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Электронная книга - «El maestro de Petersburgo». Краткое содержание книги:

Este es otro de los libros traducidos al castellano del escritor sudafricano. En 1869 un novelista ruso exiliado vuelve a St. Petersburgo para recoger los efectos personales de su hijastro muerto. El novelista se ve envuelto en un mundo de sospechas revoluci?n y peligro cuando descubre que la polic?a zarista ha descubierto entre sus enseres ciertos papeles incriminatorios. En este libro de alto contenido psicol?gico, Coetzee recrea la mente de Feodor Dostoievski (autor de Crimen y castigo y Los hermanos Karamazov). El gran novelista est? obsesionado con descubrir si la muerte de su hijastro fue un asesinato o un suicidio, encontr?ndose sumergido en la subcultura violenta revolucionaria de la Rusia de 1869. Lo que Coetzee nos muestra es un retrato psicol?gico entremezclado con la trama t?pica de un Thriller.
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– Así que usted no los ha visto, y sin embargo cree que no pueden ser de ningún interés para nosotros. Lo entiendo. Entiendo que un padre quiera creer que los papeles de su hijo son cuestión puramente personal, o al menos cuestión de familia. Sí, le entiendo bien. No obstante, se está llevando a cabo una investigación… Puede que no pase de ser mera formalidad, pero es una formalidad cuyo cumplimiento la ley exige, y que no puede por tanto darse por concluida con un simple chasquido con los dedos, con un simple gesto, como si no hubiera pasado nada. Y los papeles son parte de la investigación. Por lo tanto…

Une las yemas de los dedos de ambas manos, inclina la cabeza, parece sumirse en profundos pensamientos. Cuando de nuevo levanta la mirada ya no sonríe en cambio, ostenta una expresión de absoluta determinación.

– Le creo -dice-, desde luego que le creo. Y también creo tener una solución que satisfará a las dos partes. Como el caso no está cerrado, sino que, a decir verdad, apenas acaba de abrirse, no puedo devolverle los papeles, pero sí voy a permitirle que los vea. Estoy de acuerdo con usted: es injusto, es sumamente injusto arrebatárselos a la familia en un momento tan trágico como este, y mantenerlos por un tiempo fuera de su alcance.

Con un gesto súbito, como el del jugador de cartas que liga una baza ganadora, extrae una sola hoja del cartapacio y la coloca delante de él.

Es una lista de nombres, nombres rusos, solo que escritos con caracteres latinos. Todos ellos empiezan por «A».

– Debe de haber un error. Esa no es la caligrafía de mi hijo.

– ¿Que no es la caligrafía de su hijo? Hum…- Maximov retira la hoja y la examina-. En tal caso, ¿tiene usted alguna idea de quién puede ser, señor Isaev?

– No reconozco esa caligrafía, pero puedo asegurarle que no es la de mi hijo.

Del final del cartapacio, Maximov selecciona otra página y la desliza sobre la mesa.

– ¿Y esta otra?

Ni siquiera le hace falta leerla. ¡Qué estúpido!, piensa. Le abruma cierto sonrojo, un leve mareo. Su voz, al hablar, diríase que llega desde muy lejos.

– Es una carta que yo le escribí. Yo no soy Isaev. Solamente utilicé el nombre…

Maximov mueve una mano como si quisiera espantar una mosca, como si desechase sus palabras, como si exigiera silencio; sin embargo, él se sobrepone al mareo y concluye su declaración.

– Utilicé el nombre pensando en no complicar más las cosas, nada más que por eso. Pavel Alexandrovich. Isaev es mi hijastro, el único hijo de mi difunta esposa. Pero para mí es como si fuera mi propio hijo. Aparte de a mí mismo no tiene a nadie en el mundo.

Maximov le quita la carta, que él sostenía con manos trémulas, y de nuevo la examina. Es la última carta que le escribió desde Dresde, una carta en la que regañaba a Pavel por gastar demasiado dinero. ¡Qué mortificación, estar ahí sentado mientras la lee un perfecto desconocido! ¡Qué mortificación, haberla escrito de su puño y letra! ¿Cómo iba uno a saber, cómo iba él a saber qué día habría de ser el último?

– «Tu padre que te quiere, Fiodor Mijailovich Dostoievski» -murmura el magistrado antes de mirarle a la cara-. Hablemos, pues, con claridad. Usted no es Isaev. Usted es Dostoievski.

– Sí. Ha sido una treta, un error estúpido, pero inofensivo, que ahora de veras lamento.

– Comprendo. No obstante, viene usted aquí y afirma ser… En fin, ¿hay que utilizar esa fea expresión? Utilicémosla cautelosamente, por así decir, al menos de momento, a falta de otra mejor. Afirma ser el padre del difunto Pavel Alexandrovich Isaev y solicita que le sean devueltas sus pertenencias, cuando lo cierto es que no es usted esa persona. Esto no tiene buena pinta, ¿verdad que no?

– Ya le he dicho que fue un error que ahora lamento amargamente. Pero el difunto sí es mi hijo, y yo soy su custodio legal.

– Hum. Veo aquí que tenía veintiún años, veintidós casi, en el momento de su fallecimiento. Si hablamos con propiedad, el mandato judicial que le garantiza la custodia ya había expirado. Un hombre de veintiún años es su propio dueño y señor, ¿no es así? Legalmente, es una persona libre.

Es esta burla la que finalmente le aguijonea. Se pone en pie.

– No he venido aquí para hablar de mi hijo con desconocidos -dice, levantando el tono de voz-. Si insiste usted en retener sus papeles, dígamelo directamente, que yo daré otros pasos encaminados a obtener su devolución.

– ¿Que si insisto en retener los papeles? ¡Por supuesto que no! Mi querido señor, hágame el favor de sentarse. ¡Por supuesto que no, qué cosas tiene! Por el contrario, me gustaría muchísimo que examinase usted los papeles, tanto en su beneficio como en el nuestro. El consejo que pudiera usted darnos al respecto sería muy de agradecer, mucho. Para empezar, veamos esto. -Coloca ante él una docena de hojas escritas por las dos caras, la lista completa de nombres, cuya primera página ya había visto, la correspondiente a los que empiezan por «A». No es la caligrafía de su hijo, ¿verdad?

– No.

– Desde luego, eso lo sabemos. ¿Tiene idea de quién puede ser la caligrafía?

– No la reconozco.

– Pertenece a una mujer joven que actualmente reside en el extranjero. Su nombre es lo de menos, aunque tengo la sensación de que si se lo dijera se quedaría usted bastante sorprendido. Es amiga y colaboradora de un hombre llamado Nechaev, Sergei Gennadevich Nechaev. ¿No le dice nada ese nombre?

– No conozco personalmente a Nechaev, y dudo mucho que mi hijo lo conociera. Nechaev es un conspirador y un insurrecto, cuyos planes repudio con total contundencia.

– Dice usted que no lo conoce personalmente, pero lo cierto es que usted ha tenido contacto con él.

– No, no he tenido contacto con él. Asistí una vez a una reunión abierta al público, en Ginebra, en la cual tomaron la palabra numerosas personas, entre ellas Nechaev. Hemos estado juntos en la misma sala, a eso se reduce todo el trato que he tenido con él.

– ¿Cuándo fue esa reunión?

– Fue en el otoño de 1867. La reunión fue convocada por la Liga para la Paz y la Libertad, tal como se hace llamar esa organización. Asistí a ella abiertamente y sin tapujos, en calidad de ruso y de patriota, para enterarme de lo que pudiera decirse de Rusia desde todos los puntos de vista. El hecho de que oyera hablar a ese joven llamado Nechaev no quiere decir, ni mucho menos, que respalde sus ideas. Por el contrario, se lo repito, rechazo todo aquello que defiende, y esto es algo que he sostenido en infinidad de ocasiones, tanto en público como en privado.

– ¿Incluyendo el bienestar del pueblo? ¿No defiende Nechaev el bienestar del pueblo? ¿No es eso lo que se esfuerza por lograr?

– No consigo entender a qué viene la vehemencia con que me formula estas preguntas. Nechaev defiende en primer lugar y por encima de todo el derrocamiento violento de todas las instituciones de la sociedad, en nombre de un principio de igualdad, de felicidad igual para todos o, si no, de desdicha igual para todos. No es ese un principio que haya intentado siquiera justificar. A decir verdad, parece que desprecia la justificación en general y que la considera una pérdida de tiempo, un inútil empeño del intelecto. Por favor, le ruego que no intente relacionarme con Nechaev.

– Muy bien, acepto sus argumentos. De todos modos, debería añadir que me sorprende, pues nunca le hubiese imaginado yo como un apasionado defensor de los principios. En fin, vayamos al grano. La lista que tiene delante… ¿no reconoce ninguno de esos nombres?

– Reconozco algunos, un puñado.

– Es una lista de las personas que han de ser asesinadas, tan pronto se dé la señal convenida, en nombre de la Venganza del Pueblo, que es la organización clandestina que, como bien sabe usted, ha creado Nechaev. Los asesinatos tiene por objeto precipitar una revuelta generalizada que conduzca al derrocamiento del Estado. Si pasa usted al final de esas hojas, encontrará un apéndice según el cual hay relaciones de personas que, subsiguientemente, una vez logrado ese derrocamiento, han de ser condenadas a una ejecución sumarísima. Entre ellas se encuentran los altos funcionarios judiciales, todos los oficiales de policía, los oficiales de la Tercera Sección con el rango de capitán o rangos superiores… Esa lista fue encontrada entre los papeles de su hijo.

Tras haber puesto sobre la mesa esta información, Maximov inclina la silla hacia atrás y sonríe amistosamente.

– ¿Significa eso que mi hijo es un asesino?

– ¡Por supuesto que no! ¿Cómo iba a serlo, si nadie ha sido asesinado? Lo que tiene usted ahí delante solamente es, por así decir, un borrador, un borrador especulativo. De hecho, en mi opinión, y es la opinión de un particular, esa es la lista que bien podría haber elaborado un joven con motivos de queja contra la sociedad en general en el espacio de una sola tarde, puede que como forma de darse tono ante la mujer misma a la que está dictando. Así se jacta de su poder sobre la vida y la muerte, de un poder completamente ilusorio. No obstante, el asesinato, la trama del asesinato, es una amenaza directa contra los altos funcionarios del Estado, y eso ya es una cuestión más grave. ¿No está de acuerdo?

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