaba a la mayor parte de las pateras y los cayucos que venían cargados de inmigrantes africanos. Había visto los cadáveres en una ocasión, alineados en una playa cerca de Tarifa; la Guardia Civil se mantenía a distancia para evitar el hedor. Se agarró la frente, desterró esos pensamientos mórbidos. La corriente. Tenía que rebasar el objetivo un par de kilómetros y dejarse arrastrar por la corriente hasta alcanzar la posición.
Frenó su mente galopante. En cuanto amaneciese, todo sería más fácil. Miró a sus espaldas por si atisbaba alguna luz. Todo seguía uniformemente negro. Respiró para contener otro ataque de lo que pensó que era pánico, pero luego era risa, carcajadas incontrolables, como si hubiera fumado hierba y de pronto hubiera visto lo absurdo de la vida cotidiana. Se acomodó en el asiento, la histeria temblaba en su interior, sus pensamientos palpitaban al borde de la locura.
Y así llegó una calma extraordinaria. La trepidación se desvaneció. Era como le había dicho su suegro antes de someterse a una operación de corazón en París: «En los días previos empujas el miedo como una piedra monte arriba y luego, de pronto, vienen a buscarte y te pones en sus manos y esperas que Alá les acompañe. Es la máxima tranquilidad que llegarás a sentir en esta vida».
Y ocurrió justo cuando menos lo esperaba. El alba. El milagro de los planetas. La expansión de la luz por la juntura del mundo. Los barcos aparecían ante el fondo cada vez más luminoso. Le habría encantado ver tierra; al cabo de tan pocas horas la echaba enormemente de menos. No entendía cómo soportaban la soledad los marinos solitarios que circunnavegan el planeta con toda la infinita grandeza desconocida que tienen debajo de la embarcación.
Más luz; las 7.50, faltaban veinte minutos para que saliera el sol. El miedo había desaparecido por completo, desterrado de su cuerpo y sustituido por la confianza de la iluminación. El objetivo debía haber salido de Tánger dos horas antes. Sonrió para sus adentros. Se iba a cumplir el plan. El horizonte se tiñó de morado, carmesí, rosa y violeta, con destellos amarillos y blancos que se tornaron azules, y luego añiles, y le dolió el corazón de pensar lo que se iba a perder. Al ver una fina raya de nube gris, paralela a la línea perfecta del horizonte, como un estilete que horada la carne de una naranja sanguina, le tembló la mandíbula de emoción.
Las 8.07. Estaba en el punto de encuentro. Sacó los prismáticos, divisó el mar. Cinco barcos por el oeste; un petrolero por el este. Un chapoteo al frente captó su atención y bajó los prismáticos. Una escuela de delfines a diez metros del barco. Buceaban y emergían a la superficie, saltando y zambulléndose. Les lanzó un grito de alegría.
El sol salió a las 8.11. El horizonte temblaba como si tuviera que romperse un menisco para que el orbe rojo emergiera en el cielo. Estiró los brazos como un director de orquesta exultante ante sus músicos y luego volvió la espalda a la escena, escudriñó de nuevo el estrecho de Gibraltar con los prismáticos. Buscaba un barco, no un gran buque, aunque era de un tamaño respetable, dado que no se trataba de un carguero. Medía cuarenta metros de eslora, unos doce metros de altura, tenía bandera marroquí y se llamaba Princesa Bujra. Pero él todavía no percibía bien la escala del barco. Hasta un petrolero de ciento cincuenta metros parecía un juguete en el agua.
La lancha había derivado. Maniobró para situarla de nuevo en posición, setecientos metros al noroeste. Las 8.27. Volvió a examinar el océano. Siete barcos por el oeste, cuatro por el este. El Princesa Bujra debía ser visible. Lo habían calculado meticulosamente. De ese barco lo sabía todo. Tenía que haber salido de Tánger con retraso. Soltó los prismáticos, se aferró al parabrisas del puente de mando, comprobó el sistema de navegación, posición perfecta.
El sol ya había salido del todo y se había despegado del agua. Sentía el calor en la espalda. Se quitó la camisa y la arrojó detrás. Cerró los ojos un instante, relajó la vista; la había forzado mucho durante la noche. Se acercó los prismáticos a la cara. Uno, dos, tres, cuatro barcos. Dejó de mirar, volvió a fijarse. Entre el tercero y el cuarto, un buque más pequeño. Aceleró, avanzó cien metros, doscientos, divisó la bandera marroquí en la popa, luego se fijó en el casco. Princesa Bujra. De pronto sintió la necesidad de mear.
Desaceleró, entró en la cabina, levantó la cavidad camuflada, giró el interruptor 180 grados, se encendió una luz roja, y de la punta de la proa salió un tenue zumbido y un chasquido. La luz roja cambió a verde. Listo. Volvió al puente de mando y siguió mirando con los prismáticos. Allí estaba. A quinientos metros. Dejó los prismáticos suspendidos en el pecho. Se llevó la mano al bolsillo trasero del pantalón para sacar la fotografía, quería besar la memoria de Yusra, Abdulá y Leila. Se la había dejado en los pantalones que tiró por la borda. No importaba, los besó de todos modos. Aceleró gradualmente hasta alcanzar la máxima velocidad. La potencia lo impulsaba hacia atrás como si quisiera sentarlo en la silla, pero permaneció de pie, aferrado al volante. El Princesa Bujra era cada vez más grande, más a escala real. Faltaban cien metros. Yacub ya no pensaba. Sólo se concentraba en el ojo de buey que había en medio del costado de estribor del barco, al que apuntó para chocar con él a ciento veinte kilómetros por hora.