El Libro de las sombras contadas. Las Cajas del Destino
- Автор: Гудкайнд Терри
- Серия: La Espada de la Verdad #1
- Язык: испанский
- Переводчик: Joana Claverol
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «El Libro de las sombras contadas. Las Cajas del Destino». Краткое содержание книги:
—Estamos muy lejos de nadie que quiera ayudarnos —repuso Kahlan, tras lanzarle una larga mirada de soslayo.
Richard se dio cuenta de que Kahlan evitaba decirle algo y se enfureció.
—Yo no he dicho nada de que quieran ayudarnos, sino, simplemente, que sean capaces de hacerlo. ¡Tú condúceme hasta ellos y yo me ocuparé del resto! —Inmediatamente Richard lamentó su tono de voz. Apoyó la cabeza contra la roca y apartó la cólera de sí—. Kahlan, lo siento. —El joven volvió la cabeza—. He tenido un día muy duro. Aparte de matar a ese hombre, tuve que volver a atravesar a mi padre con la espada. Pero lo peor fue creer que el inframundo se había llevado a mi mejor amiga. Yo solamente quiero detener a Rahl y poner fin a esta pesadilla.
Richard volvió el rostro hacia la mujer, y ésta le dirigió una de sus sonrisas especiales con los labios apretados. Kahlan contempló durante unos minutos sus ojos en la penumbra.
—No es nada fácil ser el Buscador.
—No —convino él, sonriéndole—, no es fácil.
—La gente barro —dijo al fin la mujer—. Es posible que ellos puedan decirnos dónde buscar, pero no hay ninguna garantía de que accedan a ayudarnos. La Tierra Salvaje es una parte muy remota de la Tierra Central y la gente barro no está acostumbrada a tratar con forasteros. Tienen costumbres peculiares y no les importan los problemas de los demás. Su único deseo es que los dejen en paz.
—Si Rahl el Oscuro triunfa no respetará ese deseo —le recordó Richard.
La mujer hizo una profunda inspiración y soltó el aire lentamente.
—Richard, pueden ser peligrosos.
—¿Has tratado con ellos antes?
—Sí, algunas veces. No hablan nuestro idioma, sin embargo, yo conozco el suyo.
—¿Confían en ti?
—Supongo. —Kahlan apartó la mirada y se envolvió mejor en la manta—. Pero —añadió, levantando los ojos hacia él—, a mí me temen y con la gente barro el temor acaso sea más importante que la confianza.
Richard tuvo que morderse la parte interior del labio para no preguntarle por qué la temían.
—¿Viven muy lejos?
—No sé exactamente en qué parte de la Tierra Salvaje nos encontramos, pero estoy segura de que no están a más de una semana en dirección noreste.
—Muy bien. Por la mañana partiremos hacia allí.
—Cuando lleguemos deja que yo lleve la voz cantante y, si te digo algo, hazme caso. Debes convencerlos de que te ayuden o no lo harán, por mucha espada que lleves. —Richard asintió. Kahlan sacó una mano de debajo de la manta y se la puso sobre el brazo—. Richard —susurró—, gracias por volver atrás a buscarme. Siento mucho el precio que tuviste que pagar.
—Tenía que hacerlo. ¿Qué hubiera hecho yo en la Tierra Central sin mi guía?
—Intentaré estar a la altura de tus expectativas —repuso Kahlan con una sonrisa burlona.
Richard le apretó la mano y ambos se tumbaron. Mientras daba las gracias a los dioses por haber protegido a Kahlan, el sueño lo venció.
22
Zedd abrió los ojos de repente. En el aire flotaba un fuerte aroma de sopa picante. Sin moverse miró cautelosamente alrededor. Chase yacía a su lado, de las paredes colgaban huesos y fuera se veía oscuro. Se miró su propio cuerpo y vio que tenía huesos encima. Sin moverse hizo que se elevaran suavemente en el aire, flotaran a un lado y se posaran silenciosamente en el suelo. Acto seguido se levantó sin hacer ningún ruido. Se encontraba en una casa atestada de huesos, de huesos de bestias. Se volvió y se topó cara a cara con una mujer, que igualmente acababa de darse media vuelta.
Asustados, ambos gritaron y alzaron sus flacuchos brazos.
—¿Quién eres? —preguntó Zedd, inclinándose hacia adelante y clavando la vista en esos ojos blancos.
La mujer pilló la muleta al vuelo justo cuando iba a caerse al suelo y se la encajó de nuevo bajo el brazo.
—Soy Adie —contestó con voz cascada—. ¡Qué susto me das! No esperaba que despertaras tan pronto.
—¿Cuántas comidas me he perdido? —inquirió Zedd al tiempo que se alisaba la túnica.
—Por tu aspecto, yo digo que demasiadas —replicó Adie, ceñuda, tras examinarlo de la cabeza a los pies.
Una amplia sonrisa arrugó las mejillas de Zedd. También él miró a Adie de la cabeza a los pies.
—Eres una mujer muy atractiva —declaró. Inclinando la cabeza, tomó una de sus manos y la besó levemente, tras lo cual se irguió con gesto altivo y anunció, alzando un huesudo dedo—: Zeddicus Zu’l Zorander, a vuestros pies, señora. ¿Qué le pasa a tu pierna? —preguntó, inclinándose hacia adelante.
—Nada. Está perfectamente.
—No, no —dijo frunciendo el entrecejo y señalando—. Ésa no, la otra pierna.
Adie bajó la vista hacia el pie que le faltaba y luego miró de nuevo a Zedd.
—No llega al suelo. ¿Le pasa algo a tus ojos?
—Bueno, espero que aprendieras bien la lección; ahora ya sólo te queda un pie. —El gesto adusto de Zedd se tornó en una amplia sonrisa, para añadir con voz débil—: Y lo que le pasa a mis ojos es que se estaban muriendo de hambre y ahora se encuentran en la gloria llenos de un júbilo expectante.
—¿Te gustaría comer un poco de sopa, mago? —ofreció Adie con una media sonrisa.
—Creí que nunca ibas a preguntármelo, hechicera.
Adie cruzó la habitación cojeando para dirigirse al fuego, sobre el que colgaba un caldero. Zedd la siguió. Después de llenar dos cuencos la mujer los llevó a la mesa. Apoyó la muleta contra la pared, se sentó frente al mago y cortó dos gruesas rebanadas de pan y dos trozos de queso, tras lo cual ofreció uno de cada al mago. Zedd se inclinó sobre el cuenco y se dispuso a atacar, pero apenas había tomado una cucharada cuando se quedó quieto y alzó la mirada hacia los ojos blancos de la mujer.
—Esta sopa la ha preparado Richard —afirmó con voz serena. La segunda cucharada se había quedado a medio camino entre el cuenco y la boca.
Adie cortó un trozo de pan y lo mojó en la sopa mientras miraba al mago.
—Es cierto. Tienes suerte; la que yo hago no es tan buena.
—¿Y dónde está? —preguntóZedd,mirando a su alrededor y bajando la cuchara.
Adie dio sendos mordiscos al pan y al queso y los masticó sin apartar los ojos de Zedd. Cuando los hubo tragado, contestó:
—Él y la Madre Confesora se marchan hacia la Tierra Central por el paso. Pero para él la Confesora sigue siendo sólo Kahlan; ella aún le oculta su identidad. —A continuación pasó a contarle cómo Richard y Kahlan acudieron a ella en busca de ayuda.
Zedd cogió el queso en una mano, el pan en la otra y fue dando alternativamente bocados a uno y otro. Al enterarse de que Adie lo había alimentado sólo con gachas no pudo reprimir una mueca de dolor.
—Richard me dijo que no puede esperarte, pero que tú lo entiendes. El Buscador me da instrucciones para Chase; quiere que regrese y tome las medidas oportunas para cuando el Límite caiga y para enfrentarse a las fuerzas de Rahl. Siente mucho no saber cuál es tu plan, pero se teme que no puede esperar.
—Mucho mejor así —comentó a media voz—, porque mi plan no lo incluye a él.
Zedd centró toda su atención en la comida. Cuando se acabó la sopa, fue al caldero y se sirvió otro cuenco. Ofreció más a Adie, pero la hechicera aún iba por el primero, pues había estado demasiado ocupada observando al mago. Cuando éste se sentó de nuevo, Adie le ofreció más pan y más queso.
—Richard te oculta un secreto —susurró la anciana—. Si no fuera por ese asunto con Rahl, no digo nada, pero creo que debes saberlo.
A la luz de la lámpara la cara del mago, ya de por sí delgada, lo parecía aún más y también dura, en acentuado contraste con las sombras. Zedd cogió la cuchara, fijó un momento los ojos en la sopa y volvió a alzarlos hacia Adie.