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Fuera de un evidente destino

Электронная книга - «Fuera de un evidente destino». Краткое содержание книги:

Cuando el mestizo Jim Mackenzie regresa a su pueblo natal, en Arizona, para asistir al funeral de su abuelo, jefe de los indios Navajos, todos sus recuerdos de infancia se ven sacudidos por una escalofriante realidad: una oleada de atroces asesinatos rituales asola la comunidad. Su llegada parece haber despertado misterios hasta el momento ocultos en la sombra; misterios relacionados con la tierra, las raíces y la tradición chamánica que Mackencie tiene que desvelar si quiere poner fin a la mortífera cadena.
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Jim estaba cautivado por la expresividad de Charlie. Desde que lo conocía nunca lo había oído hablar durante tanto rato. Solo ahora descubría cuántas maravillas escondía la mente de ese hombre que durante toda su vida había hecho lo imposible por resultar invisible.

April lo urgió a continuar, a un tiempo atemorizada y entusiasmada. Jim se preguntó hasta cuánto más allá de los límites de su miedo podría empujarla su oficio de periodista.

– ¿Y en qué consistía ese poder?

Por el momento Charlie no respondió. Se limitó a señalar los dos sombreros que yacían en el suelo. Uno conservaba un adorno: los restos de una pluma consumida por la humedad y rota en la base. El otro tenía alrededor de la copa una cinta con adornos de plata. A cada uno le faltaba una parte del ala, como si los hubieran cortado con un cuchillo afilado. Había también un pedazo de un viejo pañuelo rojo y un jirón de tela con una mancha oscura en el centro.

Charlie tendió una mano hacia la tela, la cogió y la olió. La sostuvo entre los dedos con descuido, como si ese examen superficial le confirmara algo que ya sabía.

– En cada objeto que posee una persona, en cada prenda que viste, queda un poco de su alma, un rastro de su esencia vital…

Hizo una mínima pausa para mostrar a todos el pedazo de paño que tenía en la mano. Luego lo arrojó al suelo para que hiciera compañía a los otros hallazgos.

– … de su sangre. El rito que Eldero hizo aquí, en su lugar sagrado, fue para vengarse de los que habían matado a su gente y a la familia de su hija, Thalena. No sé cómo los consiguió, pero estoy seguro de que estos objetos pertenecían a esos hombres.

Dio tiempo a su auditorio, que seguía atónito su relato, para que absorbiera lo revelado hasta entonces.

– Eso es lo que ha sucedido.

Todos se dieron cuenta de que Charlie ya no se hallaba en la gruta con ellos, sino reviviendo en su mente lo que había ocurrido en aquel mismo lugar hacía más de cien años. Algo indefinible pero confirmado por la presencia de los cuerpos en sus respectivas posiciones.

– Eldero tiene frente a sí la Vasija. Coge unos fragmentos de los objetos que pertenecen a los hombres a los que quiere dañar. Los sombreros, el pañuelo, el pedazo de camisa manchado de sangre. Los quema en este cuenco de terracota que veis en el suelo y añade las cenizas así obtenidas a la arena que contiene la Vasija. Está a punto de concluir el rito, pero este hombre lo sorprende y lo mata antes de que pueda terminarlo.

April, con los ojos húmedos, habló con la expresión de quien no logra frenar las palabras.

– ¿Qué fin tenía el rito? ¿Y qué había dentro de la vasija?

El viejo se encogió de hombros, como si un cansancio imprevisto le hubiera recordado su edad.

– No tiene un nombre preciso, y al mismo tiempo tiene muchos. El Guerrero Silencioso, el Durmiente, el Hijo de la Tierra. Pero el que mejor lo define es Chaha'oh.

– ¿Qué significa?

Jim respondió por Charlie. Mientras lo hacía acudió a su mente lo que el viejo le había dicho el día anterior. Se preguntó si habría sido solo una coincidencia.

– Chaha'oh. La Sombra. Es la tierra misma quien la genera, la nutre y le da vigor. Se mueve sin esfuerzo y alcanza todos los lugares en que la tierra está presente. De la tierra sube y a la tierra vuelve y en sus recovecos se esconde. Así como la sombra de un ser no puede existir sin el ser que la ha generado, del mismo modo Chaha'oh no puede existir sin la tierra. El rito que Eldero realizaba tenía el fin de devolverlo a la vida. Pero no fue posible…

Hizo un gesto vago que conllevaba el sentido a menudo absurdo de lo ineluctable. Luego se agachó de nuevo y cogió del suelo otro puñado de polvo. Ese gesto tan simple les pareció a todos cargado de amenaza.

– El tiempo ha pasado pero la fuerza de Eldero no ha desaparecido. Solo ha permanecido dormida a la espera de que llegara alguien a despertarla. Cuando Caleb entró en la cueva encontró un recipiente precioso lleno de algo que para él eran solo arena y cenizas. Para llevárselo arrojó al suelo su contenido. Y el círculo se cerró. Se ha creado la Sombra.

Jim se adelantó, previendo la pregunta que quizá April no se atrevía a plantear.

– ¿Cuál es la misión de esa sombra?

Charlie lo miró un instante, como asombrado de que todavía no hubiera comprendido. Luego dijo una sola palabra, que paralizó a todos los presentes.

– Matar.

Les dio de nuevo un tiempo para comprender, para creer o no creer, un tiempo interminable que solo lo ignoto puede generar. Al fin señaló con la cabeza el cadáver tendido en la tierra.

– Y en primer lugar ha matado a este hombre.

Jim se agachó y examinó con atención el cuerpo.

– Pero este no es como los demás. ¿Cómo es que tiene solo la cabeza hecha pedazos, y no todo el cuerpo?

– Es difícil de explicar. Esa vasija es al mismo tiempo la libertad y una prisión. Lo que había dentro, fuera lo que fuese, no tenía posibilidad de salir de allí. Es probable que este hombre viera la vasija y para levantarla inclinara sobre ella la cabeza. Y con eso bastó…

En el silencio subsiguiente, cada uno de ellos pudo imaginar según sus propios demonios personales la escena de aquella muerte. April, la primera en recobrarse de esa especie de hipnosis, se rebeló contra esa verdad con todo el racionalismo con que contaba en el momento. Aunque no lo pretendía, en su voz sonó una ligera nota estridente.

– No, esperad un minuto. Debéis explicarme qué significa todo esto. Si todavía nos queda una pizca de lógica, o si se ha perdido del todo. Me habéis pedido formalmente que no escriba nada acerca de esta historia. Pero ¿qué creéis que pasaría si la escribiera? Oiríais las carcajadas de mis colegas de una costa a otra. Después me vería obligada a pagar al peor de los periódicos del país para que me permitieran escribir aunque solo fueran las notas necrológicas.

Jim se volvió hacia Charlie con el tono de quien no desea herir pero que acaba obteniendo justamente el efecto contrario.

– Charlie, debes admitir que esta historia es realmente difícil de aceptar.

El viejo sonrió, y Jim se sintió un idiota. Sin duda era una manera muy eficaz de devolver un golpe inesperado.

– Lo sé. Es mucho más fácil creer en tus máquinas que vuelan y en la magia de un ordenador que te lleva a un lugar que no existe llamado internet o en un televisor que te hace ver lo que sucede en la otra punta del mundo.

Intervino April. Después del arrebato anterior se sentía culpable, de modo que aplacó su tono.

– Para esas cosas hay una explicación.

Charlie se volvió de golpe, como si tuviera la respuesta lista desde hacía tiempo.

– Para todas las cosas hay una explicación. Siempre. Pero no siempre es la más fácil de aceptar. Lo impide el miedo, aunque la evidencia lo imponga. Si no lo creo, entonces no existe. Como si no creer en los helicópteros les impidiera volar, o no creer en los televisores les impidiera mostrar las imágenes.

Bajó la cabeza, pero Jim se dio cuenta de que continuaba hablando con él, tal como habría debido y deseado hacer desde hacía años.

– Las cosas no son tan simples, Tres Hombres. No lo han sido nunca. Elegir el camino más fácil es solo una manera más honorable de huir.

Charlie se levantó, y de pronto Jim lo vio cansando. No por la fatiga ni por el temor a lo que se enfrentaba, sino por sus desilusiones de viejo indígena.

– Ahora puedes salir de aquí y hacer ver que no ha pasado nada. Esta noche habrá un programa de televisión, un helicóptero capaz de llevarte adonde quieras y alguien al otro lado de un ordenador con quien hablar. Pero eso no cambiará las cosas…

El breve silencio que siguió era como el ruido de un martillo que los clavaba a todos en la misma cruz.

– Chaha'oh no tendrá paz hasta que no haya matado a todas las personas que en su momento Eldero le señaló como objetivos.

April intentó una última y desesperada objeción antes del veredicto.

– Charlie, todo esto ocurrió en 1868. Esas personas han muerto hace tiempo.

Aun así, el veredicto llegó. Y era una condena.

– Entonces matará a todos sus descendientes, todos los que llevan la misma sangre en las venas.

Quedaba aún un punto oscuro en el aire. Jim lo planteó a Charlie, no para discutirlo sino en busca de una explicación.

– Charlie, hay un detalle que no me queda claro. Caleb Kelso y Jed Cross eran primos y probablemente descendientes de una de esas personas. Eso podría explicar sus muertes. Pero ¿qué tenía que ver Charyl Stewart?

Charlie debía hacer alguna concesión.

– También yo lo he pensado. Pero, por mucho que me he esforzado, no he logrado entenderlo.

– Eso lo puedo explicar yo.

Robert respondió a las miradas que se posaron en él al mismo tiempo. Había guardado silencio durante todo ese rato, manteniéndose al margen, mientras escuchaba las respuestas de Charlie a las preguntas de April. No había intervenido porque eran las mismas que habría deseado hacer él. No continuó hasta haber encendido el cigarrillo que acababa de liar. El humo subió lentamente hacia el techo de la cueva.

– De algún modo ella también tiene algo que ver. Esta mañana, antes de salir, recibí los resultados de la autopsia.

Respiraciones. Brasas en la penumbra. Humo que subía hacia quién sabía dónde. Y espera.

– Charyl Stewart estaba embarazada. El niño que llevaba en el vientre era de Caleb.

Les dio un momento para que asimilaran el significado de sus palabras. Luego dio voz al pensamiento de todos.

– Por ese motivo, en cierto modo, también ella tenía la misma sangre en las venas.

De nuevo el silencio, que a todos les resultó más amenazador que las palabras que lo habían precedido.

Charlie notó que Robert, la persona que él había considerado más difícil de convencer, era en cambio quien más deprisa se había rendido a lo evidente. Se habían cometido crímenes, había hechos inequívocos y un indicio de explicación rayano en lo increíble.

Ello bastaba para establecer un punto de partida para actuar, por muy endeble y frágil que fuese.

Charlie se volvió hacia él.

– En el laboratorio de Caleb el suelo es de tierra, y el lugar donde encontraron a la muchacha es un espacio abierto. Lo sé porque he estado allí. Y no dudo que incluso el suelo del patio de la cárcel, donde vieron las huellas, era también de tierra apisonada.

Robert cambió de tema, en una confirmación implícita de lo planteado por Charlie.

– ¿Cómo podemos defendernos?

– No hay defensa. El hombre ha creado sus barreras: el asfalto, las casas, la ciudad. Otras las ha creado la naturaleza, como la piedra. Pero puede llegar a cualquier lugar donde haya tierra.

– ¿Qué forma tiene?

– Sabemos que deja huellas de hombre. Pero no tiene forma. O, si la tiene, ninguno de los que la ha visto ha vivido lo suficiente para contarlo.

Todos pensaron lo mismo: el agente de guardia de la cárcel, que casi había enloquecido por haber presenciado el horror de la muerte de Jed Cross. Y Silent Joe, cuya percepción animal lo llenaba de terror en el momento en que la sombra surgía desde algún lugar en el fondo de la tierra.

Jim se puso frente a Charlie. Al fin había comprendido al viejo. Quizá fuera tarde, pero haría lo posible por aligerarle el peso de las cosas que sabía.

– ¿Cómo podemos detenerlo?

Charlie aceptó con un movimiento rápido de los ojos la buena intención de Jim. Pero no por ello pudo aliviar su impotencia.

– No lo sé. El relato de los ancianos dice que la única persona capaz de terminar todo esto es la que lo inició. Pero, como ves, ya no está en condiciones de hacerlo.

El ademán con que señaló el cuerpo de Eldero conllevaba la amenaza siempre inminente de la muerte.

Robert se tomó el trabajo de resumir los hechos, porque era la persona a quien habían encomendado la misión de evitar que se repitieran.

– Dime si he comprendido bien, Charlie. En este momento hay seres humanos que corren peligro a causa de una vieja maldición indígena. No es posible detener al ser o a la cosa que los matará. La única forma de protegerlos consiste en encontrarlos y convencerlos de que se pongan a salvo tal como les indiquemos.

Todos podían ver el movimiento de los músculos de sus mandíbulas, mientras el viejo Charles Owl Begay le confirmaba lo que nunca habría querido oír pero que ya sabía que iba a decir.

– Exacto. Eres un hombre de la ley, Robert. Dispones de todos los recursos. La vida de cierta cantidad de seres humanos está en tus manos. Pero si quieres salvar a esas personas, antes que nada debes saber quiénes son. Y para saberlo debes descubrir quién llevó a cabo en realidad la matanza de Flat Fields.

De nuevo se hizo el silencio, como ocurre siempre ante lo increíble. Comprender a fondo qué significaban las palabras del viejo fue para cada uno de ellos un viaje largo y difícil a un pasado lleno de interrogantes. El sonido del teléfono que Robert. llevaba en el bolsillo de la chaqueta les dio el billete de regreso. Pero el presente no era mucho mejor.

Todos lo vieron confirmado en cuanto el detective activó la comunicación.

– Diga.

Una pausa larga como un día.

– Dime, Cole.

Una pausa larga como un mes.

– ¿Dónde?

Una pausa larga como un año.

– Entendido. En las montañas, ahora. Llegaré en cuanto pueda.

Cerró el móvil y se quedó mirándolo un instante, como si tuviera en la mano un objeto en cuya existencia le costaba creer. Luego lo guardó de nuevo en el bolsillo, alzó la vista y dijo lo que todos habían adivinado.

– No sé si es apropiado llamarlo así, pero Chaha'oh ha matado a otro.

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