La Fortuna de Matilda Turpin
- Автор: Помбо Альваро
- Год: 2006
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «La Fortuna de Matilda Turpin». Краткое содержание книги:
Una elegante casa en un acantilado del norte de España, en un lugar figurado, Lobreña, es el paisaje inicial y final de este relato. Ésta es la historia de Matilda Turpin: una mujer acomodada que, después de trece años de matrimonio feliz con un catedrático de Filosofía y tres hijos, emprende un espectacular despegue profesional en el mundo de las altas finanzas. Esta valiente opción, en este siglo de mujeres, tendrá un coste. Dos proyectos profesionales y vitales distintos, y un proyecto matrimonial común. ¿Fue todo un gran error? ¿Cuándo se descubre en la vida que nos hemos equivocado? ¿Al final o al principio?.
Pero antes de ver eso, todo esto que te digo, lo vi todo a la vez: vi que hacían buena pareja. Me cago en Dios, Antonio. La hostia puta. Estaban bien, se les veía contentos, Emeterio se cortó mucho al yerme, ella no. Se llama Carmen, Mari Carmen, me parece. Se vio que no sospecha nada, peor todavía: en aquel momento, Antonio, yo vi que no tenía nada que sospechar porque Emeterio no tiene nada que ocultar, porque Emeterio la quiere, se lleva bien con ella, no es un ligue, es una novieta. Los celos me hinchaban la cabeza, me sudaban las palmas de las manos, la espalda, tenía la cabeza hinchada…
– Seguro que dabas la impresión de estar frío, pálido, tan elegante como siempre. Yo te conozco.
– Seguro que sí. Pero tenía la sensación que te digo. Ella dijo, Carmen, que teníamos que quedar los tres. Y yo hice como que no la oía y le dije a Emeterio que habíamos quedado a almorzar el día siguiente. Le veía muy cortado. Luego me fui, me senté en el coche. Luego dejé pasar el tiempo. Luego salieron. Ella tiene un coche pequeño. Iba a seguir les. Arranqué y me paré. Les dejé irse. Luego me metí en un bar uno que hay a la salida según se viene para acá y me metí unos whiskies, bastantes. Se me acercó una y la mandé a la mierda. Estaba muy mareado cuando salí. Resbalé y me caí. Por fin arranqué el coche y vine aquí, me dio pena verte, me di cuenta de lo mal que estabas tú. Me fui arriba.
– ¡Vamos a ver, que yo me entere! ¿Qué es lo que viste en el híper?
– Les vi bien, estaban bien, contentos de estar juntos. Como conmigo cuando estábamos Emeterio y yo…
– ¿Cuál es la diferencia?
– Vi la diferencia. Entre Emeterio y yo y Emeterio y ella, Mari Carmen. Emeterio estaba contento con los dos, también conmigo, también con ella, pero mejor con ella.
Fernandito tiene los ojos muy abiertos mientras dice estas cosas, habla despacio, como si tuviera la boca seca. Ahora no se recuesta en el respaldo del sillón, está sentado justo en el borde con las manos en las rodillas y mira fijamente a Antonio. Antonio sabe que dice la verdad y sobre todo que la quiere decir: que quiere sacarse la verdad y ponerla ante sí: eso es lo que quiere ahora Fernando Campos. Y Antonio reconoce esta intención, e incluso el gesto que acompaña esta intención, en este caso. Sabe que no necesita presionar a Fernando, basta con darle pie, con una mirada amable, para que continúe. Y Fernandito prosigue:
– Todos estos años atrás y hasta el otro día creía que Emeterio era como yo, que tenía bastante conmigo. Estaba tan seguro que no le quería. Emeterio era mi propiedad, no hacía falta quererle, era una cosa mía: ¿te fijas, Antonio, lo que quiero decir?: antes éramos iguales, indiscernibles el uno del otro. En cambio en el híper, Emeterio ya no se parecía a mí, era más comprensible incluso, más fácil de entender, hasta más vulgar, más como cualquier chico de su edad que ha llevado la novia a tomar una hamburguesa al híper. Estaba disfrutando con Carmen de pertenecer al común de los mortales, en cambio, conmigo… conmigo sólo se puede disfrutar conmigo, no hay comunidad, hay mortalidad, pero estamos solos él y yo, solos y mortales, aburridos de vernos…
– Hombre, yo que tú, Fernando, volvería a pensar todo esto otra vez, le daría unas cuantas vueltas, lo hablaría, muy importante, con Emeterio! Si después de dar vueltas a todo ello sigues pensando lo que creo que estás pensando ahora: que Emeterio está mejor con Carmen que contigo, entonces sí, entonces, a partir de ahí, empezaría todo: tendrías que decir dejo a Emeterio, o mejor todavía, quiero que Emeterio se arregle con Carmen, lo quiero para siempre, y yo me echo a un lado, algo así. Hacer eso sería muy duro. Si lo haces no esperes ningún premio. Es posible que ni siquiera Emeterio se dé cuenta de lo que haces, es muy posible que ni siquiera Emeterio valore tu generosidad, así es como yo lo veo…
– ¡Pero es que me jode! ¡Me jode, no sabes cuánto me jode!
– Ya me figuro. Ahí está la gracia.
– ¡La puta gracia!
– Sí, eso, justo eso. Pero es que además hay otra cosa: que ni siquiera cuando estés seguro y estés convencido y hayas dado el paso adelante y se lo hayas dicho a Emeterio y hayas dejado a Emeterio y lo hayas dejado de tal manera que no puedas dar ya marcha atrás, incluso entonces estarás inseguro y no estarás seguro, habrás tomado una decisión irrevocable, habrás hecho lo que crees que es mejor para Emeterio y lo habrás hecho bien, generosamente, de una vez por todas. Y entonces dirás: ahora, por fin, se ha acabado, he hecho lo que tenía que hacer, estoy seguro: en ese mismo momento ya no estarás seguro, por eso es tan jodido…
– Te entiendo y no te entiendo. ¿Por qué dices que una vez que esté seguro volveré a no estar seguro?
– A lo mejor me equivoco, ojalá me equivoque. Lo que quiero decir es que suponte que, seducido como te hallas ahora mismo por la idea de hacer lo mejor para Emeterio (idea que a su vez te ha venido sugerida por la visión de Emeterio y Carmen en el híper tan felices juntos, haciendo tan buena pareja, tan normales chico y chica), te dejas arrastrar por la seductora imagen de tu sacrificio, quieres sacrificarte por Emeterio y Carmen, quieres hacer lo que te parece mejor, y este deseo te arrastra ahora con violencia, como le pasaba también a Matilda cuando se le ocurría una buena idea: también tu madre era así, me la has recordado muchísimo mientras te oía hablar, vehemente, absoluta, valerosa. Tu madre era una mujer valiente, enérgica y valiente, como tú. El poder de una ocurrencia la arrastraba a ella, a veces, como te arrastra a ti ahora esta ocurrencia de dejar a Emeterio. Pero ¿y si te equivocas, Fernando? Al fin y al cabo, fíjate bien, todo lo que tienes es una instantánea visión el otro día en el híper de que lo bueno para Emeterio es lo normal, la vida con Carmen separado de ti: la fuerza atávica de la normalidad como virtud te ha explotado en el pecho, estás hecho trizas todavía por la explosión que aún rebota y revienta dentro de ti y te hace trizas. La intensidad de la evidencia es tan grande que ahora mismo no puedes ver ninguna otra cosa. Yo sólo te pregunto: ¿seguirás viendo esto igual cuando pase el tiempo? Al fin y al cabo Emeterio y tú lleváis toda la vida juntos, desde niños, habéis hecho cientos de veces el amor y os ha gustado, os ha gustado mucho, esas emociones eróticas, orgánicas, son muy profundas, no desaparecen porque queramos que desaparezcan, no somos del todo dueños de nuestros deseos, podemos controlarlos, pero no somos dueños por completo de nuestros deseos. ¿Y si más adelante tú, o el propio Emeterio, que, un suponer, se harta de Carmen, o incluso sin hartarse, se acuerda de ti y te desea y quiere volver a empezar y tú también quieres volver a empezar, entonces qué, Fernando? Estarás entonces a la vez seguro de que obraste bien e inseguro del resultado de tu buena obra, ¿estás preparado para eso?
– Sabes, Antonio, acabas de decir que yo te recordaba a mi madre, hace un momento, ¿sabes a quién me recordabas tú ahora mismo? A mi puto padre. Así hablaba antiguamente ese hijo de puta a quien yo amaba y a quien por desgracia quizá amo todavía, así hablaba hace años, como tú ahora…