El maestro de Petersburgo
- Автор: Coetzee J. M.
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «El maestro de Petersburgo». Краткое содержание книги:
– ¿De esto?
Él hace un gesto impaciente con un brazo, como si borrase de un plumazo la vivienda, la ciudad de Petersburgo, incluso la gran bóveda de la noche que se yergue sobre ellos dos.
Ella lo mira con calma y con tesón; es bajo esa mirada cuando él empieza a entender con todas sus consecuencias lo que ha dicho. Se adueña de él un temblor que empieza por la mano derecha. Se levanta y comienza a caminar por la habitación, con las manos cruzadas a la espalda. Algo viene de camino, algo cuyo nombre mismo procura rehuir. Intenta decir algo, pero le sale una voz estrangulada. Me estoy conduciendo como un personaje de libro, piensa. Pero ni siquiera le sirve de ayuda burlarse de sí mismo. Le tiemblan los hombros. Sin hacer ruido, comienza a llorar.
En un libro, la mujer reaccionaría ante su pena con una oleada de compasión. Esta mujer no actúa así. Se sienta ante la mesa, bajo la luz titilante, con la mirada huidiza y la labor en el regazo. Es tarde, no hay nadie que los vea, la niña está durmiendo.
¡Maldito sea el corazón!, se dice él. ¡Malditas emociones! ¡La piedra angular no es el corazón, ni cómo se siente el corazón, sino la muerte y cómo se siente el muchacho muerto!
En este momento accede a la más clara de las visiones, una visión en la que Pavel le sonríe, o se sonríe de su mal humor, de sus lágrimas y su histrionismo, y también de lo que se oculta bajo su histrionismo. No es una sonrisa despectiva, sino una sonrisa de amistad y de perdón. Él lo sabe, piensa: ¡lo sabe y no le importa! Le atraviesa una oleada de gratitud, de alborozo y de amor. ¡Ahora es seguro que tendré un ataque! También lo piensa, pero es a él a quien no le importa. Renuncia a contener las lágrimas; a tientas vuelve junto a la mesa, esconde la cabeza entre los brazos y suelta un alarido de pesar tras otro.
Nadie le acaricia el cabello, nadie le murmura al oído una palabra de consuelo. Pero cuando al fin alza la cabeza, a la vez que con torpeza rebusca el pañuelo en el bolsillo, es la niña, Matryona, la que se halla ante él y la que lo observa con atención. Lleva un camisón blanco; el pelo bien cepillado le cae sobre los hombros. No puede por menos que notar los pechos que despuntan tras la tela. Él intenta sonreírle, pero la expresión de la cara con que ella lo mira no cambia lo más mínimo. Ella también lo sabe, piensa. Ella sabe qué es falso y qué es verdadero; si no, con esa mirada honda se propone averiguarlo.
Se recupera. Mientras derrama las últimas lágrimas, su mirada se entrelaza con la de la niña. En ese instante pasa algo entre ellos dos, algo ante lo cual él se encoge como si le hubiera atravesado un hierro al rojo vivo. Luego, los brazos de su madre la envuelven, se oye una palabra en un suspiro, la niña se retira a la cama.
5 Maximov
– Buenos días. He venido a reclamar -le sorprende la firmeza de su voz- las pertenencias de mi hijo. Mi hijo sufrió un accidente el mes pasado, y la policía se hizo cargo de algunos de sus objetos personales.
Desdobla el resguardo y lo posa sobre el mostrador. Según Pavel perdiese la vida antes o después de la medianoche, el impreso está fechado el mismo día o al día siguiente de su muerte. Solo hace referencias a «cartas y otros papeles».
El sargento inspecciona el resguardo con recelo.
– 12 de octubre. Aún no ha pasado un mes. El caso aún no estará resuelto.
– ¿Cuánto tardará en resolverse?
– Puede que dos meses, tal vez tres. Puede que sea un año, quién sabe. Depende de las circunstancias.
– No hay circunstancias. No se trata de un crimen.
Sujetando el papel con el brazo extendido, el sargento sale de la oficina. Cuando regresa, se le nota una mayor hosquedad.
– ¿Se llama usted, señor…?
– Isaev. Su padre.
– Sí, señor Isaev. Si hace el favor de sentarse, lo atenderán enseguida.
Se le encoge el corazón. Simplemente esperaba que le entregaran las pertenencias de Pavel para salir de allí cuanto antes. Lo que menos le interesa, por ser un lujo que no puede permitirse, es que la policía le preste la más mínima atención.
– Dispongo de poco tiempo para esperar -dice tajantemente.
– Sí, señor. Estoy seguro de que el investigador lo recibirá muy pronto. Siéntese, póngase cómodo.
Consulta su reloj, se sienta en el banco, mira a su alrededor con fingida impaciencia. Es temprano; no hay más que otra persona en la antesala, un joven vestido con un sucio sobretodo de pintor de brocha gorda. Sentado con la espalda muy erguida, parece dormido. Tiene los ojos cerrados y la boca abierta; emite un ronquido apagado.
Isaev. En su interior aún no se ha asentado la confusión. ¿No sería preferible desechar cuanto antes la historia de Isaev, antes de quedar atascado en ella? ¿Cómo iba a explicarlo? «Sargento, se ha cometido un leve error. Las cosas no son del todo como parecen. En cierto modo, yo no soy Isaev. El Isaev cuyo nombre que razones de mi sola incumbencia he empleado hasta ahora, y son razones que no detallaré aquí y ahora, si bien son razones perfectamente fundadas, lleva muerto algunos años. No obstante, yo eduqué a Pavel Isaev como si fuese mi propio hijo, y lo quiero como si fuera sangre de mi sangre y carne de mi carne. En ese sentido llevamos el mismo apellido, o al menos deberíamos llevarlo. Esos papeles que él ha dejado son para mí de un valor incalculable. Esa es la razón de que haya venido.» ¿Y si reconociese esta realidad sin que nadie se lo hubiera pedido? ¿Y si nadie sospechara nada en ningún momento? ¿Y si hubiesen estado a punto de devolverle los papeles, y al saberlo optasen por retenerlos? «Vaya, vaya. ¿Qué tenemos aquí? ¿Es que hay gato encerrado?»
Mientras permanece sentado, sin decidirse entre confesar o seguir adelante con la impostura, al sacar el reloj y mirarlo con gesto de contrariedad, procurando pasar por un impaciente y atareado hombre de negocios incómodo en esa sala cerrada, en uno de cuyos rincones humea una estufa, tiene la premonición de un síncope, y en ese mismo gesto reconoce que un síncope sería una artimaña, la artimaña más infantil de todas para salir de una situación comprometida, al tiempo que en algún rincón cae de golpe la sombra molesta de un recuerdo: no cabe duda, ha estado antes aquí, en esta misma antesala, o en una muy parecida, y también tuvo un episodio o un desmayo. Pero ¿a qué se debe que recuerde el episodio tan remotamente? ¿Qué tiene que ver ese recuerdo con el olor de la pintura fresca?
– ¡Esto es demasiado!
Los ecos de su grito rebotan por la sala. El pintor que dormitaba se despierta sobresaltado; el sargento del mostrador alza la mirada sorprendido. Él intenta disimular su propia confusión.
– Lo que quiero decir -dice bajando la voz- es que ya no puedo esperar más, que tengo una cita a la que no puedo faltar, ya se lo he dicho.
Se ha puesto en pie y se ha abrochado el abrigo cuando el sargento lo llama a gritos.
– El consejero Maximov lo recibirá ahora mismo, señor.
En el despacho al cual es conducido no hay ningún banco de respaldo alto. Al margen de un enorme sofá cuya tapicería es de imitación de piel, está amueblado al estilo neutro de los edificios oficiales. El consejero Maximov, investigador judicial encargado del caso de Pavel, es un hombre calvo, con la planta rechoncha que tendría una campesina, y que no para de moverse hasta estar cómodamente sentado, momento en el que abre ante él un abultado cartapacio y se pone a leer largo y tendido, murmurando algo para sus adentros, mientras sacude la cabeza de vez en cuando.
– Triste asunto… Triste asunto, ya lo creo…
Por fin levanta la mirada.
– Mis más sinceras condolencias, señor Isaev.
¡Isaev! ¡Es hora de tornar una decisión!
– Gracias. Verá, he venido a pedir que me sean devueltos los papeles de mi hijo. Me doy cuenta de que el caso no está cerrado, pero no entiendo por qué pueden tener interés para su investigación unos papeles privados, ni tampoco veo qué relevancia pueden tener para su… proceder.
– ¡Sí, sí, desde luego que sí! Como usted bien dice, son papeles privados. De todos modos, dígame una cosa: cuando habla de papeles, ¿a qué se refiere exactamente? ¿De qué papeles se trata?
Los ojos del hombre despiden un brillo acuoso. Tiene blancas las pestañas, como las de un gato.
– ¿Cómo quiere que lo sepa? Los papeles se los llevaron del cuarto de mi hijo, yo aún no los he visto. Serán cartas, papeles…