La Fortuna de Matilda Turpin
- Автор: Помбо Альваро
- Год: 2006
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «La Fortuna de Matilda Turpin». Краткое содержание книги:
Una elegante casa en un acantilado del norte de España, en un lugar figurado, Lobreña, es el paisaje inicial y final de este relato. Ésta es la historia de Matilda Turpin: una mujer acomodada que, después de trece años de matrimonio feliz con un catedrático de Filosofía y tres hijos, emprende un espectacular despegue profesional en el mundo de las altas finanzas. Esta valiente opción, en este siglo de mujeres, tendrá un coste. Dos proyectos profesionales y vitales distintos, y un proyecto matrimonial común. ¿Fue todo un gran error? ¿Cuándo se descubre en la vida que nos hemos equivocado? ¿Al final o al principio?.
– Jacobo acaba de irse hecho una furia. ¿Qué le has hecho, Angélica, a mi hijo?
Angélica no responde nada. No hace falta. La voz de Juan Campos es espléndida, baja, clara, doctoral, matrimonial, genial, la voz de la conciencia libre de prejuicios y de tiempos pasados. Por fin, en un Asubio sin Matilda, Juan besa tiernamente a su nuera en sus absortos labios. Era un jazmín el sí, los labios de ella.
XXXVIII
Era como un jazmín el sí, los labios de él. Un jazmín revenido, revenant, ha sido un salto cualitativo este acto de Juan Campos de aparecer en la puerta del dormitorio de Angélica, abrirla silenciosamente, cerrarla silenciosamente tras sí, avanzar con tres enérgicos pasos hasta su nuera y besarla en la boca. Es también una gamberrada. Un acto gratuito de violencia pensada como quien elabora mentalmente una gracieta que soltará después en una reunión donde sabe que la ocurrencia tendrá una recepción ambigua. En parte gozosa, porque Angélica ha sentido como un gozo al ser besada sin previo aviso por su suegro, y en parte se ha asustado y escandalizado como cualquier nuera ordinaria con quien de pronto su suegro se propasa. Aún podía este estúpido beso quedarse ahí y no pasar a más: bastaba con que Juan se echara a reír, y pronunciara cualquier cumplido afectuoso donde quedara nítidamente expresa la intrascendencia de la acción: al fin y al cabo, entre los dos hay una considerable diferencia de edades y Juan no desea sexualmente a su nuera. Lo que Juan desea, sin embargo, está por ver. En líneas generales, Juan Campos cree, con Freud, que hay algo en la naturaleza misma de la sexualidad que determina una eterna ausencia mental de satisfacción. Esta insatisfacción constitutiva permite el incesante juego amatorio si -como en el caso de Juan, ya viudo- ningún compromiso ya le ata. Pero no es Juan Campos, nunca lo fue, un picha brava. Fue fiel a Matilda y no puede decirse que ahora sea infiel a la memoria de Matilda o desleal con su hijo Jacobo. Nada les quita, a ninguno de los dos, que aún tuvieran: ni a Matilda ni a Jacobo. En un mundo moral, donde las proposiciones éticas se justificaran sólo si son universalizables y válidas intersubjetivamente, cabe pedirle a Juan Campos responsabilidades por su descarado incesto. Pero el descaro es la nueva posición moral que está cada vez con más consistencia adoptando Juan Campos: cada vez se siente menos atado por responsabilidades o, como él mismo preferiría decir: por costumbres. Matilda ha muerto y se han liquidado todas las costumbres. El Asubio, en este momento, representa esa absoluta liquidación, la absoluta almoneda, el descaro superficial e irresponsable.
Y ahora, ya en franquía, ahora sí que está libre Juan Campos, ahora incluso podría Matilda aparecérsele como se aparece un condenado a otro condenado en pleno infierno.
Está Juan Campos muy interesado -siempre lo estuvo, y ahora cada vez más- en lo que pasa inmediatamente después de que pase algo gordo. ¿Qué pasó inmediatamente después de que se estrellara el primer avión contra una de las torres gemelas? ¿Qué pasó inmediatamente después de que Matilda, moribunda, echara a Juan de su habitación de moribunda? ¿Qué pasa después de haber besado, como ahora, a quien no debe? No está interesado Juan en una ordinaria presentación de segmentos que siguieron a la secuencia en cuestión: está interesado en el intervalo, con seguridad mílimétrica, entre un acontecimiento dado y el instante siguiente. Lo que a Juan le interesa se advierte mejor en microprocesos que en macroprocesos: lo que ocurrió de hecho en las torres gemelas un instante después de la primera explosión es, dada la magnitud del edificio y del acontecimiento, infinitamente complejo, no se adapta bien a los análisis de gabinete que a Juan le gustan. Cada vez que Juan trata de analizar estos mínimos espacio- tiempos de lo inmediatamente posterior a un punto cualquiera, dado ya, se siente husserliano, es decir, se siente en posesión de sus facultades descriptivas narrativas, intelectivas, tanto más cuanto más concentra el rayo de atención de su conciencia en un punto mínimo presente ante la acción cognoscitiva del yo. Lo importante para Juan Campos es que el objeto en cuestión, el cogitatum, sea tan pequeño como sea posible: así, por ejemplo, le encanta a Juan describir con todo detalle, concentrando toda su atención en el instante siguiente al instante en que besó a su nuera en los labios. ¿Qué sucedió en ese instante? Por un momento, mientras piensa en estas cosas, sentado ante la mesa de su despacho y provisto de una pluma y abundantes folios, se divierte Juan Campos imaginando deliberadamente en broma, alguna de las muchas cómicas gansadas que pudieron suceder, y que no sucedieron: Angélica pudo haberle dado un bofetón. Juan pudo no atinar del todo bien en los labios de Angélica por falta, digamos de costumbre, haber resbalado un poco hacia la derecha o a la izquierda, con lo cual, el beso, en vez de apasionado hubiera resultado un paternal beso en la mejilla. Angélica pudo haber gritado. Pudo Juan, para evitar que Angélica gritara, taparle la boca con la mano libre (dado que, para poder besarla, tuvo que sujetarle un poco el talle, como en las fotografías de los antiguos estudios fotográficos). Pudo Angélica haberle preguntado: ¿Y esto a qué viene, Juan? Juan pudo haber declarado: Angélica, te amo. O, como continuación a esta frase, pudo decirle: lo nuestro es imposible, pero te amo desde el primer momento en que te vi. O esto mismo pudo haberlo dicho Angélica… Acaba de acordarse Juan ahora que, en el instante que siguió al beso, Angélica murmuró algo que sonó a: amor imposible, o quizá: un amor de pecado. En ambos casos, algo de esto debió de decir Angélica porque Juan recuerda haber, tras besar a su nuera, dado un pequeño paso atrás y haberse brevemente echado a reír de buena gana: los besos dan risa, los besos en la boca dan risa. Al anotar a vuelapluma esto en sus folios, descubre Juan que ya no hay más, que no hubo más, que no da para más su capacidad analítica y que no es capaz de sacar gran cosa de este análisis descriptivo del intervalo entre un instante de estrepitoso contenido y el instante siguiente que, por comparación, está vacío. El esfuerzo analítico le ha servido, sin embargo, para recordar que, en resumidas cuentas, aquel robado beso le hizo reír a él mismo y confirmó que Angélica estaba más bien por la labor, al no atizarle de inmediato un rodillazo en la entrepierna.
Ella quería. Juan acaba de pronunciar esta frase en voz alta y se ha echado a reír. El melodramatismo de la expresión y esta nueva facultad de reírse solo le encantan: jamás se había reído solo: nadie se ríe solo, aunque lo diga, la risa es social, nos reímos con los demás. Pero no es imposible reírse solo, y no es inverosímiclass="underline" sólo que las condiciones psíquicas que han de cumplirse para que un hombre de la edad de Juan, un intelectual, instalado en su despacho y reflexionando acerca de un acontecimiento que no tiene, bien mirado, la más mínima gracia, tienen que ser muy únicas. No se reiría Juan, ni ahora, ni tampoco como se rió tras el beso, si se hubiera sentido físicamente atraído por su nuera: la atracción física intensa presenta, antes de consumarse, un aire flácido, una como fijeza flácida y sudada o sobada. Juan se rió porque no deseaba a su nuera, se rió justo porque estaba logrando fingir con éxito que la deseaba sin desearla. Se rió porque su nuera cayó en la trampa. Y también se ríe ahora con la satisfacción de quien logra un logro. Viene a ser un ¡está en el bote!, expresado por un intelectual. Se ríe porque se siente contento de haber comprobado una vez más que su nuera está en el bote, la tonta del bote. Y se sonríe, además de reírse a solas, porque, como de reojo, está asistiendo a la emergencia de un inédito Juan Campos: el Juan Campos que Juan Campos conocía, el buen Juan Campos, el profesor de Filosofía moderna, el marido de Matilda, el mentor de Antonio Vega, el hombre que era de fiar, el más fiable en opinión de Antonio Vega, el intelectual más benevolente y paciente, que se ocupó de que Antonio Vega entendiera el mito de la caverna y leyera fragmentos seleccionados de las Confesiones de san Agustín, y comprendiera la sucesión de fenómenos histórico-culturales-sociales y económicos que dieron lugar a la modernidad, a la aparición del cogito cartesiano… El hombre que explicó a Antonio por qué se denomina copernicano el giro copernicano de Kant… ese personaje a quien todos tenían por bueno, y a quien él mismo, Juan Campos, tenía por bueno, y que observaba complacido en el espejo de su propia bondad, se contempla, no menos complacido ahora, emergente en el espejo de su propia maldad. Hay que hacer el mal porque el bien ya está hecho -recuerda repentinamente Juan Campos-. Y esta idea de Sartre le viene como anillo al dedo, retrato con anillo al dedo. Es el mismo Juan Campos de siempre, sólo que realzado por este su inédito Juan Campos, levitado por este giro de una conciencia que llevaba tiempo hirviendo al fuego lento del congelado rencor, y que ahora, gracias al falso beso incestuoso que ha robado a su nuera (quien por cierto lo recibió como agua de mayo), es un hombre nuevo. Edifica, Señor, en nosotros, un corazón nuevo. He aquí que Juan tiene ahora un corazón nuevo. Y no lo ha edificado Dios, porque no hay Dios. ¿Quién lo ha edificado, si no hay nada exterior a la conciencia? Lo ha edificado la conciencia de Juan Campos. Con ayuda eso sí, de una exterioridad controlable: Angélica es el otro controlable: una conciencia independiente de la conciencia de Juan, que se está dejando seducir por Juan y que Juan está cada vez más seriamente asimilando con un reptante y fascinante movimiento asimilativo de ameba.