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La Fortuna de Matilda Turpin

Электронная книга - «La Fortuna de Matilda Turpin». Краткое содержание книги:

Premio Planeta de Novela 2006
Una elegante casa en un acantilado del norte de España, en un lugar figurado, Lobreña, es el paisaje inicial y final de este relato. Ésta es la historia de Matilda Turpin: una mujer acomodada que, después de trece años de matrimonio feliz con un catedrático de Filosofía y tres hijos, emprende un espectacular despegue profesional en el mundo de las altas finanzas. Esta valiente opción, en este siglo de mujeres, tendrá un coste. Dos proyectos profesionales y vitales distintos, y un proyecto matrimonial común. ¿Fue todo un gran error? ¿Cuándo se descubre en la vida que nos hemos equivocado? ¿Al final o al principio?.
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Angélica, que se hallaba sentada frente al fuego y que leía un libro, se ha sentido muy feliz de pronto. Una como novedad ontológica, ese imposible novum, por virtud del cual el pensar salta fuera de sí mismo y se piensa a sí mismo desde fuera del pensar. Una cosa fascinante esto de que un mediodía de lluvia se siente Jacobo frente a ella y diga: Angélica, tenemos que hablar. Ha vuelto a decirlo ahora por tercera vez. Angélica tiene ahora la sensación de que no haría falta decir ya nada más, sino repetir esto mismo una y otra vez, para que se produjera aquella emoción tan medieval del monje medieval que se sentó en un bosque y, cuando quiso recordar, de golpe había transcurrido ya toda la eternidad entera.

La alegría de Angélica es, pobre Angélica, mixta. Para que fuese pura -para que la presencia de su marido en el dormitorio conyugal, ante el fuego de la chimenea, en este elegante Asubio enhechizado aún por el fantasma de Matilda Turpin- tendría que no tener Angélica segundas intenciones. Está claro que Jacobo no las tiene: Jacobo es un hombre de una pieza a quien la intentio obliqua jamás ha perturbado. Pero la situación presente es tal, que la imagen de su legítimo esposo y la ilegítima imagen del padre de su esposo, Juan Campos, el ladino suegro, se entrecruzan sin cesar con mayor rapidez e intensidad ahora que nunca. Y es que, claro, padre e hijo se parecen mucho. Angélica de pronto ha decidido que se parecen tanto que se les podría prácticamente confundir a media luz. Pero he aquí que este mediodía en el Asubio es todo media luz, y casi la esencia de la media luz. La vigencia del principio de la identidad de los indiscernibles es tan fuerte ahora que Angélica tiene la impresión de acabar de meterse entre pecho y espalda dos tequilas reposados, uno tras otro. Es un poco el don de la ebriedad, piensa confusamente Angélica, mirándose las uñas de los pies. ¿Qué irá a decirle Jacobo? Porque claro está que es Jacobo quien se ha presentado en el dormitorio de improviso con intención de hablar. Hay que dejarle que hable, que se explaye. Pero a la vez -reflexiona Angélica- no es Jacobo el tipo de hombre a quien decirle o dejarle que se explaye proporciona una gratificante sensación de libertad. Antes al contrario: cuanto más libre de explayarse se le deja, con menos libertad se explaya Jacobo: más se atraganta o atiranta. Más se calla. Así que Angélica decide hablar ella:

– Esto es, Jacobo, un diálogo de sordos, yo diría, si no hablamos ninguno de los dos.

– Querrás decir, Angélica, de mudos.

– ¡Pero, Jacobo, acabas de hacer súbitamente un chiste! ¡Jajajajá! ¡Me río muchísimo!

– Vale, me alegro que te alegres.

– Es que no me alegro, Jacobo, me río, que es distinto.

– ¡Para ti la perra gorda, mujer, alégrate o ríete, lo que te dé la gana! -Ahora Jacobo Campos se siente confundido, irritado y burlado. En el fondo de su corazón, siente que menos mal que así se siente, porque así sintiéndose está en mejores condiciones de decir lo que ha venido a decir, ¿que es qué?

– ¿De qué es de lo que, Jacobo, querrías que hablásemos? Disculpa la incorrección gramatical pero es que tienes una manera tan ceniza de empezar a hablar callándote, que me pone de los nervios.

– Tú sabes de qué quiero yo hablarte, Angélica.

– Pues no sé, Jacobo, no lo sé. ¿De qué querías hablarme?

– Pues de que vamos a ver qué planes tienes, o sea: ¿te vienes, o te quedase o qué haces?

– Pues mira, no lo sé. Tal y como tú y yo estamos, pues no sé.

– Es que eso mismo ya, Angélica empezando ya por eso mismo, no te entiendo. ¿Estamos mal, estamos bien o cómo estamos…?

– Pues estamos, Jacobo guardando las distancias… al objeto de que al final seamos capaces de salvarlas. Esto, por cierto, es una frase de tu padre.

– ¡Vaya por Dios! ¡A ver, dila otra vez, que yo entienda la frase de papá!

– Dice tu padre y tiene toda la razón, que sólo se salvan las distancias S se guardan

– Y eso en nuestro caso va perfecto.

Esta conversación -decide Angélica- no está teniendo la menor sustancia. Está siendo una sosez. Ahora la alegría se ha esfumado y Angélica contempla a su marido de hito en hito y piensa: es que es un pelma. Jacobo Campos, a su vez, contempla a su esposa y piensa lo que ha pensado siempre: qué guapa es y qué redicha es. Es tan redicha que, tan pronto como habla tres palabras o cita una cita citable, bien sea de mi padre o bien de otra persona pega mi alma un gatillazo tal que desearía estar de nuevo, y ahora mismo, en el despacho de mi oficina de Madrid, en el banco, consultando el índice de precios al consumo o recorriendo imaginariamente las subidas y bajadas del Dow Jones. Eso sí que es vida y no esta leche de la salvación de las distancias con la autorizada opinión de mi buen padre. ¡A la puta mierda mi buen padre y mi mujer de paso! Esto Jacobo no lo dice, jamás lo dirá, jamás -incluso- llegará a pensarlo en estos crudos términos, tan literarios y artificiosos en el fondo. Jacobo es un buen chico, un buen marido prim and proper, que jamás faltará el respeto a una mujer y menos que a ninguna a su propia mujer. No pensará mal de ella, no dirá ni pensará nada en absoluto. Lo que ocurre es que esto es en parte un imposible: algo tiene que pensar. No es que Jacobo sea un imbécil, no lo es. Es que está acostumbrado a pensar lo que se piensa y a decir lo que se dice, y Angélica está tan rara, y el Asubio está tan raro, que Jacobo no acierta a pensar acerca de ello nada que no se asemeje a un no-pensar. Lo más parecido a no-pensar es volver a repetir lo de: a ver qué planes tienes, Angélica, para estas próximas semanas. Y Angélica, en ese instante, piensa: o ahora, o nunca. Y dice:

– El plan que tengo, pues es éste: yo de aquí no me voy, a menos que tu padre coja y me eche. Y si me echa, me voy. Pero me voy a casa de mi madre, ahí me voy.

– O sea, que me dejas.

– No, no te dejo, Jacobo. Si te fijas, no te dejo. Me separo de ti por incompatibilidad de caracteres, porque el torro que me das es tan continuo y tan constante y tan horrendo, que es que me breas viva, me comes la moral, eso me comes. Y aquí por lo menos, con tu padre, la moral no me la come: me la eleva. Yo me doy cuenta, Jacobo, de que no estoy contigo siendo justa, no lo estoy siendo. Y siento, como es lógico que sienta, un sentimiento de culpabilidad muy fuerte, Jacobo, muy fuerte. Pero es que me veo que volvemos a Madrid, tal que mañana mismo volvemos a Madrid, y volvemos a lo mismo, venga y dale, otra vez lo mismo.

– Pero vamos a ver, Angélica, en Madrid qué es lo que te pasaba a ti en Madrid, yo me doy cuenta que te pasaba alguna cosa porque estabas como murria, y desde que estás aquí te veo mejor.

– Lo ves, estoy mejor.

– Me alegro, pero eso no es motivo para mandarlo todo así a la mierda.

– Sí es motivo. O mejor dicho: no lo es. Pero déjame pensarlo, por favor. Una mujer tiene que tener su propio tiempo para pensar lo que tenga que pensar. No todo es ser como tu madre, una mujer de acción, una impulsiva y venga y dale. Yo tengo que tener un tiempo mío para pensarlo todo bien pensado porque es que tengo que pensar, Jacobo, yo tengo que pensar. Yo sin pensar no viviría.

– Pues piensa lo que tengas que pensar. Pero yo me voy mañana.

– Bueno, vete.

– ¿Y después?

– Pues después ya se verá, Jacobo. Hasta que la vida no da toda la vuelta, no se ve ni siquiera un poquitín, ni eso. Eso tu padre te lo explicará bien bien. La significación intrínseca de cada cosa, cosa por cosa, hasta que la vida no da toda la vuelta, no se ve ni todo ni por partes. Porque todo es perspectiva, tu padre dice. Un perspectivismo radical. Yo soy yo y mis circunstancias, tu padre dice, que es lo mismo que Ortega decía siempre. Que los árboles no te dejan ver el bosque…

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