El Libro de las sombras contadas. Las Cajas del Destino
- Автор: Гудкайнд Терри
- Серия: La Espada de la Verdad #1
- Язык: испанский
- Переводчик: Joana Claverol
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «El Libro de las sombras contadas. Las Cajas del Destino». Краткое содержание книги:
No había ninguna huella. Nada había pasado por el Embudo en mucho tiempo. La fatiga y la desesperación se adueñaron de él, mientras ráfagas de viento helado hacían revolotear a su alrededor la capa como si quisiera empujarlo hacia adelante, lejos del Embudo. Ya sin esperanzas se volvió una vez más hacia el sendero que conducía a la Tierra Central.
Apenas había avanzado unos pasos cuando se detuvo presa de una súbita inspiración.
Si Kahlan se había separado de él, si había creído que el inframundo se había llevado a Richard, si creía que lo había perdido y estaba sola, ¿hubiera continuado hacia la Tierra Central? ¿Sola?
No.
Richard dio media vuelta hacia el Embudo. No. Hubiera regresado, para buscar al mago.
De nada le serviría regresar a la Tierra Central sola. Si había ido a la Tierra Occidental había sido precisamente para buscar ayuda. Con el Buscador fuera de juego el único que podía ayudarla era Zedd.
Richard se resistía a poner demasiada fe en la idea pero no estaba lejos de donde había luchado con las sombras y la había perdido. No podía seguir adelante sin comprobarlo antes. Olvidando la fatiga, se sumergió de nuevo en el Embudo.
La luz verde le dio la bienvenida. Richard siguió su propio rastro hasta el lugar donde había combatido con las sombras. El barro estaba pisoteado y sus huellas explicaban la batalla que allí se había librado. Al joven le sorprendió haber cubierto tanto terreno durante la lucha; no recordaba haber dado tantas vueltas, ni haber ido tantas veces adelante y atrás. Pero, en realidad, apenas recordaba nada de la lucha, excepto la última parte.
El corazón le dio un vuelco al encontrar lo que buscaba; las huellas de ambos, primero juntos y después sólo las de ella. Richard las siguió con el corazón palpitante, rezando fervientemente para que no lo condujeran al muro. Se puso de cuclillas para examinarlas y las tocó. Parecía que Kahlan había caminado de aquí para allá, como confundida, y después se había detenido y dado la vuelta. Unas huellas se dirigían en la dirección contraria de la que habían llegado ellos. Eran huellas de Kahlan.
Richard se puso bruscamente de pie; respiraba rápidamente y tenía el pulso acelerado. La luz verde que brillaba a su alrededor lo irritaba. El joven se preguntó si Kahlan estaría ya muy lejos. Les había costado casi toda una noche cruzar el Embudo, y eso a trancas y barrancas, aunque también era cierto que no sabían dónde estaba el sendero. Pero ahora las huellas en el barro indicaban el camino.
Tendría que darse prisa; no podía seguirla a paso de tortuga. Entonces recordó algo que Zedd le había dicho al hacerle entrega de la espada: «La fuerza de la furia te proporciona la voluntad de imponerte a cualquier precio».
Un nítido sonido metálico vibró en la oscura mañana cuando el Buscador desenvainó su espada. La cólera fluyó por él. Sin pararse a reflexionar ni un segundo el joven se echó a correr siguiendo las huellas. La presión del muro lo sacudía mientras él trotaba en la fría neblina. Cuando las huellas giraban, torciendo a un lado y luego al otro, Richard no aminoraba el paso, sino que apoyaba los pies a un lado u otro para cambiar de dirección.
Así, sosteniendo un ritmo vivo y constante, logró cruzar el Embudo antes de media mañana. En dos ocasiones halló sendas sombras flotando en su camino, aunque no se movían ni parecían advertir su presencia. Richard se lanzó contra ellas con la espada horizontal frente a él. Incluso sin rostro lanzaron aullidos de sorpresa al desvanecerse.
Atravesó la roca partida sin detenerse y apartó a una lapa chupasangre de un puntapié. Al llegar al otro lado se paró para recuperar el aliento. Se sentía profundamente aliviado, porque las huellas de Kahlan llegaban hasta allí. Ahora, en el bosque, sería más difícil ver el rastro pero no importaba; sabía adónde se dirigía y sabía que había cruzado sana y salva el Embudo. El saber que Kahlan estaba viva le daba ganas de gritar de júbilo.
Richard sabía que ya no podía estar muy lejos, pues la neblina aún no había tenido tiempo de difuminar los marcados bordes de las huellas, a diferencia de las primeras que había encontrado. Cuando amaneció debió de haber seguido el rastro del día anterior en vez de guiarse por los muros o si no ya la habría alcanzado. «Chica lista», pensó Richard. Sabía usar la cabeza; aún lograría convertirla en una buena mujer del bosque.
Con la espada desenvainada y la cólera a flor de piel, Richard corrió por el sendero. No perdió tiempo deteniéndose para buscar huellas, pero cada vez que encontraba suelo embarrado o blando aminoraba la marcha y lo examinaba. Después de correr un trecho sobre musgo descubrió una pequeña parcela de tierra en la que se veían marcas. Le echó un simple vistazo al pasar, pero algo que vio lo hizo detenerse tan bruscamente que a punto estuvo de caer. De cuatro patas estudió las huellas. Sus ojos se abrieron mucho por la sorpresa.
La huella de Kahlan se veía en parte tapada por la huella de una bota de hombre, casi tres veces más larga que la de la mujer. Richard no tuvo ninguna duda de a quién pertenecía: al último miembro de la cuadrilla.
La furia hizo que se levantara y echara a correr como alma que lleva el diablo. Las ramas y las rocas no eran más que una mancha borrosa que desfilaba a ambos lados. Sólo le preocupaba no salirse de la vereda, no porque temiera por él mismo sino porque sabía que si acababa en el Límite no podría ayudar a Kahlan. Parecía que los pulmones le iban a estallar por falta de aire y jadeaba por el esfuerzo. Pero la cólera de la magia le hacía olvidarse del agotamiento así como de la falta de sueño.
Después de trepar a un pequeño saliente rocoso la vio al fondo del otro lado. Por un instante se quedó paralizado. Kahlan estaba a su izquierda, medio en cuclillas, con la espalda contra una pared de roca y el último hombre de la cuadrilla frente a ella, a la derecha de Richard. El pánico pudo más que la furia. El uniforme de cuero del hombre refulgía en medio de tanta humedad y se cubría la blonda cabeza con la capucha de la cota de malla. Alzó la espada sosteniéndola con sus enormes puños, con lo que los músculos de los brazos se le marcaron. Acto seguido lanzó un grito de batalla.
Iba a matarla.
La furia estalló en la cabeza de Richard. Gritó: «¡No!», presa de cólera y de instinto asesino al tiempo que saltaba de la roca. Aún en el aire levantólaEspada de la Verdadconambas manos. Cuando sus pies tocaron el suelo, retrocedió y trazó un amplio y rapidísimo arco con la espada desde atrás. El acero silbó. El hombre, que se había dado la vuelta cuando Richard tocó el suelo, alzó al punto su propia arma en actitud defensiva tan rápidamente que los tendones de muñecas y manos chascaron.
Richard contempló como en un sueño cómo la espada que empuñaba completaba el arco. Con todas sus fuerzas trataba de imprimir más velocidad al arma, para que hiciera honor a su nombre deEspada de la Verdady fuera más letal. La magia rugía con la vehemencia del joven. Richard desvió la mirada del acero del hombre a sus acerados ojos azules. La espada del Buscador siguió la misma trayectoria. El joven se oyó a sí mismo gritar. El hombre alzó la espada en vertical presto a desviar el golpe.
Richard no veía nada más que el adversario que tenía delante. Su cólera y la magia se habían desatado como nunca. Ningún poder sobre la tierra podía impedirle que derramara la sangre de aquel hombre. Richard estaba más allá de la razón, más allá de cualquier otra causa para vivir. Era la muerte encarnada.