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Электронная книга - «El maestro de Petersburgo». Краткое содержание книги:

Este es otro de los libros traducidos al castellano del escritor sudafricano. En 1869 un novelista ruso exiliado vuelve a St. Petersburgo para recoger los efectos personales de su hijastro muerto. El novelista se ve envuelto en un mundo de sospechas revoluci?n y peligro cuando descubre que la polic?a zarista ha descubierto entre sus enseres ciertos papeles incriminatorios. En este libro de alto contenido psicol?gico, Coetzee recrea la mente de Feodor Dostoievski (autor de Crimen y castigo y Los hermanos Karamazov). El gran novelista est? obsesionado con descubrir si la muerte de su hijastro fue un asesinato o un suicidio, encontr?ndose sumergido en la subcultura violenta revolucionaria de la Rusia de 1869. Lo que Coetzee nos muestra es un retrato psicol?gico entremezclado con la trama t?pica de un Thriller.
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– Muy grave. Su deber está bien claro, no creo que requiera mis consejos. Si Nechaev regresa a su país natal, en cuanto llegue tiene usted que arrestarlo. En lo que se refiere a mi hijo, ¿qué se puede hacer? ¿También va a arrestarlo?

– ¡Ja, ja! ¡Como broma no está mal, Fiodor Mijailovich! No, no podemos arrestarlo por más que quisiéramos, pues ya se ha ido a un lugar mejor que este. Pero ha dejado algunas cosas aquí. Ha dejado papeles, más papeles de los que debiera poseer cualquier conspirador que se precie. También nos ha dejado algunos interrogantes. Por ejemplo, ¿por qué se quitó la vida? Permítame que se lo pregunte directamente. ¿Por qué cree usted que se quitó la vida?

La sala da vueltas ante sus ojos. El rostro del investigador parece elevarse como un enorme globo de color rosa.

– Él no se quitó la vida -susurra-. Usted no ha entendido nada, no sabe nada de él.

– ¡Por supuesto que no! De su hijastro y de las vicisitudes de su existencia no he entendido ni un adarme, ni tampoco pretendo saber nada. Lo que sí espero entender, en un sentido material e inquisitivo, es qué motivos le impulsaron a morir. Por ejemplo, ¿había sido amenazado? ¿Le amenazó uno de sus correligionarios con denunciarle? Y el miedo a las consecuencias de la denuncia ¿le inquietó tanto que llegó a quitarse la vida? ¿O es acaso posible que no se quitara la vida? ¿Es posible que, por razones que aún desconocemos, fuese tenido por traidor a la causa de la Venganza del Pueblo y fuera asesinado entonces de una manera particularmente cruel? Esas son algunas de las preguntas que no me puedo quitar de la cabeza. Esa es la razón por la cual he aprovechado esta fortuita ocasión de hablar con usted, Fiodor Mijailovich. Y es que si usted no le conoce, habiendo sido su padrastro y su protector durante tantos años, en ausencia de sus padres naturales, ¿quién le conoce?

»Además, cómo no, hay que tratar el asunto de la bebida. ¿Estaba habituado a beber en abundancia, o es algo que solo hizo recientemente, debido a las tensiones propias de su vida de conspirador?

– No le comprendo. ¿Por qué hablamos de la bebida?

– Porque la noche en que murió había bebido muchísimo. ¿No lo sabía usted?

Él menea la cabeza con gesto aturdido.

– Está muy claro, Fiodor Mijailovich, que hay muchas cosas que usted desconoce. Vamos, permítame ser sincero con usted. Tan pronto supe que había venido usted para reclamar los papeles de su hijo, metiéndose, por así decir, en la boca del lobo, estuve seguro, o casi seguro, de que no tenía usted la menor sospecha de que hubiese nada indigno o pernicioso. Y es que si hubiera sabido usted que existía una relación entre su hijastro y la banda criminal de Nechaev, es totalmente seguro que no habría venido usted. Al menos, es seguro que habría dejado bien claro desde el primer momento que solamente deseaba reclamar las cartas cruzadas entre usted mismo y su hijastro, nada más. ¿Me sigue?

– Sí, yo…

– Y como ya están en su poder las cartas que pudo enviarle su hijastro, eso habría supuesto que solamente deseaba usted la devolución de las cartas que usted mismo le hubiese escrito. En cambio, ¿por qué…?

– Las cartas, desde luego, pero también todo lo demás, todo lo que sea de naturaleza estrictamente privada. ¿Qué sentido puede tener que lo hostigue usted ahora como a un perro?

– ¡Eso me pregunto yo! Qué trágico… En fin, volvamos al asunto de los papeles. Usted utiliza la expresión «de naturaleza estrictamente privada». Se me ocurre en cambio que, habida cuenta de las actuales circunstancias, es difícil precisar qué significa «de naturaleza estrictamente privada». Por supuesto que debemos respetar a los muertos, que debemos hacer valer los derechos que su hijastro ya no está en situación de defender, en este caso el derecho a la decencia y a la intimidad. La posibilidad de que después de nuestra defunción venga un desconocido a husmear entre nuestras pertenencias, a abrir nuestros cajones, a violar los sellos, a leer cartas íntimas… Sería una posibilidad harto dolorosa para cualquiera de nosotros, no me cabe duda. Por otra parte, en algunos casos podríamos preferir que fuese un desconocido sin el menor interés el que desempeñase este feo pero necesario oficio. ¿Estaríamos más cómodos ante la idea de que nuestros asuntos más íntimos fueran abiertos, cuando las emociones aún están a flor de piel, ante la mirada cándida de una esposa, de una hermana, de una hija? Mejor, en ciertos aspectos, que se ocupe de esto un desconocido, alguien que no pueda sentirse ofendido, ya que nada somos para él, ya que también estará endurecido, por la naturaleza de su profesión, y protegido contra las ofensas de todo tipo por una costra que solo dan los años de ejercicio de la profesión.

«Claro está que esto en cierto modo no es más que hablar por hablar, ya que al fin y a la postre es la ley la que dispone, la ley de sucesión: los herederos son los que toman plena posesión de los papeles privados y de todo lo demás. Y en caso de que alguien muera sin haber nombrado a su heredero, las reglas de la consanguinidad bastan para zanjar todo lo que haya que zanjar.

»Así pues, las cartas cruzadas entre miembros de una misma familia, estamos de acuerdo, son papeles privados que han de tratarse con la apropiada discreción. En cambio, las comunicaciones recibidas del extranjero, las comunicaciones de naturaleza sediciosa, las listas de personas señaladas para proceder a su asesinato, por ejemplo, no son de ninguna manera papeles privados. Aquí, sin embargo, nos encontramos con un caso muy curioso.

Está hojeando el cartapacio, mientras con las uñas tamborilea sobre la mesa de manera irritante.

– Aquí nos encontramos con un caso muy curioso, un caso muy curioso repite en un murmullo. Un cuento -anuncia inesperadamente-. ¿Qué puede decirse de un cuento, de una obra de ficción? ¿Diría usted que un cuento es un asunto privado y personal?

– Es un asunto privado, total y absolutamente privado y personal de un autor, hasta que sea dado a conocer al mundo entero.

Maximov le lanza una mirada burlona, y luego desliza sobre la mesa lo que ha estado leyendo. Es un cuaderno de ejercicios como los que usan los niños en la escuela, de páginas pautadas. Reconoce a primera vista la caligrafía inclinada, el arrastre de los ganchos y las tildes. Es la escritura de un huérfano, piensa: tendré que aprender a amarla. Coloca la mano sobre la página con ademán protector.

– Léalo dice con indolencia su antagonista.

Intenta leer, pero no puede concentrarse; cuanto más lo intenta, más se fija exclusivamente en los detalles de la caligrafía. Además, tiene la mirada empañada por las lágrimas. Se las seca con una manga para que no caigan sobre el papel y emborronen la página. «Desiertos de nieve sin una sola huella», lee, y siente deseos de corregir la redundancia del tópico. Trata sobre un hombre a la intemperie, sobre el frío. Sacude la cabeza y cierra el cuaderno.

Maximov lo alcanza y se lo quita con amabilidad. Vuelve las páginas y al final encuentra lo que busca; luego lo desliza de nuevo sobre la mesa.

– Lea esta parte -le dice-, no son más que una o dos páginas. Nuestro héroe es un joven condenado por conspiración y traición, que ha sido desterrado a Siberia. Escapa de la prisión y logra llegar a la casa de un terrateniente, en donde una criada, una campesina, le ofrece refugio y alimento sin que nadie lo sepa. Son jóvenes los dos, entre ellos nacen sentimientos románticos, etcétera. Una noche, el terrateniente, que ha sido retratado como un grosero que se entrega sin freno a todos los placeres de la sensualidad, intenta forzar a la muchacha. Ese es el pasaje cuya lectura le sugiero.

De nuevo sacude la cabeza.

Maximov recupera el cuaderno.

– El joven no puede tolerar el espectáculo ni un minuto más. Sale de su escondite e interviene -comienza a leer en voz alta-. «Karamzin», que es el terrateniente, «se dio la vuelta sobre los talones y soltó un bufido. "¿Quién eres? ¿Qué estás haciendo aquí?" Luego se fijó en el uniforme gris hecho andrajos, en la argolla rota que aún lleva sujeta al tobillo "¡Aja, eres uno de esos!", exclamó. "¡Muy pronto me ocuparé de ti!" Se dio la vuelta y salió bamboleándose de la estancia.» Esa es la palabra que utiliza, «bambolearse». Me gusta. El terrateniente es descrito como un bruto con cara de pequinés, de orejas peludas y piernas cortas y gruesas. No es de extrañar que nuestro héroe se sienta ofendido: ¡la vejez y la fealdad manosean a su bella criada! Toma un hacha que encuentra junto a la chimenea. «Con todas sus fuerzas, estremeciéndose, desplomó de un solo golpe el hacha contra el pálido cráneo del hombre. A Karamzin se le doblaron las rodillas bajo su peso. Con un gran resoplido, como un animal, cayó cuan largo era sobre el suelo de la cocina, con los brazos en cruz y un temblor en los dedos que por fin quedaron quietos. Sergei», que así se llama nuestro héroe, «se quedó clavado en el sitio, con el hacha ensangrentada en la mano, incapaz de dar crédito a lo que había hecho. En cambio, Marfa», que es la heroína, «con una presencia de ánimo que él no esperaba, agarró un paño húmedo y lo colocó bajo la cabeza del hombre, para que la sangre no se derramase por todo el suelo.» Simpático toque de realismo, ¿no le parece?

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