Los viajes de Tuf [Tuf Voyaging - es]
- Автор: Мартин Джордж Рэймонд Ричард
- Год: 1988
- Язык: испанский
- Год: Ediciones B
- ISBN: 84-406-0012-7
- Переводчик: Albert Sole
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Los viajes de Tuf [Tuf Voyaging - es]». Краткое содержание книги:
Los partidarios de Norn gritaban a pleno pulmón. Haviland Tuf, con sus pálidos rasgos medio ocultos por la barba, se puso en pie y abandonó la Arena y su incómodo asiento.
Pasaron semanas y el Arca permaneció en órbita alrededor de Lyronica. Haviland Tuf observaba cuidadosamente los resultados de la Arena de Bronce y vio que los gatos de Norn vencían un combate tras otro. Herold Norn siguió perdiendo, de vez en cuando, si usaba un colmillos de hierro, pero esas derrotas eran fácilmente contrapesadas, por una cada vez más larga lista de victorias.
Tuf se dedicó a conversar con Dax, jugó con sus demás gatos, se entretuvo con los holodramas que había comprado recientemente, sometió numerosas y detalladas proyecciones eco lógicas al juicio de sus ordenadores, bebió incontables jarras de la negra cerveza de Tamber, se decidió a envejecer cuidadosamente su vino de hongos y esperó.
Unas tres semanas después de que los gatos hubieran hecho su debut en los combates, recibió las llamadas que había previsto.
Su esbelta lanzadera estaba pintada de verde y oro y los tripulantes vestían una imponente armadura de esmalte verde y placas de oro. Cuando Tuf acudió a recibirles, se encontró a tres visitantes aguardándole inmóviles y algo envarados al pie de la nave. El cuarto visitante, un hombre corpulento y de aire algo pomposo, llevaba un casco dorado, con un penacho verde brillante, para ocultar una cabeza tan calva como la de Tuf y, dando un paso hacia adelante, le ofreció la mano.
—Aprecio su intención —dijo Tuf, manteniendo sus dos manos impávidamente cruzadas sobre Dax—, y ya me be dado cuenta de que no blande usted arma alguna ¿Puedo preguntarle cuál es su nombre y su ocupación, caballero?
—Morho y Varcour Otheni —empezó a decir el líder de los visitantes.
—Ya —dijo Tuf alzando una mano—. y ocupa el cargo de Maestre de Animales de la Casa de Varcour y ha venido a comprar un monstruo. Debo confesar que este reciente giro de los acontecimientos no me resulta del todo sorprendente.
Los gruesos labios del Maestre de Animales se abrieron formando una «O» de asombro.
—Sus acompañantes deben quedarse aquí —dijo Tuf. Suba al vehículo y haremos lo necesario.
Haviland Tuf apenas si dejó que Norho y Varcour Othe ni pronunciara una palabra, hasta que se encontraron solos en la misma habitación a la cual había llevado antes a Herold Norn, ocupando asientos diagonalmente opuestos.
—Obviamente —dijo entonces Tuf—, habrá oído mi nombre en boca de Norn.
Norho sonrió con cierto disgusto. —Pues sí. Un hombre de Norn fue persuadido para que revelara el origen de sus gatos de cobalto y para nuestro gran deleite resultó que el Arca aún se hallaba en órbita. ¿Ha encontrado Lyronica divertida?
—La diversión no es el meollo del asunto —dijo Tuf—. Cuando hay problemas mi orgullo profesional me exige prestar todos los servicios que estén en mi mano, por pequeños que sean. Y, por desgracia, Lyronica está repleta de problemas. Por ejemplo, ahí está su dificultad actual. Varcour es ahora, estoy casi seguro de ello, la última y menos considerada de las Doce Grandes Casas. Un hombre más dado a la crítica que yo podría llegar incluso a observar que sus lagartos-leones, no son gran cosa como monstruos y sabiendo, como sé que sus tierras son en su mayor parte pantanosas, su gama de elección para los combatientes de la arena debe resultar un tanto limitada. ¿He adivinado la esencia de sus quejas?
—¡Hum… sí, ciertamente! Se me ha adelantado usted, caballero, pero ha dado en el blanco. NoS iba todo bastante bien hasta su interferencia y desde entonces… bueno, no hemos conseguido ganar a Norn ni una sola vez y antes eran nuestras víctimas habituales. Unas cuantas victorias misérrimas sobre la Colina de Wrai y la Isla de Amar, un golpe de suerte contra Feridian y un par de triunfos en el último segundo sobre Arneth y Sin Doon. ESo ha sido todo lo que hemos conseguido durante el último mes. ¡Bah!, así no podremos sobrevivir. Me harán cuidador de rebaños y me enviarán de vuelta a nuestras tierras, a menos que actúe.
Tuf acarició a Dax y levantó la mano para calmar a Morho.
—No es preciso que sigamos discutiendo tales asuntos. Me he dado cuenta de cuál es su problema y desde mis tratos con Harold Norn he tenido la fortuna de poder consagrar abundantes ratos a la ociosidad. Por lo tanto, y para ejercitar mi cerebro, me he podido dedicar a los problemas de las Grandes Casas, una por una. No es preciso que sigamos malgastando un tiempo precioso. Puedo resolver sus actuales dificultades, aunque habrá ciertos gastos, claro.
Morho sonrió. —He venido preparado. Ya oí hablar de su precio. Es alto, no hay discusión posible al respecto, pero estamos dispuestos a pagar siempre que pueda…
—Caballero —dijo Tuf—, soy hombre caritativo. Norn era una Casa pobre y su Maestre de Animales prácticamente un mendigo. Por compasión le fijé un precio bajo, pero los dominios de Varcour son más ricos, sus historiales más brillantes y sus victorias han sido ampliamente celebradas. El precio que debo fijarles es de doscientas setenta y cinco mil unidades… De esta forma, compensaré las pérdidas que sufrí al tratar tan generosamente a la casa de Norn.
Morho emitió una especie de balbuceo atónito y las escamas de su traje tintinearon al removerse en su asiento.
—Demasiado, demasiado… —protestó—. Se lo imploro. Es cierto que nuestra gloria supera a la de Norn, pero, aún así, no es tan grande como piensa. Para pagar su precio nos veremos obligados a pasar hambre. Los lagartos-leones atacarán nuestras moradas y nuestras ciudades lacustres se hundirían sobre sus soportes, hasta quedar cubiertas por el barro, en el que se ahogarían nuestras criaturas…
Dax se agitó en el regazo de Tuf y emitió un leve maullido.
—Ya entiendo —dijo Tuf—, y me apenaría pensar que puedo llegar a causar tales sufrimientos. Quizás un precio de doscientas mi! unidades resultaría más equitativo.
Morho y Varcour Otheni empezó a protestar e implorar de nuevo, pero esta vez Tuf se limitó a esperar en silencio, cruzado de brazos, hasta que el Maestre de Animales, con el rostro enrojecido y sudoroso, se quedó finalmente sin argumentos y accedió a pagar el precio.
Tuf oprimió un botón situado en el brazo de su asiento. La imagen de un saurio, tan enorme como musculoso, se materializó entre él y Morho. Tenía dos metros de alto, estaba cubierto de escamas grises y verdes y se sostenía sobre cuatro patas cortas y achaparradas, tan gruesas como troncos de árbol. Tenía una cabeza muy grande, protegida por una gruesa placa de hueso amarillento, que se prolongaba hacia adelante, como el espolón de una antigua nave de guerra, y en cuya parte superior había dos cuernos. El cuello de la criatura era corto y grueso y bajo su frente acorazada asomaban dos ojillos de color amarillento. Situado entre los dos ojos, justo en el centro de la cabeza se distinguía un oscuro agujero que atravesaba el hueso del cráneo.
Morho tragó saliva.
—Oh —dijo—. Sí. Muy… esto… muy grande. Pero parece… ¿no tendría originalmente un tercer cuerno en la frente, verdad? Parece como si se lo hubieran… bueno, que se lo hubieran quitado. Tuf, nuestros especímenes deben encontrarse en perfecto estado…
—El tris neryei; del Aterrizaje de Cable —dijo Tuf—. Al menos, ése fue el nombre que le dieron los Fyndii, cuyos colonos precedieron a la humanidad en ese mundo, con una ventaja de varios milenios. No le falta ningún cuerno, caballero, y la traducción literal del término es «cuchillo viviente» —un largo dedo se movió con suave precisión sobre los controles y el tris neryei giró su inmensa cabeza hacia el Maestre de Animales de Varcour, el cual se apresuró a inclinarse hacia adelante, con cierta torpeza, para estudiarla más de cerca.