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El Libro de las sombras contadas. Las Cajas del Destino

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El Libro de las sombras contadas. Las Cajas del Destino
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El joven acercó el trapo al rostro de Kahlan y le limpió la sangre.

—Lo comprendo. Ahora sé a qué se refería. Hiciste bien en no decírmelo. —Le acarició la mejilla y añadió dulcemente—: Tenía tanto miedo de que te hubieran matado...

—Te creí muerto —dijo ella, poniendo su mano sobre la de él—. Un momento te tenía cogido de la mano y al momento siguiente ya no estabas a mi lado. —Sus ojos volvieron a llenarse de lágrimas—. No pude encontrarte. No sabía qué hacer. Lo único que se me ocurrió fue regresar con Zedd, esperar a que se despertara y me ayudara. Creí que te había perdido en el inframundo.

—Lo mismo pensé que te había ocurrido a ti. Estuve a punto de seguir solo. —Sonrió de oreja a oreja y prosiguió—: Parece que mi destino es volver a buscarte.

Kahlan sonrió por primera vez desde que se habían reencontrado y lo abrazó de nuevo. Pero rápidamente se retiró.

—Richard, tenemos que marcharnos. Las bestias acechan y el cadáver las atraerá. No podemos estar aquí cuando lleguen.

Richard asintió, se volvió, recogió la espada y se puso de pie. Entonces le tendió una mano para ayudarla a levantarse. Kahlan tomó su mano.

La magia se inflamó en un arrebato de cólera, advirtiendo a su amo.

Sorprendido, Richard la miró fijamente, muy impresionado. Como la vez anterior, cuando Kahlan le había tocado la mano que sostenía la espada, la magia había cobrado vida, sólo que esta vez era una sensación más intensa. Ella seguía sonriendo, en apariencia ajena a lo que ocurría. Con un gran esfuerzo Richard se sobrepuso a la furia.

Kahlan lo abrazó una vez más; fue un breve abrazo con el brazo que tenía libre.

—Todavía no me puedo creer que estés vivo. Estaba tan segura de que te había perdido...

—¿Cómo lograste alejarte de las sombras?

—No lo sé —contestó, sacudiendo la cabeza—. Nos seguían y cuando nos separamos y yo volví atrás, habían desaparecido. ¿Viste tú alguna?

—Sí. —El joven asintió solemnemente—. Las vi y vi de nuevo a mi padre. Me atacaron y trataron de empujarme hacia el Límite.

—¿Por qué sólo tú? —El rostro de Kahlan reflejaba preocupación—. ¿Por qué no los dos?

—No lo sé. Supongo que anoche, en la hendidura, y más tarde, cuando empezaron a seguirnos, me seguían a mí y no a ti. El hueso te protegía.

—La última vez que nos aproximamos al Límite nos atacaron a todos menos a ti. ¿Qué era distinto esta vez?

—No lo sé —repuso Richard tras pensarlo unos momentos—, pero tenemos que cruzar el paso. Estamos demasiado cansados para pasarnos la noche luchando de nuevo contra las sombras. Tenemos que llegar a la Tierra Central antes de que anochezca. Y esta vez te prometo que no te soltaré la mano.

—Ni yo tampoco. —Kahlan le sonrió y le apretó la mano.

—Al volver crucé el Embudo corriendo, para ganar tiempo. ¿Te ves con fuerzas para hacerlo?

Kahlan asintió. Ambos echaron a correr a un ritmo suave que al joven le pareció que ella aguantaría. Al igual que la última vez, las sombras no los siguieron, aunque varias flotaban sobre la senda y, al igual que la última vez, Richard las atravesó con la espada sin esperar a ver qué hacían. Kahlan se encogió al oír los aullidos que lanzaban. Richard corría siguiendo sus huellas, tirando de la mujer cada vez que debían girar y vigilando que no se saliera del camino.

Tras descender la pendiente, una vez en el sendero del bosque al otro lado del Embudo, frenaron y caminaron a buen ritmo, tratando de recuperar el aliento. Tenían el rostro y el cabello húmedos por la llovizna. La felicidad que sentía Richard por haber encontrado a Kahlan con vida mitigó la inquietud que lo embargaba por las dificultades que los aguardaban. Compartieron pan y fruta sin dejar de caminar. Aunque las tripas le hacían ruido por el hambre, el joven no quería detenerse para preparar algo más sustancioso.

Todavía se sentía confuso por cómo había reaccionado la magia cuando Kahlan le había tomado de la mano. ¿Era algo que la magia percibía en ella o reaccionaba ante algo que había en su propia mente? ¿Era porque tenía miedo de lo que le ocultaba? ¿O era algo más, algo que la misma magia percibía en ella? Richard deseó que Zedd estuviera allí para poder preguntarle su opinión. Pero Zedd había estado allí la última vez que pasó y él no le había preguntado. ¿Acaso tenía miedo de lo que pudiera decirle?

Después de comer un poco, cuando era ya tarde avanzada, oyeron gruñidos en el bosque. Kahlan dijo que eran las bestias, por lo que decidieron echar de nuevo a correr para salir del paso lo antes posible. Richard estaba tan agotado que ni siquiera sentía ya el cansancio; notaba todo el cuerpo como entumecido. Corrieron por el denso bosque, bajo una ligera lluvia que ahogaba el sonido de sus pasos.

Aún no había anochecido cuando llegaron al borde de una larga cresta. Abajo, el sendero descendía con curvas muy pronunciadas. De pie en lo alto de la cresta, rodeados por bosque, contemplaron como desde la boca de una cueva una extensión de pastos, sin apenas árboles y bañados por la lluvia.

—Conozco este lugar —susurró Kahlan.

—¿Cómo se llama?

—Tierra Salvaje. Estamos en la Tierra Central. —Se volvió hacia él—. He vuelto a casa.

—A mí esta tierra no me parece tan salvaje —objetó Richard, enarcando una ceja.

—El adjetivo no se refiere a la tierra, sino a los que viven en ella.

Tras descender la escarpada cresta, Richard halló un pequeño lugar protegido debajo de una roca, pero no era lo suficientemente profundo para resguardarse del todo del agua de lluvia. Así pues, cortó ramas de pino y las apoyó contra el saliente rocoso, construyendo así un refugio para pasar la noche. Kahlan se arrastró al interior, seguida de Richard, que selló la entrada con ramas para que la lluvia, al menos la mayor parte, no penetrara. Ambos se dejaron caer al suelo, mojados y exhaustos.

—Nunca he visto el cielo tanto tiempo encapotado ni que lloviera tanto —comentó Kahlan, quitándose la capa y sacudiéndose el agua—. Ya ni siquiera me acuerdo de cómo es el sol. Ya empiezo a hartarme de este tiempo.

—Pues yo no —replicó él en voz baja. Ante el gesto inquisidor de la mujer, explicó—: ¿Recuerdas la nube con forma de serpiente que me seguía, la que Rahl envió para localizarme? —Kahlan asintió—. Pues Zedd tejió una red mágica para que otras nubes la ocultaran. Mientras siga nublado y no podamos ver la nube serpiente, tampoco podrá Rahl. Prefiero la lluvia a Rahl el Oscuro.

—A partir de ahora —dijo Kahlan, tras ponderar las palabras del joven—, ya no me quejaré tanto de las nubes. Pero la próxima vez, ¿por qué no pides a Zedd que conjure nubes con menos lluvia? —Richard asintió risueño—. ¿Quieres comer algo?

—Estoy demasiado cansado —confesó Richard, al tiempo que negaba con la cabeza—. Lo único que quiero es dormir. ¿Estamos seguros aquí?

—Sí. Nadie vive cerca del Límite en la Tierra Salvaje. Adie dijo que estamos protegidos de las bestias, así que los canes corazón no deberían molestarnos.

A Richard el monótono ruido de la lluvia al caer todavía le daba más sueño. Ambos se envolvieron en las mantas, pues la noche era fría. En la penumbra Richard apenas distinguía el rostro de Kahlan, apoyada contra la pared de roca. No había espacio para encender fuego y, aunque lo hubiera, todo estaba demasiado mojado. El joven se metió la mano en el bolsillo y palpó la bolsa que contenía la piedra noche, pensando si debía o no sacarla para ver mejor, pero al fin decidió no hacerlo.

—Bienvenido a la Tierra Central —le dijo Kahlan con una sonrisa—. Lo has logrado: hemos pasado al otro lado del Límite. Ahora empieza el trabajo duro. ¿Qué vamos a hacer?

Richard sentía la cabeza a punto de estallar. Se recostó contra la roca al lado de la mujer y respondió:

—Debemos encontrar a alguien que sepa de magia para que nos diga dónde está la última caja o, al menos, por dónde empezar a buscar. No podemos lanzarnos a ciegas en su busca. Necesitamos que alguien nos señale la dirección correcta. ¿Sabes de alguien?

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